sábado, 13 de enero de 2018

MI COMPAÑERA




“Y para mí
Tañe el laud
Precipitándolo como un alud
Y para mí
Cuenta su viaje
Y la canción se estrena un traje”
Silvio
Trovador de barro negro

“Echa palante cobarde
Anda
Ve y búscate el pan”
Hector Lavóe
Todo tiene su final

San Antonio de los altos. Municipio Los Salias. Estado Miranda. República Bolivariana de Venezuela
 12 de enero de 2018
A las 07:30 am del 11 de enero de 2018, en la sede de inmigración de la frontera colombo venezolana, un inmigrante ilegal posicionábase en la cola de quienes, ya habiendo sellado su salida de Venezuela, pretendían sellar la de entrada al vecino país. Dicha salida, el inmigrante la selló el día 07 de enero de 2018. Lo que a continuación será referido, puede muy bien considerarse la muestra de un severo déficit de atención, mas, no de una mala intención, de una trampa; el inmigrante ignoraba por completo que requería también de aquel sello de entrada, su mente no estaba en blanco, tan solo andaba en otras ideas, una de éstas: “Estoy legal, eso es lo más importante”. Pero retrocedamos tan solo un poco, no solamente a lugares y situaciones, definamos, dentro de lo que nos resulte posible, a los protagonistas de nuestra crónica. Uno, el inmigrante ilegal que ayer, 11 de Enero se dispuso a dejar de serlo, empezaba en Colombia, Cúcuta, el cuarto día de un viaje que había empezado el Sábado 06 de éste mismo mes. En horas del mediodía recibió la llamada de la que, por un corto período de tiempo, sería su compañera. María…, una mujer gorda, con las mejillas como la grana, brillantes pecas y una dulce sonrisa, María era y sigue siendo el nombre de quien lo llamó en horas del mediodía para decirle: “Me voy para Cúcuta ¿quieres venir?”. Propúsole aquello puesto que el futuro inmigrante ilegal no cesaba de repetir en sus reuniones…, cuanto le frustraba o más bien, cuanto le llenaba de ira esa mala idea que manejaba acerca de si mismo: “Claro que tengo una fé ciega en los años que llevo sin drogarme” decía siempre “Debido a éstos, puedo sentir sin anestesia los dolores de mi ego; siento que estoy salao, como si la mala muerte hubiese apostado con mi sobriedad tal y como Dios apostó con el diablo acerca de la lealtad, la inquebrantable fé de Job. No logro hacer dinero, mi trabajo no genera ganancias y me duelen los comentarios de la familia y la comunidad. He llegado a percatarme de que me dicen “loco” no porque dicha palabra pueda, desde sus reuniones, mandarme a ningún manicomio, lo hacen porque saben que me duele, eso me parece un avance, saber que es ira, impotencia, lo que manifiestan puesto que, debido a mi bendita sobriedad ¡no pueden! enviarme a ninguna parte. No obstante esto, igualmente me duele. Un comentario en especial, emitido en la casa de mi abuela, donde habito, fue dicho comentario el que me desarticuló las débiles defensas que aún me quedaban en contra de la ira que desean hacerme sentir: “Él no hace sino fantasear…no sale de un argumento”, esto último lo usan para referirse a algo así como un discurso patologíco, una muela e’ loco todo el año…,. Tengo fé ciega en mi sobriedad y sé que lo que hago para honrarla recibirá la recompensa que ella me dé, me desespero, mas, espero, con fé. Tengo mi propuesta de novela, tengo mi guión cinematográfico, los derechos de éste, tengo mis cortometrajes, únicamente necesito dejar el miedo y ¡como sea! pegar el culo de un expreso que me lleve a San Cristobal, a San Antonio… tengo que llegar a Bogotá, allá está la editorial Oveja negra, allá es que quiero consignar en físico mi novela. Esa es la editorial que ha publicado todas las obras de una de mis mayores influencias narrativas, El Gabo…,.
Conociendo su argumento, María implementó el suyo: “¿No dijiste que querías irte? Vámonos pués…, Dale pués, dijo el futuro inmigrante ilegal que partió de nuestra ciudad con su compañera.
Podría decirse que la presencia de una mujer fue de gran ayuda para convencer a los conductores de los expresos de que era cierto lo que ella decía mientras su compañero esperaba, siempre presto a decir que si, “Esa es la situación”. Llegaron rápida y eficazmente a San Antonio del Táchira el ya mencionado 07 de enero, día en que, por primera vez, quien para sacarlo había pasado gigantescas tribulaciones, pudo ver que le estamparan un sello, el primero que figurase en su pasaporte recién estrenado: SALIDA. Esto último ya lo hemos explicado, lo asumió como una concreta declaración de legalidad en tierra extranjera. Por ende, luego de que María le presentase a algunas personas en “La parada”, es decir, el otro extremo del puente fronterizo, la parte de San Antonio correspondiente a Colombia, que viene a ser un corredor comercial al aire libre donde se congregan autobuses que van hacia el centro de Cúcuta, Los patios, zona de la que más adelante habrá qué decir, etc…, vendedores ambulantes de toda clase de alimentos y bebidas, café, cigarrillos, en fin, un terminal con sus buhoneros..., por ende, siguió de largo.
Sin tener una mínima idea de lo que posteriormente le haría cruzar la frontera de regreso a Venezuela, dirigióse, con María, al centro de la primera y única ciudad colombiana que alcanzó a ver de cerca.
“La plaza de las palomas” viene a ser uno de los muchos centros de reunión de los venezolanos que en ésta ciudad se concentran a modo de hacinados, más que todo para dormir, de día, cada quien anda en lo suyo. Luego del fallido intento de obtener, pidiéndolos poco a poco, diez mil pesos para que pudiesen dormir en una habitación les tocó pasar la primera noche en ésta misma plaza Más tarde y para siempre habría de asumir que no conocía el país en que se pudiese dormir en la calle sin temor a que una gran piedra te aplastase el cráneo, cosas así, en adelante debería asumir que se duerme muy bien, muy tranquilo en las plazas y terminales de aquella tierra ya lejana, aquí no se puede. Allí pasaron la primera noche (07 de enero), ella durmiendo en un banco y él contemplándola. No muy convencido, entonces, de las afirmaciones que hace un momento se hayan hecho acerca de la seguridad en los espacios públicos, toda la noche se la pasó viendo hacia los lados, cuidándola. Por la mañana también él había dormido un poco, al pié de la banqueta donde María se despertó y sonrió al verlo. Al cabo de unas cuantas vueltas sin sentido decidieron volver a La parada (ya era Domingo 08…). Ayer, María consiguió unos productos que puso en manos del extranjero ilegal e inconsciente de ello (cabe destacar que dicha ignorancia fue la que dio pié a la cadena de eventos que irá engranando ésta crónica)…, shampú y un arroz fue lo primero y último que el extranjero recibió a manos de su compañera para ir a venderlo; ya el Domingo no tenía voluntad para ello. Pensando que llegar a Bogotá era algo tan legal como encontrar la manera, un expresso, el dinero para abordarlo, una cola (esto último, por su característica pereza, le gustaba más) pensando así las cosas y viendo la rochela en que poco a poco tornábase la rutina de su compañera, hizo lo que aún hoy no sabe si fue un error o fue tal y lo que cualquier hombre sensato hubiese hecho: se despidió de ella.
Aún ignorante de lo ilegal que se hallaba, pensó que una buena manera de conseguir el dinero para abordar un expreso en aquel mismo terminal, en el centro de Cúcuta, a donde se dirigió luego de la despedida en que hubo de contener su llanto (quizás fue éste el mismo que anduvo conteniendo y de vez en cuando dejaba salir los consiguientes días al pensar en ella, en lo que estaría haciendo, “Gorki tenía razón, no se abandona un compañero de viaje, ¡cuánta razón tenía!”). Esa misma noche del Domingo había decidido que debía mantenerse allí, pidiendo, poco a poco, hasta lograr el objetivo. Hasta Bucaramanga eran 60.000 pesos, mas, habiendo reunido esa cantidad bien se podía llegar a los 80:000 con los que el pasaje a Bogotá era negociable; aquello era una completa fantasía, contemplaba el futuro, Bogotá, La editorial Oveja negra, todo esto lo contemplaba sentado en la escalera del terminal, pasándose la mano por la barba y evaluando, “¿a quién se le podrá pedir un cigarro…un cafecito?...Mano, disculpa, ¿tú crees que me puedas rescatar con un cigarro de los tuyos?,… ¡Gracias papá!,… ¡Ah!, no tranquilo, discúlpame esa viejo”. Entre Lunes y Martes ocurrieron algunas cosas dignas de documentación. El primer día de la semana regresó a la parada en busca de María y quizás en busca de la comodidad que hallaba en aquel sitio. Ocurriósele pedir dinero a quienes hacían la cola para abordar los expresos que desde allí les llevarían a Perú. “Es bueno tener vida propia”, se decía “les envidio el dinero, pero yo no quiero ir a ningún Perú, ni a Panamá ni…¿qué se yo?...Quiero llegar a Bogotá y consignar mi novela y buscar donde consignar el guión cinematográfico y los cortometrajes, yo creo en esto vale”. Obviamente aquello no redujo su déficit de atención, su enfermiza tendencia fantasiosa, es decir, por nada del mundo logró reunir los miles de pesos colombianos que valían los pasajes a la capital o ciudades relativamente aledañas.
El sufrimiento por la ausencia de su compañera no dejó de acompañarle durante ningún momento de la travesía, el tremendo viaje que hubo de emprender el día Miércoles. Mas, no nos adelantemos al siguiente después del lunes. Aquel Martes por la tarde tomó la decisión de ostentar sus talentos artísticos y el hecho de tener el pasaporte absolutamente en regla, ¡legal!. Sucedió entonces que fuese a conversar con quien en las oficinas de la gerencia del terminal, con quien allí estuviese, fue a proponer su caso. “Mire papi” dijo aquel joven que de seguro sabía por qué lo decía…” Mire papi, eso es imposible que usted se suba al expreso sin poner ni un peso…, pero ¿sabe lo que puede hacer? Ponga cuidado: Vaya a Cenabastos, allá descargan las burras y si usted le dice a alguno de ellos que vaya para Bogotá o por lo menos a Bucaramanga, si usted le dice que lo lleve ese a lo mejor lo lleva, le enseña esto que me está enseñando a mi…ta bien papi, hágale, ¡suerte!.
Cenabastos vino a ser un mercado, una sucesión de galpones donde los camiones, de madrugada, descargaban la mercancía que traían de otros sitios del país. El inmigrante ilegal, precisamente por no querer caminar de noche una larga distancia que aún no conociera, llegó muy temprano, no había obscurecido del todo cuando llegó, preguntó y se le indicó que dentro de las instalaciones no podría esperar, que esperase afuera, junto a los que ya estaban allí. Eran éstos cuatro compatriotas, mas, no de Caracas o Los Teques, de Valera, Trujillo. Cuatro personajes de los que sería grosero no referir la cordialidad con que trataron a nuestro protagonista. Grosera fue la forma en que se condujo el dueño del achante, el claro en medio de la maleza en que habían decidido esperar a que fuese la hora de caletiar. Tratábase de un mal elemento, venezolano, como lo eran todos allí, lo que hace tan patética la escena siguiente. El joven, robusto y moreno, de rostro ancho y facciones aindiadas, emergió de entre la maleza y en hostil altivez pasó entre los que allí se encontraban, viendo a todos de reojo y dirigiéndose a donde obviamente sabía que lo encontraría, de una caleta sacó un cartón. Eran los Trujillanos, tres de ellos, de baja estatura y los cuatro, incluyendo al más alto, de una indiscutible actitud bonachona que se tornó en ceños fruncidos ante la mala cara y tono de voz de aquel joven de Maracay, de donde dijo proceder cuando esto mismo le fué preguntado por el inmigrante ilegal, tan extranjero en ese país como los Trujillanos y él mismo:
-          Mano búsquense su achante. Mira, ahorita llegan los panas y van a preguntar qué pasó aquí, quienes son ustedes ¿sabes? Tienen que buscarse su propio bugui, eso no es así que se van a estar metiendo pa donde les da la gana. El otro día llegamos y estaban unos chamos aquí y los corrimos igualito, les dijimos: Mira, epa, ¿qué es lo que es?..., claro mano, porque entonces lo hacen ustedes y después todo el mundo hace lo mismo, se meten pa el achante de los demás… -
Todo aquello era un círculo espiral de palabras con que el compatriota de otros cinco venezolanos, de seguro, experimentaba un inmenso placer; hubiese pasado la noche entera en el mismo argumento de ser posible, de haber tenido a quienes se quedaran a oírle regañarlos, cosa que, naturalmente, no pasó. Nuestro viajero ilegal hizo señas a quienes posiblemente serían sus compañeros de trabajo esa madrugada y una vez en el achante por el que se decidieron explicóles lo que ese monólogo significaba: “Sencillamente se trata del inmenso placer que le produce a él demostrar una superioridad, un dominio…eso es algo que no se acaba nunca” les dijo “Lo que no me esperaba era ver venezolanos, aquí, aplicándosela a otros venezolanos”. Esto último lo dijo sin pensar, sin tener ni la menor idea de los muchos atropellos que de un venezolano a otro se veían allá. Más adelante se enteraría de cosas, personas y situaciones aún más patéticas…, en algún momento, en La parada, tuvo la oportunidad de argumentar algunas cosas delante de un ciudadano Colombiano cuando éste le dijo que a Venezuela tenían que invadirla los norteamericanos…, “Mire compa” dijo el extranjero ilegal “yo no soy simpatizante del gobierno de mi país. Estoy aquí precisamente porque el cerro de trabajos audiovisuales y literarios que cargo en mi bolso, dentro de ese mismo bolso lleva años mientras yo me como un cable, no publico mis textos, no veo mis producciones en la televisión nacional. Sin embargo, éste viaje, para mí, no representa una manifestación política. Es, más bien, algo simbólico. Gabriel García Márquez ha sido una de mis mayores influencias narrativas, desde que era pequeño y mi objetivo es consignar ésta propuesta de novela en la editorial Oveja Negra en Bogotá puesto que considero, así lo siento, que puede ser valorada de una manera distinta y mientras voy resolviendo aquí, pasaje o algún aventón, no molesto allá donde mi presencia resulta tan molesta, tanto por lo improductivo que soy como por la frustración que ello me causa. Pero si, tengo que decírselo, yo no quiero ninguna invasión extranjera en mi país, no quiero guerras de película, gente a la que conozco, familiares y amigos, muertos a causa de ello. Ya le expliqué por qué, ni diciéndole eso, puede considerarme simpatizante del gobierno de mi país, mas, yo preferiría regresar a mi pueblo con un libro publicado, con una identidad fortalecida que pueda proyectarse hacia los telescopios desde los cuales, dicen algunos, que no ven salir nada bueno de Venezuela…y recuerde esto: para los norteamericanos, todos los latinos somos la misma mierda, usted no se va a volver gringo por despreciarme a mí. Si quiere hágalo, yo lo bendigo, porque cuando le toque estar delante de un gringo se dará cuenta que lo mira con el mismo desprecio que me miraría a mí”. Le dio gusto poder decirle aquellas cosas al señor que se quedó viéndolo en silencio, no dijo nada. El tema eran los compatriotas malandreando a los suyos, aquello sí que le pareció patético.
          Pasada la una de la mañana despertó del breve pero buen sueño que había tenido sobre aquel suave pasto y se dirigieron a la misma entrada que ahora se hallaba repleta de otros caleteros. Se formaron en la cola y en pocos minutos les hicieron pasar siguiendo el mismo orden en que se hallaban formados afuera. Una vez en la zona de descargas, entre la parte trasera de los camiones y las santa marías aún cerradas de los almacenes, en cuestión de minutos vieron, todos, llegar a un celador que les pidió estrecharse en torno a él.
-          Señores, qué pena con ustedes pero hoy no se va a descargar mercancía. Les agradezco, por favor, desalojar las instalaciones –
Los guaros, luego de vender algunos cigarrillos decidieron que mejor se iban todos al centro a esperar que amaneciera.
-          Véngase usted también – le dijo uno de ellos al artista ilegal – se viene en el carro de nosotros, dándole al pedal y la bomba –
En sentido contrario, recorrió con éstos amigos la misma distancia que por la tarde del día anterior había caminado solo. Tres iban adelante y él caminaba rezagado junto al que menos hablaba de aquel grupo
-          Nosotros nos vinimos porque allá la vaina está muy jodida. Pero si veo que aquí va a estar más jodida que allá me voy pa la casa, no joda… Mire a éstos como van como si los persiguieran. Yo camino pelo a pelo. Después, cuando estén mamados les dejo el pelero -
 Una vez en el centro de Cúcuta durmieron un poco hasta que, como cada día, no solo a ellos, a quien estuviese durmiendo en las adyacencias al terminal, fueron despertados por un policía, de una forma, en verdad, muy educada, hay que decirlo. Despidióse de ellos prometiendo escribir acerca de lo que había visto aquella y las noches y madrugadas anteriores.
Más tarde, en La Parada, balanceaba la vista de un extremo a otro en busca de María. Era tal su ansiedad por verla y saber cómo estaba que, no pudiendo retener más tiempo lo que pensaba decirle se dedicó a escribirlo. Si ella no aparecía muy bien podía dejarle la hoja de papel a un amigo que ella le presentó cuando llegaron, mas, no hay planificación que no esté sujeta a la revisión de una misteriosa fuerza que, seguramente, lo rige todo. Ni ella ni su amigo aparecieron y la ansiedad que lo había invadido cobró la forma de una idea que lo cambiaría todo por completo. ¡A caminar!.
Maquinalmente se dirigió a la plaza de las palomas, donde abordó a un hombre de cierta edad, mayor.
-          Disculpe patrón – empezó a decirle - ¿Cuál es la ruta hacia Bucaramanga? –
-          ¿Bucaramanga? Pero… -
-          Haga de cuenta – le atajó el artista, poseído de la energía, el misterio que a la infinita distancia estaría siempre allí gritando: ¡Adelante! – haga de cuenta que yo estoy dentro de un vehíclo…dígame –
Presumiendo que se trataba de un loco, el anciano le dio las señas requeridas. Sin que por ello dejase de actualizar su información preguntándole a una que otra persona hasta ver llegar el momento de ir caminando a orillas de la autopista a cuyo costado izquierdo extendíase una vasta llanura que iba a chocar a los pies de la gigantesca cordillera. La brisa doblaba los montes e hizóle temer que en cualquier momento, si no caminaba con firmeza, lo derribaría. Marcaba objetivos en el horizonte, puntos lejanos, llenos de espejismos. Los zapatos regalados que llevaba puestos al momento en que María le hizo tomar la decisión de decidir sin pensar mucho, sin pensarlo, dichos zapatos tenían orificios en las suelas, tan grandes que éstos resultaban únicamente un disfraz, algo que hacía parecer que no andaba descalzo, como efectivamente iba, descalzo y quejándose por cada piedrita, cada pedazo de vidrio. Como pagando una promesa, con la obscura tenacidad de un fanático, no se detuvo. Sin embargo ésta ruta no solamente conducía a donde quería ir: lejos de Cúcuta, lejos de la sensación de ser uno más de los venezolanos hacinados allí, queriendo ser alguien más, alguien que alcanzó otra ciudad, eso esperaba. Mas, no solamente allí (al objetivo) le conducía el camino; irremisiblemente le condujo a la memoria de su vida, muy en especial, condújole a una época en que no dejaba de caminar sin otro objetivo que no fuese hacer pasar el tiempo, el día y la noche transcurridos en la patética espera de un milagro, la aparición de un capital por el que no se había esforzado, el mismo que de haber tenido hubiese gastado en lugares, personas y situaciones festivas que profundamente le amargaba no poder tener. Cada quien, entonces, podía ocuparse de sus asuntos, sólo él tenía hambre, solo él tenía sueño, solo él caminaba iracundo por las miradas automotrices que había podido ver antes de que unas luces altas lo dejaran ciego por instantes en que las risas de hiena eran como piedras arrojadas hacia su cara. Su memoria y el presente conflicto: no abandonó a María por andar buscando un objetivo que pudiese cambiarlo todo, que fuese un éxito rotundo, el mismo que inmediatamente compartiría con ella, lo hizo porque antes que no lograrlo, antes que quedar en ridículo frente a un alud de caras que se precipitaba en su memoria, antes de no ganar una guerra de su egocentrismo con los fantasmas que tenía el vicio de coleccionar, antes de esto prefería…,. No se detendría, dejaría atrás a quien no le aguantase el paso, el mismo que no quería mantener a la par con nadie, siempre adelante. Sintió asco por sí mismo.
-          Ay María –
Esto último lo repetía de manera incesante. Pensaba en ella, su compañera, diciéndole que lograría su objetivo allá y lo festejarían juntos. Pensaba en ella y pensaba también en otras personas a quienes dedicó cierto monólogo iracundo, el mismo que le condujo a las revelaciones de aquel inmenso paisaje que a su ira escupida, viendo hacia el suelo, respondió con un silencio infinito, cual si hubiese aniquilado ese aire malo y solo él hubiese perdido algo al desperdiciarlo; el paisaje sería el mismo, indiferente, implacable. Supo entonces que el desmayo procedía de un mal gasto de energía en ¡una memoria que no hacía falta!, solo en el presente podía caminar y únicamente fustigándose al momento de querer incurrir en nuevas proyecciones, únicamente respirando, esforzándose por no pensar, únicamente así podría caminar en paz; nunca se había sometido a una terapia tan implacable de control de ira. “Respiras o formas peo en el camino y te ahogas…¡y te mueres en medio de la nada!”, estuvo seguro de haber oído aquellas palabras y la paz que le duraba tramos cada vez más largos, la que no le costaba tanto volver a recuperar cuando de nuevo la perdía, le recordó aquella línea de Borges: “La mejor venganza es el olvido”. La partida y retorno de su tranquilidad mientras caminaba consistía en recordar la casa, la familia, el pueblo y estar seguro de que a nadie le hacía daño y nadie podría, tampoco, hacerle daño; debía callar el pensamiento porque desde ahí no llegaría a ninguna parte; el único pensamiento que se desplazaba con un objetivo era la propuesta de novela que llevaba en el bolso, todo y todos los demás debían ser dejados atrás, incluso María. Al pensar esto último regresaba el único dolor que no podía, no quería dejar de sentir. Veía su sonrisa en La Parada cuando llegaron: “¿Ahora si te lo crees?”
-          Ay María – decía, sacudiendo el pié para sacar una piedrita alojada en el zapato.
Así anduvo durante horas, caminando a la orilla de un pavimento que poco a poco empezó a serpentear entre selvática vegetación y una temperatura mucho más baja. A unos metros de la primera alcabala entró a un negocio donde le dieron agua y le aplaudieron lo que hacía diciéndole que la caminata era buena para la salud.
-          Pero son sesenta y nueve kilómetros hasta Pamplona…hasta aquí, justamente, lleva veinte, hágale que todavía falta –
Ya que se trataba del primer punto de control, se preocupó al recordar que quien le había dado esa idea, en un principio (alguien con quien estuvo conversando en el terminal…), también le dijo que a él y a quienes le acompañaban los detuvieron en la primera alcabala diciéndoles que, a partir de ahí, está prohibido el paso peatonal. De modo que fue aquello lo primero que en un país extranjero, siendo ilegal, pasar frente a la policía haciéndose el paisa, fue ésta la primera y última cosa que, siendo un extranjero sin la debida documentación, hizo contra la ley.
No menos de dos horas más el pavimento siguió serpenteando entre las montañas y en cierto punto tres pelaos que venían subiendo por donde él iba en picada le llenaron de mandarinas el bolso.
-          Pa que esté claro – le dijo uno de los muchachos – Nosotros apoyamos a los venezolanos en su situación –
Obviamente su objetivo aquella noche no era Bucaramaga, mas no se detendría hasta llegar a Pamplona, estaba seguro de ello; ni los pies en carne viva, ni el dolor en las piernas, nada de esto lo hubiese detenido, iba contento. Tan solo se trataba de alcanzar otra ciudad.
La alcabala en que lo detuvieron estaba en un punto fantasma, delante de dos restauranticos en uno de los cuales se detuvo a pedir fuego para encender un cigarrillo, haciéndose el desentendido frente a la mirada fija de uno de los oficiales, el mismo que con un movimiento de la mano le ordenó que se aproximara.
-          Permítame la cédula… ¿usted es extranjero?... pero aquí lo que tiene es el sello de salida de Venezuela, no tiene el de entrada a Colombia, usted está ilegal –
En lo sucesivo, todo se redujo a la explicación que los oficiales le proporcionaron acerca del sello de entrada que no tenía. El mismo que desde un principio le había echado el ojo le decía que esperara a ver qué información le llegaba por radio a propósito de sus datos.
-          Ahora espere a que me manden sus antecedentes a ver si lo deporto o qué hacemos con usted, ¿no tiene antecedentes en su país? ¿Homicidios, violaciones, robo a mano armada? –
-          No, yo no – respondió el ilegal, molesto, no por la pregunta, ¡por ser ilegal!
-          Bueno esperemos a ver ¿y a dónde iba? –
La explicación del inmigrante ilegal tornóse en agradable conversación con los funcionarios. Les habló de su propuesta de novela, de la editorial, de las películas. Habiendo confirmado que no tenía antecedentes penales en Venezuela le dijo:
-          Pero igual, se me devuelve para Cúcuta y que le sellen eso, si no, está ilegal…detenga una gandola para que lleve a éste –
El aventón no le condujo nuevamente a Cúcuta, lo dejaron en Los Patios no sin antes platicarle acerca de la cancha de los venezolanos en el centro…, “Nada, pues cómo le parece que los venezolanos que están en esa cancha se apoderaron de ella. Ahora quieren cobrarle mil pesos a los venezolanos que van a dormir allá. Acuérdese de mí cuando suceda. Los paracos van a llegar una noche de estas y los cobradores de renta se los van a llevar pal monte y ahí van a quedar. Acuérdese”. Lo dejaron en Los Patios y hubo de caminar un par de horas antes de encontrar el centro y el terminal otra vez. Cayó rendido hasta las cinco de la mañana de ayer, Jueves 11…, cuando el oficial despertó a quienes aún dormían cerca del terminal. Su nueva aproximación al conocimiento absoluto de lo absurdo que resulta ir a otro país, queriendo tener la documentación en regla, sin dinero, su nueva aproximación a dicho conocimiento fue el arribo a La Parada, comerse una papa rellena, tomarse un jugo y fumarse un cigarrillo antes de ir a hacer la cola para sellar la entrada.
-          ¿Tú eres el último de la cola, mano? – preguntó un joven que no tardó en hacer la siguiente pregunta - ¿Y ya cuadraste el pasaje? –
-          No compa, yo lo que quiero es sellar el pasaporte para poder desplazarme legal, no tengo dinero para pasaje… -
-          No papá… - dijo enarcando las cejas el otro joven
Lo que estaba por averiguar es que para sellar la entrada a Colombia debe presentarse un boleto de alguna de las agencias de viajes establecidas en la parada. En caso de que se pretenda seguir en un vehículo particular se requiere de los papeles del vehículo y la carta de invitación. Por otra parte, únicamente a quienes sellan la entrada con un pasaje a otro país, Chile, Perú, en fin…, únicamente a éstos no se les formula ninguna pregunta, es decir, sellan y se van, en tanto quien pretende sellar el pasaporte con un boleto hacia Bogotá, por ejemplo, debe decir qué va a hacer allí, quien lo está esperando, cuánto dinero lleva. De modo que ni habiendo conseguido 180.000 pesos en el suelo, haber comprado el boleto a Bogotá y haber ido a sellar la entrada, ni así, nuestro inmigrante ilegal, hubiese podido hacerlo; no tenía a nadie en Bogotá, solo sabía que allá está la editorial y que al consignar su propuesta él vería qué hacer. De esto último, le explicó el joven de la cola, se hubiesen reído.
-          O sea… ¿es como entrar a Europa?…Ok, ¡adios! -    
El hombro derecho le dolía debido al peso de su bolso. En este, solo llevaba una franela. El pantalón extra lo vendió para comer y comprar cigarrillos; prácticamente solo cargaba libros: El otoño del patriarca de García Márquez, Héroes y tumbas de Sabato, Los pasos perdidos de Carpentier, Doña Bárbara de Rómulo Gallegos y la Biblia. De todos éstos el único que no había leído completo era Doña Bárbara; le había encantado aquella definición que Gallegos hacía del desprecio que siente el norteamericano y el europeo por el latinoamericano, enmarcado tal concepto en el personaje "Mister Danger". La biblia no la había leído completa, solo el nuevo testamento y algunos salmos, pero así como en el momento de partir hacia aquel viaje, al emprender el retorno recordó el pasaje por el que todo había comenzado, “El viento sopla donde quiere y oyes su sonido; pero no sabes de dónde viene ni a dónde va; así es todo aquel que ha nacido del espíritu”. Al recibir la llamada de María no estuvo seguro de partir ni siquiera cuando se encontraron para discutirlo, fue el sonido de aquel pasaje el que le hizo seguir con ella, ir saltando exitosamente cada obstáculo hasta llegar allá, de donde saldría ese mismo día sin que nada pudiese detenerlo hasta ver, de nuevo, el terminal La Bandera; con gratitud recordaría a los conductores de encavas y sus colectores en el retorno a Caracas.
Apenas llegando se enteró de que por no haber llamado ni haber dicho nada, en la casa y la comunidad se le consideraba desaparecido e incluso se pretendía participar dicha desaparición a las autoridades.
-          Bueh – se dijo – si explico algo… lo haré por escrito… Tuvo que detenerme la policía para que no siguiera…¿fantasioso?, ¡Ja!. Gloria a Dios –
Le gustaba mucho el contexto bíblico del viento que pasa sin que se sepa de donde viene, a dónde va, pero, más aún, le gustaba compararse con aquel viejo del cuento de Hemingway, aquel viejo que estaba salao y por eso mismo se negó a soltar al gran pez que había mordido su anzuelo. En los años de educación secundaria esa historia le había parecido frustrante; aspiraba a un final feliz para el viejo, para su ego al que tanto debía dolerle aquello de salao, por ello se negó a regresar sin la presa aunque los tiburones la hubiesen destrozado en el camino. Más de nueve años hacía desde que dejó de consumir cocaína, más de seis llevaba de haber decidido que tampoco volvería a fumar marihuana ni a beber alcohol. No era la sobriedad ni sus obras inéditas, no eran éstas la presa que los tiburones habían estado destrozando en el camino, era a él mismo a quien se habían propuesto destruir, convencer de que, estando tan salao, no pegando una, tampoco valía la pena seguir sobrio y finalmente, gracias a Dios, tuvo la oportunidad de recorrer y también documentar el exagerado esfuerzo que había hecho, buscando la otra ciudad, un esfuerzo, una experiencia de la que se hallaban carentes absolutamente todos los tiburones que conocía.
-          María, mi otra compañera pués también la propuesta viajó conmigo, estará feliz de leer esto – dijo para sí mismo en tanto pulsaba en el teclado: Los delincuentes, Condiciones pajareras, you tuve.
-          ¡Música! -
Viernes 12 de Enero 2018
El enlace a la propuesta de novela (HIPOCRESÍA) por la que me gradué de caminante internacional:




 

domingo, 31 de diciembre de 2017

SANTA LA DIABLA



SANTA LA DIABLA

Emiliano Trujillo Sánchez



“Que esa bestia que, así, te aflige tanto
No sufre por su vía caminantes
Sino que hasta morir les da quebranto
Y con su genio y ley tan repugnantes
Que es insaciable el hambre que la abrasa
Y, después que ha comido, mayor que antes”
Dante
La divina comedia

“¡Cuando hay que aprender se aprende; se aprende cuando se trata de encontrar una salida! ¡Se aprende sin piedad! ¡Se vigila uno a sí mismo, látigo en mano, fustigándose a la menor vacilación!
Franz Kafka
Informe para una academia



Éste relato evoca la primera madrugada, el primer día del año 2003, el mismo en que, debido a las drogas que, la víspera, empecé a consumir, absolutamente todo lo que , para mí, señalaba una identidad (familia, comunidad) enrumbóse a la caída en el profundo pozo de las almas atrapadas por la desgracia de quien, desalmado, emprende todas y cada una de las labores a que su imperante necesidad de hacerse daño le apremie. Posteriormente vinieron las persecuciones, los encierros en instituciones para enfermos mentales, la humillación…,. Se desató el infierno; alguna legión demoníaca, algún principado, ¿qué sé yo?. No obstante lo cual, bien podría decirse que pretendo reprender ex amigos e incluso parientes que por aquel entonces vinieron a la casa e hicieron sus malas obras de santería por mi supuesta necesidad de que así fuere; igualmente se desató el infierno y, con los años que llevo limpio, reprendo, desautorizo a quienes hayan querido y quieran aún hacerme creer que necesito ver y oír lo que hacen y no clamar a lo más alto pidiendo la serenidad para, educadamente, solicitar que se retiren o que se me informe si tienen absoluto derecho de hacer aquí sus porquerías, de modo que pueda, inmediatamente, retirarme y no volver a pisar éste u otro espacio en que dichas estafas se lleven a cabo. A propósito de esto último, no tengo parientes u otros conocidos santeros, paleros, espiritistas a quienes declarar ninguna guerra; pacíficamente, la sobriedad con que, desde lo más alto, fui bendecido, toda la mala obra ¡la echa patrás!. Amén.
A propósito de ex amigos, con nadie busco problemas; si a alguien busca reprender la siguiente crónica urbana es al muchacho desalmado que no perdía la oportunidad de hacerse daño, por ejemplo, abordando un automóvil repleto de personas también desalmadas. ¡¿Cuántas desgracias no se narran a partir de la decisión de traspones la portezuela de un automóvil y para la radio bemba posterior, haber sido uno de los que iba en el carro chocado, despeñado en algún abismo, detenido en la alcabala?!. Es al muchacho a quien su propia historia reprende, a éste y a quien piense que lo sigue siendo; no soy ningún muchacho, desde cualquier ventanilla reconocería una tripulación automotriz compuesta de muchachos y muchachas que, por un puesto en ese carro, por no quedarse varados, tal y como les encanta ver a otros una vez que se posicionan…, fueron capaces de vender la más mínima señal de dignidad que aún pudiese quedarles. Sé reconocerlos y aunque con las damas se me dificulta un poco, me esfuerzo por recordar que sería insensato confiar en ellos, en ella. Simplemente bendigo a todos y aunque por mi pueblo camino mucho y de vez en cuando viajo, casi siempre ando solo. Ni con el mejor embrujo, producto no de sobrenaturales poderes femeninos sino de mis propios trastornos mentales, ni a causa de mi mayor debilidad, una loca endemoniada impediría que me dé cuenta de lo que es y asuma las innumerables cartas que escribí solo para ella…, y esto último, el asumirlas, lo hago en un solo texto, escrito para quien haya podido interesarse por éstas líneas. ¿Quién será?.

          Una más de cuantas referencias puede haber a propósito de lo indiferente que resulta cuán traumática la experiencia  pudo ser, si ésta, en cambio, representa una certificación de la rumba a la que, ¡por fortuna! se pudo asistir en tanto hubo quien se marchitara, prisionero del tiempo, la madrugada que transcurrió sin que pudiese verla. En su justo tiempo y espacio, justo donde y cuando tenía que ser, justo ahí, no se halló. Absorto en la contemplación de lugares, personas y situaciones febriles a las que no recibió invitación e incluso, esto último, pudo habérsele notificado. No se halló en las horas nocturnas transcurridas en el espacio donde le salió marchitarse…,. Eso, una más de cuanta crónica puede haber de un predicamento, una tribulación absurda, ¡una satánica rumba de año nuevo!,  a eso, inmediatamente, daremos curso.
          El blanco de las luces en la cara funde al inolvidable cuadro del viejo Maverik avanzando un poco más allá del punto en que sus luces delanteras, por uno, quizás dos, tres segundos, enceguecieron la risueña expresión del adolescente para quien el conductor había designado un puesto más aparte de los ya ocupados por G*** y D***, restaban únicamente Papá*** y Jhonn P***, siendo éste último, el puesto que le fue asignado, una sorpresa tal como su aparición en la ventanilla del Maverik; como pudo haberlo hecho cualquiera, sin dinero, sin droga, sin vagina, para, irremediablemente marchitarse allí, en la ventanilla de la que tendría que apartarse para que el automóvil reanudase la marcha…,  asimismo, en porte de un buen capital, Jhonn P*** corrió hacia el vehículo a cuyo conduntor, M***, conocía bien. Presentando su ancha sonrisa coronada por las gafas obscuras que, después de medianoche, junto a la chaqueta de cuero negro y la abundante y lacia cabellera del mismo tono mate, dábanle un aire de RAMONES, notablemente más robusto que cualquiera de ellos, Los Ramones, presentando su cara en la ventanilla, dejando por sentado el capital de que disponía, se dio su  puesto en el viejo Maverik.
          Habiendo ido a buscar a Papá***, incluso habiendo aventado a su hermano menor, R***, a lo alto de una lujosa urbanización, a su fiesta de año nuevo (“La gasolina cuesta” dijo la compañera de G***, D***, aquella heroinómana de veintidós años, blanca, pelirroja, de grandes ojos y la nariz igualmente grande, redonda en su punta, dominando el óvalo de la cara y su obscura expresión…, “La gasolina cuesta” exclamó, con desprecio, dirigiéndose a R***, por el improvisado aventón que le dimos a su fiesta)…, habiendo ido por Papá*** y, posteriormente, asignádole un puesto a Jhonn P***, M***, G***. D*** y el adolescente abandonaron el villorrio, rumbo a la capital.
-          ¡Yo no voy a estar chicharroneando mientras manejo! – decía M*** alargando su mano derecha en solicitud del tabaco recién armado por el adolescente o por cualquier otro con las moñas que éste último arrancaba de un buen pedazo de marihuana (¡marrón, colombiana!) compactada y envuelta en emboplast.
El pavimento serpenteaba entre las montañas en cuyo borde acantilado, al fondo de éste, vislumbrábase, poco a poco, el hervidero de luz artificial, ¡Caracas!, en que, sin pensarlo, habrían de sumergirse.
          Daba gusto lo despejadas que la vías, tanto la panamericana como las que habrían de seguir en Caracas, estaban. Los automóviles que, fluídamente, circulan un primero de Enero en la madrugada, sin transportar nada más legal que una bala fría o un chisme calientico, a su tripulación, cualquiera que ésta sea, le da gusto lo despejadas que se encuentran las vías que toman hacia los verdaderos embotellamientos; en cada sitio dispuesto para la convergencia de cuantos logren acceder, en la entrada de casas y establecimientos nocturnos, converge la frenética pujanza de quienes, ciegos, jurarían que su soledad no logrará trasponer el umbral.
          Papá*** era indiscutiblemente punk, el rizado mohicano dividía su desproporcionado cráneo en contraste a su anatomía menuda y ataviada de cadenas, colorida franela y pantalones a cuadros con los ruedos dentro de las botas militares. G***, el, entonces, compañero de la bella y venenosa D***, de estatura inferior a la de su dama y a la de todos allí, tenía la cara redonda y los ojos circundados por pestañas tan largas e igualmente negras que daba la impresión de habérselas hecho con alguna clase de maquillaje, pequeñas la nariz y la boca entre las anchas mejillas y todo éste conjunto de rasgos coronado por su ancha frente la cual extendíase hacia dos profundas entradas a cada lado de su cabello apenas asomado en cañones. M***, de nariz aguileña y pronunciados pómulos y mentón, llevaba una chaqueta de color claro que le llegaba casi a las rodillas, como una americana. Por último, el adolescente, con su ceja derecha, siempre, más arriba que la otra, con su menudo rostro de nariz igualmente ganchuda y ojos chinos sobre la clara y obscura tez (negrito chimbo), no daba mayores señas que las de andar en busca de sus particularidades, su identidad compensada en la marihuana que no solamente había comprado, ayer, en buenas proporciones para esa misma rumba de año nuevo. Asimismo complacíale poder fumar cuanto quisiera sin que le diese una pálida como las que tanto lo habían avergonzado en meses anteriores. Tenía la tolerancia al monte, suficiente, aquella madrugada, para fumar e invitar a todos, cualquier franela, jeans, filosofía barata y zapatos de goma. Tales eran los personajes de nuestra crónica.
          El primer puerto al que arribaron fue la entrada de la haciendo El Arroyo, mas, no pasaron de bajarse unos minutos del viejo Maverik. En tanto los demás se perdían entre quienes, como ellos, averiguaban si valdría la pena integrarse a la pujanza por el acceso a la dichosa hacienda, asimismo, Papá*** y el adolescente compartían impresiones acerca de lo que hubiesen querido hacer ya que estaban en Caracas.
-          Ahorita hay un toque es Espacio Dos – dijo Papá***
-          ¿En Plaza Venezuela? –
-          Umjú. Ahí si me gustaría ir. Va a tocar Siete balazos y… no sé, otras bandas ahí. Birras, porros.
Concluyó su frase doblando la boca hacia un lado mientras enarcaba las cejas, intercambiando con el adolescente su idéntica mueca de resignación antes de que ambos dejasen escapar una ligera risita.
-          Bueh – dijo al fin, el adolescente. Ahí vienen… mira, llegaron los pacos –
Sucedió entonces que un jeep de la policía Metropolitana, junto a la insalvable dificultad para entrar en la hacienda, de la cual Papá*** y el adolescente no pidieron detalles, sucedió que fuesen éstas la misma señal para reagruparse dentro del Maverik e inmediatamente salir de ahí.
          SANTA LA DIABLA, tal era el nombre del, entonces, nuevo establecimiento ubicado en lo que parecía ser un centro comercial subterráneo; al caminar entre los mostradores de tiendas cerradas a lado y lado del pasillo, tuvo el adolescente la momentánea sensación de estar en el nivel Lecuna de Parque Central.
          La pujanza no dio más trabajo que el de pagar la entrada y en compañía de su soledad y afanes cada uno se sumergió en el éxtasis de la masa coronada de innumerables brazos y manos agitándose sobre cuerpos repletos de una química insana, la cual, más que bailar, hacíales convulsionar de pié.
          En teoría, cualquier ambiente festivo es, también, la causa de que, quien se desplaza entre los demás asistentes al festejo, irremisiblemente se asimile al ritmo que un determinado género musical impone sobre la pista. ¡Falso!. El paso através de la masiva y vertical convulsión de aquellas personas, lo condujo al encuentro en medio de la gente con aquel sujeto de gran estatura y fuerte complexión cuya mirada estupefacta clavó en la del adolescente que levantando una ceja lo vió aproximarse, los ojos como si fuesen a saltar de sus cuencas y las manos en busca de contacto con cualquier parte del cuerpo que el adolescente sacudió en señal de rechazo a la pretensión del sujeto que, por la nota, pareció absorber su sobresalto abriendo mucho más los ojos e irguiéndose con los labios muy apretados como quien es atrapado por una fuerte emoción; volvióse, nuestro alto y fuerte sujeto, un espejo del miedo que, por su éxtasis, absorbió del adolescente como una efectiva transferencia. Viéndose rechazado, sabiendo exactamente cómo se sentía quien lo rechazó, dando media vuelta, reanudó su frenética convulsión vertical, agitando, igualmente, los brazos en el aire. “¡Qué locura” dijo el adolescente  para sí mismo en tanto miraba por encima del hombro la hoya de la que se afanaba en salir.
          Hecho curioso: una pequeña puerta al fondo del establecimiento comunicaba a un tras patio limitado por muros bastante altos. El único panorama que, más allá de los muros, ofrecía dicho espacio era la perspectiva en contra picado de los edificios con cuyos patios limitaban los altos muros de aquel en que nos hallábamos a los pies de la gran torre que, encima de Santa la Diabla, se elevaba hasta chocar con la bochornosa imposiblidad de alcanzar, rascar siquiera, el cielo que Papá*** y el adolescente no dejaron de ver en casi toda la madrugada, buscando nuevas tonalidades que anunciasen al alba. No volverían a entrar hasta que la señal fuese de ¡partida!.
           Al transcurrir de aquella madrugada en que el cielo parecía burlarse del adolescente, quien creía notar algún cambio en sus tonalidades para luego averiguar que eran las dos, dos y media, tres de la mañana…, en el curso de éstas horas, un par de elementos en el patio llamaron su atención. Uno era el actor de televisión que sostenía un trago a la altura del mentón mientras su sonrisa petrificada en el rostro se balanceaba de un extremo a otro del patio, el otro era una mujer muy bajita cuyo éxtasis había preferido danzar entre los pocos grupos que poblaban los materos o yacían de pié. Entre los diversos espacios que le brindaba nuestro apacible escondite, ella danzaba como un hada al ras del suelo que, también, suele recibir de un crudo impacto a quienes, por el abuso de las pepas, en algún momento ven perderse la comunicación entre su cerebro y el puente dorsal que éstas bombardean hasta inutilizarlo, dejándoles como vegetales que no pueden ser comidos, ni siquiera fumados.
          Despuntó el alba y la señal de partida, felizmente fue recibida por Papá*** y el adolescente una vez que G*** atravesó la puerta dándoles aviso.
-          ¡Chao feo! – dijo alguien en la salida, dirigiéndose a Papá***, éste miró por encima del hombro y siguió sin decirle nada.
La reagrupación no estaba completa. Una vez en el Maverik tuvo lugar una breve discusión acerca de quien iría a buscar a D***. “Mira ¿y D***?”, “Dch, cogh…búscala ahí rapidito, está en el sótano” Lógicamente ha debido ser G*** quien fuese por ella, curiosamente no fue él sino el adolescente quien bajase las escaleras que conducían a un sótano. Al pié de la escalera no hubo de caminar más de diez pasos hasta encontrarse con D*** y otros tres personajes, evidentemente muy jóvenes que la acompañaban en la misma actividad que todos ahí, exceptuando al adolescente, realizaban. Con los ojos bien abiertos, sosteniendo latas y fósforos encendidos, voltearon todos al mismo tiempo al verle aparecer y decir: “D***… ¿nos vamos mi amor?”.
          Esto puede no parecer una crónica lo bastante comercial; no ha habido ni habrá persecuciones, disparos, muertes por sobredosis u otro elemento de los que masivamente compra el morbo social acostumbrado a los horrores de utilería. En el viejo Maverik viajaban adictos al crack y la heroína, un adolescente y Papá*** que, entonces, así como el menor, únicamente consumía marihuana y alcohol. No obstante, la forma en que cada uno, hasta el momento de reagruparse en el automóvil, llevó su rumba, queda sobre entendido; cuanta droga y cómo la consumieron a lo largo de la madrugada sería simplemente un chisme malicioso. Resta saber cómo llegó cada quien a su respectivo domicilio. Esto último, quizás, resulte, para el ya mencionado morbo social, de un interés harto mayor a todo lo anteriormente documentado.
          D*** abordó el automóvil en porte de una lata y la piedra que en ésta tanto ella como M*** y Jhonn P*** (G*** no intervino), vieron derretirse. De inmediato asaltados por la imperante necesidad de ver lo mismo através de su propia subjetividad, comenzaron a pedirle un coñazo.
-          Nah – dijo D*** con determinación – si te doy a ti le tengo que dar a todos –
Aquella respuesta generó una atmósfera de rabiosa tensión.
-          ¡Bueno entonces la botas! – dijo M*** viéndola en el espejo retrovisor
-          ¿Me vas a hacer botarla? –
-          ¡Si!, ¡bota esa mierda! –
La tensión iba en aumento. D***, hostil, aplastó entre sus manos la lata que luego arrojó por la ventanilla sin que por ello aminorase, más bien creciese la ansiedad de Jhonn P*** y la de M***. Papá*** y el adolescente se miraron angustiados al ver que dicha ansiedad había puesto a Jhonn P*** a dar indicaciones tales como: “¡Ahí, debajo de ese puente, pregúntale a esos negros!..., Mira, pero vámonos para… allá están activos ahorita…Vamos chamo!”. D*** observaba todo con una tranquilidad que al adolescente le pareció irritante, cual si no le importase la situación, cual si esperase sacar algo de éste nuevo giro en los acontecimientos. Qué profunda impresión marcó en el adolescente aquella mujer. Tras rogarle repetidas veces que regresara al villorrio, Papá*** y el adolescente lograron, al fin, convencerlo. Abandonó su búsqueda, Jhonn P***, como un niño malcriado y fuerte al mismo tiempo, trascendió rápidamente su impedimento quedándose profundamente dormido a lo largo de toda la panamericana. Veíase ya la entrada del pueblo cuando D*** que había permanecido en silencio todo el camino, una vez más, habló.
-          M***…, llévame pa la casa –
-          Mmmm – gruño M*** - temía que me pidieras eso…, bueno, vamos pués –
-          Déjanos aquí M*** - dijeron Papá*** y el adolescente casi al mismo tiempo – Aquí, aquí debajo del puente –
-          Chamo ¿no me pueden acompañar?- dijo M*** , no sin antes acelerar el viejo Maverik, dejando por sentado cuanto le indignaba que quisiesen dejarle solo – Qué mantequilla – siguió diciendo – yo si los puedo llevar a todos lados pero ustedes no me pueden acompañar a llevarla a ella –
D*** fue satisfactoriamente llevada hasta la puerta de su casa donde con un gesto de desprecio y el dedo índice vertical frente a su boca hizo callar al adolescente que alguna cosa sin importancia le estaría diciendo. Desembarazados de ella, casi todos creían dirigirse al final de aquella travesía. Menudo error comete quien a lo largo de metros que se recorren en solo minutos, plenamente seguro se siente de que nada podría modificar sus planes de una forma radical. Jhonn P*** abrió los ojos.
-          ¿Dónde estamos? – preguntó
-          Subiendo de… venimos de llevar a D*** - dijo M***
-          ¿Ya pasamos por…? –
-          Vamos llegando –
En esto recobró Jhonn P*** la violencia en su tono de voz
-          M***, ¡dame treinta segundos!, ¡estaciónate aquí en la arepera!...¡treinta segundos mano! ¡si no salgo en treinta segundos vete que yo me quedo aquí, no hay peo! –
Sucedió entonces que de un viejo Maverik tripulado, entre otros, por un adolescente (menor de edad) que llevaba consigo una muy buena, ¡excelente!, cantidad de marihuana, sin mencionar la que llevasen sus compañeros, sucedió entonces que del viejo Maverik, recién estacionado en el estacionamiento de una arepera a orillas de la autopista, fuese ésta la misma cuyo hombrillo Jhonn P*** saltase para luego hacer lo mismo en la orilla del cerro donde podían verse los techos de zinc y antenas de direc tv. El adolescente, por vez primera en toda la travesía, entró en pánico. Ignorando los gritos de M*** y G***, salió del vehículo, rápidamente balanceó su mirada de un extremo al otro de la autopista en cuya orilla se hallaban, por ambos extremos, gracias a Dios, no fue así, se sintió seguro que aparecería una patrulla, si no para detenerse únicamente por el Maverik lleno de gente que solamente un ciego no vería, si no para eso, ¡peor aún!, para darle voz de alto al hombre con aspecto de rokero norteamericano que trepando saliera hacia el pavimento donde le viesen correr con el botín que una vez detenido no tardarían en hallarle o en ver hacia donde lo lanzó. Menos de veinte segundos bastaron para que el adolescente imaginara todo lo que en ese mismo tiempo a Jhonn P*** le había tomado comprar sus piedras, frente a la mirada estupefacta del muchacho salir al pavimento, correr hacia el vehículo, abordarlo y haber seguido con G*** y M*** luego de dejar a Papá*** y finalmente, frente a la plaza Bolívar, en cuyos alrededores buscarían la lata, finalmente, ahí, se bajó el adolescente. Más tarde se reunió con M*** para hacer ejercicio (paralelas) y oírle contar la travesía cual si hubiese olvidado que él también estuvo allí o, más bien, como mucha gente lo hace: "¿Y viste lo mostro que se puso éste? Y ésta chama y que: Nah..., y se lo dije: Bueno, entonces botas esa mierda.
         Sólidamente apostado en la indiferencia del tiempo que ante ninguna súplica retrocede, quedándose allí, donde, si les da la gana, lo recordarán, así como cada uno lo haya visto, finaliza el primero de Enero de 2003, con el misterioso silencio, la desolación que, durante algunos días, hará que cualquiera, caminando por ahí, se vea raro, desubicado. Asimismo, sonarán en la distancia explosivos de los que quedaron fríos, equipos de sonido burlándose del silencio, la depre que, ciertamente, no es competencia de quienes siguen alegres, anhelantes del próximo feriado, cumpleaños, quincena, último de mes, veinticuatro y treinta y uno de Diciembre de otro año que no les devolverá ni uno solo de los buenos y malos días de la vida por cuyas rumbas inolvidables tanto se afanan. Y ¿Quién no?   
         Quince años después, un servidor ya pasado de los treinta y los treinta y uno, un servidor a sus treinta y dos años únicamente hablará de la mujer, D***, cuya edad sería irrespetuoso calcular, mas, da gusto decir que se le ha visto y da testimonio de unos cuantos años en total sobriedad, y, lo más importante, su reciente narración acerca de la llegada de un grupo de orugas que en su ventana tejieron sus capullos y confianzudamente pasaron a estado de crisálida. Solo una transformación de crisálida a mariposa adulta había presenciado al momento de dar tan fascinante testimonio, tan perfecto que parece rebuscado para elaborar una analogía entre cualquier adicto que se empeña en creer que su metamorfosis es posible, la analogía entre éste último y un simple insecto perfectamente conforme con lo que, por lo que la gracia de Dios, ha podido llegar a ser. Sin embargo no se trata de ningún rebusque, fue éste, el de la visita de las orugas y la despedida de la primera mariposa, fue éste su testimonio y un servidor le halla tan fuera de serie, ¡tan radical!, que ha requerido una nota más, para descargarla en año nuevo
31/12/2017