miércoles, 14 de febrero de 2018

MI COMPAÑERA y otros relatos




PRÓLOGO

-         ¿Por qué cerraste face book? – preguntó Moisés
-         Face book se asemeja – empecé a decir – … se asemeja a una reunión de Narcóticos Anónimos a la que asiste un artista cuyo trabajo no ha encontrado mayor comprensión que la de su autor, ni otra plataforma de lanzamiento que no sea internet, a donde fue su mismo creador (no el creador de internet, el creador de su arte) quien luego lo subió a internet. Siendo tal creador anónimo, siendo éste, además, un adicto que lleva años de haber decidido no volver a drogarse, siendo así, la reunión a la que asiste para envenenarse de odio con las habladurías de sus compañeros, cuyo ego resentido con ellos mismos debido a los humillantes fracasos de los que, supuestamente, van a liberarse, confesándolos…, dicho ego muta en la imperante necesidad de minorizar a otros. La reunión a la que asiste se vuelve una sala de espejos en la que, usando los años que lleva limpio, se defiende de quienes (por no estar seguros del suyo propio) pretenden poner en tela de juicio su crecimiento social basándose en el anonimato de su trabajo y por ende, su, prácticamente, nulo poder adquisitivo, ya que narra historias acerca de instituciones psiquiátricas (aunque gustan de decir que “allí todos están locos, que narcóticos anónimos es un psiquiátrico ambulatorio, que se trata de aprender a vivir cada quien con su locura…)…, ya que narra historias acerca de las instituciones en las que se le encerraba, se habla de SU LOCURA como si se hablara del único loco en la reunión, cuando se quiere que algo le duela se le menciona dicha locura con la finalidad de que le parezca peor que las demás. Se defiende hablando del valor de su trabajo y la sobriedad en la que se mantiene a pesar de la envidia. Exactamente lo mismo que hace en face book, donde, por ejemplo, dice: El charlatán simplemente se percata de que, frente a él, hay un auténtico creador, con una identidad, una pasión por algo. Sencillamente, por su pánico a la soledad, tiene que decir algo, tener algo que ver y decir allí…,. Dice conocer gente, poder ayudar a difundir, en fin, mentiras que si se le desmienten pidiéndole tal ayuda, se le tornan en el doloroso resentimiento por sí mismo que, primero, le hace inventar excusas y si se le llega a reclamar el haber ofrecido lo que no tiene, esto último lo asume como una declaración de guerra, y hay que ver y oir lo feo que habla una persona sin creatividad, sin mejor propuesta que la de ser oído(a) mientras dice cosas que ni siquiera riman para ser vendidas como un ofensivo rap que, a lo menos, resulta intoxicante, comercial. Al charlatán no hay que oírlo; intencionalmente hace perder tiempo, roba energía, como un drogadicto de mal humor conectado a face book, twitter, what’s up?







“Y para mí

Tañe el laud

Precipitándolo como un alud

Y para mí

Cuenta su viaje

Y la canción se estrena un traje

¿Será que a la más profunda alegría

Le habrá seguido la rabia ese día?”

Silvio

Trovador de barro negro

Días y flores


"- Hasta mañana, pues. ¡A dormir, que ya ésto se acabó!-
Y el silencio que se iba extendiendo por toda la población, aquellas palabras sencillas, aquella invitación al sueño, tenían la mansa gravedad del drama de los pueblos tristes, donde es algo solemne el hecho de recogerse a la cama, al cabo de UN DÍA SIN OBRAS, que era solo un día menos en la esperanza, pero murmurando siempre: "Mañana será otro día"
Rómulo Gallegos
Doña Bárbara 



San Antonio de los altos. Municipio Los Salias. Estado Miranda. República Bolivariana de Venezuela

 12 de enero de 2018

A las 07:30 am del 11 de enero de 2018, en la sede de inmigración de la frontera colombo venezolana, un inmigrante ilegal posicionábase en la cola de quienes, ya habiendo sellado su salida de Venezuela, pretendían sellar la de entrada al vecino país. Dicha salida, el inmigrante la selló el día 07 de enero de 2018. Lo que a continuación será referido, puede muy bien considerarse la muestra de un severo déficit de atención, mas, no de una mala intención, de una trampa; el inmigrante ignoraba por completo que requería también de aquel sello de entrada, su mente no estaba en blanco, tan solo andaba en otras ideas, una de éstas: “Estoy legal, eso es lo más importante”. Pero retrocedamos tan solo un poco, no solamente a lugares y situaciones, definamos, dentro de lo que nos resulte posible, a los protagonistas de nuestra crónica. Uno, el inmigrante ilegal que ayer, 11 de Enero se dispuso a dejar de serlo, empezaba en Colombia, Cúcuta, el cuarto día de un viaje que había empezado el Sábado 06 de éste mismo mes. En horas del mediodía recibió la llamada de la que, por un corto período de tiempo, sería su compañera. María…, una mujer gorda, con las mejillas como la grana, brillantes pecas y una dulce sonrisa, María era y sigue siendo el nombre de quien lo llamó en horas del mediodía para decirle: “Me voy para Cúcuta ¿quieres venir?”. Propúsole aquello puesto que el futuro inmigrante ilegal no cesaba de repetir en sus reuniones…, cuanto le frustraba o más bien, cuanto le llenaba de ira esa mala idea que manejaba acerca de si mismo: “Claro que tengo una fé ciega en los años que llevo sin drogarme” decía siempre “Debido a éstos, puedo sentir sin anestesia los dolores de mi ego; siento que estoy salao, como si la mala muerte hubiese apostado con mi sobriedad tal y como Dios apostó con el diablo acerca de la lealtad, la inquebrantable fé de Job. No logro hacer dinero, mi trabajo no genera ganancias y me duelen los comentarios de la familia y la comunidad. He llegado a percatarme de que me dicen “loco” no porque dicha palabra pueda, desde sus reuniones, mandarme a ningún manicomio, lo hacen porque saben que me duele, eso me parece un avance, saber que es ira, impotencia, lo que manifiestan puesto que, debido a mi bendita sobriedad ¡no pueden! enviarme a ninguna parte. No obstante esto, igualmente me duele. Un comentario en especial, emitido en la casa de mi abuela, donde habito, fue dicho comentario el que me desarticuló las débiles defensas que aún me quedaban en contra de la ira que desean hacerme sentir: “Él no hace sino fantasear…no sale de un argumento”, esto último lo usan para referirse a algo así como un discurso patologíco, una muela e’ loco todo el año…,. Tengo fé ciega en mi sobriedad y sé que lo que hago para honrarla recibirá la recompensa que ella me dé, me desespero, mas, espero, con fé. Tengo mi propuesta de novela, tengo mi guión cinematográfico, los derechos de éste, tengo mis cortometrajes, únicamente necesito dejar el miedo y ¡como sea! pegar el culo de un expreso que me lleve a San Cristobal, a San Antonio… tengo que llegar a Bogotá, allá está la editorial Oveja negra, allá es que quiero consignar en físico mi novela. Esa es la editorial que ha publicado todas las obras de una de mis mayores influencias narrativas, El Gabo”. Sin mencionar el hecho de casi haber sido arrollado por un autobús a orillas de la carretera panamericana puesto que, no una, varias personas, lo habían asustado al decirle que sin el carnet de la patria no le permitirían salir del país, eso entre otros impedimentos que al serle referidos lo llenaron de miedo. Posteriormente, dicho miedo mutó en la rabia que le impidió dormir aquella madrugada navideña en que, ya de regreso, vió despuntar el alba trayendo consigo el fresquecito recuerdo de la caminata que pretendía llegar al instituto universitario donde, supuestamente, ese día, sería expedido el dichoso carnet.

Avanzó más de lo que creyó que tuviese valor para caminar a orillas de una vía que ¡jamás! había transitado en calidad peatón. No creyó tener el valor de intentarlo siquiera, por ende, avanzó muchísimo entre la compacta obscuridad de un bosque de eucaliptos que bordeaba un buen tramo del pavimento, hasta una bocacalle usada para entrar y salir del pueblo por los caminos verdes, un auto lavado, un centro comercial donde solían hacerse toques punk, la entrada de una urbanización separada del pavimento por un río de aguas negras cuyo pobre caudal corría en medio de dos barrancas, la que ascendía hasta la entrada y el muro de tierra que alcanzaba el borde del pavimento sin acera, ni siquiera una zanja. Un poco más adelante abríase una magra vereda peatonal evidente producto de los erosivos pasos de quienes han de haber pasado, también, a un lado de lo que parecía ser una fábrica, la entrada de otra urbanización, otra magra vereda bajo la fronda sostenida por los altísimos troncos de los eucaliptos que siguieron barranca abajo en tanto nuestro absurdo caminante observaba, como idiota, el murito delimitante del abismo vegetal y el pavimento.

De un salto volvió sobre el único paso que había dado fuera del final del camino; como si hubiesen estado de acuerdo, peatón y autobús viéronse de frente, uno silbando a milímetros de la pálida expresión del otro que emprendió su retorno desmoralizado por la longeva improductividad que muchas veces, también entonces, le había impedido pagar el pasaje.

-          Qué triste – se iba diciendo – el encabezado hubiese dicho algo así como: “Imbécil arrollado en la panamericana… por andar en busca del carnet de la patria… Pf, qué bolas -     

Conociendo su argumento, María implementó el suyo: “¿No dijiste que querías irte? Vámonos pués…, Dale pués, dijo el futuro inmigrante ilegal que partió de nuestra ciudad con su compañera.

Podría decirse que la presencia de una mujer fue de gran ayuda para convencer a los conductores de los expresos de que era cierto lo que ella decía mientras su compañero esperaba, siempre presto a decir que si, “Esa es la situación”. Llegaron rápida y eficazmente a San Antonio del Táchira el ya mencionado 07 de enero, día en que, por primera vez, quien para sacarlo había pasado gigantescas tribulaciones, pudo ver que le estamparan un sello, el primero que figurase en su pasaporte recién estrenado: SALIDA.         Debido a la misteriosa desaparición del pasaporte que, posteriormente, habría de ser reemplazado por aquel que se selló en la frontera, debido a la gestión por el reemplazo, durante meses hubo de someterse a lo que un ciudadano con ¡los millones! Para que, solo en un par de días, tal documento le sea expedido…, lo que tal ciudadano consideraría una desgracia.

Por fortuna (la única en dicho caso), un amigo le dio a registrar el número por el que no tuvo necesidad de descifrar intrincados laberintos de internet. Sencillamente debía llamar y un operador u operadora del SAIME le pediría los datos en cuya retribución daríale, así fue, su primera fecha.

Al referirnos a más de una fecha, más de una cita, lo hacemos puesto que perdió la primera. Su cédula exponía dos nombres y apellidos. No obstante su partida de nacimiento registraba dos nombres más que al no aparecer junto a los dos primeros en la cédula, impedían al encargado de registrar los datos que aparecerían en el pasaporte, impedían a éste completar dicho registro.

Jamás lo recordaría con certeza, mas, casi seguro estaría, siempre, de haber recibido la instrucción de llevar a la siguiente cita (la cual debería solicitar luego de, nuevamente pasar días enteros marcando el número de la congestionada línea) su partida de nacimiento.

En la jefatura civil de su pueblo solicitó dicho documento y éste le fue dado luego de algunos días. Algo más de tiempo hubo de marcar incesantemente aquel número. Al ser atendido y concertar la nueva fecha, ésta dilató su llegada no menos de un mes que al finalizar, llegado el día, fue la fecha, el día y la hora en que, dolorosamente, recibiera la noticia de haber perdido también aquella cita.

-          Tenías que sacar la cédula nueva con los cuatro nombres –

La frustración generó en su juicio un lapso de al menos dos, quizás tres meses. Al cabo de éstos, finalizando una madrugada en que no durmió, dirigióse al SAIME a sacar la cédula que ese mismo día le hubiesen entregado si su voluntad no hubiera sido abordar un autobús al pueblo y regresar más tarde. Tal determinación derivó en el petrificado embotellamiento generado por una protesta de maestros que, mientras el autobús empezaba a rodar, con él entre los pasajeros que iban de pié, habían cerrado ambos canales de la panamericana.

Sin haber dormido, de pié, ya lejos del SAIME, bastante afligido aunque seguro del comprobante con que, al día siguiente, podría reclamar su cédula con cuatro nombres y una fotografía insomne, decidió volver caminando al pueblo desde Carrizal, otro pueblo que se encuentra a solo unos minutos de La Cascada, el centro comercial delante del cual se petrificó el tránsito, cuando decidió bajarse y caminar.

Hecho curioso: los caminos ya conocidos, al ser la idea de quien decide recorrerlos, suelen, también, ser la fantasía de una corta distancia; ya porque se les haya visto desde la ventanilla de un automóvil, ya porque sea de harto conocimiento público cuán cerca está un pueblo de otro, ya fuese por una u otra cosa, hay quien decide caminar sabiendo a dónde va, creyendo saber que el pavimento, bordeado en ambas márgenes por el monte que un misterioso viento dobla como una mano invisible deslizándose sobre un verde y gigantesco felpudo…, creyendo saber que la hendidura de asfalto por cuya margen decidió caminar, no le daría sorpresas. Hallándose, de pronto, frente a la inquietante sensación de ir en un cuadro que siempre será el mismo (incluyendo al personaje a un lado del pavimento), la sensación de ser una cámara en el paneo de un obsesionante cuadro estacionario: el pavimento, la negra hendidura del verde y gigantesco felpudo que se dobla de un lado a otro cuando una mano invisible barrena su erguida posición, lo dobla. El monte más próximo a la carretera da la impresión de realizar una inútil pujanza por alcanzar la otra orilla. Pavoroso silencio…

Al día siguiente ya tenía una cédula con cuatro nombres, dos apellidos y la fotografía de un pelúo trasnochado.

Falló en algunos intentos, mas, logró concertar una nueva cita y el pasaporte dejó de ser el sueño insomne que habíase consumido al menos ocho meses de su vida.

-          Y yo que sólo quería tenerlo – se dijo – por mitigar la indignación que me produjo el que me lo robaran, pero… imagínate una persona que lo hubiese necesitado con urgencia. Habría tenido que vender un ojo de la cara, joderse de alguna mala manera para cubrir ¡HONORARIOS DE USUREROS!, o habría muerto de un infarto, un acb… -

¡SALIDA!

 Esto último ya lo hemos explicado, lo asumió como una concreta declaración de legalidad en tierra extranjera. Por ende, luego de que María le presentase a algunas personas en “La parada”, es decir, el otro extremo del puente fronterizo, la parte de San Antonio correspondiente a Colombia, que viene a ser un corredor comercial al aire libre donde se congregan autobuses que van hacia el centro de Cúcuta, Los patios, zona de la que más adelante habrá qué decir, etc…, vendedores ambulantes de toda clase de alimentos y bebidas, café, cigarrillos, en fin, un terminal con sus buhoneros..., por ende, siguió de largo.

Sin tener una mínima idea de lo que posteriormente le haría cruzar la frontera de regreso a Venezuela, dirigióse, con María, al centro de la primera y única ciudad colombiana que alcanzó a ver de cerca.

“La plaza de las palomas” viene a ser uno de los muchos centros de reunión de los venezolanos que en ésta ciudad se concentran a modo de hacinados, más que todo para dormir, de día, cada quien anda en lo suyo. Luego del fallido intento de obtener, pidiéndolos poco a poco, diez mil pesos para que pudiesen dormir en una habitación les tocó pasar la primera noche en ésta misma plaza Más tarde y para siempre habría de asumir que no conocía el país en que se pudiese dormir en la calle sin temor a que una gran piedra te aplastase el cráneo, cosas así, en adelante debería asumir que se duerme muy bien, muy tranquilo en las plazas y terminales de aquella tierra ya lejana, aquí no se puede. Allí pasaron la primera noche (07 de enero), ella durmiendo en un banco y él contemplándola. No muy convencido, entonces, de las afirmaciones que hace un momento se hayan hecho acerca de la seguridad en los espacios públicos, toda la noche se la pasó viendo hacia los lados, cuidándola. Por la mañana también él había dormido un poco, al pié de la banqueta donde María se despertó y sonrió al verlo. Al cabo de unas cuantas vueltas sin sentido decidieron volver a La parada (ya era Domingo 08…). Ayer, María consiguió unos productos que puso en manos del extranjero ilegal e inconsciente de ello (cabe destacar que dicha ignorancia fue la que dio pié a la cadena de eventos que irá engranando ésta crónica)…, shampú y un arroz fue lo primero y último que el extranjero recibió a manos de su compañera para ir a venderlo; ya el Domingo no tenía voluntad para ello. Pensando que llegar a Bogotá era algo tan legal como encontrar la manera, un expresso, el dinero para abordarlo, una cola (esto último, por su característica pereza, le gustaba más) pensando así las cosas y viendo la rochela en que poco a poco tornábase la rutina de su compañera, hizo lo que aún hoy no sabe si fue un error o fue tal y lo que cualquier hombre sensato hubiese hecho: se despidió de ella.

Aún ignorante de lo ilegal que se hallaba, pensó que una buena manera de conseguir el dinero para abordar un expreso en aquel mismo terminal, en el centro de Cúcuta, a donde se dirigió luego de la despedida en que hubo de contener su llanto (quizás fue éste el mismo que anduvo conteniendo y de vez en cuando dejaba salir los consiguientes días al pensar en ella, en lo que estaría haciendo, “Gorki tenía razón, no se abandona un compañero de viaje, ¡cuánta razón tenía!”). Esa misma noche del Domingo había decidido que debía mantenerse allí, pidiendo, poco a poco, hasta lograr el objetivo. Hasta Bucaramanga eran 60.000 pesos, mas, habiendo reunido esa cantidad bien se podía llegar a los 80:000 con los que el pasaje a Bogotá era negociable; aquello era una completa fantasía, contemplaba el futuro, Bogotá, La editorial Oveja negra, todo esto lo contemplaba sentado en la escalera del terminal, pasándose la mano por la barba y evaluando, “¿a quién se le podrá pedir un cigarro…un cafecito?...Mano, disculpa, ¿tú crees que me puedas rescatar con un cigarro de los tuyos?,… ¡Gracias papá!,… ¡Ah!, no tranquilo, discúlpame esa viejo”. Entre Lunes y Martes ocurrieron algunas cosas dignas de documentación. El primer día de la semana regresó a la parada en busca de María y quizás en busca de la comodidad que hallaba en aquel sitio. Ocurriósele pedir dinero a quienes hacían la cola para abordar los expresos que desde allí les llevarían a Perú. “Es bueno tener vida propia”, se decía “les envidio el dinero, pero yo no quiero ir a ningún Perú, ni a Panamá ni…¿qué se yo?...Quiero llegar a Bogotá y consignar mi novela y buscar donde consignar el guión cinematográfico y los cortometrajes, yo creo en esto vale”. Obviamente aquello no redujo su déficit de atención, su enfermiza tendencia fantasiosa, es decir, por nada del mundo logró reunir los miles de pesos colombianos que valían los pasajes a la capital o ciudades relativamente aledañas.

El sufrimiento por la ausencia de su compañera no dejó de acompañarle durante ningún momento de la travesía, el tremendo viaje que hubo de emprender el día Miércoles. Mas, no nos adelantemos al siguiente después del lunes. Aquel Martes por la tarde tomó la decisión de ostentar sus talentos artísticos y el hecho de tener el pasaporte absolutamente en regla, ¡legal!. Sucedió entonces que fuese a conversar con quien en las oficinas de la gerencia del terminal, con quien allí estuviese, fue a proponer su caso. “Mire papi” dijo aquel joven que de seguro sabía por qué lo decía…” Mire papi, eso es imposible que usted se suba al expreso sin poner ni un peso…, pero ¿sabe lo que puede hacer? Ponga cuidado: Vaya a Cenabastos, allá descargan las burras y si usted le dice a alguno de ellos que vaya para Bogotá o por lo menos a Bucaramanga, si usted le dice que lo lleve ese a lo mejor lo lleva, le enseña esto que me está enseñando a mi…ta bien papi, hágale, ¡suerte!.

Cenabastos vino a ser un mercado, una sucesión de galpones donde los camiones, de madrugada, descargaban la mercancía que traían de otros sitios del país. El inmigrante ilegal, precisamente por no querer caminar de noche una larga distancia que aún no conociera, llegó muy temprano, no había obscurecido del todo cuando llegó, preguntó y se le indicó que dentro de las instalaciones no podría esperar, que esperase afuera, junto a los que ya estaban allí. Eran éstos cuatro compatriotas, mas, no de Caracas o Los Teques, de Valera, Trujillo. Cuatro personajes de los que sería grosero no referir la cordialidad con que trataron a nuestro protagonista. Grosera fue la forma en que se condujo el dueño del achante, el claro en medio de la maleza en que habían decidido esperar a que fuese la hora de caletiar. Tratábase de un mal elemento, venezolano, como lo eran todos allí, lo que hace tan patética la escena siguiente. El joven, robusto y moreno, de rostro ancho y facciones aindiadas, emergió de entre la maleza y en hostil altivez pasó entre los que allí se encontraban, viendo a todos de reojo y dirigiéndose a donde obviamente sabía que lo encontraría, de una caleta sacó un cartón. Eran los Trujillanos, tres de ellos, de baja estatura y los cuatro, incluyendo al más alto, de una indiscutible actitud bonachona que se tornó en ceños fruncidos ante la mala cara y tono de voz de aquel joven de Maracay, de donde dijo proceder cuando esto mismo le fué preguntado por el inmigrante ilegal, tan extranjero en ese país como los Trujillanos y él mismo:

-          Mano búsquense su achante. Mira, ahorita llegan los panas y van a preguntar qué pasó aquí, quienes son ustedes ¿sabes? Tienen que buscarse su propio bugui, eso no es así que se van a estar metiendo pa donde les da la gana. El otro día llegamos y estaban unos chamos aquí y los corrimos igualito, les dijimos: Mira, epa, ¿qué es lo que es?..., claro mano, porque entonces lo hacen ustedes y después todo el mundo hace lo mismo, se meten pa el achante de los demás… -

Todo aquello era un círculo espiral de palabras con que el compatriota de otros cinco venezolanos, de seguro, experimentaba un inmenso placer; hubiese pasado la noche entera en el mismo argumento de ser posible, de haber tenido a quienes se quedaran a oírle regañarlos, cosa que, naturalmente, no pasó. Nuestro viajero ilegal hizo señas a quienes posiblemente serían sus compañeros de trabajo esa madrugada y una vez en el achante por el que se decidieron explicóles lo que ese monólogo significaba: “Sencillamente se trata del inmenso placer que le produce a él demostrar una superioridad, un dominio…eso es algo que no se acaba nunca” les dijo “Lo que no me esperaba era ver venezolanos, aquí, aplicándosela a otros venezolanos”. Esto último lo dijo sin pensar, sin tener ni la menor idea de los muchos atropellos que de un venezolano a otro se veían allá. Más adelante se enteraría de cosas, personas y situaciones aún más patéticas…, en algún momento, en La parada, tuvo la oportunidad de argumentar algunas cosas delante de un ciudadano Colombiano cuando éste le dijo que a Venezuela tenían que invadirla los norteamericanos…, “Mire compa” dijo el extranjero ilegal “yo no soy simpatizante del gobierno de mi país. Estoy aquí precisamente porque el cerro de trabajos audiovisuales y literarios que cargo en mi bolso, dentro de ese mismo bolso lleva años mientras yo me como un cable, no publico mis textos, no veo mis producciones en la televisión nacional. Sin embargo, éste viaje, para mí, no representa una manifestación política. Es, más bien, algo simbólico. Gabriel García Márquez ha sido una de mis mayores influencias narrativas, desde que era pequeño y mi objetivo es consignar ésta propuesta de novela en la editorial Oveja Negra en Bogotá puesto que considero, así lo siento, que puede ser valorada de una manera distinta y mientras voy resolviendo aquí, pasaje o algún aventón, no molesto allá donde mi presencia resulta tan molesta, tanto por lo improductivo que soy como por la frustración que ello me causa. Pero si, tengo que decírselo, yo no quiero ninguna invasión extranjera en mi país, no quiero guerras de película, gente a la que conozco, familiares y amigos, muertos a causa de ello. Ya le expliqué por qué, ni diciéndole eso, puede considerarme simpatizante del gobierno de mi país, mas, yo preferiría regresar a mi pueblo con un libro publicado, con una identidad fortalecida que pueda proyectarse hacia los telescopios desde los cuales, dicen algunos, que no ven salir nada bueno de Venezuela…y recuerde esto: para los norteamericanos, todos los latinos somos la misma mierda, usted no se va a volver gringo por despreciarme a mí. Si quiere hágalo, yo lo bendigo, porque cuando le toque estar delante de un gringo se dará cuenta que lo mira con el mismo desprecio que me miraría a mí”. Le dio gusto poder decirle aquellas cosas al señor que se quedó viéndolo en silencio, no dijo nada. El tema eran los compatriotas malandreandoa los suyos, aquello sí que le pareció patético.

          Pasada la una de la mañana despertó del breve pero buen sueño que había tenido sobre aquel suave pasto y se dirigieron a la misma entrada que ahora se hallaba repleta de otros caleteros. Se formaron en la cola y en pocos minutos les hicieron pasar siguiendo el mismo orden en que se hallaban formados afuera. Una vez en la zona de descargas, entre la parte trasera de los camiones y las santa marías aún cerradas de los almacenes, en cuestión de minutos vieron, todos, llegar a un celador que les pidió estrecharse en torno a él.

-          Señores, qué pena con ustedes pero hoy no se va a descargar mercancía. Les agradezco, por favor, desalojar las instalaciones –

Los guaros, luego de vender algunos cigarrillos decidieron que mejor se iban todos al centro a esperar que amaneciera.

-          Véngase usted también – le dijo uno de ellos al artista ilegal – se viene en el carro de nosotros, dándole al pedal y la bomba –

En sentido contrario, recorrió con éstos amigos la misma distancia que por la tarde del día anterior había caminado solo. Tres iban adelante y él caminaba rezagado junto al que menos hablaba de aquel grupo

-          Nosotros nos vinimos porque allá la vaina está muy jodida. Pero si veo que aquí va a estar más jodida que allá me voy pa la casa, no joda… Mire a éstos como van como si los persiguieran. Yo camino pelo a pelo. Después, cuando estén mamados les dejo el pelero -

 Una vez en el centro de Cúcuta durmieron un poco hasta que, como cada día, no solo a ellos, a quien estuviese durmiendo en las adyacencias al terminal, fueron despertados por un policía, de una forma, en verdad, muy educada, hay que decirlo. Despidióse de ellos prometiendo escribir acerca de lo que había visto aquella y las noches y madrugadas anteriores.

Más tarde, en La Parada, balanceaba la vista de un extremo a otro en busca de María. Era tal su ansiedad por verla y saber cómo estaba que, no pudiendo retener más tiempo lo que pensaba decirle se dedicó a escribirlo:

Hola María Antonieta…, aquí (en La Parada) Emiliano.

Es, para mí, super ambigua ésta situación, es decir, yo quería viajar y tú también, tú me invitaste y yo acepté, de acuerdo. Pero no pensé con claridad en lo más importante: Al momento en que decidí venir contigo automáticamente te volviste MI COMPAÑERA y aunque tú siempre hayas sabido que yo seguiría hasta Bogotá, me resulta imposible no pensar que te abandoné en un punto del camino, dejándote indefensa frente a ti misma y tu necesidad de enredarte la vida sin necesidad, tú sabes a qué me refiero…, claro que hubiese podido llegar sólo, pero fue contigo que recorrí las carreteras de Venezuela hasta su frontera con Colombia y fue entonces que caí en cuenta de que no tenía, no tengo recursos para ayudarte aquí. Entre anoche y la madrugada de hoy caminé como un judío errante desde el centro de Cúcuta hasta el embarcadero de camiones (Cenabastos); me dijeron en el terminal que eso de conseguir una cola hasta Bogotá es imposible, que me fuera para allá a ver si, explicando todo lo referente a la novela y la editorial Oveja Negra, lograba subirme a un camión. Eso fue después de pasar todo el día aquí, buscándote. Estoy preocupado, no sé dónde estás, me mortifico cada minuto del día. Tú eres mi compañera y me separé de ti. Ni siquiera tuve la decencia de darte el jean que tenía en el bolso cuando hubo que botar tu pantalón blanco, hoy lo vendí por tres mil pesos para comer y comprar cigarros y me siento horrible, no te imaginas.

En fin, María Antonieta, necesito que sepas que aún con la pesada carga moral que implica haberme separado de mi compañera de viaje, seguiré en ésta misión, porque el triunfo que estoy buscando es un objetivo reaccionario. Quiero que en Venezuela se enteren de que me caí a coñazos con una serie de rudas dificultades, tan solo para enviarles una clara señal: ¡DESPIERTA!, deja de fantasear con el buen futuro que en el presente no haces nada por alcanzar.

Ya estás aquí, no puedo teletransportarte de vuelta al pueblo, pero estoy seguro que dejando todo…, tú rutina será mucho más llevadera, podrás concentrarte en buscar alimento y un lugar seguro dónde dormir. Solo con saber que no inviertes tiempo y energía en maldiciones, porque eso son los vicios, quitemos el café y los cigarros, pero estás clara de que tienes que sacudirte unas maldiciones que tú misma te administras…, solo con saber que te sacudes las maldiciones, con saber que estás bien yo estaré bien, si te jodes me jodes, porque eres mi compañera y a ti irán dedicadas todas las líneas que posteriormente se escriban sobre éste viaje. Será una buena historia, te lo prometo, se llamará: MI COMPAÑERA.

No sé si estés por aquí, te he buscado durante un rato y no te he visto, ya varias personas empezaron a verme de un modo extraño, taciturno. Te dejaré esto con…, recibe un gran abrazo, quiérete que yo te quiero.

10/01/2018

 Si ella no aparecía muy bien podía dejarle la hoja de papel a un amigo que ella le presentó cuando llegaron, mas, no hay planificación que no esté sujeta a la revisión de una misteriosa fuerza que, seguramente, lo rige todo. Ni ella ni su amigo aparecieron y la ansiedad que lo había invadido cobró la forma de una idea que lo cambiaría todo por completo. ¡A caminar!.

Maquinalmente se dirigió a la plaza de las palomas, donde abordó a un hombre de cierta edad, mayor.

-          Disculpe patrón – empezó a decirle - ¿Cuál es la ruta hacia Bucaramanga? –

-          ¿Bucaramanga? Pero… -

-          Haga de cuenta – le atajó el artista, poseído de la energía, el misterio que a la infinita distancia estaría siempre allí gritando: ¡Adelante! – haga de cuenta que yo estoy dentro de un vehíclo…dígame –

Presumiendo que se trataba de un loco, el anciano le dio las señas requeridas. Sin que por ello dejase de actualizar su información preguntándole a una que otra persona hasta ver llegar el momento de ir caminando a orillas de la autopista a cuyo costado izquierdo extendíase una vasta llanura que iba a chocar a los pies de la gigantesca cordillera. La brisa doblaba los montes e hizóle temer que en cualquier momento, si no caminaba con firmeza, lo derribaría. Marcaba objetivos en el horizonte, puntos lejanos, llenos de espejismos. Los zapatos regalados que llevaba puestos al momento en que María le hizo tomar la decisión de decidir sin pensar mucho, sin pensarlo, dichos zapatos tenían orificios en las suelas, tan grandes que éstos resultaban únicamente un disfraz, algo que hacía parecer que no andaba descalzo, como efectivamente iba, descalzo y quejándose por cada piedrita, cada pedazo de vidrio. Como pagando una promesa, con la obscura tenacidad de un fanático, no se detuvo. Sin embargo ésta ruta no solamente conducía a donde quería ir: lejos de Cúcuta, lejos de la sensación de ser uno más de los venezolanos hacinados allí, queriendo ser alguien más, alguien que alcanzó otra ciudad, eso esperaba. Mas, no solamente allí (al objetivo) le conducía el camino; irremisiblemente le condujo a la memoria de su vida, muy en especial, condújole a una época en que no dejaba de caminar sin otro objetivo que no fuese hacer pasar el tiempo, el día y la noche transcurridos en la patética espera de un milagro, la aparición de un capital por el que no se había esforzado, el mismo que de haber tenido hubiese gastado en lugares, personas y situaciones festivas que profundamente le amargaba no poder tener. Cada quien, entonces, podía ocuparse de sus asuntos, sólo él tenía hambre, solo él tenía sueño, solo él caminaba iracundo por las miradas automotrices que había podido ver antes de que unas luces altas lo dejaran ciego por instantes en que las risas de hiena eran como piedras arrojadas hacia su cara. Su memoria y el presente conflicto: no abandonó a María por andar buscando un objetivo que pudiese cambiarlo todo, que fuese un éxito rotundo, el mismo que inmediatamente compartiría con ella, lo hizo porque antes que no lograrlo, antes que quedar en ridículo frente a un alud de caras que se precipitaba en su memoria, antes de no ganar una guerra de su egocentrismo con los fantasmas que tenía el vicio de coleccionar, antes de esto prefería…,. No se detendría, dejaría atrás a quien no le aguantase el paso, el mismo que no quería mantener a la par con nadie, siempre adelante. Sintió asco por sí mismo.

-          Ay María –

Esto último lo repetía de manera incesante. Pensaba en ella, su compañera, diciéndole que lograría su objetivo allá y lo festejarían juntos. Pensaba en ella y pensaba también en otras personas a quienes dedicó cierto monólogo iracundo, el mismo que le condujo a las revelaciones de aquel inmenso paisaje que a su ira escupida, viendo hacia el suelo, respondió con un silencio infinito, cual si hubiese aniquilado ese aire malo y solo él hubiese perdido algo al desperdiciarlo; el paisaje sería el mismo, indiferente, implacable. Supo entonces que el desmayo procedía de un mal gasto de energía en ¡una memoria que no hacía falta!, solo en el presente podía caminar y únicamente fustigándose al momento de querer incurrir en nuevas proyecciones, únicamente respirando, esforzándose por no pensar, únicamente así podría caminar en paz; nunca se había sometido a una terapia tan implacable de control de ira. “Respiras o formas peo en el camino y te ahogas…¡y te mueres en medio de la nada!”, estuvo seguro de haber oído aquellas palabras y la paz que le duraba tramos cada vez más largos, la que no le costaba tanto volver a recuperar cuando de nuevo la perdía, le recordó aquella línea de Borges: “La mejor venganza es el olvido”. La partida y retorno de su tranquilidad mientras caminaba consistía en recordar la casa, la familia, el pueblo y estar seguro de que a nadie le hacía daño y nadie podría, tampoco, hacerle daño; debía callar el pensamiento porque desde ahí no llegaría a ninguna parte; el único pensamiento que se desplazaba con un objetivo era la propuesta de novela que llevaba en el bolso, todo y todos los demás debían ser dejados atrás, incluso María. Al pensar esto último regresaba el único dolor que no podía, no quería dejar de sentir. Veía su sonrisa en La Parada cuando llegaron: “¿Ahora si te lo crees?”

-          Ay María – decía, sacudiendo el pié para sacar una piedrita alojada en el zapato.

Así anduvo durante horas, caminando a la orilla de un pavimento que poco a poco empezó a serpentear entre selvática vegetación y una temperatura mucho más baja. A unos metros de la primera alcabala entró a un negocio donde le dieron agua y le aplaudieron lo que hacía diciéndole que la caminata era buena para la salud.

-          Pero son sesenta y nueve kilómetros hasta Pamplona…hasta aquí, justamente, lleva veinte, hágale que todavía falta –

Ya que se trataba del primer punto de control, se preocupó al recordar que quien le había dado esa idea, en un principio (alguien con quien estuvo conversando en el terminal…), también le dijo que a él y a quienes le acompañaban los detuvieron en la primera alcabala diciéndoles que, a partir de ahí, está prohibido el paso peatonal. De modo que fue aquello lo primero que en un país extranjero, siendo ilegal, pasar frente a la policía haciéndose el paisa, fue ésta la primera y última cosa que, siendo un extranjero sin la debida documentación, hizo contra la ley.

No menos de dos horas más el pavimento siguió serpenteando entre las montañas y en cierto punto tres pelaos que venían subiendo por donde él iba en picada le llenaron de mandarinas el bolso.

-          Pa que esté claro – le dijo uno de los muchachos – Nosotros apoyamos a los venezolanos en su situación –

Obviamente su objetivo aquella noche no era Bucaramaga, mas no se detendría hasta llegar a Pamplona, estaba seguro de ello; ni los pies en carne viva, ni el dolor en las piernas, nada de esto lo hubiese detenido, iba contento. Tan solo se trataba de alcanzar otra ciudad.

La alcabala en que lo detuvieron estaba en un punto fantasma, delante de dos restauranticos en uno de los cuales se detuvo a pedir fuego para encender un cigarrillo, haciéndose el desentendido frente a la mirada fija de uno de los oficiales, el mismo que con un movimiento de la mano le ordenó que se aproximara.

-          Permítame la cédula… ¿usted es extranjero?... pero aquí lo que tiene es el sello de salida de Venezuela, no tiene el de entrada a Colombia, usted está ilegal –

En lo sucesivo, todo se redujo a la explicación que los oficiales le proporcionaron acerca del sello de entrada que no tenía. El mismo que desde un principio le había echado el ojo le decía que esperara a ver qué información le llegaba por radio a propósito de sus datos.

-          Ahora espere a que me manden sus antecedentes a ver si lo deporto o qué hacemos con usted, ¿no tiene antecedentes en su país? ¿Homicidios, violaciones, robo a mano armada? –

-          No, yo no – respondió el ilegal, molesto, no por la pregunta, ¡por ser ilegal!

-          Bueno esperemos a ver ¿y a dónde iba? –

La explicación del inmigrante ilegal tornóse en agradable conversación con los funcionarios. Les habló de su propuesta de novela, de la editorial, de las películas. Habiendo confirmado que no tenía antecedentes penales en Venezuela le dijo:

-          Pero igual, se me devuelve para Cúcuta y que le sellen eso, si no, está ilegal…detenga una gandola para que lleve a éste –

El aventón no le condujo nuevamente a Cúcuta, lo dejaron en Los Patios no sin antes platicarle acerca de la cancha de los venezolanos en el centro…, “Nada, pues cómo le parece que los venezolanos que están en esa cancha se apoderaron de ella. Ahora quieren cobrarle mil pesos a los venezolanos que van a dormir allá. Acuérdese de mí cuando suceda. Los paracos van a llegar una noche de estas y los cobradores de renta se los van a llevar pal monte y ahí van a quedar. Acuérdese”. Lo dejaron en Los Patios y hubo de caminar un par de horas antes de encontrar el centro y el terminal otra vez. Cayó rendido hasta las cinco de la mañana de ayer, Jueves 11…, cuando el oficial despertó a quienes aún dormían cerca del terminal. Su nueva aproximación al conocimiento absoluto de lo absurdo que resulta ir a otro país, queriendo tener la documentación en regla, sin dinero, su nueva aproximación a dicho conocimiento fue el arribo a La Parada, comerse una papa rellena, tomarse un jugo y fumarse un cigarrillo antes de ir a hacer la cola para sellar la entrada.

-          ¿Tú eres el último de la cola, mano? – preguntó un joven que no tardó en hacer la siguiente pregunta - ¿Y ya cuadraste el pasaje? –

-          No compa, yo lo que quiero es sellar el pasaporte para poder desplazarme legal, no tengo dinero para pasaje… -

-          No papá… - dijo enarcando las cejas el otro joven

Lo que estaba por averiguar es que para sellar la entrada a Colombia debe presentarse un boleto de alguna de las agencias de viajes establecidas en la parada. En caso de que se pretenda seguir en un vehículo particular se requiere de los papeles del vehículo y la carta de invitación. Por otra parte, únicamente a quienes sellan la entrada con un pasaje a otro país, Chile, Perú, en fin…, únicamente a éstos no se les formula ninguna pregunta, es decir, sellan y se van, en tanto quien pretende sellar el pasaporte con un boleto hacia Bogotá, por ejemplo, debe decir qué va a hacer allí, quien lo está esperando, cuánto dinero lleva. De modo que ni habiendo conseguido 180.000 pesos en el suelo, haber comprado el boleto a Bogotá y haber ido a sellar la entrada, ni así, nuestro inmigrante ilegal, hubiese podido hacerlo; no tenía a nadie en Bogotá, solo sabía que allá está la editorial y que al consignar su propuesta él vería qué hacer. De esto último, le explicó el joven de la cola, se hubiesen reído.

-          O sea… ¿es como entrar a Europa?…Ok, ¡adios! -   

El hombro derecho le dolía debido al peso de su bolso. En este, solo llevaba una franela. El pantalón extra lo vendió para comer y comprar cigarrillos; prácticamente solo cargaba libros: El otoño del patriarca de García Márquez, Héroes y tumbas de Sabato, Los pasos perdidos de Carpentier, Doña Bárbara de Rómulo Gallegos y la Biblia. De todos éstos el único que no había leído completo era Doña Bárbara; le había encantado aquella definición que Gallegos hacía del desprecio que siente el norteamericano y el europeo por el latinoamericano, enmarcado tal concepto en el personaje "MisterDanger". La biblia no la había leído completa, solo el nuevo testamento y algunos salmos, pero así como en el momento de partir hacia aquel viaje, al emprender el retorno recordó el pasaje por el que todo había comenzado, “El viento sopla donde quiere y oyes su sonido; pero no sabes de dónde viene ni a dónde vaasí es todo aquel que ha nacido del espíritu”. Al recibir la llamada de María no estuvo seguro de partir ni siquiera cuando se encontraron para discutirlo, fue el sonido de aquel pasaje el que le hizo seguir con ella, ir saltando exitosamente cada obstáculo hasta llegar allá, de donde saldría ese mismo día sin que nada pudiese detenerlo hasta ver, de nuevo, el terminal La Bandera; gratos personajes fueron los conductores de encavas y sus colectores en el retorno a Caracas.

Apenas llegando se enteró de que por no haber llamado ni haber dicho nada, en la casa y la comunidad se le consideraba desaparecido e incluso se pretendía participar dicha desaparición a las autoridades.

-          Bueh – se dijo – si explico algo… lo haré por escrito a ver si coincide con la mierda que seguramente han estado hablando… Tuvo que detenerme la policía para que no siguiera…¿fantasioso?, ¡Ja!. Gloria a Dios –

Le gustaba mucho el contexto bíblico del viento que pasa sin que se sepa de donde viene, a dónde va, pero, más aún, le gustaba compararse con aquel viejo del cuento de Hemingway, aquel viejo que estaba salaoy por eso mismo se negó a soltar al gran pez que había mordido su anzuelo. En los años de educación secundaria esa historia le había parecido frustrante; aspiraba a un final feliz para el viejo, para su ego al que tanto debía dolerle aquello de salao, por ello se negó a regresar sin la presa aunque los tiburones la hubiesen destrozado en el camino. Más de nueve años hacía desde que dejó de consumir cocaína, más de seis llevaba de haber decidido que tampoco volvería a fumar marihuana ni a beber alcohol. No era la sobriedad ni sus obras inéditas, no eran éstas la presa que los tiburones habían estado destrozando en el camino, era a él mismo a quien se habían propuesto destruir, convencer de que, estando tan salao, no pegando una, tampoco valía la pena seguir sobrio y finalmente, gracias a Dios, tuvo la oportunidad de recorrer y también documentar el exagerado esfuerzo que había hecho, buscando la otra ciudad, un esfuerzo, una experiencia de la que se hallaban carentes absolutamente todos los tiburones que conocía.

Un par de semanas tardó María en aparecer.

Sus confesiones, a ella misma corresponde, no habrá documentación ajena de éstas. Únicamente se dirá que de modo simultáneo a todo lo anteriormente narrado, a causa de su mala rutina, hubo de recibir no una, varias golpizas y ha de haber estado tan cerca de quien habiéndola asesinado, posteriormente la hubiese descuartizado y depositado sus miembros en una carretilla junto a los de todos los demás venecos igualmente descuartizados cuyas cédulas de identidad, como tarjetas que marcaban los obreros de aquella “empresa limpiadora”, se amontonaban una sobre otra en un botellón plástico picado a la mitad…, tan cerca hubo de estar que esa misma fue la falsa noticia recibido por quien se agarró la cabeza, recordando: “Ella dudó…, cruzamos el pueblo en un autobús y vió a su hijo con la abuela. Quiso bajarse, si no a quedarse al menos para despedirse…, no dije nada…por mi ego, por querer viajar, para que así fuese dicho: ÉL VIAJÓ…, por mi ego no dije nada, ¡qué desgracia!.

Media hora después de haberle dado tan fatídica noticia, la misma voz al otro extremo de la línea telefónica despertó en sus entrañas la energía que, sin pedir permiso, salió de él como estruendosa carcajada. Su interlocutor, inmediatamente vióse invadido de la misma energía, el mismo grito emitido al batir de las mandíbulas. ¡Ella vive!. Y entre lo que, si, puede ser narrado por un servidor, le trajo de regalo unos zapatos y la aclaratoria. Se había rendido y vuelto a Venezuela, hasta Mérida. Allí, rumbo a la casa de unos parientes en Bailadores, contemplando las verdes colinas pobladas de frailejones y grandes piedras como meteoritos que la atmósfera no había pulverizado y aterrizaron en el páramo, grisáceas, con pequeños relieves circulas como marcas de burbujas recién reventadas…, entre abismos y cumbres emborrascadas asimilóse al imponente contexto, avanzando hacia la espesa bruma en que, volviendo del manicomio, la prisión o de regreso a la patria, nos hallamos, invisibles, anónimos e igualmente, a medida que aceptemos o no la identidad que nos acompaña, carentes o plenos de ella.

12 de Enero 2018 – 10 de febrero de 2018



El enlace a la propuesta de novela (HIPOCRESÍA) por la que me gradué de caminante internacional:
















“Que esa bestia que, así, te aflige tanto
No sufre por su vía caminantes
Sino que hasta morir les da quebranto
Y con su genio y ley tan repugnantes
Que es insaciable el hambre que la abrasa
Y, después que ha comido, mayor que antes”
Dante
La divina comedia

“¡Cuando hay que aprender se aprende; se aprende cuando se trata de encontrar una salida! ¡Se aprende sin piedad! ¡Se vigila uno a sí mismo, látigo en mano, fustigándose a la menor vacilación!
Franz Kafka
Informe para una academia

"...reventaron pequeñas burbujas de gases del pantano.
Una más grande, se quedó a flor del agua, dentro de una ampolla amarillenta, como un ojo teñido por la ictericia.
Y aquel ojo iracundo parecía mirar a la mujer..."
Rómulo Gallegos
Doña Bárbara  


Éste relato evoca la primera madrugada, el primer día del año 2003, el mismo en que, debido a las drogas que, la víspera, empecé a consumir, absolutamente todo lo que , para mí, señalaba una identidad (familia, comunidad) enrumbóse a la caída en el profundo pozo de las almas atrapadas por la desgracia de quien, desalmado, emprende todas y cada una de las labores a que su imperante necesidad de hacerse daño le apremie. Posteriormente vinieron las persecuciones, los encierros en instituciones para enfermos mentales, la humillación…,. Se desató el infierno; alguna legión demoníaca, algún principado, ¿qué sé yo?. No obstante lo cual, bien podría decirse que pretendo reprender ex amigos e incluso parientes que por aquel entonces vinieron a la casa e hicieron sus malas obras de santería por mi supuesta necesidad de que así fuere; igualmente se desató el infierno y, con los años que llevo limpio, reprendo, desautorizo a quienes hayan querido y quieran aún hacerme creer que necesito ver y oír lo que hacen y no clamar a lo más alto pidiendo la serenidad para, educadamente, solicitar que se retiren o que se me informe si tienen absoluto derecho de hacer aquí sus porquerías, de modo que pueda, inmediatamente, retirarme y no volver a pisar éste u otro espacio en que dichas estafas se lleven a cabo. A propósito de esto último, no tengo parientes u otros conocidos santeros, paleros, espiritistas a quienes declarar ninguna guerra; pacíficamente, la sobriedad con que, desde lo más alto, fui bendecido, toda la mala obra ¡la echa patrás!. Amén.
A propósito de ex amigos, con nadie busco problemas; si a alguien busca reprender la siguiente crónica urbana es al muchacho desalmado que no perdía la oportunidad de hacerse daño, por ejemplo, abordando un automóvil repleto de personas también desalmadas. ¡¿Cuántas desgracias no se narran a partir de la decisión de traspones la portezuela de un automóvil y para la radio bemba posterior, haber sido uno de los que iba en el carro chocado, despeñado en algún abismo, detenido en la alcabala?!. Es al muchacho a quien su propia historia reprende, a éste y a quien piense que lo sigue siendo; no soy ningún muchacho, desde cualquier ventanilla reconocería una tripulación automotriz compuesta de muchachos y muchachas que, por un puesto en ese carro, por no quedarse varados, tal y como les encanta ver a otros una vez que se posicionan…, fueron capaces de vender la más mínima señal de dignidad que aún pudiese quedarles. Sé reconocerlos y aunque con las damas se me dificulta un poco, me esfuerzo por recordar que sería insensato confiar en ellos, en ella. Simplemente bendigo a todos y aunque por mi pueblo camino mucho y de vez en cuando viajo, casi siempre ando solo. Ni con el mejor embrujo, producto no de sobrenaturales poderes femeninos sino de mis propios trastornos mentales, ni a causa de mi mayor debilidad, una loca endemoniada  impediría que me dé cuenta de lo que es y, a fin de sacudírmelas, asuma las innumerables cartas que a sabiendas de..., escribí solo para ella; ¡pura locura!…, y esto último, el asumirlas, lo hago en un solo texto, escrito para quien haya podido interesarse por éstas líneas. ¿Quién será?

          Una más de cuantas referencias puede haber a propósito de lo indiferente que resulta cuán traumática la experiencia  pudo ser, si ésta, en cambio, representa una certificación de la rumba a la que, ¡por fortuna! se pudo asistir en tanto hubo quien se marchitara, prisionero del tiempo, la madrugada que transcurrió sin que pudiese verla. En su justo tiempo y espacio, justo donde y cuando tenía que ser, justo ahí, no se halló. Absorto en la contemplación de lugares, personas y situaciones febriles a las que no recibió invitación e incluso, esto último, pudo habérsele notificado. No se halló en las horas nocturnas transcurridas en el espacio donde le salió marchitarse…,. Eso, una más de cuanta crónica puede haber de un predicamento, una tribulación absurda, ¡una satánica rumba de año nuevo!,  a eso, inmediatamente, daremos curso.
          El blanco de las luces en la cara funde al inolvidable cuadro del viejo Maverik avanzando un poco más allá del punto en que sus luces delanteras, por uno, quizás dos, tres segundos, enceguecieron la risueña expresión del adolescente para quien el conductor había designado un puesto más aparte de los ya ocupados por G*** y D***, restaban únicamente Papá*** y Jhonn P***, siendo éste último, el puesto que le fue asignado, una sorpresa tal como su aparición en la ventanilla del Maverik; como pudo haberlo hecho cualquiera, sin dinero, sin droga, sin vagina, para, irremediablemente marchitarse allí, en la ventanilla de la que tendría que apartarse para que el automóvil reanudase la marcha…,  asimismo, en porte de un buen capital, Jhonn P*** corrió hacia el vehículo a cuyo conduntor, M***, conocía bien. Presentando su ancha sonrisa coronada por las gafas obscuras que, después de medianoche, junto a la chaqueta de cuero negro y la abundante y lacia cabellera del mismo tono mate, dábanle un aire de RAMONES,notablemente más robusto que cualquiera de ellos, Los Ramones, presentando su cara en la ventanilla, dejando por sentado el capital de que disponía, se dio su  puesto en el viejo Maverik.
          Habiendo ido a buscar a Papá***, incluso habiendo aventado a su hermano menor, R***, a lo alto de una lujosa urbanización, a su fiesta de año nuevo (“La gasolina cuesta” dijo la compañera de G***, D***, aquella heroinómana de veintidós años, blanca, pelirroja, de grandes ojos y la nariz igualmente grande, redonda en su punta, dominando el óvalo de la cara y su obscura expresión…, “La gasolina cuesta” exclamó, con desprecio, dirigiéndose a R***, por el improvisado aventón que le dimos a su fiesta)…, habiendo ido por Papá*** y, posteriormente, asignádole un puesto a Jhonn P***, M***, G***. D*** y el adolescente abandonaron el villorrio, rumbo a la capital.
-          ¡Yo no voy a estar chicharroneando mientras manejo! – decía M*** alargando su mano derecha en solicitud del tabaco recién armado por el adolescente o por cualquier otro con las moñas que éste último arrancaba de un buen pedazo de marihuana (¡marrón, colombiana!) compactada y envuelta en emboplast.
El pavimento serpenteaba entre las montañas en cuyo borde acantilado, al fondo de éste, vislumbrábase, poco a poco, el hervidero de luz artificial, ¡Caracas!, en que, sin pensarlo, habrían de sumergirse.
          Daba gusto lo despejadas que la vías, tanto la panamericana como las que habrían de seguir en Caracas, estaban. Los automóviles que, fluídamente, circulan un primero de Enero en la madrugada, sin transportar nada más legal que una bala fría un chisme calientico, a su tripulación, cualquiera que ésta sea, le da gusto lo despejadas que se encuentran las vías que toman hacia los verdaderos embotellamientos; en cada sitio dispuesto para la convergencia de cuantos logren acceder, en la entrada de casas y establecimientos nocturnos, converge la frenética pujanza de quienes, ciegos, jurarían que su soledad no logrará trasponer el umbral.
          Papá*** era indiscutiblemente punk, el rizado mohicano dividía su desproporcionado cráneo en contraste a su anatomía menuda y ataviada de cadenas, colorida franela y pantalones a cuadros con los ruedos dentro de las botas militares. G***, el, entonces, compañero de la bella y venenosa D***, de estatura inferior a la de su dama y a la de todos allí, tenía la cara redonda y los ojos circundados por pestañas tan largas e igualmente negras que daba la impresión de habérselas hecho con alguna clase de maquillaje, pequeñas la nariz y la boca entre las anchas mejillas y todo éste conjunto de rasgos coronado por su ancha frente la cual extendíase hacia dos profundas entradas a cada lado de su cabello apenas asomado en cañones. M***, de nariz aguileña y pronunciados pómulos y mentón, llevaba una chaqueta de color claro que le llegaba casi a las rodillas, como una americana. Por último, el adolescente, con su ceja derecha, siempre, más arriba que la otra, con su menudo rostro de nariz igualmente ganchuda y ojos chinos sobre la clara y obscura tez (negrito chimbo), no daba mayores señas que las de andar en busca de sus particularidades, su identidad compensada en la marihuana que no solamente había comprado, ayer, en buenas proporciones para esa misma rumba de año nuevo. Asimismo complacíale poder fumar cuanto quisiera sin que le diese una pálida como las que tanto lo habían avergonzado en meses anteriores. Tenía la tolerancia al monte, suficiente, aquella madrugada, para fumar e invitar a todos, cualquier franela, jeans, filosofía barata y zapatos de goma. Tales eran los personajes de nuestra crónica.
          El primer puerto al que arribaron fue la entrada de la haciendo El Arroyo, mas, no pasaron de bajarse unos minutos del viejo Maverik. En tanto los demás se perdían entre quienes, como ellos, averiguaban si valdría la pena integrarse a la pujanza por el acceso a la dichosa hacienda, asimismo, Papá*** y el adolescente compartían impresiones acerca de lo que hubiesen querido hacer ya que estaban en Caracas.
-          Ahorita hay un toque es Espacio Dos – dijo Papá***
-          ¿En Plaza Venezuela? –
-          Umjú. Ahí si me gustaría ir. Va a tocar Siete balazos y… no sé, otras bandas ahí. Birras, porros.
Concluyó su frase doblando la boca hacia un lado mientras enarcaba las cejas, intercambiando con el adolescente su idéntica mueca de resignación antes de que ambos dejasen escapar una ligera risita.
-          Bueh – dijo al fin, el adolescente. Ahí vienen… mira, llegaron los pacos –
Sucedió entonces que un jeep de la policía Metropolitana, junto a la insalvable dificultad para entrar en la hacienda, de la cual Papá*** y el adolescente no pidieron detalles, sucedió que fuesen éstas la misma señal para reagruparse dentro del Maverik e inmediatamente salir de ahí.
          SANTA LA DIABLA, tal era el nombre del, entonces, nuevo establecimiento ubicado en lo que parecía ser un centro comercial subterráneo; al caminar entre los mostradores de tiendas cerradas a lado y lado del pasillo, tuvo el adolescente la momentánea sensación de estar en el nivel Lecuna de Parque Central.
          La pujanza no dio más trabajo que el de pagar la entrada y en compañía de su soledad y afanes cada uno se sumergió en el éxtasis de la masa coronada de innumerables brazos y manos agitándose sobre cuerpos repletos de una química insana, la cual, más que bailar, hacíales convulsionar de pié.
          En teoría, cualquier ambiente festivo es, también, la causa de que, quien se desplaza entre los demás asistentes al festejo, irremisiblemente se asimile al ritmo que un determinado género musical impone sobre la pista. ¡Falso!. El paso através de la masiva y vertical convulsión de aquellas personas, lo condujo al encuentro en medio de la gente con aquel sujeto de gran estatura y fuerte complexión cuya mirada estupefacta clavó en la del adolescente que levantando una ceja lo vió aproximarse, los ojos como si fuesen a saltar de sus cuencas y las manos en busca de contacto con cualquier parte del cuerpo que el adolescente sacudió en señal de rechazo a la pretensión del sujeto que, por la nota, pareció absorber su sobresalto abriendo mucho más los ojos e irguiéndose con los labios muy apretados como quien es atrapado por una fuerte emoción; volvióse, nuestro alto y fuerte sujeto, un espejo del miedo que, por su éxtasis, absorbió del adolescente como una efectiva transferencia. Viéndose rechazado, sabiendo exactamente cómo se sentía quien lo rechazó, dando media vuelta, reanudó su frenética convulsión vertical, agitando, igualmente, los brazos en el aire. “¡Qué locura” dijo el adolescente  para sí mismo en tanto miraba por encima del hombro la hoya de la que se afanaba en salir.
          Hecho curioso: una pequeña puerta al fondo del establecimiento comunicaba a un tras patio limitado por muros bastante altos. El único panorama que, más allá de los muros, ofrecía dicho espacio era la perspectiva en contra picado de los edificios con cuyos patios limitaban los altos muros de aquel en que nos hallábamos a los pies de la gran torre que, encima de Santa la Diabla, se elevaba hasta chocar con la bochornosa imposiblidad de alcanzar, rascar siquiera, el cielo que Papá*** y el adolescente no dejaron de ver en casi toda la madrugada, buscando nuevas tonalidades que anunciasen al alba. No volverían a entrar hasta que la señal fuese de ¡partida!.
           Al transcurrir de aquella madrugada en que el cielo parecía burlarse del adolescente, quien creía notar algún cambio en sus tonalidades para luego averiguar que eran las dos, dos y media, tres de la mañana…, en el curso de éstas horas, un par de elementos en el patio llamaron su atención. Uno era el actor de televisión que sostenía un trago a la altura del mentón mientras su sonrisa petrificada en el rostro se balanceaba de un extremo a otro del patio, el otro era una mujer muy bajita cuyo éxtasis había preferido danzar entre los pocos grupos que poblaban los materos o yacían de pié. Entre los diversos espacios que le brindaba nuestro apacible escondite, ella danzaba como un hada al ras del suelo que, también, suele recibir de un crudo impacto a quienes, por el abuso de las pepas, en algún momento ven perderse la comunicación entre su cerebro y el puente dorsal que éstas bombardean hasta inutilizarlo, dejándoles como vegetales que no pueden ser comidos, ni siquiera fumados.
          Despuntó el alba y la señal de partida, felizmente fue recibida por Papá*** y el adolescente una vez que G*** atravesó la puerta dándoles aviso.
-          ¡Chao feo! – dijo alguien en la salida, dirigiéndose a Papá***, éste miró por encima del hombro y siguió sin decirle nada.
La reagrupación no estaba completa. Una vez en el Maverik tuvo lugar una breve discusión acerca de quien iría a buscar a D***. “Mira ¿y D***?”, “Dch, cogh…búscala ahí rapidito, está en el sótano” Lógicamente ha debido ser G*** quien fuese por ella, curiosamente no fue él sino el adolescente quien bajase las escaleras que conducían a un sótano. Al pié de la escalera no hubo de caminar más de diez pasos hasta encontrarse con D*** y otros tres personajes, evidentemente muy jóvenes que la acompañaban en la misma actividad que todos ahí, exceptuando al adolescente, realizaban. Con los ojos bien abiertos, sosteniendo latas y fósforos encendidos, voltearon todos al mismo tiempo al verle aparecer y decir: “D***… ¿nos vamos mi amor?”.
          Esto puede no parecer una crónica lo bastante comercial; no ha habido ni habrá persecuciones, disparos, muertes por sobredosis u otro elemento de los que masivamente compra el morbo social acostumbrado a los horrores de utilería. En el viejo Maverik viajaban adictos al crack y la heroína, un adolescente y Papá*** que, entonces, así como el menor,únicamente consumía marihuana y alcohol. No obstante, la forma en que cada uno, hasta el momento de reagruparse en el automóvil, llevó su rumba, queda sobre entendido; cuanta droga y cómo la consumieron a lo largo de la madrugada sería simplemente un chisme malicioso. Resta saber cómo llegó cada quien a su respectivo domicilio. Esto último, quizás, resulte, para el ya mencionado morbo social, de un interés harto mayor a todo lo anteriormente documentado.
          D*** abordó el automóvil en porte de una lata y la piedra que en ésta tanto ella como M*** y Jhonn P*** (G*** no intervino), vieron derretirse. De inmediato asaltados por la imperante necesidad de ver lo mismo através de su propia subjetividad, comenzaron a pedirle un coñazo.
-          Nah – dijo D*** con determinación – si te doy a ti le tengo que dar a todos –
Aquella respuesta generó una atmósfera de rabiosa tensión.
-          ¡Bueno entonces la botas! – dijo M*** viéndola en el espejo retrovisor
-          ¿Me vas a hacer botarla? –
-          ¡Si!, ¡bota esa mierda! –
La tensión iba en aumento. D***, hostil, aplastó entre sus manos la lata que luego arrojó por la ventanilla sin que por ello aminorase, más bien creciese la ansiedad de Jhonn P*** y la de M***. Papá*** y el adolescente se miraron angustiados al ver que dicha ansiedad había puesto a Jhonn P*** a dar indicaciones tales como: “¡Ahí, debajo de ese puente, pregúntale a esos negros!..., Mira, pero vámonos para… allá están activos ahorita…Vamos chamo!”. D*** observaba todo con una tranquilidad que al adolescente le pareció irritante, cual si no le importase la situación, cual si esperase sacar algo de éste nuevo giro en los acontecimientos. Qué profunda impresión marcó en el adolescente aquella mujer. Tras rogarle repetidas veces que regresara al villorrio, Papá*** y el adolescente lograron, al fin, convencerlo. Abandonó su búsqueda, Jhonn P***, como un niño malcriado y fuerte al mismo tiempo, trascendió rápidamente su impedimento quedándose profundamente dormido a lo largo de toda la panamericana. Veíase ya la entrada del pueblo cuando D*** que había permanecido en silencio todo el camino, una vez más, habló.
-          M***…, llévame pa la casa –
-          Mmmm – gruño M*** - temía que me pidieras eso…, bueno, vamos pués –
-          Déjanos aquí M*** - dijeron Papá*** y el adolescente casi al mismo tiempo – Aquí, aquí debajo del puente –
-          Chamo ¿no me pueden acompañar?- dijo M*** , no sin antes acelerar el viejo Maverik, dejando por sentado cuanto le indignaba que quisiesen dejarle solo – Qué mantequilla – siguió diciendo – yo si los puedo llevar a todos lados pero ustedes no me pueden acompañar a llevarla a ella –
D*** fue satisfactoriamente llevada hasta la puerta de su casa donde con un gesto de desprecio y el dedo índice vertical frente a su boca hizo callar al adolescente que alguna cosa sin importancia le estaría diciendo. Desembarazados de ella, casi todos creían dirigirse al final de aquella travesía. Menudo error comete quien a lo largo de metros que se recorren en solo minutos, plenamente seguro se siente de que nada podría modificar sus planes de una forma radical. Jhonn P*** abrió los ojos.
-          ¿Dónde estamos? – preguntó
-          Subiendo de… venimos de llevar a D*** - dijo M***
-          ¿Ya pasamos por…? –
-          Vamos llegando –
En esto recobró Jhonn P*** la violencia en su tono de voz
-          M***, ¡dame treinta segundos!, ¡estaciónate aquí en la arepera!...¡treinta segundos mano! ¡si no salgo en treinta segundos vete que yo me quedo aquí, no hay peo! –
Sucedió entonces que de un viejo Maverik tripulado, entre otros, por un adolescente (menor de edad) que llevaba consigo una muy buena, ¡excelente!, cantidad de marihuana, sin mencionar la que llevasen sus compañeros, sucedió entonces que del viejo Maverik, recién estacionado en el estacionamiento de una arepera a orillas de la autopista, fuese ésta la misma cuyo hombrillo Jhonn P*** saltase para luego hacer lo mismo en la orilla del cerro donde podían verse los techos de zinc y antenas de direc tv. El adolescente, por vez primera en toda la travesía, entró en pánico. Ignorando los gritos de M*** y G***, salió del vehículo, rápidamente balanceó su mirada de un extremo al otro de la autopista en cuya orilla se hallaban, por ambos extremos, gracias a Dios, no fue así, se sintió seguro que aparecería una patrulla, si no para detenerse únicamente por el Maverik lleno de gente que solamente un ciego no vería, si no para eso, ¡peor aún!, para darle voz de alto al hombre con aspecto de rokero norteamericano que trepando saliera hacia el pavimento donde le viesen correr con el botín que una vez detenido no tardarían en hallarle o en ver hacia donde lo lanzó. Menos de veinte segundos bastaron para que el adolescente imaginara todo lo que en ese mismo tiempo a Jhonn P*** le había tomado comprar sus piedras, frente a la mirada estupefacta del muchacho salir al pavimento, correr hacia el vehículo, abordarlo y haber seguido con G*** y M*** luego de dejar a Papá*** y finalmente, frente a la plaza Bolívar, en cuyos alrededores buscarían la lata, finalmente, ahí, se bajó el adolescente. Más tarde se reunió con M*** para hacer ejercicio (paralelas) y oírle contar la travesía cual si hubiese olvidado que él también estuvo allí o, más bien, como mucha gente lo hace: "¿Y viste lo mostro que se puso éste? Y ésta chama y que: Nah..., y se lo dije: Bueno, entonces botas esa mierda.
         Sólidamente apostado en la indiferencia del tiempo que ante ninguna súplica retrocede, quedándose allí, donde, si les da la gana, lo recordarán, así como cada uno lo haya visto, finaliza el primero de Enero de 2003, con el misterioso silencio, la desolación que, durante algunos días, hará que cualquiera, caminando por ahí, se vea raro, desubicado. Asimismo, sonarán en la distancia explosivos de los que quedaron fríos, equipos de sonido burlándose del silencio, la depre que, ciertamente, no es competencia de quienes siguen alegres, anhelantes del próximo feriado, cumpleaños, quincena, último de mes, veinticuatro y treinta y uno de Diciembre de otro año que no les devolverá ni uno solo de los buenos y malos días de la vida por cuyas rumbas inolvidables tanto se afanan. Y ¿Quién no?   
         Quince años después, un servidor ya pasado de los treinta y los treinta y uno, un servidor a sus treinta y dos años únicamente hablará de la mujer, D***, cuya edad sería irrespetuoso calcular, mas, da gusto decir que se le ha visto y da testimonio de unos cuantos años en total sobriedad, y, lo más importante, su reciente narración acerca de la llegada de un grupo de orugas que en su ventana tejieron sus capullos y confianzudamente pasaron a estado de crisálida. Solo una transformación de crisálida a mariposa adulta había presenciado al momento de dar tan fascinante testimonio, tan perfecto que parece rebuscado para elaborar una analogía entre cualquier adicto que se empeña en creer que su metamorfosis es posible, la analogía entre éste último y un simple insecto perfectamente conforme con lo que, por lo que la gracia de Dios, ha podido llegar a ser. Sin embargo no se trata de ningún rebusque, fue éste, el de la visita de las orugas y la despedida de la primera mariposa, fue éste su testimonio y un servidor le halla tan fuera de serie, ¡tan radical!, que ha requerido una nota más, para descargarla en año nuevo
31/12/2017 




 


          Gloria a Dios, dijo Eva, mientras el llanto que se esforzaba por contener hacía que la barbilla le temblara.
          Ni diez minutos habían pasado entre el momento en que la vecina le pagó los dos vestidos de noche que, por su encargo, le había confeccionado a las morochas, cuya fiesta de graduación sería mañana sábado. Se acercaba la hora de la reunión y por lo que ella misma denominaba cosas de Dios, no regresó al apartamento; llevaba consigo el dinero al momento de llamar, abordar y abandonar el ascensor. Fue la distancia recorrida entre las puertas de planta baja y la panadería, donde los cigarros que pidió fueron devueltos a la pila de la que fueron removidos para la venta que no llegó a darse; con aquella expresión de ir contemplando algo muy malo, al tiempo en que la esperanza, con los mismos ojos vidriosos, miraba cada rincón del tramo que acababa de recorrer en sentido contrario. Llegó a las puertas del edificio, donde estaba segura de haber tanteado el dinero antes de encaminarse a la panadería. Finalmente, a su pesar, buscó con la mirada el rostro de alguien que le devolviese el dinero o el de quien pudiese decirle quien lo había tomado, muy a su pesar hacía éste último ruego silencioso, el más inútil para tales casos.
          Gloria a Dios, dijo Eva, y conteniendo el llanto que le hacía temblar la barbilla, encaminóse a la reunión.
          Era nuestra Eva, de unos cincuenta años, sus brazos y piernas huesudas circundaban el inflado abdomen por el que no era posible descifrar el volumen de su busto, siendo lo único evidente una caja toráxica igual de huesuda y sobre ésta, un rostro cuya piel seca, curtida, ajustábase a elementos tales como sus pronunciados pómulos a lado y lado de la chata nariz y unos ojazos negros, llenos de dulzura. Había sido una negra de sin par belleza; fueron la cocainomanía, el alcoholismo, los abusos de la intemperie y la malsana intimidad, fueron éstos los causantes del prematuro envejecimiento con que, no obstante, decidió seguir viviendo, en sobriedad.
          Antes de llegar, ya, varias veces, había recitado la oración…
“Dios, concédeme la serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las que puedo, y la sabiduría para reconocer la diferencia”
          Estimado lector, dejemos a Eva en su reunión, ya que su participación resulta vital para el desarrollo de nuestra historia, posteriormente habrá de reencontrarnos, guiándonos al final de ésta. En lo sucesivo conoceremos la vida y desventuras de un nefasto personaje cuyo mundo y las catástrofes que en éste le han acontecido y lo seguirán haciendo viene a ser la antítesis del mundo, la vida, libre de drogas y alcohol de nuestra heroína. Sin más preámbulo, conozcamos al hombre que vió caer el dinero de la mujer que siguió de largo, sin voltear, en un momento en que nadie más andaba por ahí. “Cuuuuuñiiiiiio…más nada”, se dijo y, lleno de estupor, caminó a paso redoblado al sitio que cumpliese las dos funciones básicas para tal ocasión: ser el sitio en que pudiese abastecerse de los gramos, siendo éste mismo sitio aquel en que nadie pudiese verlo. Tenía más de cuarenta años, aunque hacía ya mucho tiempo que parecía un viejo, feo pa’ la foto como suele decirse; su mirada era la de un ave de rapiña, de nariz ganchuda y la boca sin labios, cual si de una cortada se tratase, todo esto sobre un pronunciado y caricaturesco mentón. Ninguno de los rasgos anteriormente referidos representan el motivo por el que nuestro anti héroe, a quien llamaremos Alfredo…, a la común percepción resultase un feo, ello se debe a los vicios y a la maldad que siempre tuvo disposición de hacer por una nueva dosis, de gruesa complexión, ideal para intimidar cuerpos tan débiles como las mentes que les condujesen a cualquier tiempo y espacio en que un personaje como Alfredo se hallase, instalado. La segunda mitad de los años ochenta, la última década del siglo pasado, la primera de éste milenio y los vigésimos años que nos alcanzarán en ésta historia, más de treinta años componían su decadente trayectoria por las calles del país en que ninguna explosión social, ningún Caracazo, ningún golpe de estado, ninguna guerra ni guerrilla, ningún libro, película u otra señal de la vida que pasaba frente a sus ojos, habían podido distraerle de su objetivo, la buchaca y el frasco, mucho menos un Viernes o Sábado en la noche. “Estoy hecho”, dijo para sí, con la botella y demás artículos en su poder, incluyendo a una pareja de jóvenes a quienes como tal cosa, artículos por él adquiridos, como tal cosa los vió después de haberles invitado la nota, como solía hacerlo cuando había una mujer en el grupo o era ésta una de las dos personas con que se topaba en la calle. Tenía un mecanismo automático de pegársele a una pareja o, como en éste caso, hacer que se le pegaran por la nota; la consciencia de su pobre condición humana le hacía sentir seguro de que quienes con él anduviesen, muy lejos se hallaban de no ser iguales o mucho peores que él.
          El joven, a quien llamaremos Juan…, tal como Karina, su novia, era drogadicto, veintitrés años, delgado, de aspecto hípster: botas Loveland, pantalón de pana de anchos ruedos, una vieja chaqueta militar y una bohina, también de pana, sobre la abundante cabellera negra que le cubría la nuca mientras su barba hacía lo mismo con el mentón. Karina vestía de sport, casual, sin indumentaria que indicase la asimilación de ninguna vieja o nueva moda, era ella, negra, de largo y ondulado cabello también negro, nariz perfilada y bellas facciones en el óvalo de su rostroFue idea de Juan pegársele al viejo, él sabía por qué los invitaría en caso de que tuviese algo que invitar, más, no era un cabrón, era la mal direccionada disposición de agasajar a su novia, por amor, quería brindarle algo que, sabía, le hiciese falta, tanto más hoy Viernes. En algo había reflexionado, y esto hacía que Karina le respetase: no era él uno de esos mojones que toda la vida se habían sentido solos, excluídos, y el que la mujer con la que, milagrosamente, andasen, hiciera que mucha gente, con vehículos, casas y reuniones a las que nunca habían sido invitados, cambiase de parecer, los tratase, no era él uno de esos a quienes dicho cambio despeñaba en un profundo estupor, el mismo del que cualquier falso anfitrión pudiese luego aprovecharse puesto que se volvían odiosos al común de los presentes, podíaseles contravenir en todo argumento, siendo ellos quienes la empezaban, no había que cuidarse del calor al que llegase la discusión o el altercado, siempre serían ellos, quienes caían en esa, los que quedarían mal, terminarían discutiendo con la dama y aunque ésta no se quedara la primera vez, ya volvería, sola, la relación había sido intoxicada por los gorilas cuyo objetivo era volver al status inicial: “¡Pacá que no venga!”, sin que la dama quedase involucrada. Sabía de aquellos y de otros casos peores, había oído hablar de uno que por andar abriendo puertas por medio de la mujer acabó en el apartamento de un oficial de la Gestapo que no tuvo la paciencia de los falsos cobardes, no le interesaba intoxicar nada ni mucho menos esperar a que la chica volviese clandestinamente, allí estaba, pelándole el diente y lo que no quiso hacer por las buenas, el oficial de la CIA se lo hizo a la fuerza, no sin antes decirle al de la cara pálida: “Te quedas tranquilito, si tratas de hacer algo te meto un tiro”…, . Juan sabía cómo era todo, la razón por la que estaban ahí para que Alfredo, prácticamente olfateando a Karina, les invitara la nota, fue haber visto la enorme bolsa que se le cayó del bolsillo de la chaqueta en la licorería. Velozmente la recogió y pleno de estupor, habiéndosela dado a Karina, quien sin el menor escrúpulo la guardó en su bolso, llamó a Alfredo por su nombre y ambos se le acercaron, procurando distraerle con las bellas facciones y demás molduras femeninas que le arrebataron del ahí, donde entonces no se hallaba, por la sucia y abusiva proyección…, a unos cien pasos de la licorería su expresión se tornó pálida, Juan y Karina planeaban verle de la misma forma en que, antes de lo previsto, lo estaban haciendo. La adrenalina que seguían disimulando, causa era del riesgo que, automáticamente, al recoger la bolsa, decidieron asumir. Muy bien podía, el viejo, hacerse una mente con ellos. Más, no fue así; miles posibilidades contempló, excepto la de que unos muchachos le hubiesen robado la bolsa en su cara.
-          ¿Todo bien mano?- preguntó a Juan, a lo que Alfredo respondió agitando la mano en señal de desprecio por cualquier sonido que le distrajese de sus frenéticas reflexiones, aquellas que en pocos segundos le llevarían, como halado, a la reconstrucción de sus pasos y más tarde a la violenta manifestación de semejante desilusión el Viernes, casi de noche en que aquel viejo, endemoniado, gritó: ¡Coño e’ la maaaaaaaaadreeeeeeeeeeeee!!!!!!!!!!!!!”
          Juan no era cabrón, de no habérsele caído a Alfredo la bolsa igualmente se hubiesen ido con él apenas los invitase, ya hemos establecido que lo haría de inmediato, apenas hubiese visto a Karina, era la mal direccionada disposición de agasajar a su novia lo que le hubiese hecho llevarla a donde Alfredo, irremediablemente, les hubiese faltado al respeto, la misma disposición mal direccionada que le hizo involucrarla en aquel robo que de no habérsele ocurrido a él, ella misma lo hubiese llevado a cabo, no era un cabrón, no era su novia una mala mujer, dos enfermos cocainómanos, eso eran ambos.
          Quedamos en que Eva nos reencontraría y de su mano llegaríamos al final de ésta historia. Sucedió entonces que, volviendo de la reunión, coló café y buscó en la gaveta de una mesita de noche tres cigarrillos que había dejado ahí. Saboreó el amargo café sin azúcar, fumándose un solo cigarro antes de abrir la biblia en aquel pasaje que tanto le gustaba: “La luz en las tinieblas resplandece y las tinieblas no prevalecieron contra ella”, “Amén”, decía siempre al leer éste y cualquier pasaje de su biblia. Conocía de sobra los motivos que su vieja identidad tenía para salir en busca del terremoto en que se tornaba cada día y noche de su otra vida o como ella misma le decía, la muerte de la que fue resucitada. Se recordaba tomando una cerveza, pensando: “Este colorcito…”, se recordaba odiándose a sí misma, su piel negra, su cabello. Así mismo recordaba el compartir de alguien que decía sentirse profundamente indignado ante el deseo, más que evidente, que su propia familia tenía de verlo drogado, indignación que le ocasionaban puesto que indignado, automáticamente, buscaba la droga; Eva se indignaba frente al racismo y en nombre de quienes se alegraban de que fuese negra para, con desprecio, decírselo, bebía y se drogaba, el odio por los racistas cumplía una doble función, justificar su compulsiva búsqueda de droga y alcohol y ser la fachada para el odio que sentía por sí misma, por su negritud, por su adicción. Vivía, en el presente, la bendición de conocer a aquella Eva, la conocía y no le daba miedo hablar de ella, sin odio.
          Karina veía con desprecio la pantalla del celular mientras leía el mensaje de Juan, su sarcasmo, sus ironías patéticas, “puro anzuelo” se decía, determinada a no responderle, más, ansiosa por leer cuanto le enviase; habían discutido en casa de Juan, de donde salió sin escuchar los ruegos de perdón por la palabra que se atrevió a decirle, “Puta no mi amor, ¡putísima!”, fue lo último que Juan escuchó antes de que Karina le volviese la espalda y saliera del apartamento. Una vez más se hizo mente al verla leyendo en la computadora los textos de alguien a quien él consideraba un sapo, a ella le gustaban y no era la primera vez que Juan, sintiéndose agredido por ella, la agrediese destruyendo el nombre del escritorzuelo y sus textos inéditos, percatándose luego de que sus insultos al ausente no le causaban a ella impresión alguna, percatándose de esto, sintiéndose impotente, fue que decidió emitir aquella palabra…,. El resto de aquella noche de Viernes Juan lo pasaría platicándole compulsivamente a un desconocido, los asuntos no resueltos que tenía con su novia; resultando, el desconocido, acreedor de dos golpes de suerte: que un patético despechado le invitase toda la cocaína que su novia no quiso consumir con él y que fuese éste mismo quien recitara toda la peste de la que a su novia podría dársele un detallado informe para intoxicar un poco más la relación. Karina presionó el botón rojo hasta que la pantalla del celular le indicó estar apagada, traspuso el umbral y sonrió al ver a su tía Eva en la cocina.
-          Bendición –
-          Dios te bendiga lagañosa, yo pensé que te ibas a perder hasta mañana –
-          Nah – respondió Karina, diciendo con esto absolutamente todo.
-          …¿Qué pasó? ¿se comió la luz? –
-          Si, pero no importa, que hable él toda la noche con sus maridos, ya yo estoy en mi casa –
-          Gloria a Dios, ¿quieres café? –
-          Ay pero eso sin azúcar… -
-          ¿Y la curda tiene azúcar? –
-          Si, bastante… -
-          Ya sé, boba, pero ¿sabe rico? –
-          No, y el café sin azúcar tampoco –
-          Mejor, más pa mi –
-          Ta bien –
           El haberse visto como se veía entonces Karina, era la razón por la que Eva no consideraba su situación como otra cosa que un llamado de afecto, de ningún otro modo hubiese podido conducirse con la sobrina que era como su hija. Karina, sin disimular la estupefacción del alcohol y la coca, quitándose la chaqueta de Juan, se sentó a conversar con su tía en un escabel que estaba junto a la nevera. Eva, sentándose en un taburete, colocando el café que ya había calentado en una paila y vertido en una taza de peltre y encendiendo el último de los tres cigarros que sacó de la mesa de noche, contempló dulcemente a Karina.
-          Esas tazas son horribles para tomar café, se calientan-
-          Si, es verdad. Yo porque estoy acostumbrada a ésta –
-          Yo sé, siempre tomas café en esa taza… -
-          … madre ¿por qué tú no me acompañas un día al grupo? A ver qué te parece –
-          … ¿tú sabes que el peo con el idiota de Juan fue por algo de eso? –
-          ¿Por qué? –
-          Por esos grupos, por una cuestión que yo estaba leyendo sobre esos grupos … -
-          ¿Y qué estabas leyendo? –
-          Algo que escribió un tipo que vive aquí en San Antonio. Yo no lo conozco mucho, osea, nunca lo he tratado, pero de él habla un poco e’ gente, algunos hablan bien y otros dicen cosas horribles…-
-          Bueno, así es todo. Pero ¿qué tiene que ver él con los grupos?-
-          Que él como que forma parte de esos grupos, o formaba parte y se fue. Lo cierto es que él como que era un desastre cuando consumía y desde que dejó de consumir se volvió como loco, así dicen, que andaba todo loco caminando todo el día y toda la noche, con unos papeles que le leía a todo el mundo y hablaba burda, pero no discutiendo, era como una lírica infinita que él empezaba a recitar y ahí se quedaba…o si no, era que lo que estaba diciendo le parecía tan super arrechísimo que te dejaba de hablar y se ponía a escribir, en tu cara pués, y te quedabas ahí viendo pa los lados…o te ibas pues… pero en ese tiempo él se arrebataba, después se dejó de arrebatar y dejó de beber y ahorita fuma burda de cigarro y bebe café, bastante, pero no se droga… -
-          ¿Y tú dices que él es compañero…? –
-          Yo no, lo dice él, lo escribe pues… él tiene un blog-
-          ¿Un blok? –
-          Blog, ggg, con g-
-          Ok, eso era lo que estabas leyendo –
-          Si –
-          ¿Y qué fue lo que le molestó al lagañoso de Juan? –
-          Nada, eso es pura envidia, él no puede ver a nadie que haga algo bueno porque se la frustra –
-          Bueno… ajá, pero cuéntame qué dice ese muchacho de los grupos –
-          Bueno, dice un poco e’ cosas … si quieres te muestro en la computadora –
-          Pero no vas a poner música a ésta hora, que a tu mamá le duele la cabeza –
-          Ta bien…pero termínate el cigarro tranquila –
-          Este es el último … hoy boté una plata saliendo del edificio –
-          ¿What? –
-          Si, fui a comprar cigarros y ya la había botado… -
-          Dch mmmmmmm – gimió Karina en tanto que se alegraba de encontrar una cajetilla sin abrir en el bolsillo de la chaqueta y extendiéndosela le dijo – Mira ¿y si yo te hago un regalo?-
-          Ay, pero tú no fumas cigarro, esos son de Juan… –
-          Agárralos vale –
Eva guardó silencio un momento
-          Dame acá pues – dijo, sonreída
-          ¿Y se te perdió un realero? –
-          Alguito. Era lo de los vestidos de noche de las morochas. Mañana es la fiesta –
-          Ya las quiero ver… -
-          Mira, no pongas música –
-          Ya sé tía, relax… me llamó la atención porque tiene una cita de la biblia, por eso fue que me puse a leer el cuento completo –
-          ¿Es este? –
-          Si… -
EL ECHÁO PATRÁS, LA LETRA MUDA

"Se le acercaron los fariseos y saduceos para tentarle y le pidieron que les mostrase una señal del cielo. Más, él, respondiendo les dijo: Cuando llega el atardecer decís: Buen tiempo porque el cielo se pone rojizo. Y por la mañana: Hoy hará tempestad, porque el cielo se pone de un rojo sombrío. ¡Hipócritas! ¡Sabeis discernir el aspecto del cielo y no podeis discernir las señales de los tiempos?"
Mateo 16:1,2,3



“Admitimos que éramos impotentes ante nuestra adicción, que nuestra vida se había vuelto ingobernable.
Llegamos a creer que un poder superior a nosotros mismos podía devolvernos el sano juicio.”
Primero y segundo paso


          Aunque nunca probé los ácidos, mi respuesta para quienes a menudo preguntan cómo manejo esa decisión de no volver a drogarme hasta que muera, mi respuesta para quienes preguntan eso es siempre la misma: las drogas abrieron puertas que no volvieron a cerrarse; cuando me place las cruzo y muy al contrario de toda fantástica presunción, no me desdoblo hacia los papeles con mayor cosa que mis verdades. Todos mis viajes son hacia el tiempo y espacio de una falsa versión de mí mismo: un drogadicto rebosante de autocompasión, un patético cliché. Lo que muy bien pudiese ser, parecer alucinante, producto del uso de alguna droga psicodélica, es la historia de un viaje en el tiempo; ahora que lo pienso, no estoy seguro de si viajo al pasado, o es aquel pobre diablo quien, desde no sé dónde, tiene visiones del futuro, me ve y para él soy una señal, siquiera un poquito de fé debí tener en que sería, en el futuro, al menos lo que soy ahora: un simple y sobrio pela bola pretendiendo ser escritor, durmiendo tranquilo.
          Crimen y castigo fue la primera obra que leí de Dostoyevski, me fascinó su narración de todo aquello que la perturbada mente del asesino interpretó como señales, puntos de referencia que le condujeron a su fatal determinación. Muchas veces caminé determinado a recaer, sintiéndome libre del precepto que me contenía. Dicho precepto era, sencillamente, miedo a las consecuencias de aquello que tenía la imperante necesidad de seguir haciendo; me asaltaba la nostalgia por la otra ciudad, los rincones secretos de los que emergía en un estado de conciencia alterado, siendo mi otra conciencia la de venir llegando, emergiendo de un punto secreto que aquella identidad por la que abstinente me sentía nostálgico, tenía por pedestal. Era el miedo lo que me contenía y con éste mismo aparecía la rabia con su discurso: “Me estoy agrediendo a mí mismo” “¿Por qué no puedo ser quien soy?” “¿No puedo existir?” “Dch, nah joda chico”. Ya estuviese caminando o estacionado en cualquier esquina, el personaje liberado sabía dónde estaba y a donde iba. Como un repatriado en cuyo país hubiese un tesoro y solamente él supiese dónde hallarlo. Sin importar cuan mala fuese, el repatriado tenía fé y ésta le sosegaba. En breve, drogado, sería para otros una señal como lo fueron para él aquellos grupos e individuos reflejando la identidad que ya no seguiría tocando a su puerta.
          Llegaría el momento para calificar de absurdas, desechables, todas las dichas señales que al repatriado, lejos de guiarle a varadero, acabaron por mostrarle un espejo repleto de caras que no eran la suya, agrupadas éstas en el patio de una institución psiquiátrica en que los espejos eran artículos de riesgo en manos de los pacientes, los cuales, el tiempo que fuesen a estar a allí, muy pocas veces, bajo estricta vigilancia, podrían ver su propio rostro. En estos buenos tiempos en que automáticamente ignoro toda señal de retorno al pasado, en estos buenos tiempos fue que un amigo me dijo: “Yo más de una vez te negué el monte hermano. Pero no te lo tomes a mal, te lo digo porque andas en otro sistema pues… pero en esa época, cuando fumabas, te despreciaba, cuando llegabas preguntando si alguien tenía monte, o a veces no decías nada pero se sabía lo que andabas buscando. Era un desprecio genuino, por esa sensación que producen los crisiados, de que son falsos, de que todo lo que hablan viene sujeto al interés que tienen en algo que hay ahí, a donde llegan prácticamente olfateando y pegándosele a quien le olfatean su droga. Por el alcohol nunca vi que hicieras lo mismo, pero por el monte si, más de una vez me caíste y todas aquellas veces te lo negué, con desprecio. Pero has de saber que te lo digo porque no fumas, y no sé quien más haya tenido bolas para decírtelo pero eso a mi me sonó a mentira, cuando dijiste ¡tengo un mes!, ¡tengo dos meses! ¡un año!...¿ya van cinco?, más de cinco, imagínate. De modo que llevo más de cinco años sin negarte un porro porque hasta hoy no te has acercado a pedirme que te lo invite.”
          A propósito de tal descarga, también de una secta a la que me he propuesto ya no pertenecer, a propósito de éstas cosas, debo decirlo, no hace mucho, vendí un teléfono celular para comprar cigarrillos, soy adicto. En el pasado, con la misma compulsión y obsesión que ahora me mueven por el tabaco, anduve por el mundo en busca de piedra, perico y marihuana; por más de cinco años he permanecido sobrio y no será hoy que recaiga. No obstante esto, sigo siendo adicto, es decir “no hace mucho vendí un teléfono celular…”. La adicción no se adquiere a causa de una sustancia específica, ésta nace con uno, en genética pre disposición; así como un adulto puede ser adicto al alcohol y las drogas ilícitas, cualquier niño puede ser adicto a golosinas, video juegos y demás, no hay tratamiento que erradique tal condición. Mucha de la programación animada, para adultos, norteamericana, se pronuncia en contra del concepto de eficiencia que los grupos de doce pasos pretenden ofrecer; quien haya visto Los Simpsons (La película), recordará el desastroso hecho acontecido en una reunión de A.A.  cuando, por accidente, un objeto es arrojado contra la máquina de hacer café: “¡Ya no hay café!” es lo último que se alcanza a oir, justo antes de que los ahí reunidos, destruyan el local. Si alguna vez pudiese hacerlo, solo una cosa me permitiría preguntar a quienes produjeron dicha película: ¿Qué es lo que se pretende cuestionar?, ¿La eficiencia de las reuniones para mantener la sobriedad de sus asistentes? ¿O simplemente hacen énfasis en que por dejar de beber no dejan de ser adictos?, de ser esto último, trataríase de una redundancia, si se quiere, discriminativa; la condición de adicto no es culpa de su portador, lo es la responsabilidad de asumirla y mantenerse sobrio y abstinente de aquellas cosas, personas y situaciones con las que haya podido hacer y hacerse grandes daños. Más, tratándose del cuestionamiento de la eficiencia de las reuniones para mantener sobrios a quienes las conforman, tratándose de ello, si, hay muchísima tela que cortar.
Para el desarrollo de éstas reflexiones no haré alusión a referencias históricas ni de los grupos ni de sus fundadores, de todo eso, de todos ellos, hay libros y películas. Tan solo me permitiré reconocer que la lectura de dichos textos, cuyos autores permanecieron anónimos, siendo “la confraternidad” como “un todo” la única titular del copyright, despertó en mí una inquietud: “Son fantasmas sin nombre” me decía “¿Por qué habrán querido hablarme desde un pasado tan lejano? ¿Habrá sido la buena voluntad de instaurar un mensaje de esperanza para nuevas generaciones?...¡Fascinante!”.
La estructura de la confraternidad es la misma que la de una secta religiosa. La única diferencia entre ésta y todas las demás, es que la providencia en que, según preceptos con copyright, se debe tener fé, según éstos mismos preceptos, es la que cada quien, como resulte de su preferencia, conciba, es decir: tan necesario resulta creer como ¡no! especificar en quien (se trata de un Dios) se cree. Esto puede interpretarse como la libertad de culto de la que gozan todos aquellos cuyo primordial objetivo es mantenerse sobrios, sin que su específica religión les prive del culto que desean rendirle a la sobriedad, de acuerdo. Más, el anonimato de la providencia, irremediablemente deriva en confusión. Incluso el poder superior que para todos viene a ser tangible, incluso ¡la sobriedad! pierde protagonismo frente a las personas, cosas y situaciones, que cualquier asistente a la reunión puede ( lo hacen) idealizar. Antes que su religión, antes que la sobriedad, pueden llegar a estar: la camaradería con todo el grupo, la intimidad con personas del grupo, los negocios y no menos importante: la perpetuidad de tal atmósfera, la cual, si de algún modo llegase a cambiar, si una amistad, un amor, un negocio llegase a desaparecer, fácilmente perderá la fé quien solo la tenía en dichos elementos, aquellos por los que olvidó a su providencia y a la sobriedad que ésta le proporcionó (a quien esto no le quede claro, investigue acerca de la causa científica de una decisión tal como dejar de beber y drogarse…si la encuentra le agradeceré que me avise) . La razón por la que cuestiono la eficiencia de las reuniones para mantener la sobriedad de sus asistentes, aquellos a quienes cuestiono puesto que son la causa de dicha ineficiencia estructural, es a uno que otro endemoniado que, valiéndose del tiempo que llevan sobrios, de cierta posición social, cierto prestigio que tanto para la adicción como para la providencia que le hace frente valen lo mismo…, valiéndose de esto, van allí en busca de quien les rinda el culto que ello(a)s misma(o)s se rinden frente al espejo, siendo el hecho que si no lo consiguen se vuelven dioses vengativos y haciendo uso del culto que otros si les rinden, organizan, dirigen ataques al advenedizo o al que tiene sus años pero no se adapta. Dichos ataques consisten, mayormente, en generar una atmósfera de burla y de rechazo a quien se haya vuelto “un objetivo” de “el líder” y “su grupito”, también suele haber guerras de un líder y su grupito en contra de otro líder y su otro grupito, en fin, toda una guardería repleta de niños gordos queriendo someter a los más flacos. Las niñas, como en todo escenario social…bueh.
No hace mucho vendí un teléfono celular para comprar cigarrillos; soy adicto y un sin vergüenza, esto último lo digo, no por “cara e’ tabla” sino más bien por referirme al estado de mayor peso en mi conciencia. No está bien vender un teléfono celular que ni siquiera fue comprado con dinero del bolsillo, casi siempre vacío, de quien realizó la venta. No es bueno tener 31 años de edad y ser el mismo sin vergüenza de cuyo bolsillo, casi siempre vacío, no salió el dinero que ha de haber costado el vergatario, aquel que para comprar cigarrillos, puso en venta. Por más que reflexione, me resulta imposible sintonizar la idea que pudiese justificarme; más de cinco años he permanecido sobrio, sin que ello pudiese impedir ¡ÉSTE FONDO!. Necesito descargarme de esa mala idea que a tanta gente conduce irremediablemente a los sanatorios, cárceles y cementerios, siguiente parada luego de una recaída. Necesito estar aquí, donde no existe una mejor versión de mi mismo, una que me haga sufrir hasta volverse insufrible y habiéndome sofocado lo suficiente como para tener que quitármela, no hallase al otro lado de la máscara sino al poderoso vacío viviente al que la providencia de la que me habré olvidado, no podrá, de modo alguno, hacerle frente. No trabajo con rimas ni con falsas versiones de mi mismo, éstas, para retroceder, son infalibles. Se tornan en la imperante necesidad de cosas, personas y situaciones que aparezcan por arte de magia, sin esfuerzo. Éstos años que he permanecido sobrio los he cargado segundo a segundo y no será hoy que deje de hacerlo. Es lunes… son horas en que los obreros, damas y caballeros de mi país, dan por concluida su faena y yo, con todo lo que he leído, con lo que medianamente bien, he querido escribir, con los años que he permanecido sobrio, con algunos cortometrajes y un número (28.366) en el registro Nacional de Productores Independientes, con todo, a la hora en que los obreros, damas y caballeros de mi país, dan por concluida su faena, no puedo decir lo mismo, no quiero mentir. Me ocuparé hoy de permanecer sobrio, propuesta en mano, descargando con fé las historias de innumerables bochornos que solían ser la razón por la que se me desfiguraba el rostro, en tanto daba la impresión de ser acometido por una fuerte punzada en medio de los ojos, a donde me llevaba el puño cerrado con el que sostenía mi rostro mientras, dolorosamente, pasaba  el recuerdo que en dicha pose aguantaba, con todas mis muelas unidas cual si las hubiese soldado unas a otras, la conciencia…, descargando con fé, historias como las del teléfono celular y otras peores que ya han sido escritas y consignadas en editoriales de las que he salido echáo patrás, sabiéndome hipócrita ya que mi pose, las más veces no resulta menos que arrogante; hipócritamente me he sostenido en pié, mientras el ascensor cumplía su función de llevarme a la planta baja de una gran torre babilónica, al pié de la cual, no éramos, mi trabajo y yo, más que fugitivos. No alcanzaba a pensar en un solo rincón de toda esa tierra erizada de torres como la que justo acababa de expulsarme al pavimento, no se me ocurría ningún sitio en que desplomarme con el peso de mis muertas ilusiones, aquellas que se proyectaban en un feliz cambio, una egocéntrica victoria, muy por encima, ésta, de un quince y último, un préstamo, cinco cajas de cigarrillos fiadas, zapatos, pantalón nuevo, desodorante, el favor de una bella dama, mudanza, redención. Era una nueva identidad aquella cuyo cadáver llevaba a cuestas, hipócritamente erguido.
          La indiferencia de aquellos a quienes procuraba no tropezar, su indiferencia me resultaba familiar, la muerte de aquella ilusión semejàbase a la del ser querido en cuyos funerales y sepelio se va pensando entre quienes no parecen (¿cómo podrían?) saber nada. Sus propios muertos y desilusiones, su propio curro  llevarán a cuestas. Ésta última palabra (curro) pertenece a una jerga insular, significa trabajo forzado, lo que en España se denomina caballo es heroína, ser adicto a ésta u otras sustancias lo denominan estar enganchado. Lejos de tratarse del forzoso trabajo, el curro con el que quienes están enganchados al caballo, lejos de verse sometidos a curro, tribulación alguna para conseguir la droga, es por no hallar la forma de hacerlo que se despeñan en un abismo de tormentoso dolor físico, el curro, por el que han de pasar hasta que, empleando métodos no tan forzados, mientras más rápido y fácil mejor, puedan administrarse otro chute. Soy de los que conoce la gorila del crack, el adular a cuatro imbéciles por un par de caladas a un porro y no hace mucho vendí un teléfono celular para comprar cigarrillos, soy adicto, más, nunca probé la heroína. Muchos amigos si, lo hicieron, y será su aparición en ésta historia de unos textos y su autor echáo patrás, deprimido en un vagón del metro de Caracas, la aparición de un amigo jonkey en ese vagón será la que a continuación les narre.
          Debo decir que a mis, entonces, treinta años de edad, no obstante los años que había permanecido sobrio, no dejaba de pensar en Uslar Pietri que al publicar Las lanzas coloradas tenía veintitrés, en Dostoyevski, quien tenía veinticuatro al publicar Pobres gentes, e incluso en el protagonista de Crimen y castigo, quien “a pesar de su situación y su estado de ánimo, sintió la dulce punzada del autor al ver impreso su trabajo, después de todo, tenía veintitrés años”.  Fue por la trágica consideración de mis treinta sin haber publicado algo, por ello fue que consigné aquella propuesta; se trataba de algo superior a lo que me condujo por primera vez a las fauces de aquella torre, que hubieran rechazado el trabajo me representaba nuevos, hasta entonces desconocidos niveles de miedo y frustración. Sucedió entonces que un viejo amigo jonkey se subió al vagón diciendo: “Muy buenos días damas y caballeros, me llamo Ernesto y recientemente fui diagnosticado con VIH, actualmente me encuentro sin trabajo, por lo tanto, no tengo recursos para costear mi tratamiento, viéndome en la necesidad de pedir. A quien desee ayudarme yo se lo agradeceré. Se les recomienda usar preservativos al tener relaciones sexuales”. De inmediato le reconocí; más de doce años habían pasado desde mi primer ingreso a la institución en la que ya él había estado y estaría todas las veces que hube de regresar. Tenía la misma cara redonda que, no obstante el cobrizo de su piel, la nariz chata y pronunciado labio inferior, no obstante esto, la pequeña barbilla, los pómulos e infladas mejillas, las pobladas cejas en desiguales alturas dando una elegante impresión de perplejidad, le daban un aire europeo que siempre me causó gracia. Era su misma cara e iba vestido, sencillamente, de mono y franela. Fue como verlo doce años atrás en el patio del manicomio, como si éste (el patio) se hubiese trasladado al vagón en que me costaba trabajo creer lo que veía, tanto por lo inverosímil de la situación como por el gusto que me daba verle la cara.
-          Mira Ernesto –
          En principio creyó que alguien quería mofarse de él y bajó su mirada frente a la mía. Fue al oírme decir su verdadero nombre que tornó a mirarme.
-          ¡Emiliano! – dijo
           Bajo el asqueado escrutinio de otros pasajeros, Ernesto y yo salimos al andén de la estación Los Jardines, ahí conversamos. Le platiqué acerca de cuentos y cortometrajes, todos echàos patrás, sin que eso, justo ahí donde se lo estaba informando, resultara, de modo alguno, importante; acababa de recordar el mundo del que venía, no el de la burocracia y sus grandes torres, no, el inframundo al que nos llamó el conejo blanco, aquel de un sombrerero loco discurseando en cada esquina, y un grupo comando de naipes allanando cada fiesta y funeral.
-          ¿Qué edad tienes ya? Tienes canas en toda la barba –
-          Treinta-
-          … yo tengo cuarenta Emiliano –
          Esto último lo dijo con una sonrisa que nuevamente me hizo dudar de mi tolerancia a la frustración; como anteriormente lo he dicho, a mis treinta no encontraba graciosa ni elocuente la historia de mi vida, no con la noticia que venía de recibir, más, faltaba una señal, unas cuantas, de hecho. Algunos meses después, dos piedreros a los que no conocía saltaron al patio de la casa con intenciones de robarse una bombona de gas. Al ser sorprendidos por un grito de mi madre, el que ruidosamente iba rodando la bombona, dejóla caer y saltó a la calle. Han de haber pensado que no había nadie en la casa; en ciertas ocasiones, para estar seguros, llaman a la puerta, si alguien se asoma, dicen ser predicadores del evangelio, si nadie responde lo interpretan como una señal de vacío que la casa les da, proceden. Fue el allanamiento y la fuga de estos dos adictos, mi respuesta (mecánica) al impulso de darles alcance y hacerles prender por funcionarios de la policía (no formulé ninguna denuncia, seguramente, al rato, fueron puestos en libertad), fue ésta una nueva señal de los lejos que me encuentro del infierno terrenal a propósito del cual podría estar escribiendo justo cuando éste tocase a mi puerta o brincase la baranda.
-          ¿Lo conoces?...tía, ¿lo conoces? –
-          Creo, no sé… - dijo Eva guardando silencio ante la escrutadora mirada de Karina- ¿tú qué piensas de eso? –
-          No sé. Me recordó cuando era pequeña y me leías la biblia…Velad pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro señor…-
-          Y comprended aquello de que si el padre de familia supiese a qué hora iba a venir el ladrón… -
-          Velaría y no dejaría que horadasen su casa – concluyó Karina delante de la sonrisa que iluminó el rostro de su tía – pero dime, ¿qué piensas de lo que él dice de esos grupos? –
Eva se dio a reflexionar un momento.
-          Yo voy madre… - dijo al fin – porque ellos me recuerdan la arrechera que uno mismo se tiene cuando se inventa una guerra con los demás. Es verdad lo que él dice, se atacan, se hacen daño… pero es por un sufrimiento, una arrechera contra sí mismos. Esto, de verdad que es nuevo para mí, generalmente cuando consiguen que alguien se valla lo más normal es que recaiga… debe ser eso mismo… -
-          ¿Qué? –
-          Que él no deja de compartir, y habla es de él…-
-          Ok… ¿tú te odiabas cuando consumías? –
-          Si mami -
-          ¿Y ahora si sabes lo importante y lo bella que eres? – preguntó Karina abrazándola
-          Claro… ¿ y tú, lagañosa? ¿Cuándo te piensas querer? –
          Y así concluye la noche del Viernes para nuestra Eva y su sobrina.
           Lo que de Juan o Alfredo habrá sido, imposible resulta saberlo; mientras naciones enteras son atacadas por medio de aviones y compañías terrestres, hay repúblicas cuya “paz” encubre la guerra  que innumerables ciudadanos, justo ahora, libran, contra todo espejo que se les atraviesa, dándoles a éstos (los espejos) una breve tregua, únicamente cuando desean contemplar el deterioro de sus rostros, cual si algo retorcido los habitase y atreves de sus ojos quisiese ver la mala obra que realiza.

Extraído del libro inédito: Señales





Mi amiga y el monte

“Alguien dijo algo

Algo es casi nada

Nada es lo que queda

Después de la descarga”

La misma gente

 

 

"Entonces los diablos, dejados afuera, echaron a correr, riendo y brincando, pasados de demonios a bufones, y se perdieron entre las ruinas de la ciudad"

Alejo Carpentier

Los pasos perdidos

 

27 de junio de 2017/ El Martes que vino.

          Todos estos años en abstinencia de drogas ilegales y alcohol…, todo estos años me los he pasado, una que otra vez, soñando que sostengo en mis manos un tabaco y fumo y al hacerlo, inmediatamente caigo en cuenta del depravado festejo que armarán unas caras del pasado. Me conecto con el alivio que sentirán al momento en que su envidia deje de ser un anhelo rabioso de que me caiga, una proyección obsesiva de mi recaída que les hace aterrizar forzosa, dolorosamente en el tiempo y espacio en que se hallen, el mismo tiempo en que, por otro lado, en otro espacio, yo sigo sin fumar marihuana o crack, sin inhalar cocaína, sin beber un trago, pudiendo demostrarlo con la prueba toxicológica de mayor exactitud, la que esté dispuesto a patrocinar quien se atreva a acusarme públicamente de no estar sobrio, de estar mintiendo; no se puede efectuar una demanda por difamación e injuria a la mala lengua de las paredes y ventanas de ningún pueblito, de ninguna cuadra en medio de la gran ciudad, que viene a ser también un pueblo porque eso son los pueblos, una sola calle, las ciudades están hechas de calles a cuyas orillas, en sus casas y apartamentos, viven quienes conocen la vida y obra de todo aquel que habitualmente pasa por ahí, compendios de muchos pueblos, eso son las ciudades; ni en éstas ni en los pueblos puédese demandar a nadie por difamar desde su ventana, su esquina, su vehículo, su plaza, sin pruebas no hay caso y nadie asumiría su difamación, porque eso a nadie le importa, porque cada quien vive su propia vida y allá quien cree que todo el mundo está pendiente de la suya, tal movimiento defensivo parece ser inherente a la mala lengua…,. Me conecto con el alivio que sentirán al momento en que su envidia deje de ser un anhelo rabioso y una desesperanza al caer en cuenta (segundo a segundo) que la realidad se mantiene impertérrita, que lo único que, segundo a segundo, cambia, es el tiempo, cada vez mayor, que llevo sobrio, pudiendo demostrarlo. Por supuesto, me resiento conmigo mismo, me niego a la idea de no poder echar el tiempo hacia atrás, un par de minutos antes de haber decidido hacer contacto con esa dosis. “Bueno… me vuelvo a detener” me digo “ya está”. Mas, a pesar de tal convicción, resiento el festejo que armarán, lo sé. Justo ahí, más de una vez, he despertado y lo he hecho en ésta vida que llevo, aquí, en éste pueblo, en mi rutina. De ésta última vivo quejándome, inmerso en profundos agujeros de gusano en que me despeño en busca de las ideas que pueda poner en práctica (¡acción!), las mismas cuya ganancia no tengo la menor idea de cómo, en qué será invertida. En ésta rutina de miedo al éxito, de encapsularme durante días en la casa a la que odio por sentir que me tiene atrapado, a la que inmediatamente quiero volver luego de cualquier reunión que altere mi horario de llegada, reunión que me habré pasado lleno de culpa, sintiendo que no sufro con ellos …, en ésta miserable rutina, más de una vez, he despertado con la cara y la camisa sudadas por haber soñado que me drogaba, que bebía un trago y pensaba en ésta rutina y, dolorosamente, caía en cuenta de que era un infinito de veces mejor que haberse vuelto a caer. “¡¡¡¡¡Yeah!!!!” he dicho, alzando las manos, como quien cruza primero que los demás una línea de meta, “Sigo siendo yo”. No es conformismo, ¿algo de miedo al éxito?, quizás, ¿genuina gratitud por los años que llevo sin fumar marihuana o crack, sin inhalar cocaína ni beber un trago?, ¿genuina gratitud y una fé ciega en la fuerza sobrenatural, (el amor) desencadenada, justo antes y después de decidir que botaría la última dosis, que lo fue porque la boté, de no haberlo hecho se hubiese tornado en la siguiente…gratitud, fé en el amor que me salvó regalándome ésta rutina en que las recaídas son solo un mal sueño? indiscutiblemente.

          El miedo al éxito, con frecuencia, me hace creer que todo conocimiento procedente de lo que he leído, el mismo que uso para ensamblar palabras y pretender que soy escritor…, el miedo al éxito me hace creer que todo cuanto pueda decir sobre comedia y drama no puede ser más que un rebusque. No obstante, de vez en cuando logro ensamblar algunos conceptos; la comedia como una burla a las cotidianas fatalidades, la tragedia: un destino, la tragicomedia: el juego sádico de las causas y el azar.

Domingo pasado.

          El atardecer de este Domingo ha transcurrido con una luz espectacular y un silencio misterioso. A donde miro, por donde camino, me parece estar viendo algo nuevo, aunque siempre lo haya visto. A veces da esa sensación de que las cosas más inmediatas han estado siempre ahí para contemplarlas y no lo hemos hecho y al verlas sentimos que regresamos a un espacio que habíamos abandonado aunque siempre hemos estado ahí, como si el mismo espacio fuese el marco de contemplación de muchas dimensiones diferentes.

          Esto sigue siendo un monte, la luz naranja del crepúsculo se cierne sobre todo aquello ...,. Creo que mi nuevo criterio acerca de los espacios que en este y otros tiempos caminamos u observamos sin movernos desde alguna esquina, creo que mi nuevo criterio acerca de que éstos mismos espacios nos observan cual si fuésemos fantasmas que los transitan sin saber dónde estamos, esto (mi criterio) se debe a que hubo tiempos, Domingos, alguno específico, en que caminé bajo la luz de un atardecer dominguero por las carreteras de éste pueblo que sigue siendo un monte; pasadizos de asfalto, rellanos de la escalera de tierra y gamelote que a partir de la otra orilla continúa el ascenso. Curvas, puntos de fuga para el caminante que visualizase algún tramo recto cuyo final fuese la curva apretujada entre el poderoso montículo de tierra casi siempre cubierto de árnicas que tapa lo que pudiese haber más adelante y las lejanas montañas que se vislumbran a la orilla del barranco. En otro tiempo anduve inmerso en la luz de un atardecer como el que hoy me lo recuerda y sé que no era yo, aquí y ahora no soy yo aquel que caminaba soñando con el tesoro que hallaría, papeles en mano. Era otro fantasma, muy parecido al que hoy contempló estos caminos verdes, este monte bajo su crepúsculo naranja y su cielo plateado, sin una sola nube, con algunas estrellas brillando más de lo habitual, haciendo parecer que hay agua en el gélido aire. Hoy el camino vió a otro fantasma, igualito, mas, irremediablemente otro. Soy yo, recordando las miles de dimensiones que tanto se parecen a ésta.

          Al no haber nubes, como he dicho anteriormente, tórnase gélido el viento y parece haber en éste un dulce océano invisible que realza la profusión de las luces artificiales, aquellas que alumbran el paso de los vehículos, bajo los faroles encendidos por foto sensibilidad que se manifiestan en la circunferencia amarilla al pié de cada poste, (los que si funcionan), en las ventanas de los apartamentos, muchas de éstas, ya titilando con la radiación de los televisores que a cada quien mantiene cautivo de su refugio . Ya es de noche. Un poderoso reflector alumbra, casi en su totalidad, la plaza Bolívar. Delante de ésta última pasan los autobuses que vienen de Caracas. De uno de éstos baja y cruza la calle una mujer pequeñita, de finas facciones e indiscutibles señales de hippie; su vestimenta holgada, los tatuajes que asoman bajo sus mangas, sus sandalias…, entra al establecimiento en cuya entrada me he detenido a ver si algún conocido, sin hacer alarde de ello, me regala un cigarrillo (es difícil cuando se tiene la costumbre de no pedirle a desconocidos, los conocidos, algunas veces, tardan mucho o no aparecen…), luego de, fugazmente, verme, entra tan rápido como sale para cruzar la calle con dirección a la línea de taxis.

          Mi adicción al tabaco me ha distraído, la mujer ya no está en la parada. Me percato de ello al cruzar la calle e ir, con dirección a la misma parada que se encuentra en mi camino hacia el cyber…, donde le preguntaré al encargado si puede rescatarme con un cigarro. “Lo hará”, me voy diciendo, “es muy noble…¡Ja!”. Un poco más adelante, frente a un establecimiento que vende empanadas y una guardería, frente a esos dos establecimientos hay una parada de autobuses. Ahí está la mujer pequeñita, echando humo, sola. Inmediatamente me preocupa que crea que la estoy siguiendo, ya vió por encima del hombro y es perfectamente posible que le preocupe el haberme visto abajo y el verme ahora, subiendo. Su indumentaria, su estilo hippie, no asoma implicaciones de que se halle desubicada en la vida; trátase de una señora desestresándose luego de su jornada en la capital . Por tal motivo, sigo de largo, sin verla. El cyber está cerrado y me sigue preocupando que la señora piense lo que no es; me chupo los dientes, hago un gesto con mis manos, dando a entender que mi objetivo, aquel que no alcancé y por ello me frustro, era el ciber y emprendo el retorno que, inevitablemente, me hará pasar frente a ella o por detrás de la parada en que se halla, sola, echando humo. Sucede entonces que se me ocurre pedirle un cigarrillo.

-          Hola – ella sonríe, cordial, mientras me le acerco, saludando - …chica… ¿tú crees que me puedas rescatar con un cigarrillo de los tuyos?, discúlpame el abuso –

-          Ehhh…, ¿cigarrillo?... – me preguntó, aún sonreída – Bueno…este…si quieres te doy para que le des un jalón- esto último lo dijo extendiéndome el porro que tenía en su mano – no uso cigarrillo -.

            Agradecí su envidiable invitación diciéndole que no fumo ganjha. Reflexioné acerca de la tragedia que para mi ego hubiese representado el haber sido de los que solo aguantan el deseo de fumar, sufren por ello y ante tal destino, el de arribar justo a donde una bella mujer extiende su mano con un porro en ésta, ante tan fatal manifestación del destino, porque únicamente eso puede ser, hay que haber nacido para llegar ahí…, reflexioné acerca de la tragedia que para mi ego, en permanente guerrilla contra quienes así lo hubiesen querido, representaría el aceptar su invitación y reiterando mi agradecimiento me despedí, seguí caminando. Posteriormente reflexioné acerca de la tragedia que para las caras del pasado representaría ésta historia tal y como la narro, en cómo, para quien fuese a ver una película con semejante libreto, serían, esas mismas caras estreñidas, motivo de la risa generada por una tragicomedia, una tragedia, una comedia, una epopeya, también: otra épica batalla derivada en la victoria del bien sobre el mal. Todo esto a orillas del pavimento, en la vía pública, lejos de los lóbregos rincones y la maldad que los habita; solo gente buena invisibilizada por su falta de atención a cualquier ociosa, frustrada vigilancia.

           Desde entonces (hace algunas horas), me he preguntado si no hubiese debido quedarme hablando con ella, preguntar, al menos su nombre, “Qué imbécil, qué cobarde…siempre tú”. Obviamente, puesto que, minutos antes, en la parada de taxis la vi hablando por su teléfono celular, obviamente esperaba a que vinieran a buscarla. Estoy un tanto afligido por ello.

Escribiré algunas líneas que relaten el agradable encuentro con mi pequeña amiga y el monte que sigue siendo éste pueblo lleno de chismes, malas intenciones y un par de buenas historias de sonrisas femeninas y hombres embrujados, descargando la nota.

12:30 ya es 26 de Junio

Extraído del libro inédito La violó, la mató y la quemó.

 

 

 












  Una crónica infernal


“Ascendiendo es espiral

Expandiéndome en el tiempo

Descubriendo la materia

A la cual estoy sujeto”

Cayayo Troconis

Siete mares

 

        

 

 

          Terminé de escribir la novela y me da vergüenza referirme a ésta usando la palabra novela. No estudié para ser escritor, no tengo un sistema…, solo leo. Y el estilo ¡ni hablar!, me avergüenzo más al pensar que un texto al que avergonzado califico de novela, lleva, de paso, mi estilo; me avergüenza creer que lo tengo. La novela puedo renombrarla como: una cagada que escribí, unos papeles que ni a mí se me ocurre lo que hacer con ellos; de cualquier forma, seguirá como y donde la dejé, más, el estilo son dos palabras que me observan en silencio desde muchas páginas de grandes obras, la impresión, el estilo de sus grandes autores. También podría ser que los grandes autores sean la obra de su propio estilo, cual si fuese éste una virtud, mas, indiscutiblemente, la virtud de escribir grandes obras viene a ser también la capacidad de tener una biblioteca en mente. Mientras llego a etiquetarme de esquizofrénico, creyendo ver a mi estilo narrativo de un modo palpable que, sorpresivamente, ¡siempre!, vuelve a desaparecer, sin quedarme otra que la de creer que solo yo lo he visto…, mientras esto sucede, veo, palpo y me pregunto ¿qué es lo que obtengo del magistral estilo narrativo de García Márquez, Dostoyevski…?, a éste último, la novela Héroes y tumbas, de Sabato, me asignó la tarea de leerlo; más de una vez alabó, calificándolo de antes y después en la historia humana el maravilloso relato de Los hermanos Karamazov. Dostoyevski a su vez me asignó la lectura de Los evangelios, de Shakespeare, de los maestros rusos, Pushkin, Gogol, que le antecedieron. Se leían y alababan entre ellos, cosa que no dejó de marcar solemne impresión en mí, puesto que el patriotismo, en mi país y la época en que me ha tocado vivir, no me representa otra cosa que una herramienta usada por burócratas incultos y mal hablados. Los rusos, la devoción con que se estudiaban entre sí, me ha hecho volver a Venezuela, a Las lanzas coloradas de Uslar Pietri, al Cantaclaro de Gallegos, a las bellas Memorias de Altagracia de Salvador Garmendia, Los platos del diablo de Eduardo Liendo, genial…,. Piedra de mar de Massiani y El relato de un náufrago de García Márquez me fueron asignados en el liceo. Mi bibliografía no es completamente anacrónica; no obstante haber leído desde la adolescencia y, entonces, haber empezado a rumiar mis propias letras, no obstante esto, fue hace escasos tres años que me asaltó la preocupación por no tener un sistema. A más y más lectura, tanto más verdugo se torna el auto cuestionamiento de lo aprendido en las pasadas lecciones, cada maestro remite a otro anterior o de su misma época. Llevo más años sin beber un trago de los que llevo leyendo sin descansar, estudiando.

 

          Salí a caminar. El pavimento serpentea entre las montañas. En algunos tramos la carretera de lado y lado es bordeada por un gamelotal encorvado por la brisa, más, puede verse, lejano, el horizonte. Inesperadamente, algunos pasos más adelante, se camina bajo una bóveda vegetal atravesada por numerosos rayitos de sol.

 

          Una bocacalle me expulsa a la perimetral. Mientras camino entre quienes ignoran la ruta que hube de recorrer, siento nostalgia por el tiempo en que ver nuestra ciudad en un día soleado era el privilegio del Sábado, el penúltimo día en que desde la casa pudiese ver el matutino crepúsculo. De lunes a viernes apuraba, de madrugada, el paso, por ser de los primeros en la cola del metrobús; un grupo de tres o cuatro enfermos, como yo, se congregaba en los primeros puestos; una competencia por el primer lugar, tal era nuestro enfermizo estímulo. Claro que ser de los primeros no impedía, nunca, la amargura que me embargaba al abordar el colectivo medio de transporte; por ser el primero resultaba extraño que fuese el único de mi ciudad que viajaba diariamente a Caracas por el salario mínimo que me rendía tan extenuante jornada, quitando mis numerosos rencores por otras historias locales, puedo decir que aquella era mi frustración. A diferencia de mí, nadie más conformaba la cola para trabajar en ninguna fábrica, no como obrero mal pagado. Las frustraciones que se iban agrupando a lo largo de la hora transcurrida entre las cuatro y media, cinco menos cuarto (horario de los primeros enfermos) y las 05:30, hora en que arribaba el metrobus, las frustraciones del resto de los integrantes de aquella cola consistían primeramente en no tener un vehículo particular y deber alinearse a la espera de un medio colectivo en cuyo primer, segundo o tercer lugar hallábase alguien que trabajaba por sueldo mínimo, de quien se murmuraba un bajo ingreso económico, una locura, un chiste que daba risa entre quienes lo murmuraban para desahogar su frustración por, valga la redundancia, no tener vehículo particular. Mas, la burla, el irrespeto, no quedaba exiliado en los últimos puestos; nunca falta aquel cuya frustración proviene de la casa, de la familia, de quien sabe qué bochorno, el cual, tanto mejor será no presumir siquiera, nunca falta quien desea llegar primero por su afán de imponerse como dueño de un espacio, controlarlo e irremisiblemente, confrontar a quien no respete su autoridad, a quien desee usurpar su puesto o impedir que le dé la cola a alguien, nunca falta quien empieza el día inventando guerras pues las necesita y no fue mi caso el de quien se salvó de ver llegar a algún remedo de guerrillero madrugador a quien no desease ni siquiera saludar y, no obstante, haberlo hecho puesto que el tal llegó haciéndolo, saludando y buscando conversación, trampa en la cual no me salvé de caer, llegando incluso a levantarme y batiendo los brazos, declamar algún argumento que, posteriormente, me hiciese sentir como un títere cuyos hilos fueron movidos por quien luego perdió el interés en lo que yo le había dicho; más de una vez vi a un personaje como el que describo ignorarme por completo puesto que alguien a quien consideraba de su status se encontraba allí, a alguna palabra que le haya dicho respondió con una expresión perpleja, de no estar entendido en el asunto, la misma con que volteó a ver a quien recibió la seña de que no entendía por qué yo le hablaba. Los complejos de mi comunidad se reflejaban en la amargura con que, de lunes a viernes, abordaba el metrobus, ubicándome en la ventanilla donde pudiese ver amanecer ya sobre el fastuoso Avila y el valle erizado de grandes torres que yace, vive a sus pies. Era la madrugada del sábado el primer y penúltimo crepúsculo matutino que veía en el pueblo

 

          Mientras camino, recito mentalmente un apocalíptico pasaje de las rapsodias del Quijote: “Dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas y que las leyes caen debajo de lo que son las letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas porque con las armas se defienden las repúblicas…”; eso es verdad, me digo, me gustaría publicar algo en este país y llevar el estilo de vida de todo aquel con el poder de adquirir (habitar, vestir, comer, gozar…) lo que en dicha república venden los mercaderes que financian las campañas electorales de quienes, habiendo ascendido al poder, asumen el mando de las fuerzas armadas cuyo salario es legalmente cubierto por el I.V.A. que la ciudadanía paga por las cosas e infraestructuras importadas o fabricadas aquí por esos mismos mercaderes…, las fuerzas armadas cuyo deber es proteger y servir a las leyes donde se contempla la protección y servicio a la ciudadanía que confía en las leyes y en quienes con sus armas deben hacerlas valer, mientras dicha ciudadanía se jode por el poder adquisitivo que pueda, al menos, sostener apariencias, ya en vehículo particular, ya en la cola para el metrobus. Todo esto, a diario, me parece una patraña; no temo al castigo que pudiese imponerme la sociedad encajonada en mi república, mi estado, mi municipio, comunidad, sector de ésta ni demás habitantes de la casa…, no temo al castigo que, de no ser por mi lucha social contra el crack, pudiesen imponerle a mi pereza. Temo al hambre, la falta de cigarrillos y café y al abuso de la intemperie…,. Brevemente narraré un sueño que tuve, el que vino a ser una premonición del viaje que me aguardaba: A orillas del camino apareció un estrecho sendero. Sin saber cómo ni cómo no me encaminé hacia lo que, posteriormente, fue mi indecisión frente a dos posibilidades. Una era el haberme alejado muchísimo del camino real, otra, la mal soñada posibilidad de que éste último hubiese desaparecido. Traté de volver entre los árboles y fue solo eso, árboles, lo que hallé. De regreso a la magra vereda miré hacia atrás y estuve seguro de que volver sería caminar siempre aquel pasadizo que me había atrapado.

 

          Hecho fantástico: los árboles que cercaban de lado a lado el angosto camino, al igual que éste, sin armonía, desaparecieron. Casi seguro estuve de que al voltear no los vería, que me hallaría frente al mismo precipicio al que me condujeron los pasos perdidos a los que aún restaba mi salto al vacío, que tan inevitable resultó, cual si no pudiese en modo alguno evitarlo y dicha fatalidad me hubiera hecho saltar en busca de una certeza, la misma que sentí al ver aquel espacio luminoso que sobrevolaba como un aeroplano. Mucha gente sueña con soñar que vuela, con, al menos en sueños, conocer la sensación que no solo comprende un reto a la gravedad, anexo a ello, sentirse impulsado, con el poder de llegar volando a donde se desea. Únicamente soñarlo es un sueño hecho realidad. Soñé que volaba sobre un infinito campo de brillantes girasoles.

 

          Como suele pasar en sueños, lo siguiente no es mi designio, mas, lo acepto como si una parte de mí supiese que se trata de una búsqueda para la que fui designado. El infinito mar de girasoles hallábase surcado, de más a menos infinito, por la negra zanja en que, sin dudas, me precipité. Lo que allí pude ver es digno de ser narrado, tal y como lo recuerdo.

 

          El fondo del abismo era una ciénaga poco profunda, un suelo fangoso y angosto; a cada lado erguíanse dos inmensas paredes, tan altas que, por poco, se unían arriba donde eran abochornadas por un hilito de luz prácticamente imperceptible. Supe, entonces, que tales paredes no eran de piedra; en desesperada pugna por adelantarse unos a otros, millones de hombres y mujeres cubiertos de agua cenagosa, tiraban de sus pies, manos, cabello…, librando una vertical batalla, la misma que les impedía darse cuenta que eran, todos y todas, la pared que a lado y lado encajonábales, obligándoles a ser su misma prisión individual y colectiva. Cual millones de gusanos enloquecidos, retorcíanse, tirando unos de otros, haciéndose caer hasta el fondo del que brincaban de regresa a la guerra por derribar a cuantos pudiesen, siendo esto último lo único entendido como el camino hacia la cima. En la distancia y también cerca de mí, pude ver a quienes, brillantes, ascienden al ras de la muralla, mas, no por su luminosa virtud ni su vertiginosa levitación, no por ello el resto quedaba estupefacto al presenciar el ascenso…, era, simplemente, por saber, con fé, a dónde iban, tal era la causa de que no intentasen derribarlos, no podían. Todo lo anterior, mi sueño, hallará, en seguida, su relación con la historia cuya narración me doy a continuar.

 

          Solía creer que volverse un escritor consistía en saber con qué llenar muchas páginas, cuando, más bien, se trata de superar la pereza que impide hacerlo, decir, escribir todo lo necesario, incluso aquello que pudiese generar serios compromisos. Mi sueño es real, su narración lo es y viene a ser, también, mi respuesta al estímulo de recrear una sociedad tan profundamente similar a ese túnel que, fácilmente, pude camuflarse en la tradicional fachada de cualquier pueblito, con su plaza Bolívar, sus negocios… (expendios de licor, abasto, farmacia, panadería, línea de taxis…) …, sus negocios adyacentes a la plaza e íconos tradicionales (putas, vikingos, al menos un loco…, policías, bichitos, algún que otro desentendido de cuanto esté ocurriendo a su alrededor y aspirantes a detective que, anhelantes de hacer daño…, de nada de esto pierden detalles).

 

           La plaza Bolívar de…, se encuentra al pié de una montaña o, más bien, el pié fue barrenado para tirar la extensa placa sobre cuyo concreto y baldosas coexisten las banquetas de madera, la estatua del general Bolívar, algunos árboles, entre estos, un apamate que al estar en flor se rodea de una llamativa y resbalosa alfombra púrpura que se va mudando de sus ramas al suelo. Con la plaza a sus pies, la montaña sigue subiendo, poblada de casas viejas e inclusive un edificio cuya entrada, como la entrada de dichas casas, da a la calle que uniéndose arriba, en el estacionamiento de la iglesia, rodea el pueblo desde cuya plaza Bolívar se ve una de las torres, antiguamente uno de los campanarios erguidos a lado y lado de la cruz impuesta sobre el umbral…,. La otra torre, desde la plaza, no puede ser vista, la tapa el edificio anteriormente referido.

A mi pueblo, cuya plaza Bolívar da la espalda a la iglesia y viceversa, luego de haber soñado despierto, caminando…, llegué, dirigiéndome a la banqueta desde la que me hizo señas un amigo que, posteriormente, ahí mismo, me presentó a una pareja de amigos suyos, un hombre y una mujer de unos cincuenta años, quizá más. Al hombre, bajito y muy delgado, fácilmente, puedo describirlo como el doble de Yul Brynner, con el cuero cabelludo eficientemente rapado y afeitado, nariz perfilada, los ojos saltones, en fin, una fotografía viviente del difunto intérprete de Dimitri en esa pobre adaptación de Los hermanos Karamazov, co protagonista de los diez mandamientos. La esposa de este hombre a quien llamaremos Dimitri, a su esposa, no menos delgada y bajita, de rostro pálido, seco, pronunciados pómulos y la nariz redonda en la punta, de esas que junto a unos ojos muy grandes, cubiertos por los párpados, como dos medias lunas, marca una encantadora, hipnótica impresión…, digámosle Grushenka.

 

          Dimitri, Grushenka y mi amigo R…, me invitaron a participar en su reunión, la cual, poco menos que inmediatamente, vimos interrumpida por la endemoniada somnolencia de otro alcohólico en cuya rapaz mirada estaba el ron de mis amigos. No vale la pena que reproduzca su verborrea, tan solo diré que la declamaba en tanto veía fijamente la botella, desentendido del silencio con que intentábamos decirle cuan molesta nos resultaba su abusiva presencia. En tres ocasiones dio media vuelta para irse y, humorísticamente, a unos pasos de distancia, la repetía, regresaba para seguir intentado lo que, con profundo disgusto, se dio cuenta que no lograría.

-          No voy a darte un trago mano – dijo R…

-          ¡¿Cómo?! ¡¿Y por qué pués?! –

Tal pregunta dio por sentado que se trataba de un abusivo acostumbrado a llevar a cabo acciones tan viles y poco serias como la que a continuación refiero. Grushenka y Dimitri permanecían en silencio mientras aquel mal viviente amenazaba con darle a R… un balazo apenas volviese de buscar la pistola, no miento.

-          ¿Tiene una pistola? – preguntó R… dirigiéndose a mí.

-          Nah – le dije

          El borracho regresó vociferando que no había ido a buscar el arma pero lo haría de ser necesario. Dimitri y yo, como si lo hubiésemos practicado, empezamos a despedirlo con expresiones tales como: “No, no, no, mira…, está bueno ya…¡está bueno ya vale!, ¡dale pués!. Aquel idiota por fin se retiró a otro extremo de la plaza desde el cual señalaba con el dedo hacia donde seguíamos y decidimos seguir instalados. Ni Grushenka ni R… participaron de nuestra demanda de respeto; ella, por ser una mujer y R… por estar esperando únicamente la señal para lo que, por fortuna, no llegó a suceder, el diablo sabrá. La conversación fue retomada en comentarios acerca del terrible frío que hacía, cosas por el estilo. Sucedió entonces aquello por lo que anteriormente referí mi sueño. Había entre nosotros, rondándonos, una niña que inmediatamente llamó la atención de la brillante Grushenka, quien resultó ser abogada, funcionaria del consejo de protección al niño y el adolescente y en cuestión de minutos, haciendo un par de llamadas telefónicas, informó a, sabe Dios qué otro funcionario, del hallazgo que acababa de hacer.

-          ¡Es una menor de edad… me está diciendo que vive en la calle y que está esperando a alguien que ella dice que es su novio…le dije que lo llamara y le dijera que se viniera para acá inmediatamente porque quiero saber quién es… lo llamó desde mi celular…no sé si vaya a venir, trancó el teléfono de una vez…ok…ok, gracias…, cualquier cosa te llamo… vale, chao pués… gracias, chao. –

           Recuerdo perfectamente aquella última imagen de La naranja mecánica: un hombre violaba a una mujer en tanto un corro de personas vestidas de etiqueta aplaudían aquel espectáculo. Esto último me conduce a pensar en Kirilof, el suicida idealista de Los endemoniados, aquel que antes de abrasarse el cerebro con una bala dijo no creer en Dios ni estar dispuesto a vivir en un mundo, en una sociedad cuya estructura se basaba en la existencia de dicho ser superior e invisible, dejando por sentado que su decisión de quitarse la vida respondía al estímulo de “una idea”: cada hombre, según él, según su idea, es Dios y tiene la potestad de decidir qué es bueno y qué es malo; dicho planteamiento Dostoyevski vuelve a lanzarlo por medio de Ivan Karamzov, e igualmente lo rebate describiendo la demencia en que le sumen sus remordimientos luego del asesinato de su propio padre, del que fue éste (Ivan) el autor intelectual. Me doy a pensar en éstas cosas puesto que no hace mucho supe que la co estrella de una aclamada película Ítalo-americana (El último Tango en París) fue, premeditadamente, violada por el famoso, aclamado, premiado protagonista de la producción cuyo director, no hace mucho, frente a las cámaras de un set de grabación, más de cincuenta años después, dijo haberle indicado al actor que la violara usando la mantequilla que también figura en ésta escena. Desde entonces no hago más que pensar en la embriaguez de placer que me produjo El Padrino y otras películas perfectas en que nuestro famoso violador obtuvo un rol protagónico. Pienso en ello mientras hago inventario de todos los criterios de vida que pueden haberse afianzado en mí atreves de personajillos (endemoniados) como éste al que me refiero…, recuerdo, también, a La polla record, la voz de Evaristo taladrando mi cerebro y llenándole de la aversión que aún conservo hacia lo que, entonces, llamaba “sistema” y no era más que una palabra sin sustancia, algo vacío en que vertía mi frustración por medio de discursos aprendidos al caletre, de tanto escuchar la canción y al paso de los años preguntarme qué relación había entre la maravillosa música con que alguien reniega del sistema, ¿Cuál sería la relación entre el esputo al sistema y los envidiables honorarios generados por dicho esputo?. Ellos mismos, seguramente, se lo habrán preguntado y, presumo, por eso mismo habrán acabado con sus vidas a fuerza de drogas sobre dosificadas y terribles accidentes automovilísticos. Digo todo esto por aquello de lo que, al principio de mi narración, puse en conocimiento al lector: obsesiva y compulsivamente me dedico a éstas narraciones, quiero publicar, ser un autor publicado y esto mismo lo califico de lucha social; ¡Quiero ser una señal! Le digo a otros, quiero que alguien sepa que las drogas fueron mi prueba de fuego, que por el fuego fui probado y no perecí…, mas, quiero hacer dinero, quiero infraestructura, muebles y una nevera repleta de comida, no quiero al hambre, no quiero al frío de la noche que se ve pasar en los lóbregos rincones y a orillas de la carretera en que solo se respira una dificultad, no quiero ver la guerra en televisión y más que nada, quiero postponer cuanto sea posible la llegada de mi mala muerte a manos de algún genocida u homicida particular. No me abrasaré los sesos para demostrarle a nadie que el anhelo por las cosas de este mundo, el consumismo, es la batería de una legión de robots y únicamente muerto se deja de ser ambiguo, ¡no!, me mantendré de mal humor, hostil, impertérrito, ¡sobrio!, sea cual sea mi situación, mientras no consiga las cosas que quiero y, si llego a conseguirlas, cambiaré mi actitud, pagaré mis deudas y seré cordial con quienes solían no respetarme. En resumen, me deshago en interminables discursos que niegan la obscura y fanática existencia de un ser que, como Calígula, no sufre por los seres queridos que se han ido sino más bien por haber dejado de sufrir, como si nunca le hubiesen importado, un empedernido buscador del éxito que anhela ostentar delante de quienes hacen lo mismo.  Soy uno más que, descarnadamente, junto a los mercaderes, taxistas, policías, bichitos, artistas..., todos aquellos que indiferentes, entretenidos por ello, pudieron haber visto a una niña descontrolada rondando la plaza…, soy uno más que lucha en la pared, pugnando por derribar, por no ser derribado, quedando estupefacto ante el brillo de alguien que asciende y es tan auténtica la luz que le conduce al campo de girasoles que, inclusive, lleva consigo a alguien más.

-          Mira vamonós – dijo, con autoridad, Grushenka – Me llevo ésta niña pa la casa…no joda, qué arrechera vale…vente mami…si, ya vamos a comer –.

II

 

“Yo iba decí que más de una vez me lo habían preguntado, pero es mentira, nadie me ha preguntado nada, a nadie le importa ese peo…, más de una vez yo me he preguntado ¿qué hago yo aquí?. He visto pasá burda e’ vainas feas en este pueblo y todavía me trasnocho en esta casa que no es mía, viendo un televisor que no es mío y fumando cigarros que me compré con unos reales que tampoco eran míos. Lo que me respondo es que las vainas feas que he visto tenían una finalidad, un objetivo que no se alcanzó…, todo se hizo creyendo que me iba a drogar y que tarde o temprano me iban a jalar otra vez pal manicomio…, si vale, estuve encerrado burda de tiempo, por la locura y por las drogas, pero las drogas como que resultaban más importantes; tengo años que no me drogo y así mismo tengo años que no vuelvo pallá. Por eso, cuando me lo pregunto, me respondo que sigo aquí porque era una ladilla vivir corriendo y si ya no tengo que correr pues no corro…ni camino tanto…la respuesta que me doy es que, si ahora soy legal, porque lo soy, con las labores que desempeño, con las credenciales…, si ahora soy legal, pues no corro. Allá el que siempre fue “legal” y siempre “se fajó” y ahora que yo también lo soy tiene que seguí fajao…pensando y pensando en la forma de hacerme arrechar…de hacerme sentir como mi sobriedad le hace sentir a él…a ella… sonará perverso, mas, en dado caso, no es mi perversión; a alguien, perversamente, le indigna que no me drogue, lo considera ofensivo, le quema las entrañas la ira…, piensa que yo le causo ese dolor…y piensa en cómo devolvérmelo”.

 

          Ha de ser vieja esa redacción inconclusa. Una de las puntas de la hoja en que se halla escrita me saludaba entre las páginas de un libro cubierto de polvo y telarañas. Mucho tiempo, muchas madrugadas, he reciclado, exactamente, la misma reflexión, se ha vuelto un círculo vicioso. Mas, no veo motivos de preocupación, cada quien ha recibido lo que se merece. Y todos mis esfuerzos han rendido el más codiciados de cuantos frutos la humanidad se mata por cosechar: ¡No pueden ser negados!. En “la casa”, bien sea porque la habite o, por el contrario, me halle inmerso en alguna situación de calle y ascetismo…, como sea que fuere, nadie podría definirme sin ayuda de los papeles, las narraciones, los libretos y credenciales sobre las que me encuentro bien parado.
...
 

La primera vez que hice contacto con una sustancia ilícita lo hice por 1 MALA IMPRESIÓN, había algunas caras conocidas en aquel sitio y me sentí excluido del conocimiento de un mundo que esas caras conocían, pensé que había algo de maldad en los amigos que, fue la impresión que me dieron, no conocía tan bien. Como si hubiese estado caminando entre sombras mucho tiempo y ahora veía quienes eran y era intimidante saberlo, visualizar sus caras oyendo lo que uno les decía en otros tiempos y espacios a propósito de otras cosas que no tenían absolutamente nada que ver con aquello que se habían reservado para mi... fue tan rápido aquel pensamiento que tardé catorce años en descifrarlo, saber lo que pensé: Qué bolas, pensé y le pregunté a quien tenía la sustancia si podría convidarme de ésta. La explosión de la nota fue inesperada, incluso pensé y le dije a alguien que aquello no me había hecho nada. Fue una explosión, la recuerdo bien, mi visión se amplió, pero no del modo metafórico por medio del cual se le vende la droga a quienes no la han probado, sentí un peso sobre los hombros y sobre mi cabeza algo así como un casco caliente, era el peso de mi cuerpo del que en ese momento tuve una percepción más detallada, sentía el balanceo de mis brazos al caminar, el peso de mi cuerpo sostenido por mis piernas, alineándose con el piso a cada paso que daba, sintiendo el efecto de la gravedad, a ésta misma…,  por eso tú lo ves que se queda pegado, caminando, va viendo y oyendo cosas que están ahí pero nadie les pone atención, sus movimientos, los tiempos de su respiración, anexo a ello los pensamientos que lleva como si fuera un tren y fuesen esos pensamientos quienes decidieran si va a ir más rápido o más lento, hasta que oye una voz lejana que lo llama y luego de oírla durante un rato voltea como lo haría un astronauta en la luna y es el pana que lo estaba llamando desde hace rato…”¡¡¡¡¡Pegaooooo!!!!!!, ¡¡¡¡¡¡Pegadíiiiiiiin!!!!!”. Quedarse pegado en una nota significa pensar en algo y escuchar el alto volumen en que dicho pensamiento suena, escucharlo con atención y quedarse pegado, me di cuenta que en cualquier cosa que quisiera pensar había una reflexión que mi cerebro declamaba mientras yo lo escuchaba, me quedé pegado en esa nota. La dosis con la que se cuenta no es la primera ni la última; si se tiene la dosis y la disposición de consumirla, esa es la siguiente dosis; no ir por la siguiente dosis significa no consumir la que ya se cuadró, eso es lo que parece contradictorio pero, pensándolo bien ¿qué garantías hay de que luego de esa dosis, alguien, ¡por fin!, se deje de esa vaina tal y como lo acaba de decir…tal y como se pasa años diciendo? No hay, lo que hay es una dosis que, seguramente se volverá la imperante necesidad de la siguiente, así funciona esto...,.

Entonces, no había desertado de la educación secundaria. Había repetido el tercer año de bachillerato con las tres marías; como repitiente jamás pasó por mi cabeza la idea de consumir ningún tipo de droga que no fuesen cigarrillos y el respectivo alcohol de quienes gustaban de embriagarse y quienes como yo, solo querían mantenerse junto al grupo, temerosos del vértigo que implicaba una embriaguez de la que se perdiera el control, no queriendo, luego, vomitar ni cagar y oyendo diversas voces decir que era la única forma de salir del trance: “Emi miusic, no puedes quedarte ahí sentado, vente…” “¡No!…¡no me toquen!, ¡mierda!”…,. Cierta vez corrí; a pico de botella nos bebimos algo llamado Quantron, me sentí ebrio y corrí, queriendo escapar de la embriaguez, de los efectos que se avecinaban. Un amigo corría detrás de mí, “¡Marico te vas a caer!” me gritaba Juan (Fospu) quien por su baja estatura siempre se vió cuadrado, como un pequeño tractor, hace algunos años le perdí la pista, sé que tiene al menos una hija con quien, hace poco, lo vi fotografiado, mas, no pregunté dónde ni cómo está, ha de estar bien. Piero siempre fué alto, el más alto de todos, no haría falta mencionar sus violentos cambios metabólicos, el haber sido el más alto y flaco del grupo y años después llegar a verse como un gato castrado y muy bien alimentado, no harían falta dichas referencias para recordarle, únicamente, por la aguileña nariz que, hoy en día, debe ser la misma. Según Paul, su hermano, cuya complexión no cambió por otro motivo que no fuesen las pesas junto a la cebada etílica, según él, mi amigo Piero emigró y se quedó en Argentina. Alan, flaco y alto también, se caracterizaba por el modo en que, sin separar los labios, mantenía siempre una sonrisa apacible, de borracho contento. Julián, de baja estatura y algo encorvado, semejábase a Alan en su modo apacible de contemplar las situaciones que la noche fuese presentando, no siempre sonreía y a diferencia de Alan, que hablaba como todos…, Julián únicamente hacía sugerencias, “Si no hay donde beber y nos van a pegar los ganchos por andar con la caja por todos lados pués que nos lleven y nos la bebemos tranquilos en el calabozo”, estoy seguro de haberle oído decir tal cosa…, “¡Marico te vas a caer!”, gritó Fospu a quien vi por encima del hombro y me dio la exagerada impresión de que se abalanzaría sobre mí. Por esto último quise correr con más fuerza; mi mala idea me condujo al traspié que posteriormente volvióse la caída, de costado, tanto la mía como la de todo aquello, árboles, prado, que vi voltearse, caer de lado y perderse de la vista que solo tenía de mí mismo, tirado en la tierra, inmovilizado, aterrado por ello. Entre Fospu y alguien más…, me levantaron, no dejaba, yo, de lamentarme por aquella realidad; siempre fui egoísta, indiferente al malestar de otros, vicioso de manifestar la frustración, la amargura que me causaba ésta y aquella irreverencia de los muchachos, todavía no sé cómo ni por qué me soportaban. Cierta vez, inclusive, quise recriminarles el hecho de ir, todos, aplazados en la mayor cantidad de materias…, cosa que a mí me ocasionaba grandes problemas en la casa…, y seguir tan tranquilos, embriagándose, como si aquello les produjese alegría: “Todos estamos metidos en peos Emiliano” dijo Piero, “no lo estamos festejando pero tampoco bebemos para sentirnos peor, creo que es todo lo contrario”. Repito: no sé cómo ni por qué me soportaban.

La caminata, junto a las canciones de Vico C cantadas a todo gañote, me fueron reponiendo hasta que me sentí profundamente agradecido con todos y cada uno de los procesos físicos y mentales que suprimieron aquel sufrimiento por encima del cual, entonces, me sentía. Estábamos bien.

Con la nota que acababa de explotar en mi cara me dirigí a la parada de autobuses más cercana al liceo, por cuyo costado, pegado al muro que lo separa de la calle, acababa de pasar. El autobús llegó en seguida, lo abordé y tomé asiento donde suelen sentarse los recolectores, quedando, así, de frente a los usuarios que en sus asientos fueron la inolvidable foto de aquellas caras perplejas delante de un muchacho formalmente vestido, (pantalón negro, zapatos de punta cuadrada, una elegante camisa blanca de manga larga cuidadosamente metida por debajo del cinturón, todo aquello contrastando con la negra melena cuya contención debíase a una improvisada bandana que alguna vez fue el cuello de tortuga de un suéter Zara y la chiva cubriéndole únicamente la barbilla)…, aquel muchacho formalmente vestido, en contraste con su desgreñado aspecto del cuello para arriba, aquel muchacho, por primera vez, drogado, les veía fijamente sin darse cuenta que se balanceaba cada vez que el autobús tomaba una curva y se inclinaba hacia adelante cada vez que frenaba.

Finalmente arribé al Pueblo. Una sola mirada captó lo que, justo entonces, manifestábase, para mí, repleto, en su atmósfera, de indecible maldad. Mas, no podría explicar esto último; la plaza Bolívar, los negocios adyacentes a ésta, la gente…, todo lucía perfectamente igual a como siempre lo había visto, no obstante, algo parecía temible. Casi de inmediato me topé a quien había sido mi compañera en el tercer año de bachillerato que había repetido con las tres marías, hecho del que ya, el lector, ha sido puesto en conocimiento. Fue hasta entonces mi amiga, la misma que al verme sonrió. “Estás…” dijo, refiriéndose al inofensivo estado de ebriedad que para ningún estudiante representaba otra cosa que una favorable marca social. “Drogado…fumé marihuana”, le atajé, sin pensarlo y el cambio no tardó en manifestarse. Recuerdo su expresión perpleja, escaneando mi rostro, el mismo que, por la nota, se fijó en ella, por un lado esperando que creyera en lo que le acababa de decir, por el otro, viendo, con horror, el momento en que su expresión manifestó seguridad frente a lo que había tratado de confirmar escaneándome…, “Mira… me voy”, solo eso dijo y en más de quince años no ha vuelto a dirigirme la palabra. Fueron muchas las veces en que mi lentitud frente a la situación que frente a mi cara se desarrollaba…, innumerables fueron las ocasiones que tuvo la nota junto al déficit de atención para rodar escenas que, todavía hoy, me parecen dignas de referirse, por lo humorísticamente bochornosas que fueron. Sucedió alguna vez, de noche, que me topase a dos hermanas gemelas, conocidas del liceo. Estas dos figuras idénticas tenían un tono de piel canela, negros cabellos a la altura de los hombros, de baja estatura y menudísima complexión, ataviadas de indumentaria hippie tal como bufandas, gorros de tela, pantalones holgados y demás artículos que, ahora mismo, no obstante mi pasada observación (hippie), preferiría definir como inusual, llamativa, distintiva de algún hábito o de tener conocidos que lo tuviesen. De no haberlos tenido (cosa que dudo) esa misma noche supieron que me tenían a mi como referencia de un conocido al que se toparon, drogado y eso mismo, entre las dos, le dijeron, mientras las observaba: “Emiliano…” dijo una viendo maliciosamente a la otra, “estás como…” siguió la primera, mas, ya la señal había sido recibida por su hermana quien le acompañó en el juego de sonidos que formaron la palabra: “Dro…” dijo una, “…ga…” dijo la otra, “…do.” Concluyó la primera y, perversamente, fijaron sus miradas en mi dopada expresión, la cual llegó a confirmarles que me hallaba tan drogado que ni siquiera había terminado de entender lo que acababan de decirme. Esto, a ambas, al mismo tiempo, les desencadenó una carcajada; batiendo las mandíbulas, se doblaron de la risa y pasándome cada una por un costado siguieron en sentido contrario al que yo llevaba, viendo, de vez en cuando por encima del hombro, al pegado que las veía, “Mira…” creo haberles dicho, voltearon y al ver que no les decía nada volvieron a doblarse y a seguir, asumiendo la correcta postura que, igualmente, dejaba ver las convulsiones de sus carcajadas. Inolvidable bochorno en el que hace años no pensaba. Hubo innumerables episodios como el anteriormente referido.

Para dar continuidad a mi crónica, necesariamente debo decir que nací picao; inexplicablemente fui de esos niños a quienes todo les daba la impresión de ser mejor que lo que ellos tenían, no veía la discriminación de otros hacia mi familia ni hacia mí mismo como algo más que la consecuencia de ser quienes éramos, de ser quien, lamentablemente, era. Los valores de auto preservación de una casa, una familia, deben ser automáticos, nazca como nazca, el niño debe ser instruído en la conciencia del valor de su existencia y el de la existencia de quienes también le valoran, ello implica valorarle, esto último implica valorarse mucho, no solo como padres, abuelos, tíos…, como ciudadanos, dentro y fuera de casa. Es difícil aunque absolutamente necesario. El niño que observa desprecio entre sus familiares, primero se desprecia a sí mismo, luego a éstos. No pretendo criminalizar a nadie, más de veinte años después de aquellas cosas, tan solo  marco el camino hacia lo sucedido en mi adolescencia. Ningún infante debe aprender que un familiar es temible, que así como está tranquilo, podría, inesperadamente, cambiar de actitud e intimidarle por motivos tales como una queja del pariente en cuya casa se está viviendo y si éste solicita que el niño reciba una reprimenda no se tiene la autoridad ni la disposición de contradecirle, resulta más fácil hacer lo que le satisfaga y seguir allí, en casa del pariente que no respeta, que a todos odia por igual así como todos le odian, y así pasan los años…,. Vuélvese un vicio lo de acosar al infante; la sospecha, la persecución, mantiene satisfecho al pariente, el alma es succionada por el negro vacío que se vuelve un obscuro anhelo de tener siempre nuevos y peores motivos para nuevas y peores reprimendas. El niño crece temeroso de la calle y también de la casa donde, inexplicablemente, hay, siempre, un ansia enfermiza por confirmar lo que se tiene el vicio de imputarle. Es macabro el personaje creado por tales circunstancias; no tiene personalidad puesto que teme a la censura que, comúnmente, se le aplica a toda proyección de sus ideas, opiniones, no tiene autoestima puesto que alguien, alguien…y alguien más en casa tampoco la tienen, se agreden entre sí y han adquirido la maña de desahogarse con él o ella, así pasan los años…,. El macabro personaje no es aquel cuya personalidad pueda yo referir, puesto que no la tenía, estaba hueco. Su mente, repleta de ensueños, divagaba en todo sentido, a toda altura. Veía perderse las ideas en el infinito espacio donde muchas más volaban para que las viera irse del mismo modo, sufría de un severo déficit de atención. Este último manifestó lo que entre personas decentes podría considerarse el último grado de decadencia: habíale hecho perder el año, repetir aquel tercer año de bachillerato en que, repito, ni remotamente pasó por mi cabeza la idea de consumir ninguna clase de droga ilegal; Una curda con los panas “¿compraste los cigarros?, vamonós pués”. Debo aclarar, repetir, que no pretendo criminalizar a nadie, quiero, tan solo, dejar en claro que aquel adolescente, sin personalidad, no temía solamente al exterior, su mayor temor eran sus propias verdades, a las que ahora mismo soy yo quien intimida, las desnudo, las muestro, sé quién soy, por eso mismo no soy, ni remotamente lo que solía ser. Gloria a Dios. Al decir que no estoy criminalizando a nadie me refiero a que recuerdo plenamente mis años de infancia y lo más representativo de ésta viene a ser mi absoluta incapacidad para manejar la frustración que me generaba la ruptura de una ilusión, si quería que algo fuese real y no lo era, tampoco tardaba en reclamárselo, groseramente, a quien estuviese cerca de mí; era un malcriado, mas, no por la crianza que estaba recibiendo, era una frustración, nacida conmigo y una completa incapacidad para manejarla. Cualquier arbitrariedad cometida por mi familia en un enfermizo afán de interpretar la escena que a otro o al mismo intérprete pudiese satisfacer, venía a ser exactamente lo mismo que yo hacía…,.

A los diez y seis años, con todo ese odio por mí mismo y quienes me rodeaban, con toda esa soledad llamándome a pertenecer sin importar qué costase, me dí a la labor de volverme adicto a la sustancia que no debía producirme, no más, el desvanecimiento que en repetidas ocasiones me había dejado fuera de mí, abochornado por la incomodidad que la pálida produjo en el grupo al que, por eso, no pertenecía, era, más bien, un intruso molesto, cosa que me dolía, y con ello ejemplifico la frustración que me causaba verme desilusionado. La diferencia entre las personas con quienes me reunía y mi familia es que con ésta última podía ser mal criado, en tanto que las personas que, entonces, me impresionaban, intimidaban, no recibían, de mí, sino súplicas de acceder a su espacio, donde nunca lograba ser otro que el que llegase preguntando si no había droga para que le fuese invitada, así, fantasma. Alcanzar mi objetivo (volverme un vicioso tolerante a toda la droga que pudiese consumir sin dejar de ser yo, sin pálida, sin hacerme mentes…), alcanzar tal objetivo me trajo una profunda satisfacción. No es ésta una historia de matones gringos ni venezolanos, a quien la vergüenza ajena le impida continuar leyendo no seré yo quien le haga reproche alguno…,. En aquella nefasta mediocridad se trazaban mis objetivos de vida: “Quiero fumar todo lo que haya sin que me dé pálida, quiero que se sepa, que “ésta…” sepa que me importa más la droga que ella…”.

He aquí lo sucedido.

Percatándome de que, al tener dos o tres días de no fumar, caía en un delicioso estado de irritabilidad que hacía de las personas a las que podía, quería intimidar…, que, tal disposición física y mental, hacía de éstas personas un espejo en que me gustó muchísimo poderme ver; tales miradas de sobre salto eran evidencia de lo sobresaltado, intimidante, que yo también debía lucir…, una patética ilusión de haber dejado el miedo, justamente eso, me invadió. Percatándome de ello, intencionalmente dejaba de fumar el tiempo que fuese necesario para ver llegar aquel indicio que daba El señor Hyde.

Lo ignorado por mí y el pequeño ser, no el personaje, sino quien deseaba interpretarlo, tal era mi otro yo: alguien deseoso de interpretar mucha ira…, sin sufrir consecuencias. Lo ignorado por mí, eran las consecuencias que se avecinaban, pretendí hacer algo muy malo y que nada cambiase. Mas, no adelantaré mis confesiones a cierta explicación que, de ninguna manera, pretendo que me redima, tan solo diré que las fatales acciones en cuya víspera me hallaba, en la cama y el patio de un hospital psiquiátrico en Bello Monte, fueron, las tales, a causa de una profunda tranquilidad en la mirada de personas cuya ira (esto queda sujeto a revisión, seguramente lo negarían), cuya ira, desde la infancia me había nulificado haciéndome temer el momento en que sorpresivamente decidieran que la paz debía terminar. A quienes asumieron delante de mí una faz de sumisión, de miedo, ante la violencia que, pretendían, fuese únicamente mía, a éstas personas, mi madre y su esposo, les hice salir corriendo de la casa después de trasponer, encolerizado por la sumisión que habían puesto en escena, después de trasponer el umbral de la cocina en porte de un cuchillo…,perfectamente puedo imaginar el pánico de quien cree estar delante de una persona fuera de sí, en porte de un arma…

 Aquello fue y sigue siendo imperdonable.

En víspera de lo fatalmente sucedido, fui, por primera vez, a lo que ignoraba, era un hospital psiquiátrico de mínima seguridad. Seguía siendo inútil mi discernimiento de lo que era y lo que yo quería que fuese; mi completa falta de tolerancia a la frustración, por primera vez, fue puesta a prueba y reprobada por el berrinche que formé al hallarme en ropa interior sobre la misma camilla en que me habían dicho que me acostara y así lo había hecho para que me fuese inyectado, por vía intravenosa, un líquido cuyo efecto, no lo recuerdo, no lo esperaba, fue mi total desvanecimiento. Por primera vez había sido intervenido, mudado de mi vestimenta y demás indumentaria, la cual incluía un bolso cuyo contenido eran unas claves de madera similares a nunchakus, una libreta, bolígrafos…,. La identidad de la que siempre había carecido se había quedado medio desnuda y llorando en el pabellón de un hospital luego de que, aterrorizado, preguntara qué era lo que estaba pasando ¿por qué…?. “Trata de no preocuparte por nada” dijo un enfermero cerrando detrás de sí la reja en cuya cerradura dio dos vueltas a la llave.

La razón por la que, quince años después, me doy a narrar estos hechos, viene a ser, precisamente, el no estar ni un poquito descontento con absolutamente nada de lo acontecido en el transcurso de los tales. Nada de lo ocurrido resulta prescindible, lo que no me doy a narrar son hechos con los que podría pretender nulificar mis pasadas acciones, nada de eso. Tan solo acotaré que es delgada, invisible, la línea que separa el sano juicio del estado animal en que se han cometido, se cometen y cometerán los grandes crímenes de la historia humana. No obstante esto (los criminales: homicidas, genocidas, violadores, timadores, calumniadores), no obstante los tales ejecutores de la mala idea que en milésimas de segundo, como habiendo cruzado una línea prácticamente invisible, decidieron llevar a cabo, existen los provocadores. Resultan, estos últimos, tan enajenados como aquel o aquellos a quienes consiguen traer a su negro fango de odio y crímenes, por éste mismo realizados. Hállanse, los provocadores, en un estado animal que, bien sea solos o en manada, les pone al acecho de una víctima; es la identidad en cuyo porte, justo antes de cruzar la delgada línea, es la legal identidad de su víctima la que desesperadamente anhelan comerse en la bestial tertulia donde se discutan los detalles del paso de su víctima, su presa, atraves de la delgada línea que, prácticamente sin darse cuenta, cruzó hacia el mundo de quien, sin importar las semejanzas en rasgos físicos y documentos de identidad, pasó a ser alguien más que perdió la cabeza, el sano juicio, y pagó. Sobre una mesa en torno a la cual, de inmediato, congregóse una reunión de bestiales antropófagos, dejó, muerta, la identidad en cuyo porte le sería imposible continuar. Pasó a ser quien, desde su nuevo y entonces desconocido mundo, contempla, aturdido, la memoria que semejante a una bala, perfora sus más claros razonamientos, destruye al recién encarcelado, al recién ingresado a una institución para enfermos mentales, destrúyele su constante recreación de la vida que vivió hasta el preciso momento del cambio, el paso por la invisible frontera.

Muchísimas veces, al no soportar el tormentoso recuerdo del justo momento en que cruzó la frontera…, el mismo que no sabe cómo ni por qué dejar de recrear, enloquece aún más, volviéndose un entretenido espectáculo para quienes, igualmente, fueron advenedizos, pudiendo habérselo tomado con mayor serenidad o inclusive peor que el nuevo ingreso…, de cualquier manera llevan allí algo más de tiempo y experimentan el alivio de presenciar las fatales consecuencias de un comportamiento inadecuado a las normas de la institución, las mismas a las que, instintivamente, se han acostumbrado para no figurar…, para presenciar, desde las sombras (en público, mas, sin que a nadie le importe un comino su presencia), el nefasto resultado de un error ajeno. Acechan igualmente a recién llegados como a egresados. Ver salir a alguien implica, para los referidos, las sensación de haber sido mordidos en el estómago que sienten vacío en tanto son abrumados por la conciencia de seguir ahí, de no saber cuándo saldrán y, justo entonces, no tener ánimos de camaradería o tertulias referentes al advenedizo que se volvió loco. Solo una cosa puede reanimarlos: la mala fé en el retorno de quien va saliendo. Ésta última los divide en dos grupos: están aquellos que a mandíbula batiente dicen: “Ese vuelve…seh, ya tú vas a ver” y están, por ahí, quienes, disimuladamente, anhelan ver consumada la profecía de quienes no se callaron su dolor, su envidia. A criterio de los lectores dejo la clasificación entre el mejor y el peor envidioso. Quienes a la semana, el mes de haber salido, regresan, no requieren de otra cosa que su deteriorado aspecto físico para ser el alivio que alguien, alguien…, y alguien más necesitaban: “Ahora a empezar de cero” dicen “me falta menos a mí”.

Para concluir mi acotación, fundamentales resultan las dos tribus de envidiosos en conocimiento de los cuales ha sido puesto quien a todo lo anterior, a su lectura, se haya evocado. Definitivamente, los hospitales, comparados con la prisión venezolana y el cementerio al que conduce una mala muerte…, definitivamente son los hospitales el mejor destino al que pudiese arribar quien cruza la invisible frontera, quien, luego de ser asediado, resultáse despedazado por las hienas (los envidiosos) que, fuera de las instituciones, lucen normales, inofensivas, si se quiere, son gente; trabajan, estudian, asisten a iglesias, grupos de alcohólicos, narcóticos…  anónimos y perteneciendo a una tribu de hienas pasivas, festejan la labor realizada por la tribu agresiva.

Innumerables resultan las malas experiencias que al paso de estos años he venido archivando en mi memoria. Historias referentes a la territorialidad de quienes no desean ver advenedizos en el pueblo del que se volvieron estampas pegadas en las paredes, pegados locales que, años atrás, sintieron el alivio de saber que alguien había sido encerrado, que se había perdido en un mundo del que se suponía, no debía regresar; su alivio consistía, todavía hoy consiste en toda la atención que se dirige hacia la identidad que perfectamente tapaba un alcoholismo, una drogadicción, una mala maña que al mala mañoso no le sería señalada cuando estuviese platicando acerca del encerrado. Cual si de un manicomio pueblo se tratase, mas, no se festeja la llegada sino la expulsión de quien al llegar y quedarse proyecta un cambio, el mismo que derriba el velo con el que se cubrían quienes en nada evolucionaron, ello, verse…, ello los encoleriza y empieza la pugna, el murmullo, los gritos, las amenazas, la burla, los sonidos de hienas. Tan solo esto acotaré a propósito de muchas maldades cuyos autores son también sus apasionados narradores.    

-          Tú te fuiste alejando – dijo Alan sin el menor indicio de resentimiento – Ese carajo siempre aparecía de una manera demasiado fantasma. Nadie te decía nada pero al igual que lo hacías tú, todo el mundo daba un respingo al ver que en el mismo sitio donde hacía unos segundos no había nadie, justo allí estaba parado, llamándote con un movimiento de la mano que inmediatamente dejaba caer, como una garra que en el aire había atrapado algo, tu atención…la de todos…todos, atentamente, veíamos el llamado que te hacía y la forma en que te ibas sin decir nada. Fue así muchas veces…y un día ya no necesitó volver a llamarte, te veíamos por ahí, pasabas, saludabas…y te habías ido.-

 

Por fin, drogado, llegué a la casa.

Al abrir la puerta de la calle vi al viejo en la primera de las tres habitaciones cuyas puertas se alineaban en el ancho pasillo que comprenden el recibo y el comedor. Estaba leyendo a la luz de una lamparita que tenía dentro del cuarto. Recuerdo bien su cara metida en el libro, dejando bien claro que no habría interrogatorio. Quizás empecé a drogarme justo cuando pensaban que jamás lo haría, que alcanzaría el máximo de mi potencial y habría que desistir de todo lo que habría que asumir como innecesario en caso de recriminaciones... ¡Ja!. Mi madre y mi abuela han de haber estado dormidas, no las vi. Lo siguiente que vi fue el resto de la casa por la que justo entonces me sentí nostálgico, cual si no fuese yo quien había llegado, cual si me hubiese quedado en el momento de tocar la primera dosis dándole el pase a una nueva identidad por cuyos ojos veía la casa en la que justo allí, justo entonces, no era yo, aquel que no sabía si su nostalgia era por la casa o por sí mismo, pues a quien había sido, no volvería a verlo.

El cuchillo sigue en la cocina. Inclusive hallé uno entre el tabique de ladrillos y las chapas de madera que ese y los demás tabiques sostienen, encima de las cuales van las baldosas que vienen a ser la barra, la mesa a los lados de la cocina; debajo de tal estructura, entre sus tabiques, los cuales vienen a ser compartimientos, despensas con bajas paredes de ladrillo y techo de chapa y baldosas, (para un niño es todo un mundo lo que a un adulto le parece un almacén de cosas inútiles o viejas debajo de la mesa de la cocina) …, hace un par de años, sin saber lo que buscaba, encontré un cuchillo bastante más grande que el que aún está en la cocina. No tenía mango y era enorme, como esos que promocionan cortando zapatos, como ya he dicho, sujeto entre el tabique y la chapa. Lo extraje de su escondite dejándolo, seguidamente, a la vista, entre los demás cuchillos de la cocina. No tardó en desparecer, ¿Quién sabe?, entonces, me dio por pensar en una ridícula brujería de esas que en el nombre poderoso de Jesús quedan perfectamente desautorizadas. Mas, pensándolo bien, alguien, tiempo atrás, pudo haberlo puesto ahí para defenderse de mí, ¿por qué no?. 

 

 

 

Tal aclaratoria es mi preámbulo al diálogo que, meses, después, sostuve con Grushenka. Haré cuanto me sea posible por brindar al lector lo que más similar a una fidedigna transcripción, lo que más parecido a ésta resulte ser.

-          ¡Chamo, si te he pensado! –

-          ¿En serio? –

-          ¡Si!, tú no te imaginas las cosas que te voy a contar –

-          Ah bueno, cuéntame –

-          Bueno… chamo, primero que nada… tengo que decírtelo… yo esto no lo hablo con nadie que no me parezca… ¿serio?, ajá…, serio… a mí me parece que tú eres un hombre serio…que te puedo contar una vaina así de arrecha y al hacerlo… no sé lo que esté haciendo, pero no puede ser nada malo…¡¿Entiendes?!, osea…que yo pienso que al decírtelo, no sé por qué, pero estoy haciendo algo bueno… -

-          Mmmm, ok –

-          ¡Ja!, te sonrojas – declaró Grushenka – ta bien, te estoy halagando, pero escucha… ¿te acuerdas en la plaza… cuando te dije que soy abogada, que me saliste con tu lírica pretenciosa de que yo como abogada tenía, ¡obligatoriamente!, que haber leído Los hermanos Karamazov, por aquello de “el error judicial”…¡¿Te acuerdas?!...claro que te acuerdas…y también te acuerdas…, coño, tú hablas muy rápido chamo, porque fueron minutos los que se tardó en aparecer aquel hombre horrible…si, el bailarín de ballet, que daba media vuelta con mucha gracia y estilo…también…te tienes que acordar…hablaste de un tal Sabato, que dice que la literatura rusa tiene ese poder hipnótico en muchas mentes latinoamericanas… -

-          Si, él se refería a los movimientos anarquistas…-

-          Ajá… pero ¿si yo te contara acerca de alguien que resultó influenciado por una obra específica de Dostoyevski y por esa misma influencia se definieron una serie de causas y azares en su vida? –

-          ¿Cuál obra? – pregunté, como embriagado de curiosidad.

-          Humillados y ofendidos … escucha con atención…alguien en éste país latinoamericano se leyó esa novela y le tuvo envidia al protagonista… -

-          A Vania –

-          Si Vania es el protagonista, si, le tuvo envidia a Vania… porque Vania se llevó pa su casa una niña que estaba en situación de calle…-

-          Elena-

-          Ok, yo no sé los nombres. Te cuento todo esto porque me parece insólito… la persona de la que te hablo… ya va… ¿te acuerdas de…?, la niña que me llevé pa la casa…, bueno, escucha esto. Los trámites que yo hice en el consejo de protección…, fueron para llevarla a una casa hogar, pero ella, en cuestión de días, se escapó y andaba en la misma, hasta que se consiguió con el personaje…, un tipo que la llevó a unas reuniones, a un culto, no estoy muy segura. Lo cierto es que la lleva pallá…, la locura de lo que te voy a contar consiste en que él se la lleva para su casa porque había sentido envidia del protagonista de Humillados y ofendidos; “Yo nunca he ayudado a nadie como éste hombre ayudó a esa niña”, se había dicho a lo largo de su lectura de la dichosa novela…y al darle albergue a ésta muchachita lo hizo como interpretando al personaje que tanto admiraba, o al que tanta envidia le tenía…es lo mismo ¿verdad?, bueno…., el cuento acaba en que la muchacha se le ofrece a un coño e madre de los que van para ese culto, esa reunión…no sé qué es propiamente…, ella, loca, se le ofrece, pero antes de irse con el tipo tenía que decirle una mentira a éste otro muchacho porque tenía el bolso en su casa… le dijo que el otro y que tenía una habitación en la que ella podía quedarse esa noche porque y que iban a cuadrar algo referente a una bolsa clap…, el otro, inmediatamente, pilla la mentira y se puso como la grana, le dijo que fuera inmediatamente a buscar su bolso y que por allá no se le ocurriera volver… la muchacha, finalmente, se va con el otro, que lo que quería era… ajá, tú sabes…si, al día siguiente, chao…, . Bueno, éste muchacho se entera de eso una semana después…porque seguía la presencia fantasmal de Vania en su cabeza…si mi amor, una semana después la volvió a llevar pa que durmiera allá y la pilla, otra vez, en la mentira, cuando ella le empieza a hablar del otro tipo. Porque él había decido no hablar de eso, dejarla quieta, no decirle nada…nada, que la carajita le empieza a nombrar al tipo a decirle que eso es un caballero, que se había quedado en una habitación ella sola y él en otro lado…, osea, lo que te quiero decir es que eso que le estaba diciendo a Vania, ella se puso de acuerdo con el tipo para decirlo…, pero Vania no se creyó nada de lo que ella le estaba diciendo y se indignó todavía más porque aparte de aquello que él había querido dejar colar asumiendo que no era asunto de él, lo cual es mentira que no le va a molestar, ¿sabes?, yo soy mujer pero nada me cuesta pensarlo igualito como si fuera un hombre, osea: “Te estoy brindando mi casa, te estoy dando de comer, donde dormir…¿y me vas a mentir para irte con un tipo mientras yo te cuido tu bolso?” …, de bolas que tiene que haberse molestado…entonces, de paso, la vuelve a llevar y ella lo primerito que hace es empezar a decirle una mentira que, evidentemente, estaba hablada con el otro tipo. Se vuelve a arrechar el Latin-Vania y se lo dice pues, que si qué bolas, que aquello era demasiado evidente, que ella era una falta de respeto…, eso fue en la noche, él no la iba a correr de noche…pero por la mañana retomó el tema…entonces por lo que sabe de la niña le pregunta “¿Y le salió gratis o le cobraste?”…”Me dio tanto” le dice ella…, y la vaina se pone cada vez más espeluznante ¿sabes?. El muchacho entró en una cólera ciega. Lo primero que hace es decirle a ella que se largue, ya pues, definitivamente, ¡fuera!..., y lo que le detona el odio profundo hacia el otro tipo es la cantidad de dinero tan absurda que ella misma le dijo que le había dado…claro mi amor, ¿no estás oyendo que el sigue poseído por ese fantasma ruso?. Lo único que él puede ver ahí es un abuso pues… la carajita es lenta, se las dará de mala pero es lenta y a no ser que el tipo le gustara en verdad y esa cantidad tan absurda de dinero, al día siguiente, fuese algo así como…, no sé…, si, en verdad no se puede ver sino como un abuso pues…entonces éste muchacho, ajeno al prejuicio que inmediatamente se detona hacia la carajita, que si fue ella la que se le ofreció al otro, que tal y qué se yo…, ajeno a toda esa vaina, él va pensando es en “el abuso”, y al llegar allá se lo dice a otra muchacha que también asiste a ese culto… la muchacha se ha reído…pero es-pon-tá-nea-men-te mi amor, se agarró su abdomen y se dobló de risa, “Muy propio de fulano” le dice a éste muchacho…, claro, ella al ver que la cagó…claro, no solo queda en evidencia que la vaina le parece divertida, si, tipo proxeneta femenina, amiga íntima del tipo…no chico, del otro, del abusador jajaja…, bueno, ella pilla que la cagó…ya, es un hecho, la cagué…, entonces cuando el muchacho, al día siguiente, le dice: “Chama, tú deberías sincerarte con esa carajita y decirle que no puedes ayudarla… porque una vaina tan monstruosa como la que te conté…a ti te dio fue risa”…, bueno mi amor, con esto te termino el cuento…la cagada…, la muchacha, que ya habría practicado mil veces aquella respuesta, se la tiró en la cara en altos decibeles: “¡Yo me reí fue de ti…porque eso lo inventaste tú…, ellos me dijeron que eso es mentira y yo les creo a ellos, a ti no te creo…   porque tú lo que estás es celoso –

-          Mierda – dije al fin

-          Humjú… el tipo quedó ciego de la ira y le metió un coñazo por la cara…, listo, preso e’ bolas,  y ¿tú sabes quién me contó absolutamente todo lo que te acabo de contar? Incluyendo lo de Dostoyevski, porque el mismo Vania latino se lo dijo… la carajita…cagada de la risa contándome esa vaina, si, lo jodimos y tal jajaja…,. Osea, yo no te voy a decir que no le tengo cariño a la carajita, y ella me cuenta la vaina es por la confianza y el cariño que ella también me tiene…y finalmente, lo que le pasó a ese muchacho fue una decisión muy suya, en todo sentido…el capricho de interpretar a Vania y la falta de vida propia que te conduce a un sitio donde dejas tu vida, tu libertad plena la dejas pegada en la cara de una tipa rata, mal intencionada pues…osea, por todos lados me parece que el trastornado es él. Pero me interesaba decírtelo porque es algo que, me parece a mí, confirma esas teorías de las que nos hablaste aquella vez, de esa influencia prácticamente hipnótica, psíquica, de los rusos en el modo que los latinoamericanos tenemos de ver nuestra realidad…osea, la novela puede ser bella, conmovedora…pero no te puedes llevar una loquita pa tu casa sin saber qué carrizo es lo que vas a hacer para ayudarla…¿simplemente tenerla ahí, comiendo y conectada al face book?... no es la misma realidad social. Yo estoy convencida de que ese muchacho, ahorita mismo, ¡preso!, tiene que estar plenamente seguro de que se trataba de una realidad…que hubiera espantado a Dostoyevski… -

-          No vale – prorrumpí en una carcajada que no duró mucho, mas, no dejó de oírse y resultar contagiosa para Grushenka – Que le hubiese parecido fascinante te creo, pero que le hubiese asustado…nah – hice una pausa para reflexionar sobre algunas cosas – No joda – concluí…, eso fue una historia…-

-          ¿De Dostoyevski? –

-          Coño… no… eso es una historia…sacada del infierno –

 Dios me perdone, nos doblamos al empezar a reírnos convulsivamente.

 

Extraído del libro inédito La violó, la mató y la quemó

 

 








LA ESCANDALOSA RATA CÍCLOPE

 

Todo pueblo es una sola calle. Bordean a ésta sus comercios y las viviendas más difíciles de adquirir puesto que tienen los tales comercios, línea de taxis, terminal de autobuses, templo católico y plaza Bolívar…, tienen todo a pata e’ mingo. Tratándose de un poblado municipal, dicho municipio cuenta con diversas adyacencias; hay zonas residenciales en torno al pueblo, forman parte de éste y le requieren por los ya mencionados recursos. No obstante, cada zona residencial, de manera inconsciente, se considera un poblado particular, dos líneas de viviendas bordean una sola calle…, de modo que cualquier pueblito y urbanización adyacente viene a ser el engranaje de numerosos pueblitos, cada recta y quienes habitan sus orillas. Lo mismo sucede con las grandes ciudades, las metrópolis, capitales. Tal denominación la reciben por ser el territorio en que las torres de los grandes poderes son algunas de las que, dicho territorio, luce fatalmente erizado, mas, cada avenida y transversal viene a ser un pueblo y, presumiblemente, hay una personalidad provinciana en cada uno de éstos; en cada metrópolis, en cada calle, hay alguien que no recuerda la última vez que pensó en transgredir los límites de su avenida o transversal, su mundo.

          Una larga y estrecha avenida bordea la falda del cerro, siendo también la frontera entre el barrio y la urbanización, alguna vez de clase media alta, con las mismas quintas de dos plantas, habitadas, cada una, por, tan solo, una pudiente familia cuyo recuerdo pertenece a los numerosos herederos, hijos, nietos y bisnietos de un solo grupo familiar que, en el común de los casos, ha evolucionado multiplicándose, volviéndose gueto; grupo de hermanos y hermanas, padres y madres de sobrinos, sobrinas, primos y primas, nietos e incluso bisnietos de algunos hombres y mujeres que aún viven para recordar el nacimiento del barrio que, cruzando la avenida, empezó a crecer, cubriendo la cerranía hasta donde no alcanza la vista, allá, donde el barrio, con otro nombre, inicia el descenso hasta el pié del mismo cerro que en su otra cara, luce otro barrio, otras comunidades que van a dar a otra avenida que también delimita con alguna zona residencial, antiguamente caché, actualmente vecina de la zona popular con que se le identifica sin importar lo que haya sido. Dicho lado contrario no es la desembocadura del barrio en un grupo de quintas. Al pié del mismo cerro, una constructora, contratistas igual de ambiciosos llevaron a cabo el proyecto de grandes torres, algunas tan altas que sus últimos pisos pueden verse desde la azotea de las quintas que bordean la avenida que nos atañe, la que separa el barrio, sus entradas, cada una con su línea de moto taxis, la fachada de sus casas de bloque y techos de zinc, algunas con un segundo piso en construcción, sus talleres, zapaterías, la herrería de un español gordo de cara redonda, lentes culo e’ botella que siempre tiene un cigarrillo en la boca…, la recta que delimita todo lo anterior de la fachada de las antiguas quintas, muchas de éstas, ahora, convertidas en guarderías, restaurantitos, peluquerías…, incluso algunas casas, no solo su fachada junto a un pequeño espacio interior sino la completa infraestructura ha sido convertida en el recinto de diversas actividades comerciales; hay fábricas y almacenes.

          La fábrica solía ser una quinta. Una vez más, el obrero camina por la acera en cuyo borde, al pasar, va viendo los diversos puestos de buhoneros; mesitas con termos de café, cigarrillos, teléfonos celulares que así como los encendedores, yacen sobre la mesa bien asegurados con cadenitas y cinta adhesiva, puestos de comida (empanadas, papas rellenas, donas, arepas, fororo…). Tanto la acera como el pavimento son transitados por el angustiado paso de automóviles, motorizados y peatones que tratan de no chocar entre sí, mientras, dentro de lo posible, evitan descender los pocos centímetros, el quicio que les eleva del pavimento en que se hallan los buhoneros, si la tragedia no es tropezar con algún puesto sería entonces la de ser arrollado por algún motorizado o algún automóvil. No es ésta una avenida central, parece más bien un callejón que presenta todas las señas de las que ya ha sido puesto, el lector, en conocimiento, incluyendo, ahora, su estrechez. Los sentidos se agudizan al cruzar la entrada y salida de las transversales. Igualmente habrán de ver bien pa los lados quienes pasan por las entradas y salidas del barrio, seguramente ya se ha dicho, mas, vale la pena destacar que cada una cuenta con su respectiva línea de moto taxis. Las mujeres, bellas todas, van y vienen; caminan, frescas, por la calle y todas le parecen bellas, cual si se hubiesen salido del espejo en que, minutos antes, se hallaban, contemplando sonreídas la recién bañada y al estilo de cada una, bien vestida figura que les da gusto modelar en la acera, donde su dulce olor y especialmente sus esquivas miradas son celajes, empeorando el vacío de quien, en el trabajo, pedirá un adelanto para comprar cigarrillos, para fumar cada vez que le resulte posible. Luego de haber salido del vagón, de las instalaciones del metro, luego de caminar olfateando el celaje de unas mujeres tan bellas que lucen como una señal, como si alguna de ellas fuese a ser la razón de que, hoy, todo cambiase. Más, hoy no será. Cada vez que la faena se lo permita, fumará, recordando…;  genera envidia el motorizado que la lleva de parrillera, el conductor del autómovil en que va de copilota, quien camina con ella. Las que van solas, sin un hombre u otra mujer, llevan acelerado paso y sus miradas resultan esquivas sin que importe cuantas veces se haya coincidido con ella en ese mismo punto, quizás un poco antes o más adelante. Otras llevan de la mano a sus niños, van regañándolos por haberse ensuciado el uniforme al comer, porque la maestra me dijo que no pones atención…, a las niñas por no haberse dejado peinar bie; “Mira como llevas ese greñero, pareces una loca” “Loca tú mami” “Cállate, camina que vamos tarde”. Otra le mienta a un motorizado el coño por el que su madre lo parió luego de que, al pasar en la moto, le agarrara el culo y para coronar la secuencia de alucinaciones matutinas, un piedrero intenta quitarle algo a un niño y no es el padre que andaba con la madre, es la madre y otra mujer, son ambas quienes empiezan a golpearlo salvajemente, aferrándose a la franela que el piedrero debe dejarles en las manos para conseguir zafarse. A lo largo y estrecho de tal pueblo metropolitano camina el obrero, rumbo a la fábrica que solía ser una quinta.

          Dos números uno (11) de madera podrida, lucen enmarcados en la plaquita de metal que hubo de ser la confirmación para quien, décadas atrás, anduviese buscando la quinta número once. Trasponiendo la pequeña puerta metálica ubicada en un costado del portón corredizo del que forma parte, al trasponer dicha puerta se accede a un reducido espacio descubierto donde, simultáneamente, figuran la ventana de vidrios corredizos através de la cual puede verse el interior de la oficina y a su lado, dos altas paredes encajonan el pasillo que conduce al amplio taller, en cuyo techo, justo encima de la mesa…, puede verse la luz aniquilada en una claraboya de plástico; si bien no la bloquea, solo sirve para saber que afuera es de día. De esto último habría que retractarse; el taller no se limita al espacio en que se trabaja sobre la mesa. Bajando una pequeña rampa de concreto se pisa otro nivel, tan amplio como su predecesor, del mismo taller, otro espacio en que otro tipo de producción se lleva a cabo. Las paredes, igualmente altas, hállanse techadas por planchas de hierro galvanizado, mas, no descansa éste sobre los muros; pequeñas barras de metal, un enrejado através del cual entra, plenamente la luz, le sirven de base.

          El pure, su único compañero de trabajo, ha salido a llevar una entrega. Está solo, mezclando materias primas que luego deben ser embazadas, agrupando un exacto número de embases en cada caja, las cuales, posteriormente, según el pedido, serán agrupadas en la parte trasera de la camioneta que el pure cumple la función de conducir al establecimiento en que las cajas deben ser descargadas. Ahora mismo anda en eso, llevando el pedido. No requiere de estar solo para poder hacerlo, pero al no haber nadie cerca, se pone a descargar. Generalmente forma peo, amenaza hombres e insulta mujeres. El trance le resulta inevitable; se siente plenamente seguro de lo infructífero que tal esfuerzo resultará. Todo estriba en la frustración que le causa esforzarse, mas, la mente, la negación de una aporreada pereza, le busca forma, conceptos al malestar. Le muestra caras de gente y situaciones pasadas que, lógicamente, lo encolerizan. Ya hemos aclarado que la ira es por deber esforzarse, la sustitución del motivo es una función automática; nadie quiere salir de un espacio laboral por no aguantarle la pela a la jornada. Sin abandonar su labor, enumera mil y un motivos por los que, con toda razón, podría salir de allí en el preciso momento que tanto le apremia…, éste trabajo no satisface los voraces apetitos de su ego resentido por las historias de mujeres ausentes, tipos que le dieron la mano siendo, todo el tiempo, unos falsos…, le encoleriza, ¡y cómo lo disfruta!, pensar en todo cuanto tuvieron y siguen teniendo para satisfacer el apetito voraz de una y la otra también, la que tampoco se siguió calando su inexistente poder adquisitivo, el desempleo y por tanto, la pelazón de bola que tanto le frustraba y le hacía descargar, con ella, su mala nota…, el salario que cobra para pagar todo lo fiado y quedarse limpio, pidiendo fiado, los próximos quince días de frustrante labor, la misma que no entiende cómo podría estar desempeñando sin verla, sin saber qué estará haciendo durante todo el día en tanto la sospecha lo enloqueciera…, lo encoleriza la insidiosa idea de que ninguna de las personas que, de él, no esperaban nada, la idea insidiosa de que ninguna de esas personas puede verlo hacer tal esfuerzo ni tampoco les interesaría pués viven vidas que, al obrero, le gustan más que la suya, se siente excluído de un mundo de mejores vidas, opulentos festejos, sensuales afectos…, ante tal insidia muere cualquier idea de respaldo al sentido de los esfuerzos que, iracundo, sigue haciendo. No obstante, la ira, cada cierto tiempo, desaparece; hay gente a su alrededor, debe controlarse, cumplir su labor, rendir cuentas de lo que ha hecho, pedir nuevas instrucciones, almorzar. Varios momentos del día equilibran la balanza.

          Se encuentra solo. Su monólogo pasa de lúgubre a jocoso. Recita ingeniosas reflexiones imaginando el sitio y las personas que le auditan e inmediatamente, desdoblándose a la identidad de uno u otro interlocutor, se dobla de risa; usando su cara y su cuerpo, junto a la mesa de trabajo donde se encuentra solo, alguien alaba su genialidad, habla bien de él, discute con quien soltó alguna palabra fea…, vuelve la ira, la descarga en contra de… así trabaja el obrero, más aún cuando está solo.

          Alguien camina y se achanta por ahí. Varias veces ha tenido, el obrero, la periférica sensación de ver pasar a alguien justo donde al poner cuidado no ha visto sino las cosas de la fábrica. “¿Quién me está vacilando weón?”, se pregunta.

-          ¿Lo viste? – le pregunta el pure al oírle narrar aquello

          Trátase de un hombre fornido, trigueño, de cara redonda como la del herrero español pero con los ojos achinados encima de los pronunciados pómulos, el español no tiene pómulos, tan solo un par de infladas mejillas colgando a cada lado de su cara…, cabello blanco igual que su bigote, debajo del cual esboza una discreta sonrisa de satisfacción.

-          ¿A quién? – pregunta, de inmediato, el obrero, enarcando las cejas.

-          No sé… - responde entonces el pure, disponiéndose a mantenerle o intensificar su curiosidad- tú sabes que esto no siempre fue una compañía, antes de que el jefe la comprara ya era una fábrica de otra cosa, pero había sido una quinta originalmente. Lo cierto es que voy a decirte algo, pero no sé cuándo habrá ocurrido…ni qué. Hace como … años, cuando el jefe compró ésta casa, la hizo remodelar, hizo tumbar algunas paredes y romper los pisos – levanta la mano con el dedo índice apuntando a la zona bajo el techo de hierro – y cuando estaban rompiendo el piso en aquella esquina encontraron los huesos de alguien –

-          ¡¿Un muerto?! –

-          Si, allá…, pero el jefe, cuando lo llamaron para que viera dijo: “¡Tape eso!, después vienen los de… a hacer sus averiguaciones y me paran la producción”-

-          ¿Así mismo? –

-          Umjú –

-          Nah joda…, pero ¿ni idea de quien será ese carajo? –

-          Coño, no sé chamo. Se presta pa muchas conjeturas. A lo mejor fue obrero de la compañía anterior. Pero acuérdate que ésta urbanización es vieja… y la zona es vieja … Caracas es vieja-

-          ¡Mierda! –

-          Así es la cosa chamín, se ven vainas. Aunque, bueno, tampoco quiero decir que lo que tú viste tiene algo que ver con eso. Tú decides qué creer –

-          De bolas – dice, pensativo, el obrero

          Rumbo a lo que, temprano, por la mañana, era la entrada al pueblo metropolitano del que, ocho horas diarias, de Lunes a Viernes, también es un habitante cuya cara es conocida por diversas caras que ya conoce, rumbo a la gran avenida que, temprano, hubo de cruzar corriendo, tal y como ha de hacerlo al regresar…, pasó justo al lado de una tragedia en pleno desarrollo; la mujer ya estaba dentro del automóvil que, rápidamente, desabordó, generando la curiosidad que el obrero, instantáneamente, vió satisfecha. Un hombre, de seguro su esposo, llegó corriendo hasta donde la mujer cerraba la portezuela. El dueño del vehículo no se bajó, veía desde el parabrisas, con los ojos bien abiertos, al hombre cuya discusión con la mujer fue, trágicamente, breve.

-          ¿Y ahora? – le preguntó - ¡Dime loco ahora pues! –

          Ella, impulsada por su ego, a no dejar su cara pálida y silenciosa en la memoria de los mirones, haciendo un gran esfuerzo, articuló las palabras que acabarían con todo su temor a las apariencias, generando la situación por la que solo querría que alguien le ayudase.

-          Mira, yo mejor me voy … - empezó a decir con el más profundo deseo de no estar allí, desaparecer lo antes posible.

-          Ah ¿tú te vas a ir, ¡maldita!? –

          Dicho esto, el hombre corrió las asas de su morral para quitárselo y uniéndolas con ambas manos las usó para balancear el bolso por encima de su cabeza. La expresión de pánico de aquella mujer cuyas manos, quizás debido al mismo desvanecimiento, la pálida, no alcanzaron a cubrir dicha expresión, fue impactada por el bolso en que aquel hombre llevaría la misma vianda en la que almorzó, pensando en algún asunto privado, el cual no se imaginaba que sería, finalmente, aquella imagen que le hizo correr en busca de la realización de un sueño enfermizo.

          Ya se encuentra, el obrero, a orillas de la gran avenida. No pudo seguir viendo aquello y siguió. “¿Qué vas a hacer?, un tipo, en la calle, no hace eso si no está dispuesto a matarse con alguien más que no sea la mujer…y si no lo está, si volvió en sí por la paliza que le hayan propinado, tampoco quiero ver eso” se dice, mientras aguarda su luz. Así es la calle, aniquila, casi por completo, la sensibilidad; ni por mujeres golpeadas, violadas, asesinadas, picadas o quemadas, niños abusados, ni por perros atropellados, ni por occisos bajo la placa…, nada siente a quien todavía no le toca.

          Justo antes del cambio de luz llega Rigual…, en su bera. Jeans de tubito, rojos, calzado Nike, el suéter y la gorra llevan estampada su hoja de marihuana y debajo de unos Ray Ban plateados que seguramente adquirió ese mismo día, su ancha sonrisa.

-          Habla pa ve – le dice al obrero, su pana - ¿Pendiente de un yiro? –

          El obrero sonríe y asume su condición de parrillero. “¿Qué puede ser mejor que esto?” va pensando mientras avanzan por la autopista. Los dos se alegran al divisar la ambulancia que perfora un embotellamiento. Parece una escandalosa rata gigante de un solo ojo, abriéndose paso en el congestionado tránsito que se vuelve una suerte de goma, plegándose a lado y de la autopista, donde se abre paso la escandalosa rata cíclope con su cola de motorizados que va creciendo conforme éstos se van engranando. El obrero, que se las da de artista piensa en las palabras que, armoniosamente, puedan recrear esa composición de la que le complace formar parte.

          Rindiendo tributo a los pela bolas que ya descansaron, murieron sin que su propia vida les hubiese recompensado el oprobio que tanto a los reaccionarios como a los que decidieron no envilecerse ante las vilesas de las que fueron objeto…, el oprobio que tanto a unos como a otros encolerizó, mas, al momento de morir descansaron y seguramente no fue el destino de sus cuerpos lo que les distrajo de una nueva conciencia o de un sueño profundo, ¿Quién sabe? ¿Quién dice “esto” sin que alguien salga con “aquello”?. En su receso automotriz de cinco siglos de arrechera sucedida, dando un yiro, como seguramente lo hicieron los habitantes de una república de difuntos tapiados bajo las grandes obras de la enorme ciudad, el obrero, relajado, vive.

Viernes 27 de octubre de 2017, pasada la media noche.

  

Extraído del libro inédito La violó, la mató y la quemó