viernes, 22 de septiembre de 2017

Ahí nos quedamos



Ahí nos quedamos
(Epistolario resentido)

Emiliano Trujillo Sánchez





POEMA PARA EL CRACK
Pensé que si te olvidaba
Seguro volveríamos a vernos
Pero no pude olvidarte
Y más nunca te vi
Gloria a Dios







¡PATRÓN!

El más despreciable, el más explotador de todos los patrones tiene un nombre femenino, es LA ÉPOCA, no le trabajo a la época en que me toca estar vivo, en carne y hueso, con hambre y sueño, con miedo, con frío y calor, con vicios. Le trabajo a alguien que a su época no debe rendirle cuentas, alguien que me pagará por mi trabajo entendiendo la fé que le tengo, tengo fé en que mi sonido e imágenes activarán la fé de alguien más en su sonido e imágenes, no adelantados, desempleados, puestos a echarle bolas por un salario mínimo de su época, esa que no pagará por un arte que la refleje.
28/12/2014






EL ÚLTIMO ALIENTO

El último aliento es una inhalación aterrada frente a la conciencia de estar cayendo al vacío, de estarse hundiendo en el agua en cuya superficie se queda flotando el ronquido, un pedacito de voz que se inhala junto al oxígeno que el terror a la muerte hace que busquemos; el último aliento se inhala, luego el cuerpo sin vida lo exhala siendo ésta la última vez que le resulte posible hacerlo.
Al contrario de la exhalación, la última inhalación puede repetirse varias veces, antes de que el cuerpo se descargue y descanse de la tormentosa conciencia de estar viendo, sintiendo venir la muerte, depende la duración de la caída o de cuanto tarden los músculos en quedar inmóviles por el cansancio que producen las brazadas de ahogado, hundido hasta que su último aliento busque la superficie encapsulado en si mismo, porque las burbujas no son cristales, son espacios que el aire ocupa bajo el agua, la forma de domo que generalmente se prolonga al alcanzar la superficie, por ello la espuma o las burbujas que señalan el lugar en que alguien o algo se acaba de hundir, esa forma de domo siempre va a explotar, el aire siempre volverá a la atmósfera en que se le requiere para empezar a vivir o terminar de morir  dejándolo todo, hasta el cuerpo descansado, a la vista de quienes aún viven y reflexionan acerca de ese último aliento cuya inhalación pudo haberse repetido muchas veces por la esperanza, el encarnado deseo de un punto de apoyo, una mano, algo de que sujetarse, a lo cual quedar aferrado y con todas las fuerzas que se puedan reunir, recuperar el aliento sin soltarse, pensando en cómo se ha podido acabar en tal situación de la que un punto de apoyo a ofrecido la esperanza de poder escapar y el aliento es recuperado junto a la fuerza con la que alguien mueve algo, rema, glopea, trepa, sigue corriendo, caminando…, a un inmenso amor me aferré para escapar de aquella piedra que ahí se fue derritiendo sin llegar a ser el humo blanco que una vez más me detuviese la respiración…ni una más…hoy tampoco.
Gloria a Dios


LAS MUELAS DEL LOCO

También podría ser que la señora se arreche por escuchar al señor hablando acerca de alguien/ si no por encima/ a su mismo level de capacidad para envolver con una labia que para alguien más resulta una mentira del diablo/ la descarga de alguien obsesionado con una guerra de altas proporciones de alcance/ la de cada ser humano en contra de si mismo y su libertad de caminarla sin que alguien dispare su tiro e peo/ su armamento activado por el gatillo del que tira el diablo/ el vacío/ en forma e ruta pa los perseguidos/ la memoria que marcó su presencia a toda hora/ una por hora/ una por horario/ una por cada encuadre de una rutina que se respetó a si misma en medio del chaborreo que le lanzó pal techo/ caminándola en manifiesto siguen: las muelas del loco/ por you tube/ líricas nulas/ sin rima/ boletamente mal grabadas/ claramente estilizadas/ para que todo envidioso se ahoge en un charco e baba/ pal que sepa bien su vaina/ para el que no sepa es nada/ pal que dice ser punketo porque se vacila Ska-p/ sin conocer a Evaristo/ sin visión de reciclaje/ pa los cantantes del metro/ las divas del populacho/ para las mentes dementes/ para los que son muchachos/para los que no ven esto porque les parece un chiste/ para los que se te arrechan si les dices que lo viste/ …, el vacío jala/ es la necesidad de siempre consumir algo hasta que se acaba/ y un movimiento instintivo jala la barbilla hacia donde pueda haber más/ hacia donde pueda verse dónde hay más/ visualizando el color y el movimiento de una idea que se proyecta en formato ultrasónico y avanza marcando y marcando y fundiendo el trabuco de las paredes que cuentan historias/ marcando la historia en su pared para que ésta funda su tiempo y espacio hacia el vacío en que otra historia se manifieste/ enmarcada… yo no trabajo con rima/ pero me place un freestyle/ no veo mi letra en la cima/ pero a escribir voy por áhí/ y me elevan las palabras que me usan pa sonar/que a duras pelas someten la maña de no escuchar/ de caminar una letra que no parece acabar/ de hablar sobre lo que escribo/ cual si te fuese a importar/ ¿y si yo no me entendiera y escribiese para ti? ¿si tu entendieras loqueras y yo dijese que si? Si estuviésemos tan locos…yo no lo diría por mi.











TE DA MUCHA ARRECHERA ¿VERDAD?

Muchos eran los buenos y los malos desde mi propia cara y verbo, era un idólatra de santos y de hombres, era mi deseo que no pensaran mal de mi y que quien lo hiciere se encontrase con alguien que le cantara una lírica igualita a la que yo me robaba, porque no era mía, era de quien yo quisiera ser:
“- El tipo no se metió más droga…te da mucha arrechera ¿verdad?”
Es grato recuperar el tiempo perdido en unas líneas que no desaparecerán en ningún espejo. 

RECUERDOS

Frente a la hoja siempre me quedo en blanco/ he de haber caminado tanto esa idea sonáa/ el cuento que tiene un protagonista que va caminando, urgido del bolígrafo y la libreta en que le urge liberar el sonido, la idea que le lleva electrizado, una idea de si mismo caminado electrizado en busca del bolígrafo y la libreta que de haber tenido allá donde se encontraba, allá mismo se hubiese puesto a transcribir puesto que se trata de un dictado, un sonido que sintonizó y es delicioso el estridente volumen en que suenan las palabras que por el volumen, no le cabe la menor duda de estar en el deber, en la necesidad de transcribir una nota y todas las demás, la completa partitura del sonido cotidiano, la inequívoca participación de cada instrumento en auto ejecución…cada cosa sonando en la conciencia de quien sabe lo que es y quien no lo sabe y duda o pregunta sin dudarlo… y habrá quien escriba su definición de 1 SISTEMA ALTERADO, vivo, por cuyo torrente automotriz o peatonal se desplazan velozmente quienes han sido bombeados por el pálpito de una idea, una nota más de la infinita partitura en que se lee el sonido de un sistema alterado que frente a la hoja siempre se queda en blanco…jadeante.
09 de Abril 2015



EL INFIERNO

Estoy convencido de que el infierno es haber muerto rodeado de males que uno mismo se procuró. Quien muere negando las cosas que nunca se le pudieron comprobar, vivirá, después de la muerte, la vida de todos aquellos y aquellas que lleven su vida mintiendo hasta el final.
Quien muere a causa de un vicio, inyectándose heroína, fumando piedra, gueliendo, bebiendo, haciéndose y haciendo daño a otros vivirá, después de su mala muerte, la mala vida de quienes tampoco hayan podido detenerse.
Quien muere deseando que alguien que se levantó vuelva a caer, vivirá, después de la muerte, la mala vida de quienes como él o ella sufrirán hasta la muerte porque festejaron un daño que luego se deshizo, la mala vida de quienes como él o ella sufrirán y por ese sufrimiento harán daño hasta la muerte, para sobarse el inagotable dolor que les produce 1 MALA OBRA ECHÁA PATRÁS.
Gloria a Dios



AHÍ NOS QUEDAMOS

Recuerdo muchas de las esperas por las que he pasado. Recuerdo los años que pasé, cada ocho, nueve, diez, nunca menos de siete meses, cada cierto lote de meses entrando y saliendo de aquel sanatorio. Cada temporada de encierro, una nueva espera. Recuerdo mi espera por el día en que supiese que nunca más me faltaría la droga, mucho menos un Viernes por la noche…,. Terminó la espera por salir del manicomio y nunca más volver. Continuó la espera por el día en que no faltase la droga y no hubiese que andar chiguiriando por ahí de noche, viendo pasar caras automotrices y recuerdos de caras que en su punto tenían su cara y su tertulia…,. Y llegó el día en que se acabó definitivamente la ingesta de cualquier mierda que alterase la conciencia, llegó el día en que la droga no volvió a faltar porque AQUÍ NO CUADRA, FUERA!..., . Y he pasado por la espera de la culminación de una faena, por el cobro de ésta…ésta última, la espera por culminar la faena y agarrar mis lucas y la culminación de la obra montada con esas lucas, ésta última espera se ha vuelto perpetua, con razón hay gente que se cansa y no trabaja más, con razón hay gente que se cansa de esa gente que no trabaja…pero de mi no se han cansado quienes han esperado las obras que les dije esperaba terminar pronto…ya ha terminado la espera por varias culminaciones. Ahora mismo espero por el final de otra faena y al igual que en todas mis anteriores esperas, me desespero, me frustro, le pido dinero a mamá para comprar cigarrillos, es Viernes por la tarde, ya viene la noche y sigo siendo adicto, fumo, tomo café y me fajo con otro libro, espero. Se que recordaré ésta espera como una más en la que constantemente pensé que moriría esperando.
No es paranoia, en alguna cola, en algún autobús, en alguna otra estación… ahí nos quedamos.
Gloria a Dios
10 de abril de 2015


 EN SINTONÍA ESQUIZOFRÉNICA

(Cada video del canal, en "comentarios", tiene un enlace a Drop box, al mismo video, en caso de que a alguno de éstos le haya sido censurado el audio en you tube debido a reclamos por copyright musical)
https://www.youtube.com/user/ESQUIZOYDECHANEL/videos?sort=dd&view=0&shelf_id=0 
Yo solía tenerle miedo a la muerte, decía la palabra YO y me daba miedo morir, pensando en el festejo que armarían unas caras ahí porque quien se hubiese muerto fuera YO, mi EGO le tenía miedo a la muerte, era mi ego también la rotunda negación del vacío, el hambre, el sueño, la lujuria y todas las demás manifestaciones de LA GULA que como ser humano siento por la vida y todo lo que proyecta fuera y delante de mi, a mi ego le daba miedo morir por saber que alguien seguiría hablando, comiendo, tirando, viviendo, porque cuando el cuerpo no tiene alma, solo un ego hambriento de todo lo que cualquiera puede conseguir, porque es mentira que no se puede estar mejor de lo que se estaba, aunque se halla estado casi muerto, PIEDRERO ENTREGADO, cuando el cuerpo en su inmenso vacío alberga al ego, éste vive mientras vive quien lo porta, su vehículo, por ello el miedo del ego a la desactivación de sus signos vitales en la vía, sin haber hecho algo con las lucas que se portaban o se iban a cobrar, sin poder evitar que alguien a quien uno no consideraba su amig@ tomase partido y se llegase al funeral a ver quién andaba por áhi , viv@..., alguien que en otro tiempo y espacio hubiese visto el nombre de uno en una reunión en la que uno estuviese ausente y aquel nombre del ausente que era uno, al igual que en el funeral le sirviera para integrarse a la reunión en la que a quienes están viv@s se les puede caer, para no estar sol@, ¿qué... vas a hablar con un muerto?, por el muerto habla lo bueno o lo malo que en vida construyó para LA SUCESIÓN…, perdí ese miedo cuando recordé lo vacío que hay que estar para buscar compañía incluso entre las personas que velan a una persona fallecida, para llegarse seguro de que se podrá hablar pués algo en común se tiene con la figura anfitriona que a quien le haya conocido bien le sucederá esa función, a quien le haya conocido bien o a quien por una inmensa casualidad porte en su cédula de identidad el mismo nombre y en la calle alguien se haya sobresaltado al verle pues le dijeron que alguien llamado como él o ella se había muerto y era verdad, si ese(a) tocay@ de la persona fallecida anda poseíd@ por el ego resentido que siempre le está recordando una dolorosa soledad, se llegará corriendo, creyendo portar un pase de compromiso con la identidad tocaya, suena grotesco pero pasa, afortunadamente pude verme antes de cometer un solo movimiento más, ni uno más que no fuese levantarme de esa silla y salir de ahí…, perdí ese miedo cuando recordé o supe de repente, no se, que si soy feliz y eso te molesta, como dice el pana Silvio, eres un@ de l@s “…muert@s de mi felicidad…” y en su vacío vehículo tu ego o el ego al que le perteneces te llevará a cometer acciones que NI LOC@, ni un minuto antes de morir le contarías a nadie, entre ellas el haber ido a un funeral BUSCANDO FIESTA…son cuentos de muertos, SAPE GATO.
Porque Dios no es Dios de muertos sino de vivos, porque para Él, todos viven.
Lucas 20:38
Pero de ninguna cosa hago caso, ni estimo preciosa mi vida para mi mismo, con tal que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del señor Jesus para dar solemne testimonio del evangelio de la gracia de Dios”
“Y ahora hermanos, os encomiendo a Dios y a la palabra de su gracia, que tiene poder para sobreedificaros y daros herencia junto con todos los santificados”
“Ni plata, ni oro, ni vestido de nadie he codiciado”
“Antes bien, vosotros mismos sabeis que para lo que me ha sido necesario a mi y a los que están conmigo, estas manos me han servido”
“En todo os he mostrado que, trabajando así, se debe ayudar a los necesitados y recordar las palabras del señor Jesus que dijo: Más bienaventurado es dar que recibir”
Hechos 20:24, 32, 33, 34, 35
...
NO CRACK desde 2008

domingo, 25 de junio de 2017

LA VIOLÓ, LA MATÓ Y LA QUEMÓ



LA VIOLÓ, LA MATÓ Y LA QUEMÓ 

 

(Crónicas sádicas)

Emiliano Trujillo Sánchez

"La Guajira"..., San Antonio de los altos, Municipio Los Salias, Estado Miranda, República Bolivariana de Venezuela..., 24 de Octubre, 2009




Prólogo
(Duendes, aparecidos y guarimbas de mi pueblo)
-          ¡Corran! – grité luego de la que pensé que sería mi última inhalación…
             Recuerdo perfectamente la obscura silueta de cada uno de mis acompañantes en aquella canaleta en medio del cerro. Conectaba ésta, lo sigue haciendo, con otra carretera. Habíamos entrado por donde la canal llegaba a su fin, es decir, donde desahoga el agua cuando llueve y, a una altura intermedia, de modo que no quedásemos tan cerca de la carretera que desde la calle por donde entramos y desde allí mismo, era un piso superior…, a modo de no quedar tan cerca del piso de arriba, nos acomodamos en lo que nos parecía una altura neutral. Cabe destacar que de noche la vegetación es ¡negra!; tal y como se ve un cerro cuyos árboles u otros relieves son asimilados por la obscuridad que lo envuelve todo y hace de éste con “todas sus cosas, todos sus seres”, un gigantesco y negro montículo de tierra delimitado por la bóveda celeste que encima de la ensombrecida tierra siempre luce plateada, como un lienzo en que se ha pintado la negra silueta de una montaña, de un árbol…, asimismo el interior de dicho cerro es negro. Involuntariamente se activan capacidades hasta entonces desconocidas por quien no había caminado en semejante obscuridad, capacidades tales como un sentido de orientación dado al tacto, a la memoria e intuición de los pasos. Íbamos trepando los altos peldaños de lo que podía considerarse una escalera gigante en medio de los árboles encajonada por dos muritos no tan altos en cuyos bordes apoyábamos las manos para impulsar los grandes pasos hacia el peldaño en que nos detuvimos para buscar cada quien su lugar sobre las dos pequeñas paredes de modo que quedásemos sentados frente a frente con la canal de por medio. Confiamos en nuestra presunción de no haber quedado tan cerca de la carretera de arriba, desde donde también podían oírnos hablar (las voces, en las montañas, bajan y suben a gran velocidad). Y a todo riesgo, sabiendo los puntos que teníamos bajo control y aquellos que sostenía el azar, encendimos el porro.
           Lo que, a continuación, me doy a narrar, marca ostensiblemente una frontera entre lo real y lo que bien puede ser considerado un producto de mi percepción, entonces alterada por la fuma. Lo real es que grité: “¡Corran!” y así lo hicieron quienes, como yo, sosteniéndose de los muros que encajonaban la canal, se balancearon de un escalón a otro hasta que su propio miedo les expulsó hacia el pavimento atraves del boquete por el que habíamos entrado, delante del cual, con los ojos bien abiertos, hallábanse, alineados, uno al lado del otro, aguardando mi explicación.
-          … un duende. –
          La desilusión en sus caras no tardó en hacerse evidente; era yo quien sostenía el porro al momento de gritarles que corrieran. Efectivamente, como lo suponían, lo había tirado al momento de empezar a correr. Debido al aprecio que me tenían, su frustración por haber perdido el único porro que nos fumaríamos aquella noche, el cual, dicho sea de paso, era considerablemente grande, queríamos darnos un lujo…, su frustración por ello y lo irritante que mi actitud y yo mismo les resultaba, nada de esto se manifestó en otra cosa que sus caras largas empezando a subir la cuesta que minutos antes fue la bajada por la que descendimos y, rápidamente, dando mecánicas miradas a lado y lado, habíamos entrado en la canal.
          Aquello que denominé como un duende hallábase oculto entre los árboles. Nos rodeaba un impenetrable gamelote, sin embargo, la bóveda vegetal bajo la cual nos encontrábamos era formada por grandes árboles, yagrumos, nísperos…,. Entre los troncos y la maleza de la que éstos, poderosos, emergían, sobre lo que parecía ser una rama, algo sólido, una figurita inolvidable se aclaró ante mi visión de infra rojo. Completamente negro, la cabeza, como una pera, ancha en la parte superior y muy fina, casi puntiaguda en la zona del mentón. Dos brazitos raquíticos y arqueados como los de quien sostiene a un niño pequeño y unos ojazos de borrego cuyo brillo fue lo primero en llamar la atención que le puse al resto de todo lo anteriormente descrito, incluyendo el balanceo que realizaba hacia los lados. Mas, no fue precisamente la imagen de aquel ser lo que me hizo sentir seguro de no saber absolutamente nada…, me estaba mirando, he ahí la razón del escalofriante alarido con el que hice correr a mis amigos. Simplemente inolvidable.
          No pretendo desvalorizar el criterio que, seguramente, manejará el lector, a propósito de mis facultades mentales, repito que los primeros en gruñir la palabra “loco” fueron quienes, entonces, me acompañaban. Sin embargo, durante más de diez años, he mantenido, no solo el recuerdo de lo que vi, también la convicción de que no lo aluciné. En diciembre de éste año (2017) si aún vivo, cumpliré nueve años de haber dejado de consumir crack, el pasado 10 de Septiembre cumplí seis de haber dejado de fumar marihuana y beber alcohol, entre 2008 y 2011 repetía incesantemente lo mismo: “No me toque el tema del monte que yo dejé la piedra”…,. Había que dejar todo, ésto lo digo únicamente por mí, era yo quien no controlaba ninguna nota; antes y después del episodio referido en éstas líneas hube de ser encerrado en una institución psiquiátrica cuya accionista mayoritaria, mi médico tratante, es ahora mi amiga en face book, mas, entonces, una vez por semana, debía tratar al personaje que me negaba rotundamente a dejar de ser. Estos últimos años han transcurrido en mi descubrimiento de todos los trastornos que camuflaba un superficial consumo de drogas. Soy adicto, siempre lo he sido, fumador, bebedor de café, comedor compulsivo, con o sin mi propio dinero me procuro mi dosis. Durante mis viajes insomnes de la noche a la mañana, fumando, bebiendo café, leyendo y escribiendo frente al televisor, sin haber comprado esa comida, he dejado a todo el mundo sin desayuno. Mi conciencia o la falta de ésta elabora convincentes argumentos para el resentimiento con el que no dudo en comer a deshoras, arrasar con todo. Sencillamente soy adicto a comer…, hay una grieta en mi pecho, así lo siento, como una gruta que conduce al doloroso vacío, el miedo a no poder llenarlo. Dicho temor es la señal que recibo del referido vacío, el ego que sufre ante la idea de que otros estarán comiendo, tendrán cigarrillos, café y azúcar y, producto de su buena faena o sus trampas, el buen ingreso capital que les permite tener todo lo anterior e incluso una infraestructura propia o legalmente alquilada en la que cuentan con nevera, cocina, cuarto de baño y al menos una colchoneta. Elabora, mi ego, convincentes argumentos acerca de unos años de sobriedad que tranquilamente puedo demostrar con la prueba toxicológica de mayor exactitud, un duro trabajo literario y audiovisual que no se ha tomado en consideración, malas intenciones tirando la burra pal monte…, egos como el mío, resentidos, festejando tales frustraciones, hablando, inclusive, de mujeres ausentes… todo eso, por las noches, me desencadena un hambre voraz, una ansiedad que me hace salir de madrugada, perturbando a todos, en busca de un cigarrillo en la calle. Sin embargo, nada de esto ha podido impedir que me mantenga sobrio, que haya llegado a leer casi todas las obras de Dostoyevski, que haya escrito y filmado mis cortometrajes, de modo que no se trata de una confesión cara dura, mas, tampoco es un lamento; conozco el inframundo en que, cualquiera de sus habitantes, ahora mismo, intercambiaría conmigo su mala vida.  Yo puedo, al menos, quedarme con lo que tenga encima, nada más, y saber quién soy, sin que ninguna mala lengua tenga el poder de definirme ni mucho menos a mi destino.
          La drogadicción es una fuerza obscura, el poder de una legión de demonios obrando en la conciencia del adicto, siendo su inconciencia. He visto esa oscuridad taladrar, profundamente, los cimientos de ésta sociedad en que, todo lo que narro forma parte, ahora, del pasado. He visto desaparecer el sentido metafórico de expresiones tales como “Echarle mierda a alguien” o “…prender en candela”. Incluso esa expresión de que los ancestros habían de estar revolcándose en su tumba por lo que, en este mundo, estuviese pasando…, los huesos de cualquier muerto han de sacudirse cuando la tumba es saqueada por paleros o endemoniados que usaron los ataúdes para bloquear vías automotrices. Y si de volver a las metáforas se trata, efectivamente, algún ancestro se sacudiría en su tumba si supiera que en su país se queman personas vivas, se defeca en recipientes de vidrio que luego son arrojados a otras personas. He visto desaparecer las metáforas en tanto, literalmente, aparecía un endemoniado caos, un llamado a la pérdida de las virtudes…,. Por estos días, lo que presencié y sufrí en carne propia, luce controlado, no se ve. Asimismo todo el mundo parece haberlo olvidado. He ahí el engaño, la presencia de caras duras, endemoniadas, risueñas frente a las cámaras, los encuadres en que se ha registrado su desentendimiento por las numerosas caras de adictos…, no todos, pero muchos los son…, y quienes ¡LOS CONVOCARON! han sido vistos, grabados, negando su relación con éstos y las atrocidades que han cometido. Luego, la posesión se ramifica hacia quienes olvidan, tal y como se les indica que lo hagan, porque olvidándolo siembran la posibilidad de que algo similar o aún peor llegue a suceder. El que persista en mi testimonio acerca de aquel ser…, no implica que le rinda culto, ni siquiera sé con exactitud qué o quién será. Tan solo me pregunto en qué forma ven las guerras los seres magníficos, no humanos, me pregunto si tendrán virtudes que les vuelvan aún más humanos…, o, simplemente serán demonios que, ¡COMO POLÍTICOS!, dan señales, instrucciones, a las mentes débiles que puedan enaltecerles, poner luz delante de sus íconos, ser la audiencia de sus programas de opinión. Pués solo sé que los he visto y me sigo preguntando ¿qué tendrán que ver con nosotros, con lo bueno y lo malo que nos acontece?. De algo, ¡si!, estoy seguro, no observan.
2017







Mi amiga y el monte

“Alguien dijo algo
Algo es casi nada
Nada es lo que queda
Después de la descarga”
La misma gente


"Entonces los diablos, dejados afuera, echaron a correr, riendo y brincando, pasados de demonios a bufones, y se perdieron entre las ruinas de la ciudad"
Alejo Carpentier
Los pasos perdidos



27 de junio de 2017/ El Martes que vino.
          Todos estos años en abstinencia de drogas ilegales y alcohol…, todo estos años me los he pasado, una que otra vez, soñando que sostengo en mis manos un tabaco y fumo y al hacerlo, inmediatamente caigo en cuenta del depravado festejo que armarán unas caras del pasado. Me conecto con el alivio que sentirán al momento en que su envidia deje de ser un anhelo rabioso de que me caiga, una proyección obsesiva de mi recaída que les hace aterrizar forzosa, dolorosamente en el tiempo y espacio en que se hallen, el mismo tiempo en que, por otro lado, en otro espacio, yo sigo sin fumar marihuana o crack, sin inhalar cocaína, sin beber un trago, pudiendo demostrarlo con la prueba toxicológica de mayor exactitud, la que esté dispuesto a patrocinar quien se atreva a acusarme públicamente de no estar sobrio, de estar mintiendo; no se puede efectuar una demanda por difamación e injuria a la mala lengua de las paredes y ventanas de ningún pueblito, de ninguna cuadra en medio de la gran ciudad, que viene a ser también un pueblo porque eso son los pueblos, una sola calle, las ciudades están hechas de calles a cuyas orillas, en sus casas y apartamentos, viven quienes conocen la vida y obra de todo aquel que habitualmente pasa por ahí, compendios de muchos pueblos, eso son las ciudades; ni en éstas ni en los pueblos puédese demandar a nadie por difamar desde su ventana, su esquina, su vehículo, su plaza, sin pruebas no hay caso y nadie asumiría su difamación, porque eso a nadie le importa, porque cada quien vive su propia vida y allá quien cree que todo el mundo está pendiente de la suya, tal movimiento defensivo parece ser inherente a la mala lengua…,. Me conecto con el alivio que sentirán al momento en que su envidia deje de ser un anhelo rabioso y una desesperanza al caer en cuenta (segundo a segundo) que la realidad se mantiene impertérrita, que lo único que, segundo a segundo, cambia, es el tiempo, cada vez mayor, que llevo sobrio, pudiendo demostrarlo. Por supuesto, me resiento conmigo mismo, me niego a la idea de no poder echar el tiempo hacia atrás, un par de minutos antes de haber decidido hacer contacto con esa dosis. “Bueno… me vuelvo a detener” me digo “ya está”. Mas, a pesar de tal convicción, resiento el festejo que armarán, lo sé. Justo ahí, más de una vez, he despertado y lo he hecho en ésta vida que llevo, aquí, en éste pueblo, en mi rutina. De ésta última vivo quejándome, inmerso en profundos agujeros de gusano en que me despeño en busca de las ideas que pueda poner en práctica (¡acción!), las mismas cuya ganancia no tengo la menor idea de cómo, en qué será invertida. En ésta rutina de miedo al éxito, de encapsularme durante días en la casa a la que odio por sentir que me tiene atrapado, a la que inmediatamente quiero volver luego de cualquier reunión que altere mi horario de llegada, reunión que me habré pasado lleno de culpa, sintiendo que no sufro con ellos …, en ésta miserable rutina, más de una vez, he despertado con la cara y la camisa sudadas por haber soñado que me drogaba, que bebía un trago y pensaba en ésta rutina y, dolorosamente, caía en cuenta de que era un infinito de veces mejor que haberse vuelto a caer. “¡¡¡¡¡Yeah!!!!” he dicho, alzando las manos, como quien cruza primero que los demás una línea de meta, “Sigo siendo yo”. No es conformismo, ¿algo de miedo al éxito?, quizás, ¿genuina gratitud por los años que llevo sin fumar marihuana o crack, sin inhalar cocaína ni beber un trago?, ¿genuina gratitud y una fé ciega en la fuerza sobrenatural, (el amor) desencadenada, justo antes y después de decidir que botaría la última dosis, que lo fue porque la boté, de no haberlo hecho se hubiese tornado en la siguiente…gratitud, fé en el amor que me salvó regalándome ésta rutina en que las recaídas son solo un mal sueño? indiscutiblemente.
          El miedo al éxito, con frecuencia, me hace creer que todo conocimiento procedente de lo que he leído, el mismo que uso para ensamblar palabras y pretender que soy escritor…, el miedo al éxito me hace creer que todo cuanto pueda decir sobre comedia y drama no puede ser más que un rebusque. No obstante, de vez en cuando logro ensamblar algunos conceptos; la comedia como una burla a las cotidianas fatalidades, la tragedia: un destino, la tragicomedia: el juego sádico de las causas y el azar.
Domingo pasado.
          El atardecer de este Domingo ha transcurrido con una luz espectacular y un silencio misterioso. A donde miro, por donde camino, me parece estar viendo algo nuevo, aunque siempre lo haya visto. A veces da esa sensación de que las cosas más inmediatas han estado siempre ahí para contemplarlas y no lo hemos hecho y al verlas sentimos que regresamos a un espacio que habíamos abandonado aunque siempre hemos estado ahí, como si el mismo espacio fuese el marco de contemplación de muchas dimensiones diferentes.
          Esto sigue siendo un monte, la luz naranja del crepúsculo se cierne sobre todo aquello ...,. Creo que mi nuevo criterio acerca de los espacios que en este y otros tiempos caminamos u observamos sin movernos desde alguna esquina, creo que mi nuevo criterio acerca de que éstos mismos espacios nos observan cual si fuésemos fantasmas que los transitan sin saber dónde estamos, esto (mi criterio) se debe a que hubo tiempos, Domingos, alguno específico, en que caminé bajo la luz de un atardecer dominguero por las carreteras de éste pueblo que sigue siendo un monte; pasadizos de asfalto, rellanos de la escalera de tierra y gamelote que a partir de la otra orilla continúa el ascenso. Curvas, puntos de fuga para el caminante que visualizase algún tramo recto cuyo final fuese la curva apretujada entre el poderoso montículo de tierra casi siempre cubierto de árnicas que tapa lo que pudiese haber más adelante y las lejanas montañas que se vislumbran a la orilla del barranco. En otro tiempo anduve inmerso en la luz de un atardecer como el que hoy me lo recuerda y sé que no era yo, aquí y ahora no soy yo aquel que caminaba soñando con el tesoro que hallaría, papeles en mano. Era otro fantasma, muy parecido al que hoy contempló estos caminos verdes, este monte bajo su crepúsculo naranja y su cielo plateado, sin una sola nube, con algunas estrellas brillando más de lo habitual, haciendo parecer que hay agua en el gélido aire. Hoy el camino vió a otro fantasma, igualito, mas, irremediablemente otro. Soy yo, recordando las miles de dimensiones que tanto se parecen a ésta.
          Al no haber nubes, como he dicho anteriormente, tórnase gélido el viento y parece haber en éste un dulce océano invisible que realza la profusión de las luces artificiales, aquellas que alumbran el paso de los vehículos, bajo los faroles encendidos por foto sensibilidad que se manifiestan en la circunferencia amarilla al pié de cada poste, (los que si funcionan), en las ventanas de los apartamentos, muchas de éstas, ya titilando con la radiación de los televisores que a cada quien mantiene cautivo de su refugio . Ya es de noche. Un poderoso reflector alumbra, casi en su totalidad, la plaza Bolívar. Delante de ésta última pasan los autobuses que vienen de Caracas. De uno de éstos baja y cruza la calle una mujer pequeñita, de finas facciones e indiscutibles señales de hippie; su vestimenta holgada, los tatuajes que asoman bajo sus mangas, sus sandalias…, entra al establecimiento en cuya entrada me he detenido a ver si algún conocido, sin hacer alarde de ello, me regala un cigarrillo (es difícil cuando se tiene la costumbre de no pedirle a desconocidos, los conocidos, algunas veces, tardan mucho o no aparecen…), luego de, fugazmente, verme, entra tan rápido como sale para cruzar la calle con dirección a la línea de taxis.
          Mi adicción al tabaco me ha distraído, la mujer ya no está en la parada. Me percato de ello al cruzar la calle e ir, con dirección a la misma parada que se encuentra en mi camino hacia el cyber…, donde le preguntaré al encargado si puede rescatarme con un cigarro. “Lo hará”, me voy diciendo, “es muy noble…¡Ja!”. Un poco más adelante, frente a un establecimiento que vende empanadas y una guardería, frente a esos dos establecimientos hay una parada de autobuses. Ahí está la mujer pequeñita, echando humo, sola. Inmediatamente me preocupa que crea que la estoy siguiendo, ya vió por encima del hombro y es perfectamente posible que le preocupe el haberme visto abajo y el verme ahora, subiendo. Su indumentaria, su estilo hippie, no asoma implicaciones de que se halle desubicada en la vida; trátase de una señora desestresándose luego de su jornada en la capital . Por tal motivo, sigo de largo, sin verla. El cyber está cerrado y me sigue preocupando que la señora piense lo que no es; me chupo los dientes, hago un gesto con mis manos, dando a entender que mi objetivo, aquel que no alcancé y por ello me frustro, era el ciber y emprendo el retorno que, inevitablemente, me hará pasar frente a ella o por detrás de la parada en que se halla, sola, echando humo. Sucede entonces que se me ocurre pedirle un cigarrillo.
-          Hola – ella sonríe, cordial, mientras me le acerco, saludando - …chica… ¿tú crees que me puedas rescatar con un cigarrillo de los tuyos?, discúlpame el abuso –
-          Ehhh…, ¿cigarrillo?... – me preguntó, aún sonreída – Bueno…este…si quieres te doy para que le des un jalón- esto último lo dijo extendiéndome el porro que tenía en su mano – no uso cigarrillo -.
            Agradecí su envidiable invitación diciéndole que no fumo ganjha. Reflexioné acerca de la tragedia que para mi ego hubiese representado el haber sido de los que solo aguantan el deseo de fumar, sufren por ello y ante tal destino, el de arribar justo a donde una bella mujer extiende su mano con un porro en ésta, ante tan fatal manifestación del destino, porque únicamente eso puede ser, hay que haber nacido para llegar ahí…, reflexioné acerca de la tragedia que para mi ego, en permanente guerrilla contra quienes así lo hubiesen querido, representaría el aceptar su invitación y reiterando mi agradecimiento me despedí, seguí caminando. Posteriormente reflexioné acerca de la tragedia que para las caras del pasado representaría ésta historia tal y como la narro, en cómo, para quien fuese a ver una película con semejante libreto, serían, esas mismas caras estreñidas, motivo de la risa generada por una tragicomedia, una tragedia, una comedia, una epopeya, también: otra épica batalla derivada en la victoria del bien sobre el mal. Todo esto a orillas del pavimento, en la vía pública, lejos de los lóbregos rincones y la maldad que los habita; solo gente buena invisibilizada por su falta de atención a cualquier ociosa, frustrada vigilancia.
           Desde entonces (hace algunas horas), me he preguntado si no hubiese debido quedarme hablando con ella, preguntar, al menos su nombre, “Qué imbécil, qué cobarde…siempre tú”. Obviamente, puesto que, minutos antes, en la parada de taxis la vi hablando por su teléfono celular, obviamente esperaba a que vinieran a buscarla. Estoy un tanto afligido por ello.
Escribiré algunas líneas que relaten el agradable encuentro con mi pequeña amiga y el monte que sigue siendo éste pueblo lleno de chismes, malas intenciones y un par de buenas historias de sonrisas femeninas y hombres embrujados, descargando la nota.
12:30 ya es 26 de Junio  
    
  


    



Contracepción

“Y no temais a los que matan el cuerpo, más el alma no pueden matar. Temed más bien al que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno”
Mateo 10:28
...
 "...montó en cólera, tratándome de "burgués". Ese insulto - ¡bien lo conocía yo! - era un recuerdo de la época en que muchas mujeres de "su formación" se hubieran proclamado revolucionarias para gozar de las intimidades de una militancia que arrastraba no pocos intelectuales interesantes, y entregarse a los desafueros del sexo con ideas filosóficas y sociales, luego de haberlo hecho al amparo de las ideas estéticas de ciertas capillas literarias."
Alejo Carpentier
Los pasos perdidos

...
"...y ella quedó satisfecha por verse con fama, aunque infame"
Miguel de Cervantes
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha 

 Al pié de la escalera, el inclinado pasillo luce cubierto de una penumbra manchada por la luz del bombillo rojo, pendiente sobre el rellano al que se dirige, temerosa, la adolescente embarazada.
        Al llegar, se encuentra de frente con una pared, la ignora y sigue, virando a la izquierda. Mira sobre su hombro el número en la puerta al final del tramo más corto del pasillo en cuyo sentido contrario avanza.
        Muchas puertas, una al lado de la otra, le muestran los números que su visión periférica va dejando atrás. Al estar delante del número que busca, vuelve a ver aquella puerta que, al extremo opuesto del pasillo, luce ahora distante, dando la impresión de ser alguien parado ahí, viéndola con indiferencia, tal como lo han hecho o han dejado de hacerlo las personas entre quienes ha caminado, rumbo al hotel.
        Ya encontró su puerta. Desde el interior de la habitación, una voz femenina recita su nombre a modo de interrogación. “Umjú”, “¡¿Ah?!”, “…si, soy yo”.
       La asistente del doctor estudia medicina. Realiza pasantías en el mismo hospital en que éste se halla inconforme con su salario y al tener algo de confianza con alguna pasante, le pregunta si desea tomar parte en “sus rebusques”. La adolescente embarazada no conoce a la pasante; de amiga en amiga llegaron a su primera y última conversación antes de su encuentro en este hotel de mala muerte.
       La luz del cuarto también es roja. Ahí están la pasante y el doctor, sin rasgos físicos más notables que el miedo brincando en sus pupilas. Los instrumentos están colocados sobre una peinadora y la adolescente embarazada los ve para inmediatamente levantar la mirada y verse a sí misma, siendo, al parecer, la única que se mira compasivamente.
“¿Trajiste la plata?” pregunta la pasante, de manera capciosa.
        Había llegado tanteando el dinero en su cartera, no por miedo a perderlo; deseando que aquello fuera similar a comprarse algo, una prenda de vestir, un libro, y rápidamente salir de ahí. Venía esforzándose por no volver a fantasear con la vida que pudo haberle dado a su hijo. Le han dicho que esa idea puede persistir después del aborto. “Hubo una que se volvió loca” le dijo una amiga “decía que lo veía, lo llamaba por su nombre”. Luego el esfuerzo por no pensar sufre una mutación, se vuelve la idea de “no tener que hacer esto”, de ir llegando a donde la cita fue concertada por ser simplemente autómata, por miedo. Luego piensa en algo de lo que ya existe “un culpable”, una presencia que desea expulsar de su vida. En la constante línea de reproducción de esa misma línea de pensamiento fue llegando a la cita.
         El doctor cuenta el dinero y lo guarda en un bolsillo de la chaqueta que ha colgado en el espaldar de una silla. Hace un gesto afirmativo, indicando a la pasante que el dinero está completo. Procederán.
        El galeno y su pasante ya se han ido. En un pequeño maletín de cuero lleva sus herramientas, las mismas que, sin antisepsia, utilizó en la mala praxis de un aborto cuyo resultado, para la adolescente, será fatal.
         Una sensación similar a la de una piedra caliente en sus entrañas fue la primera causa de  que, llena de espanto, se pusiera las manos en el vientre. Casi al momento, el sangrado comenzó y no se detuvo. Sintió que las fuerzas le abandonaban, un sudor frío le cubrió la cara y por lo evidente del sangrado en su ropa, no dudó en dejarse caer, empantanada en las miserias que su cuerpo expulsó por la seguridad de que moriría o más bien por la seguridad de que aguantándose no lograría sobrevivir. La piedra caliente sigue ahí, se sigue cagando y desangrando en medio de la calle, más, la responsabilidad de cuidarse a si misma ya ha sido transferida a los emisores (hombres y mujeres) de las voces que la rodean sin que pueda ver bien lo que ocurre.
Fadeout
        Hubiese querido ser como una pública personalidad que en un diario de circulación regional publicó un artículo acerca del aborto y el derecho que cada mujer tiene de hacérselo, siendo éste su parecer, ya sea porque el embarazo es producto de una violación o porque sencillamente no se siente apta, competente, o porque “no le da la gana” de criar un hijo. Hubiese querido ser como aquella pública figura que, habiendo escrito, además de una pretenciosa narración acerca de su libre vida sexual, que se había practicado algún aborto, mencionando luego la necesidad de “clínicas de aborto donde este se practique en condiciones adecuadas”. Hubiese querido que quien escribió aquel artículo estuviese ahí cuando la hicieron presa por la denuncia realizada por los médicos que la atendieron y al ver los síntomas de un aborto, no de la mala praxis de un carnicero mercachifle, al ver los síntomas de que ella se había practicado un aborto, llamaron a las autoridades cuyo objetivo de aprensión era la adolescente, mayor de edad, que, sin que la práctica de su aborto hubiese sido segura, sin haber estudiado periodismo, sin haber ejercido el activismo político que le permitiese publicar un festejo de sus decisiones de vida, sin poder sentirse culpable en silencio por haber tenido que seguir con su vida, la cual muchas veces fuese a comparar con la vida que pudo ser, la que ya no será, … la adolescente mayor de edad que debía ir a prisión.
“Bien hecho no joda” dice una mujer mientras sostiene el diario amarillista en que mantiene clavados los ojos. “Y ojalá la maten en esa mierda”
     Siempre hay quien camina por la calle preguntándose si quienes dicen enfrentarse a la sociedad y su barbarie serán de éste mundo, si serán como quienes por este mundo caminaron y por esa misma barbarie fueron martirizados, ¿serán futuros jinetes de la historia, o sencillamente bueno(a)s redactora(e)s?.



























El Fal


          “Aquel cuento de Cortázar ¿cómo era que se llamaba?...que hablaba precisamente de un automóvil descompuesto, un automóvil cualquiera, que, después de registrar cierto kilometraje, como podría ocurrirle a cualquier automóvil o cualquier país…ajá, así empezaba ese cuento, diciendo que un automóvil es como un país que después de haber circulado, podía quedarse accidentado…”. No había terminado de recordar el nombre del cuento cuando llegó el convoy. Tres hombres y una mujer uniformada bajaron del jeep largo hecho en Vietnam e importado sin repuestos para los próximos diez años, “Apenas se accidente va pal cementerio”, pensó el accidentado, que también era mecánico, viendo el jeep y a sus tripulantes, que llegaban a auxiliarle. “¿Te quedaste varado?...Mira pero de aquí te tienes que mover rápido, disparan balines desde allá arriba” dijo uno de los uniformados señalando las casas en el cerro.
          Habiendo colocado el fal en el asiento trasero, uno de los guardias le daba al arranque mientras el accidentado, metido en la trompa abierta del vehículo, movía, reajustaba cosas, según éstas lo requiriesen. Lograron  dar arranque al vehículo y el guardia le indicó que se subiera al convoy, “Nos vemos en el punto de control” le dijo.
          No distaba mucho aquel punto del lugar en que anteriormente se encontraban, más lo habían sacado del peligro que implicaba continuar accidentado, con dos niños pequeños, al pié de la barriada. Una vez allá, se dedicó a reparar con calma, los desperfectos del automóvil que no era suyo, el cliente, confiando en su pulso, se lo dejó en la casa y no había sido un abuso de parte suya el haberlo usado para atender asuntos personales, había confianza. La única mujer entre ellos llevó a la niña al baño y volvió a llevarla al automóvil, subiéndola en el asiento del copiloto, donde volvió a quedarse dormida, tal como su hermano, que dormía en el asiento trasero, justo al lado del fal que el guardia, luego de darle arranque al automóvil y manejar hasta el puesto de comando, dejó olvidado.
          Con la piel de gallina se ha puesto a recordar los acontecimientos de las últimas 24 horas. Por la noche, luego de haber cruzado la Valle Coche, volviendo a nuestra ciudad por los caminos verdes, habiéndose incluso detenido en la bodega de un amigo que le pidió que no se fuera todavía, que se tomara unas cervezas ahí con él mientras preparaba todo para cerrar. Luego de todo esto, bajo protección divina, llegó a la casa, acostó a los niños y él también durmió hasta hoy por la mañana. Revisando por última vez el automóvil que debía conducir hasta la casa del cliente, entonces fue que se dio cuenta de lo que era realmente aquello que por la noche le había parecido algún palo que el cliente utilizaba para mantener abierto el capó. Perdió la cuenta de las llamadas que realizó; siempre hay primos abogados, policías, políticos, veterinarios, más la respuesta que recibió de todas las personas a las que llamó fue, genéricamente, la misma: “Bota esa mierda rápido…te vas a meté en peos guevón”, “Entiérralo y no hables de eso”, “Véndelo en… allá te dan…” fueron otras de las respuestas que recibió, sin que ninguna le llegase a parecer conveniente. Decidió llevarle su automóvil al cliente, su esposa lo acompañó. Con el pago de la reparación hicieron mercado y de regreso a nuestra ciudad se encontró a un oficial de policía, conocido suyo, e inmediatamente le puso al tanto de todo lo ocurrido hasta aquel momento en que el fal, cual si fuese un cadáver, yacía envuelto en una sábana, bajo su lecho. “¿Tú tienes ese fal?, Chamo allá…tienen una alcabala montada ¿y es por ti entonces? Qué bolas” “Yo lo que quiero es entregar esa mierda, más nada” “Si papá pero es que eso hay que ir allá y tomar fotos…” “¡No!, fotos nada, yo no quiero que mi casa ni mi cara aparezca por todo eso, yo quiero entregar eso que no es mío, más nada”. Sucedió entonces que fueron todos a la casa, subieron el fal en la patrulla y salieron directamente al comando. “¿Cómo era que se llamaba ese cuento de Cortázar?” se preguntaba luego de haber conversado con el entonces director de la policía en nuestra ciudad. “No mire comisario, esos carajos son vengativos, el guardia al que se olvidó ese fal en el carro ya debe estar preso, ¿y si ellos me ven y se les ocurre joderme? Uno no sabe qué pensarán ellos, se les puede ocurrir cualquier cosa. Yo sé cómo son las cosas en éste país…”, “Tranquilo” dijo el comisario, consciente de que algo podía pasar   “Nadie te va a ver”.
          Efectivamente, el militar al que contactaron para que fuese en busca del armamento, llegó preguntando quien lo había entregado, “Pero es que eso nadie lo entrega así, yo quiero saber quién es ese muchacho, agradecerle, ayudarlo con algo”, “No”, le respondió decididamente el comisario mientras todo aquello él lo veía atreves de un vidrio que, le dijeron, del otro lado era un espejo “Ahí está el armamento, quien lo entregó es una persona honesta, humilde, trabajadora, eso es todo…”.
          “Se portó bien el comisario” piensa. Igualmente pasarán meses antes de que vuelva a salir tranquilo a la calle, antes de que pierda el miedo a lo que pueda pasar. Bien sea por lo que le haya tocado vivir o por lo que le cuentan en las esquinas, cada ciudadano sabe cómo son las cosas en su país democrático (ha de serlo para que las esquinas liberen el sonido de cualquier historia, en dictadura eso no se puede hacer).
          “La raíz del Ombú, así es que se llama el cuento, ya me acordé. Es un cuento con dibujos. El hombre se accidenta y le cuenta una historia a quien lo recibe en su casa. Una historia sobre la dictadura en Argentina…y el que lo recibió en su casa es quien al final se quita la máscara y es uno de los monstruos fascistas  que aparecieron en las imágenes anteriores… y así es la cosa, el mismo que te brinda el café es el que después te deja pegado…, así son las cosas en este y otros países…,. Y mira que me puse a inventar; todo el mundo tiene un vecino mala gente, que no respeta, antes de que fuésemos a entregar el vehículo me puse a apuntar hacia su casa con el fal, “Mira, como pa destruirlo”, le dije a mi mujer, “¡Hazme el favor y suelta esa mierda!”, yo me reí. También, saliendo de la bodega de… sin saber que tenía ese fal en el carro, con los niños ahí, me saludaron desde la patrulla unos policías que yo conozco. ¡Ey!, les grité…  gloria a Dios y más nada”  





























El chicharrón


A Cileaux

“Hoy paso el tiempo
Demoliendo hoteles
Si me gustan las canciones de amor
Y me gustan esos raros peinados nuevos
Ya no quiero criticar
Solo quiero ser un enfermero”
Charly García

Era, entonces, un corruptor de menores. Quería ser visto de cerca, justo ahí, a donde les dijo que lo acompañaran, quería ser visto por el muchacho y la muchacha que habían accedido, lo acompañaron e hicieron lo que les pidió, verlo fumarse un tabaco. Era, entonces, un corruptor de menores. Hallábase convencido de lo genial que sonaba cada palabra emitida por su boca luego del ritual que, obligatoriamente, incluía una escandalosa tos, trance del que regresaba convertido en astronauta, siendo otro, aquel que deseaba ser visto y oído por esos muchachos.
          Sin que por ello dejase de ser un corruptor de menores, conocía la historia de un pederasta que a un amigo y a una amiga del amigo, a ambos, ofreciéndoles droga, los invitó a un hotel, de esos que presencian y callan toda escena, toda película emergente de la panamericana. Ellos, por las piedras, accedieron y el automóvil de un pederasta, subió el camino pavimentado que alguna vez fue un bosque como el que tenía de lado y lado. El amigo iba escondido en la parte trasera mientras que su amiga, desde el asiento del copiloto, le sonreía al cristal ahumado de la caseta, detrás del cual, quien estuviese registrando los datos de su cédula, seguramente la estaría viendo. A orillas del surco pavimentado, las cabañas, en ascendente alineación, dilataban la estructura (en general), su invasión de la montaña, no obstante, ésta se mantenía presente; lo sabe quien usa el baño a cualquier hora de la madrugada y se asoma por la ventanilla que a éste conecta con la frondosa vegetación y sus sonidos, que dan la impresión de ser aspersores, regando, toda la noche, un inmenso jardín. Quien hace esto y luego se vuelve, sale del baño a la habitación, se encuentra, en el caso de tales infraestructuras, con la pequeña réplica de un apartamentico tipo estudio, la espaciosa habitación, con la inmensa cama en medio, en ésta, una persona durmiendo o pretendiendo que lo hace, la ropa tirada de cualquier modo en rincones de los que, por la mañana, parece haberse movido sola a donde luego se le halla, escondida. Al final de éste cuadro hay una ventana, y la vista que ofrece es del pavimento, la frontera entre una y otra alineación de las cabañas que, con su carretera en medio, llegan a la caseta y a los dos arcos que reciben y despiden las historias de la panamericana. En diferente situación hallábanse los visitantes de aquella infraestructura exactamente igual a la que hemos descrito. El pederasta los dejó fumarse algunas piedras, más, le abrumaba la inquietud; esperaba que las del amigo y su amiga fuesen mentes envilecidas. Estos parecían ser dos muchachos, lo cual, para el pederasta, era bueno, pero, no obstante su adicción al crack, eran dos muchachos sanos; con la misma expresión desconcertada viéronse las caras al momento en que su anfitrión les preguntó si no iban a tener sexo para él observarlos.
-              No – dijo la amiga
-              No mano –
          Sucedió entonces que el pederasta se sintió rechazado. Como ésta se proyectase en aquellos dos muchachos, resintió la aversión por sí mismo, por su pederastia, por su imperante necesidad de practicarla, por su método, ésta vez fallido.
-              Me hacen el favor y se me van de aquí – les dijo.
          No pensaba convidarles de su droga, mucho menos les pediría que tuviesen relaciones sexuales, ¿por qué habría de hacer alguna de esas cosas?; convidándoles droga reducía la dosis que ya le parecía escasa, y en relación al sexo ¿para qué querría ver algo en lo que no podía participar? Dicho sea de paso ¿por qué una pareja permitiría que en su intimidad se involucrase un completo desconocido?. Preguntas para las que solo una mente envilecida tendría respuestas. Tan solo quería drogarse y declamar alguna revelación, era idiota y no lo sabía. Lo supieron aquellos muchachos, si, lo supieron al ver cómo, de un modo mecánico, se descargó de lo que tenía en la mano después que un movimiento instintivo le halara la barbilla hacia el sitio donde creyó escuchar algo…,. La expresión petrificada no se debe a lo que esté ocurriendo, es por la contemplación de lo que, paranoicamente, se imagina que pasará. El muchacho y la muchacha lo veían, perplejos; nada estaba pasando, nadie, nada malo venía en camino, lo supieron en cuanto su cara petrificada se balancease hasta el gamelote donde había tirado el chicharrón. Fuerte impresión les había causado la violencia con que se auto infringió la tos, más, lo posterior no se lo esperaban. Sin ponerles la menor atención, se dedicó a buscar el chicharrón. Corrijo, tuvo, para con los muchachos, la mínima atención de voltear solo un momento, para ver cómo se retiraban, tratando no hacer mucho ruido, en tanto que, desconcertados, veían por encima del hombro, cómo escaneaba el gamelote. Decididamente siguieron caminando, ya los árboles habían cubierto aquella imagen.
          Momentos antes de que un malabarista, bajo cuyo sombrero de bombín parecía haber, únicamente, una enorme nariz, en compañía de su amiga… emprendiesen la descendente caminata por el túnel de luz artificial que, nuevamente, les condujo a la panamericana, previo a esto, el malabarista, vió por encima del hombro la imagen que a continuación les describo: yacía el pederasta sobre la cama, con ambas piernas flexionadas, rodeándolas con los brazos y apoyando su ensombrecida expresión sobre las rodillas. “Sape”, dijo el malabarista, mientras la puerta, justo como al final de la película El padrino, acabó por ocupar todo el encuadre en que ya no se vería el patético plano secundario, precedente a la ya mencionada caminata por la única calle de aquel pueblo exprés, donde la cara de los amigos, sus peinados e indumentaria, en más de una ocasión, fueron altamente alumbrados por las luces de vehículos tripulados por veloces expresiones de espanto, ya sea por imaginarse en la misma situación en que ellos, tranquilamente, se hallaban, o por la inconfesable historia que una pata bien hundida hubiese acelerado hasta la cabaña.
          El malabarista, viendo las lucesitas de los automóviles, sonrió en algún tramo del inclinado camino a la panamericana.















El patio del manicomio


"Yo he de escribirle a usted muchas cartas todavía...¡Si ahora es cuando empiezo a tener estilo!...Pero ¿qué hablo de estilo? yo le escribo a usted al tuntún, sin saber lo que escribo, porque no lo sé, no señor, yo no repaso lo que escribo, ni lo enmiendo, ni nada. ¡Yo escribo únicamente por escribir, por escribir cada vez más!."
F. Dostoyevski
Pobres gentes.

¿Qué tal si la droga fuese como una mujer que en determinante correspondencia dijese: ¡No quiero que me vuelvas a escribir!!!!!?. Poniendo así en evidencia lo infructífero de todo cuanto se le haya podido remitir, buscando, honestamente, alcanzar su presencia física en el tiempo y espacio que por su respuesta fuese propuesto o aceptado. Una respuesta como la ejemplificada o más bien, documentada (es real) en el principio de éstas líneas, bien pudiese ayudar al vicioso de redactar y remitirle los cuentos, poesías, filosofías y demás pendejadas que hayan podido exasperar a la destinataria. Muchos no desisten y el fondo suele obscurecerse todavía más. Pero alguno habrá que, sentado en su silla, inmóvil, cual si hubiese brotado de ésta, le busque nombre, concepto, al hondo vacío que desde su estómago le succiona el aliento; debiéndose esto a la inconsciente falta de respiración, mientras leía el ultimátum que le fue remitido.
  Habrá quien busque de normalizar la función de sus pulmones e inmediatamente se figure todo cuanto necesita seguir escribiéndole…, habrá quien se figure tanta redacción de la que no resulta ser más que un vicioso, habrá quien se figure su vicio como un aberrado monstruo que ya le condujo a éste fondo del que preferiría no conocer mayores latitudes. Por esa misma razón, habrá quien, dolorosamente, “currando”, descarte los motivos que puedan ocurrírsele…, (y lo harán, se le ocurrirán, el monstruo persistirá en su pugna por ser el impulso autómata que responda)…, habrá quien, dolorosamente, pasando trabajo, “currando”, descarte los motivos que puedan ocurrírsele para una, al menos una copla más.
   Sobreponiéndose al sin sentido de su propia existencia, aquel en que su enfermo pensamiento, patéticamente, le hiciere reflexionar, buscaría en qué ocupar su tiempo. Desmontaría su propio deseo de no ser visto en público y saldría a la calle. Daría saludos cordiales a quien considerase que los mereciera, y así mismo se los negaría a quien su consideración de algún hecho pasado le formulara el criterio de que no lo merece. Bajo su propio riesgo, confiaría o no en sus semejantes, cada uno desplazándose o estacionado en la vía por la cual caminaría, conversaría breve o largamente con aquellos que de su mayor confianza gozaran. Se formularía ideas, proyectos para el futuro, pondría las manos en alguna obra, viviría. Y con el tiempo le gratificaría saber (con certeza) que ha dejado vivir en paz a quien le hizo destinatario de un ultimátum.
   Necesario resulta no perder de vista el tema de la recaída. Habrá quien, al dar testimonio de su rendición ante la conciencia de ir cayendo vertiginosamente por un abismo de descontrol masoquista, y por haber recibido de Dios la fuerza requerida, la fé para soportar los inevitables tormentos del pensamiento aberrado, aquel que inmediatamente se dio a la tarea de censurar, cuestionar la fé en que todo aquello pasaría, tal y como fue, ¡se detuvo!. Habrá quien le rinda culto a un poder sobrenatural, infinitamente superior al abismo viviente de cuya derrota da testimonio, y sin embargo, deba confesar, no uno, varios, muchos ultimatums que no le rindieron ante la conciencia de estar “haciendo lo malo”.
   Es Domingo, y como cualquier otro día, Charly Valdez barre las hojas que durante la noche cayeron de los árboles, en el patio del manicomio. Se encuentra éste (el patio) al pié de las cuatro alturas que le rodean. Las ventanas del comedor, el cual yace sobre una loma que desciende hasta ser contenida por un muro de baja estatura que sirve de espaldar a quienes se sientan en el gran banco de concreto, último escalón para el descenso desde las ventanas del comedor hasta el rellano final, nuestro patio. Delante de este banco de cemento, con el patio (a lo ancho) de por medio, se levantan, no uno, dos escalones similares, como gradas que ascienden a otro rellano donde los enfermeros montan guardia. Paralelo a éste rellano, al patio en su totalidad, se extiende un corredor, la entrada e igualmente la salida del manicomio. Al entrar o salir de ahí. Se camina entre la reja que marca lindero con el rellano en que se monta la guardia más importante, entre dicha reja y una altísima pared, camina bajo el cielo, quien entra o sale del manicomio, bajo la inquieta mirada de quien sea que se encuentre en el patio. Dos alturas más completan su encajonamiento; a la misma altura del comedor, diagonal a éste, se extiende un corredor, con las puertas de las habitaciones alineadas una detrás de otra, como un hotel. Delante de las entradas (sin puerta) a las habitaciones, de por medio el corredor, un murito de aproximadamente metro y medio de longitud, sirve de base al altísimo enrejado en que, apoyando los codos del murito, sacando los brazos entre las barras de hierro y apoyando la cara entre dos de esas mismas barras, se obtiene la tercera visión, en picada, del patio del manicomio, en cuyo extremo final nos espera la cuarta altura, que resulta imposible ver desde ahí debido a la verde marea que son las ramas y hojas de los árboles, cerniéndose sobre la casi totalidad del patio. Al extremo final se levanta una pared con una pequeña puerta de metal en medio de los ladrillos que hacen pensar en tiempos remotos, inimaginables para quien solo sabe que la arqueada estructura de barro cocido tiene que haber sido un puente, que la pequeña puerta, en ostentación de su candado anti cizalla, debe conducir a algún espacio sub terraneo de la antigua parroquia en que se encuentra el manicomio y, obviamente, aquel patio, visto con indiferencia por la quinta altura, los árboles para los que se dejó el recuadro en medio del piso, es una quebrada embaulada.
   En tiempos remotos, no como los de la construcción y familiar habitación de la fantasmagórica estructura colonial del manicomio; en 1.979, Charly Valdez conoció las instalaciones de la casa que en su función de manicomio le había estado aguardando desde 1.954.
   Era un muchacho entonces, le había escrito a “una señora”, diciéndole que estaba enamorado de ella. La señora fue a decírselo a su mamá, quien inmediatamente lo encerró allá.
   De modo que así como la droga no da ultimatums, aguarda en silencio a quienes desesperadamente la buscan, la encuentran y acaban en cárceles, manicomios o el cementerio al que una mala muerte les conduzca, así mismo hay mujeres (perversas matronas de ayer y de hoy), que guardan la carta del muchacho enamorado, como evidencia de su crimen, aquel por el que se dan a la imperiosa tarea de hacerle pagar.
-              Y mi mamá… ella se asustó y me trajo pacá- dice Charly.
Es noble, no la culpa. “Eso se vió muy mal”, sigue diciendo.
   “Lo mal visto”, con diferentes caras, era y sigue siendo el mismo fantasma en la psiquis de una ciudadanía, históricamente, paranoica por las innumerables guerras civiles que hasta entonces persistían. Las guerrillas urbanas habían sido prácticamente neutralizadas, pero se sabía de sobra lo que, durante la década de los sesenta y aquella última, le había ocurrido a quienes fueron mal vistos por lo que dijeron, o aquello en lo que se involucraron. La madre de Charly Valdez tuvo miedo, no de que lo vieran mal, puesto que ya lo habían hecho, “la señora”, rabiosamente, se lo hizo saber (le dio un ultimátum) y ella, la madre de Charly, tuvo miedo. En breve, si no ponía el reparo que la matrona, rabiosamente, le había exigido, en breve sería mal vista, mal comentada como alcahuete de “algo mal visto” en lo que irremediablemente se vería involucrada. Desconocía los cargos que fuese a presentar la denunciante o sus derechos como denunciada. Simplemente tuvo miedo, y en 1.979, Charly Valdez ingresó al manicomio.
-              ¿Y cuándo te vas Charly?-
-              Yo no me quiero ir, estoy tranquilo-
  Alguien lo recordará escuchando una canción de Sui Generi:
Hace…años que estoy aquí
Y no quiero salir
Ya no paso frío y soy feliz
Mi cuarto da al jardín
Y aunque a veces me acuerdo de ella
Dibujé su cara en la pared
Solamente muero los Domingos
Y los lunes ya me siento bien
    Por encima del corredor de altas rejas, (la tercera altura), se asoma un pedacito del Ávila, e indiferente, como los árboles que por las noches sueltan sus hojas como bombas inofensivas, el hotel Humboldt mira el patio del manicomio. Es Domingo y como cualquier otro día, Charly Valdez, ajeno a la censurable dialéctica de los fantasmas del pasillo,  barre las hojas que cayeron por la noche. 

























SOLO PARA NOSOTROS

“El que quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios o si yo hablo por mi propia cuenta. El que habla por su propia cuenta su propia gloria busca…”
Juan 7:17 7:18
 “Vamos a pegárnolas”
Expresión popular maracucha empleada para decir: Vamos a tomarnos unas cervezas
...
Hacen falta los días de hastío, en los que se calcula el tiempo invertido en la labor que tan solo eso arroja, un saldo de tiempo que parece estar siendo cobrado, como si saber de cuánto tiempo se trata fuese el precio a pagar por lo que se considera una completa pérdida. Hacen falta los días depresivos en los que hasta un alcohólico, un adicto a la cocaína que hace años no bebe o inhala ninguna de esas maldiciones piense: “¿Para qué hago yo esto?, ni que me fuesen a beatificar ¿Quién soy para que mi sobriedad deba ser tan importante? Que se rehabilite algún famoso que pueda decir cuantos días, meses, años, lleva sin alterarse la conciencia y que mucha gente lo sepa porque le importe, ¿qué hago yo gritando esto prácticamente para mi? Sé que no es para mi que lo grito y eso es todavía peor, es para otros. Pero no quiero ayudar a nadie, quiero causar envidia, sé que duele la envidia y quiero que a alguien, alguien…y alguien más les duela tan miserable sentimiento. Aunque no había pensado que el deseo de castigar la envidia en alguien más  se debe a que por su envidia trata de hacerme sentir envidia por algo que mi sobriedad no consigue, y lo logra, logra molestarme quien tiene a alguien con quien reírse de mi, mientras yo no tengo a nadie. La mayor parte del tiempo pienso, estoy convencido, de que si no tengo con quien reírme de alguien más, ello se debe a que no quiero hacerlo, a que soy capaz de decir cuánto me duele eso a mi, y es precisamente por eso que no trato de esconder mi dolor ocasionándoselo a alguien más. Pero aunque quisiera, no podría, no puedo mantenerme cinco minutos en una conversación en la que aparece el nombre de un ausente, me da igual que la empiece otro, me da igual haber sido yo mismo quien la empezara, no me aguanto en ese tiempo y espacio, sea cual sea e inmediatamente salgo corriendo. Otro caso sería el de no tener a quien acudir para defenderme de un corro, ahora le dicen de otra forma pero se trata de un corro, “un chalequeo”, una burla, tan castellano como eso. Manejo fluídos conceptos del vacío espiritual de quienes buscan ayuda para dañar a otros, pero es únicamente mi propio vacío, hablar de él, lo que me saca del ojo del huracán. Igualmente, sabiendo hablar más de mí que de otros, habiendo alcanzado los años que llevo sin malditas alteraciones de la conciencia, igualmente necesito ser gente, ser la mala gente con privilegios, por encima de quienes no los tienen, satisfecho de ello…”

Hacen falta los días de hastío para pensar de tal forma, para olvidar que el abandono de las sustancias, la pérdida de la obsesión por ellas se debió a un milagro, algo inexplicable cambió el curso de la vida que hace falta vivir en frustración y arrogancia, ajeno a la conciencia del anteriormente referido milagro y su representación del infinito poder que lo hizo posible, aquel en el que es bueno no creer o del que es bueno no saber absolutamente nada mientras se le rinde culto al ansiosamente esperado golpe de suerte que acabe con el suplicio, hace falta ser adicto a las drogas, haberlas dejado, y, por falta de fé, creer que se vive en un suplicio, ser vulnerable a la sugestión humana, a las mujeres, por lo menos a la sugestión de una mujer a la que se le aceptó una invitación a un establecimiento en el que se consumen bebidas alcohólicas. Y aquello, aquella mujer, no puede ser descrita de otro modo, es un monumento que ha estado manifestando interés en quien ha estado sintiendo que un cambio se aproxima, una bendición. El establecimiento es muy ornamental, no es una taguara, como en todo establecimiento hay mesas y una barra pero se trata de un espacio limpio, sin bulla, sin música estridente, donde resulta posible aislarse del mundo que cada quien se construye en su mesa o en la barra. Quien ha estado pensando en el cambio que se aproxima no está muy seguro de lo que será, sabe lo que quiere, cree saber que es eso mismo lo que quiere la bella dama que está brindando, cerveza para ella y Chinotto para quien saborea sus excesos de azúcar mientras conversa animadamente, pensando que: “Esto no había ocurrido en mucho tiempo”, feliz. Le hace feliz oírla decir que la sobriedad le ha sentado bien, diciéndole que mire a su alrededor, tiene sus años de sobriedad, tiene unas metas que se propuso y alcanzó, algunas cosas de las que le ha platicado a la dama, que al terminarse su cerveza espera a que termine con el Chinotto y le dice que pida otra ronda. Tiene todo lo que ella le está diciendo que tiene. Felizmente lo sabe, porque ella se lo está diciendo y es esto lo que le hace sentir así de feliz. Entre otras cosas le incluye el hecho de estar ahí con ella y eso también es verdad, los días de hastío se proyectan, hasta el momento, repletos de soledad y estar en un espacio público en compañía de una mujer tan bella le hace sentir completamente seguro de haber alcanzado sus metas o para una mayor y verídica intensificación del trance en que se halla, está pensando que ninguna meta que se hubiese propuesto superaría dicha situación, “todo es perfecto” piensa, y justo entonces piensa en la cerveza que ella le ha estado convidando y ésta, le parece “una pendejada”, algo que no puede ser asunto de nadie más que de quien se hace cargo de sus asuntos y justo entonces está completamente seguro de haberlo hecho muy bien. “Podría volver a tomar, a fin de cuentas nunca he tenido problemas con el alcohol, lo incluí en la lista de sustancias que había que dejar más por faranduleo que otra cosa, en algún momento vi la expresión desconcertada de alguien que me convidó y le dije que no, me gustó verle esa expresión en la cara, pero nunca he tenido problemas con el alcohol, puedo tomarme una, estoy en otro mundo creado por mi, por mis años de sobriedad, por mis películas, mis cuentos, éste nuevo mundo es bastante agradable, me siento a gusto aquí…”. Después de tantos días de hastío, suficientes para volverse años, después de todo ese tiempo fue que pudo contemplar la importancia de no hacer algo, percatándose de un ansioso interés ajeno en que lo hiciese;vió desvanecerse las dudas acerca del valor que tenía su sobriedad para la providencia que se la había dado, se encontraba frente a la historia que se había ganado y rindió culto a un poder muy superior al de quienes se habían mofado y se seguirían mofando de él después de aquella velada espectacular.

-          No mami, yo no voy a beber-

La bella mujer guardó silencio un momento

-          ¡Pide la cuenta! – dijo


Y ésta narración ha sido escrita para ella, por una comunicación que envió diciéndole al servidor de nuestra historia que la excluyese de toda idea paranoica, teoría de la conspiración referente a intensiones suyas y de otras personas de que volviese a beber si ello no le sienta bien. Es para ella ésta narración de culto a la providencia que a alguien más ha hecho contemplar la alucinógena realidad de la vida en un estado de plena conciencia, siendo ella parte del contexto, la bendición que ya venía en camino.




La estación de Salvador


Trátase de un escritorzuelo de nuestra ciudad. Su nombre…, lo conocemos quienes le hemos oído decir cuan poco le importa seguir siendo anónimo, “De todo hay respaldo, hasta papeles de propiedad intelectual”, eso dice siempre, agregando que sigue sin fumar, inhalar, inyectarse droga o beberla. No poco gusta de platicarnos acerca de un patio, el de un manicomio donde estuvo encerrado a causa de las drogas que dice ya no usar. Creo que ha escrito un relato a propósito del tal patio del manicomio, eso me ha dicho, más, no lo he leído; soy más dado a las lecturas metafísicas, Cony Mendez…, con especial atención me escucha, el escritorzuelo, cuando le hablo de Krisnamurty, de sus tratados acerca del conflicto que tienen los hombres con la muerte, dice que a un difunto tío suyo le gustaba mucho también. Siempre hablamos de paso, no es mi amigo ni yo lo soy suyo, simplemente conversamos.
Sucedió que un día, un Domingo, charlando en una banqueta de la plaza Bolívar…, sucedió que mencionara a Salvador Garmendia, un libro de relatos (Extraños, difuntos y volátiles) y una novela que, según dijo, le causó alucinaciones. “No vi nada inexistente” me dijo “La novela es real, por lo tanto aquella reunión de artistas borrachos y mal hablados merodeando a las acompañantes de sus colegas también lo era… lo sigue siendo”. Dije no entender muy bien a qué se refería, “¡Que estuve ahí!”, respondió, presa de una fuerte agitación, “Estuve en esa fiesta, créeme. Era una quinta de clase media alta, a finales de los 60’s, de dos plantas, muchos cuartos…rincones para esconderse, si…, para esconderse. Bien fuese por la inseguridad, el miedo de acercarte a las mujeres… o con una de ellas, la de una cara de boba melancólica…, es un poco triste lo que te narro…, me refiero a que…, me gustó la mujer, el personaje creado por el autor. Estaba en la fiesta, claramente la vi, me gustó y…, tuve que cerrar el libro… a lo que me refiero con triste… no es que sea triste, no… a lo que me refiero es a los anhelos terrenales, ¡con qué facilidad te privan de un alimento para el espíritu, de un aprendizaje…cierras el libro y…”. Causóme gracia el escritorzuelo repudiando de su bruta lujuria, leyéndome, inclusive, algo que había escrito para liberarse… :
¡EUREKA!!!!!

Nadie lo sabe con exactitud/ es decir/ se sabe que los testículos tienen la función de segregar el semen/ están ahí para eso/ pero el semen/ la vida que contiene… tampoco hay que pensarlo como si fuésemos únicamente los seres humanos quienes nos reproducimos/ no hay que pensarlo porque se puede pero se estaría pensando en algo absurdo/ todo el mundo que conocemos se reproduce/ las semillas/ todas/ tienen una ranura visible/ son hembras y saben de qué planta son semillas/ pero algún estímulo tienen que recibir de la tierra/ algo hay esperando penetrarlas al ser sembradas/ la vida es el gobierno irrevocable/ todo lo vivo se reproduce/ pero la explicación…/ es por ello que como seres humanos conocemos la necesidad del culto a lo supremo tal y como cada quien lo concibe/ no hay explicación para la vida/ ahí está…pero el asunto de los testículos segregando el semen…/ hace pensar en las mujeres como semillas/ no como la tierra en que se siembra una semilla sino como “la siguiente semilla”/ pues la primera semilla es el hombre en el que una causa inexplicable siembra millones de posibilidades al momento en que le invade una idea de placer/ entonces por ahí vienen los tiros/ el hombre es la semilla de la que nace un fruto multitudinario pues al momento de la erección producida por la idea del placer/ los testículos empiezan a segregar el fluído en que un gentío tiene/ debe tener plena conciencia de que existe pues luchan por alcanzar el siguiente nivel/ entonces el poder al que el ser humano le rinde culto es el placer de la relación sexual/ poder con el que hace contacto al pensarlo, segregarlo y expulsarlo/ es vida el momento de la eyaculación/ la pregunta sería si la vida que viaja de los testículos al óvulo por el que lucha ese gentío/ la pregunta sería si ese gentío lucha sintiendo el mismo placer del hombre que l@s eyacula…¿ será la lucha por alcanzar el óvulo una persecución del orgasmo en el que alguien se queda dormid@ y es por eso mismo que al despertar no sabe quién ni qué es y empieza a verse, a contemplar su existencia? Porque es eso lo único que hará durante la vida que se le pasará buscando placer y huyendo de la muerte hasta que ya no pueda hacerlo. Las erecciones eyectan semen y textos de Sabado por la noche en una fiesta llena de bellas mujeres donde hay alguien que se quiere ir pal coño…anda con una idea ruín.
15/ 03/2014
Sábado en la noche, leyendo: Los pies de barro...
“Yo una vez vi a Salvador” le dije “no he leído sus libros pero una vez lo vi, en el metro”, esto último le hizo abrir los ojos cual si viese venir algo que le impactaría. “¿En el metro?”, preguntó, con la misma mirada, entonces, completamente ajena a lo que fuera que estuviese pasando en torno a la banqueta…, trataba de lucir sereno pero la mirada delataba un hambre voraz por los detalles de aquel encuentro, “Ajá”, comencé a responder “Ajá, en la estación Parque del Este…bueno, en ese tiempo le decían Parque del Este. Yo creo que él vivía por ahí”. No pudo ya seguir conteniéndose, “¡¿Pero dónde?! ¡¿Cómo!? ¡¿Qué hacía!?”, “Nada, iba en el vagón, sentado junto a la ventana. Como era él, de encanecida melena, con dos grandes entradas, de ancha frente y la nariz chata sobre la barba por la que, abstraído, se pasaba la mano”. Aquella imagen, la única que podía ofrecerle, ha de haber sido tan profunda la impresión que le dejó, tan cerca se habrá sentido del escritor a quien me ha dicho que jamás conoció en persona, que su expresión petrificada explotó, liberando su alegría en sonora carcajada, la cual detuvo para verme en silencio y en dos segundos volver a reír, cual si fuese yo la fuente, la pantalla en que, perfectamente, podía ver a Salvador, acabé por reírme también. “¿Y no le dijiste nada?” “No chico, si yo no lo conocía ¿qué le iba a decir?” “Coño, no sé… ¡Salvador! ¡Eh!”. Fui yo quien, entonces, prorrumpió en fuerte carcajada, “¿Tú eres loco vale?”, “Yo lo hubiera llamado, así fuera para que se asustara”, seguí riéndome “Claro vale”, concluyó el escritorzuelo, “Esa gente así, genial, tú no le puedes caer con sumisión, queriendo ser su amigo; después te salen con una vaina y te pones triste. Yo, lo que es a las modelos, actores, actrices, políticos, animadores, a esa gente ni la miro. Pero a un Salvador Garmendia, que cualquiera de los anteriormente mencionados te dice que lo conoció, sin haber leído uno solo de sus libros…, a un Salvador Garmendia le hubiese gritado: ¡Salvador! ¡Eh!...¡ven acá!...si, así mismo, ¿te ríes?. Y si lo hubiese visto hacerse el loco y seguir por otro lado le gritaba: ¡Mira, estoy aquí vale!, pa que dijera: ¡Mierda! Y saliera corriendo…bueno, ¿Quién lo manda a ser famoso?..., y otro día te describo…¿no quieres leerlo?, ah bueno… otro día te describo las imágenes tan voladas de su novela Memorias de Altagracia, el final me lo sé de memoria, escucha…”.
Me despedí del escritorzuelo, dejándole en aquella banqueta de la plaza Bolívar, con la fé en sus textos inéditos, no obstante, bien respaldados, uno de éstos incluso patentado, con los años que dice tener sin fumar, inhalar, inyectarse droga o beberla..., nunca se sabe, eso solamente puede decirlo una prueba toxicológica, con los años que lleva sin ver El patio del manicomio, pasándose la mano por la barba en tanto rumiaba una cita: “Debo marcharme entonces, debo irme de aquí, debo marcharme ahora, lejos”
Fin.
La estación de Salvador
Emiliano Trujillo Sánchez
Domingo 19 de marzo de 2017







Una crónica infernal

“Ascendiendo es espiral
Expandiéndome en el tiempo
Descubriendo la materia
A la cual estoy sujeto”
Cayayo Troconis
Siete mares

        


          Terminé de escribir la novela y me da vergüenza referirme a ésta usando la palabra novela. No estudié para ser escritor, no tengo un sistema…, solo leo. Y el estilo ¡ni hablar!, me avergüenzo más al pensar que un texto al que avergonzado califico de novela, lleva, de paso, mi estilo; me avergüenza creer que lo tengo. La novela puedo renombrarla como: una cagada que escribí, unos papeles que ni a mí se me ocurre lo que hacer con ellos; de cualquier forma, seguirá como y donde la dejé, más, el estilo son dos palabras que me observan en silencio desde muchas páginas de grandes obras, la impresión, el estilo de sus grandes autores. También podría ser que los grandes autores sean la obra de su propio estilo, cual si fuese éste una virtud, mas, indiscutiblemente, la virtud de escribir grandes obras viene a ser también la capacidad de tener una biblioteca en mente. Mientras llego a etiquetarme de esquizofrénico, creyendo ver a mi estilo narrativo de un modo palpable que, sorpresivamente, ¡siempre!, vuelve a desaparecer, sin quedarme otra que la de creer que solo yo lo he visto…, mientras esto sucede, veo, palpo y me pregunto ¿qué es lo que obtengo del magistral estilo narrativo de García Márquez, Dostoyevski…?, a éste último, la novela Héroes y tumbas, de Sabato, me asignó la tarea de leerlo; más de una vez alabó, calificándolo de antes y después en la historia humana el maravilloso relato de Los hermanos Karamazov. Dostoyevski a su vez me asignó la lectura de Los evangelios, de Shakespeare, de los maestros rusos, Pushkin, Gogol, que le antecedieron. Se leían y alababan entre ellos, cosa que no dejó de marcar solemne impresión en mí, puesto que el patriotismo, en mi país y la época en que me ha tocado vivir, no me representa otra cosa que una herramienta usada por burócratas incultos y mal hablados. Los rusos, la devoción con que se estudiaban entre sí, me ha hecho volver a Venezuela, a Las lanzas coloradas de Uslar Pietri, al Cantaclaro de Gallegos, a las bellas Memorias de Altagracia de Salvador Garmendia, Los platos del diablo de Eduardo Liendo, genial…,. Piedra de mar de Massiani y El relato de un náufrago de García Márquez me fueron asignados en el liceo. Mi bibliografía no es completamente anacrónica; no obstante haber leído desde la adolescencia y, entonces, haber empezado a rumiar mis propias letras, no obstante esto, fue hace escasos tres años que me asaltó la preocupación por no tener un sistema. A más y más lectura, tanto más verdugo se torna el auto cuestionamiento de lo aprendido en las pasadas lecciones, cada maestro remite a otro anterior o de su misma época. Llevo más años sin beber un trago de los que llevo leyendo sin descansar, estudiando.

          Salí a caminar. El pavimento serpentea entre las montañas. En algunos tramos la carretera de lado y lado es bordeada por un gamelotal encorvado por la brisa, más, puede verse, lejano, el horizonte. Inesperadamente, algunos pasos más adelante, se camina bajo una bóveda vegetal atravesada por numerosos rayitos de sol.

          Una bocacalle me expulsa a la perimetral. Mientras camino entre quienes ignoran la ruta que hube de recorrer, siento nostalgia por el tiempo en que ver nuestra ciudad en un día soleado era el privilegio del Sábado, el penúltimo día en que desde la casa pudiese ver el matutino crepúsculo. De lunes a viernes apuraba, de madrugada, el paso, por ser de los primeros en la cola del metrobús; un grupo de tres o cuatro enfermos, como yo, se congregaba en los primeros puestos; una competencia por el primer lugar, tal era nuestro enfermizo estímulo. Claro que ser de los primeros no impedía, nunca, la amargura que me embargaba al abordar el colectivo medio de transporte; por ser el primero resultaba extraño que fuese el único de mi ciudad que viajaba diariamente a Caracas por el salario mínimo que me rendía tan extenuante jornada, quitando mis numerosos rencores por otras historias locales, puedo decir que aquella era mi frustración. A diferencia de mí, nadie más conformaba la cola para trabajar en ninguna fábrica, no como obrero mal pagado. Las frustraciones que se iban agrupando a lo largo de la hora transcurrida entre las cuatro y media, cinco menos cuarto (horario de los primeros enfermos) y las 05:30, hora en que arribaba el metrobus, las frustraciones del resto de los integrantes de aquella cola consistían primeramente en no tener un vehículo particular y deber alinearse a la espera de un medio colectivo en cuyo primer, segundo o tercer lugar hallábase alguien que trabajaba por sueldo mínimo, de quien se murmuraba un bajo ingreso económico, una locura, un chiste que daba risa entre quienes lo murmuraban para desahogar su frustración por, valga la redundancia, no tener vehículo particular. Mas, la burla, el irrespeto, no quedaba exiliado en los últimos puestos; nunca falta aquel cuya frustración proviene de la casa, de la familia, de quien sabe qué bochorno, el cual, tanto mejor será no presumir siquiera, nunca falta quien desea llegar primero por su afán de imponerse como dueño de un espacio, controlarlo e irremisiblemente, confrontar a quien no respete su autoridad, a quien desee usurpar su puesto o impedir que le dé la cola a alguien, nunca falta quien empieza el día inventando guerras pues las necesita y no fue mi caso el de quien se salvó de ver llegar a algún remedo de guerrillero madrugador a quien no desease ni siquiera saludar y, no obstante, haberlo hecho puesto que el tal llegó haciéndolo, saludando y buscando conversación, trampa en la cual no me salvé de caer, llegando incluso a levantarme y batiendo los brazos, declamar algún argumento que, posteriormente, me hiciese sentir como un títere cuyos hilos fueron movidos por quien luego perdió el interés en lo que yo le había dicho; más de una vez vi a un personaje como el que describo ignorarme por completo puesto que alguien a quien consideraba de su status se encontraba allí, a alguna palabra que le haya dicho respondió con una expresión perpleja, de no estar entendido en el asunto, la misma con que volteó a ver a quien recibió la seña de que no entendía por qué yo le hablaba. Los complejos de mi comunidad se reflejaban en la amargura con que, de lunes a viernes, abordaba el metrobus, ubicándome en la ventanilla donde pudiese ver amanecer ya sobre el fastuoso Avila y el valle erizado de grandes torres que yace, vive a sus pies. Era la madrugada del sábado el primer y penúltimo crepúsculo matutino que veía en el pueblo

          Mientras camino, recito mentalmente un apocalíptico pasaje de las rapsodias del Quijote: “Dicen las letras que sin ellas no se podrían sustentar las armas, porque la guerra también tiene sus leyes y está sujeta a ellas y que las leyes caen debajo de lo que son las letras y letrados. A esto responden las armas que las leyes no se podrán sustentar sin ellas porque con las armas se defienden las repúblicas…”; eso es verdad, me digo, me gustaría publicar algo en este país y llevar el estilo de vida de todo aquel con el poder de adquirir (habitar, vestir, comer, gozar…) lo que en dicha república venden los mercaderes que financian las campañas electorales de quienes, habiendo ascendido al poder, asumen el mando de las fuerzas armadas cuyo salario es legalmente cubierto por el I.V.A. que la ciudadanía paga por las cosas e infraestructuras importadas o fabricadas aquí por esos mismos mercaderes…, las fuerzas armadas cuyo deber es proteger y servir a las leyes donde se contempla la protección y servicio a la ciudadanía que confía en las leyes y en quienes con sus armas deben hacerlas valer, mientras dicha ciudadanía se jode por el poder adquisitivo que pueda, al menos, sostener apariencias, ya en vehículo particular, ya en la cola para el metrobus. Todo esto, a diario, me parece una patraña; no temo al castigo que pudiese imponerme la sociedad encajonada en mi república, mi estado, mi municipio, comunidad, sector de ésta ni demás habitantes de la casa…, no temo al castigo que, de no ser por mi lucha social contra el crack, pudiesen imponerle a mi pereza. Temo al hambre, la falta de cigarrillos y café y al abuso de la intemperie…,. Brevemente narraré un sueño que tuve, el que vino a ser una premonición del viaje que me aguardaba: A orillas del camino apareció un estrecho sendero. Sin saber cómo ni cómo no me encaminé hacia lo que, posteriormente, fue mi indecisión frente a dos posibilidades. Una era el haberme alejado muchísimo del camino real, otra, la mal soñada posibilidad de que éste último hubiese desaparecido. Traté de volver entre los árboles y fue solo eso, árboles, lo que hallé. De regreso a la magra vereda miré hacia atrás y estuve seguro de que volver sería caminar siempre aquel pasadizo que me había atrapado.

          Hecho fantástico: los árboles que cercaban de lado a lado el angosto camino, al igual que éste, sin armonía, desaparecieron. Casi seguro estuve de que al voltear no los vería, que me hallaría frente al mismo precipicio al que me condujeron los pasos perdidos a los que aún restaba mi salto al vacío, que tan inevitable resultó, cual si no pudiese en modo alguno evitarlo y dicha fatalidad me hubiera hecho saltar en busca de una certeza, la misma que sentí al ver aquel espacio luminoso que sobrevolaba como un aeroplano. Mucha gente sueña con soñar que vuela, con, al menos en sueños, conocer la sensación que no solo comprende un reto a la gravedad, anexo a ello, sentirse impulsado, con el poder de llegar volando a donde se desea. Únicamente soñarlo es un sueño hecho realidad. Soñé que volaba sobre un infinito campo de brillantes girasoles.

          Como suele pasar en sueños, lo siguiente no es mi designio, mas, lo acepto como si una parte de mí supiese que se trata de una búsqueda para la que fui designado. El infinito mar de girasoles hallábase surcado, de más a menos infinito, por la negra zanja en que, sin dudas, me precipité. Lo que allí pude ver es digno de ser narrado, tal y como lo recuerdo.

          El fondo del abismo era una ciénaga poco profunda, un suelo fangoso y angosto; a cada lado erguíanse dos inmensas paredes, tan altas que, por poco, se unían arriba donde eran abochornadas por un hilito de luz prácticamente imperceptible. Supe, entonces, que tales paredes no eran de piedra; en desesperada pugna por adelantarse unos a otros, millones de hombres y mujeres cubiertos de agua cenagosa, tiraban de sus pies, manos, cabello…, librando una vertical batalla, la misma que les impedía darse cuenta que eran, todos y todas, la pared que a lado y lado encajonábales, obligándoles a ser su misma prisión individual y colectiva. Cual millones de gusanos enloquecidos, retorcíanse, tirando unos de otros, haciéndose caer hasta el fondo del que brincaban de regresa a la guerra por derribar a cuantos pudiesen, siendo esto último lo único entendido como el camino hacia la cima. En la distancia y también cerca de mí, pude ver a quienes, brillantes, ascienden al ras de la muralla, mas, no por su luminosa virtud ni su vertiginosa levitación, no por ello el resto quedaba estupefacto al presenciar el ascenso…, era, simplemente, por saber, con fé, a dónde iban, tal era la causa de que no intentasen derribarlos, no podían. Todo lo anterior, mi sueño, hallará, en seguida, su relación con la historia cuya narración me doy a continuar.

          Solía creer que volverse un escritor consistía en saber con qué llenar muchas páginas, cuando, más bien, se trata de superar la pereza que impide hacerlo, decir, escribir todo lo necesario, incluso aquello que pudiese generar serios compromisos. Mi sueño es real, su narración lo es y viene a ser, también, mi respuesta al estímulo de recrear una sociedad tan profundamente similar a ese túnel que, fácilmente, pude camuflarse en la tradicional fachada de cualquier pueblito, con su plaza Bolívar, sus negocios… (expendios de licor, abasto, farmacia, panadería, línea de taxis…) …, sus negocios adyacentes a la plaza e íconos tradicionales (putas, vikingos, al menos un loco…, policías, bichitos, algún que otro desentendido de cuanto esté ocurriendo a su alrededor y aspirantes a detective que, anhelantes de hacer daño…, de nada de esto pierden detalles).

           La plaza Bolívar de…, se encuentra al pié de una montaña o, más bien, el pié fue barrenado para tirar la extensa placa sobre cuyo concreto y baldosas coexisten las banquetas de madera, la estatua del general Bolívar, algunos árboles, entre estos, un apamate que al estar en flor se rodea de una llamativa y resbalosa alfombra púrpura que se va mudando de sus ramas al suelo. Con la plaza a sus pies, la montaña sigue subiendo, poblada de casas viejas e inclusive un edificio cuya entrada, como la entrada de dichas casas, da a la calle que uniéndose arriba, en el estacionamiento de la iglesia, rodea el pueblo desde cuya plaza Bolívar se ve una de las torres, antiguamente uno de los campanarios erguidos a lado y lado de la cruz impuesta sobre el umbral…,. La otra torre, desde la plaza, no puede ser vista, la tapa el edificio anteriormente referido.




          A mi pueblo, cuya plaza Bolívar da la espalda a la iglesia y viceversa, luego de haber soñado despierto, caminando…, llegué, dirigiéndome a la banqueta desde la que me hizo señas un amigo que, posteriormente, ahí mismo, me presentó a una pareja de amigos suyos, un hombre y una mujer de unos cincuenta años, quizá más. Al hombre, bajito y muy delgado, fácilmente, puedo describirlo como el doble de Yul Brynner, con el cuero cabelludo eficientemente rapado y afeitado, nariz perfilada, los ojos saltones, en fin, una fotografía viviente del difunto intérprete de Dimitri en esa pobre adaptación de Los hermanos Karamazov, co protagonista de los diez mandamientos. La esposa de este hombre a quien llamaremos Dimitri, a su esposa, no menos delgada y bajita, de rostro pálido, seco, pronunciados pómulos y la nariz redonda en la punta, de esas que junto a unos ojos muy grandes, cubiertos por los párpados, como dos medias lunas, marca una encantadora, hipnótica impresión…, digámosle Grushenka.
          Dimitri, Grushenka y mi amigo R…, me invitaron a participar en su reunión, la cual, poco menos que inmediatamente, vimos interrumpida por la endemoniada somnolencia de otro alcohólico en cuya rapaz mirada estaba el ron de mis amigos. No vale la pena que reproduzca su verborrea, tan solo diré que la declamaba en tanto veía fijamente la botella, desentendido del silencio con que intentábamos decirle cuan molesta nos resultaba su abusiva presencia. En tres ocasiones dio media vuelta para irse y, humorísticamente, a unos pasos de distancia, la repetía, regresaba para seguir intentado lo que, con profundo disgusto, se dio cuenta que no lograría.
-          No voy a darte un trago mano – dijo R…
-          ¡¿Cómo?! ¡¿Y por qué pués?! –
Tal pregunta dio por sentado que se trataba de un abusivo acostumbrado a llevar a cabo acciones tan viles y poco serias como la que a continuación refiero. Grushenka y Dimitri permanecían en silencio mientras aquel mal viviente amenazaba con darle a R… un balazo apenas volviese de buscar la pistola, no miento.
-          ¿Tiene una pistola? – preguntó R… dirigiéndose a mí.
-          Nah – le dije
          El borracho regresó vociferando que no había ido a buscar el arma pero lo haría de ser necesario. Dimitri y yo, como si lo hubiésemos practicado, empezamos a despedirlo con expresiones tales como: “No, no, no, mira…, está bueno ya…¡está bueno ya vale!, ¡dale pués!. Aquel idiota por fin se retiró a otro extremo de la plaza desde el cual señalaba con el dedo hacia donde seguíamos y decidimos seguir instalados. Ni Grushenka ni R… participaron de nuestra demanda de respeto; ella, por ser una mujer y R… por estar esperando únicamente la señal para lo que, por fortuna, no llegó a suceder, el diablo sabrá. La conversación fue retomada en comentarios acerca del terrible frío que hacía, cosas por el estilo. Sucedió entonces aquello por lo que anteriormente referí mi sueño. Había entre nosotros, rondándonos, una niña que inmediatamente llamó la atención de la brillante Grushenka, quien resultó ser abogada, funcionaria del consejo de protección al niño y el adolescente y en cuestión de minutos, haciendo un par de llamadas telefónicas, informó a, sabe Dios qué otro funcionario, del hallazgo que acababa de hacer.
-          ¡Es una menor de edad… me está diciendo que vive en la calle y que está esperando a alguien que ella dice que es su novio…le dije que lo llamara y le dijera que se viniera para acá inmediatamente porque quiero saber quién es… lo llamó desde mi celular…no sé si vaya a venir, trancó el teléfono de una vez…ok…ok, gracias…, cualquier cosa te llamo… vale, chao pués… gracias, chao. –
           Recuerdo perfectamente aquella última imagen de La naranja mecánica: un hombre violaba a una mujer en tanto un corro de personas vestidas de etiqueta aplaudían aquel espectáculo. Esto último me conduce a pensar en Kirilof, el suicida idealista de Los endemoniados, aquel que antes de abrasarse el cerebro con una bala dijo no creer en Dios ni estar dispuesto a vivir en un mundo, en una sociedad cuya estructura se basaba en la existencia de dicho ser superior e invisible, dejando por sentado que su decisión de quitarse la vida respondía al estímulo de “una idea”: cada hombre, según él, según su idea, es Dios y tiene la potestad de decidir qué es bueno y qué es malo; dicho planteamiento Dostoyevski vuelve a lanzarlo por medio de Ivan Karamzov, e igualmente lo rebate describiendo la demencia en que le sumen sus remordimientos luego del asesinato de su propio padre, del que fue éste (Ivan) el autor intelectual. Me doy a pensar en éstas cosas puesto que no hace mucho supe que la co estrella de una aclamada película Ítalo-americana (El último Tango en París) fue, premeditadamente, violada por el famoso, aclamado, premiado protagonista de la producción cuyo director, no hace mucho, frente a las cámaras de un set de grabación, más de cincuenta años después, dijo haberle indicado al actor que la violara usando la mantequilla que también figura en ésta escena. Desde entonces no hago más que pensar en la embriaguez de placer que me produjo El Padrino y otras películas perfectas en que nuestro famoso violador obtuvo un rol protagónico. Pienso en ello mientras hago inventario de todos los criterios de vida que pueden haberse afianzado en mí atreves de personajillos (endemoniados) como éste al que me refiero…, recuerdo, también, a La polla record, la voz de Evaristo taladrando mi cerebro y llenándole de la aversión que aún conservo hacia lo que, entonces, llamaba “sistema” y no era más que una palabra sin sustancia, algo vacío en que vertía mi frustración por medio de discursos aprendidos al caletre, de tanto escuchar la canción y al paso de los años preguntarme qué relación había entre la maravillosa música con que alguien reniega del sistema, ¿Cuál sería la relación entre el esputo al sistema y los envidiables honorarios generados por dicho esputo?. Ellos mismos, seguramente, se lo habrán preguntado y, presumo, por eso mismo habrán acabado con sus vidas a fuerza de drogas sobre dosificadas y terribles accidentes automovilísticos. Digo todo esto por aquello de lo que, al principio de mi narración, puse en conocimiento al lector: obsesiva y compulsivamente me dedico a éstas narraciones, quiero publicar, ser un autor publicado y esto mismo lo califico de lucha social; ¡Quiero ser una señal! Le digo a otros, quiero que alguien sepa que las drogas fueron mi prueba de fuego, que por el fuego fui probado y no perecí…, mas, quiero hacer dinero, quiero infraestructura, muebles y una nevera repleta de comida, no quiero al hambre, no quiero al frío de la noche que se ve pasar en los lóbregos rincones y a orillas de la carretera en que solo se respira una dificultad, no quiero ver la guerra en televisión y más que nada, quiero postponer cuanto sea posible la llegada de mi mala muerte a manos de algún genocida u homicida particular. No me abrasaré los sesos para demostrarle a nadie que el anhelo por las cosas de este mundo, el consumismo, es la batería de una legión de robots y únicamente muerto se deja de ser ambiguo, ¡no!, me mantendré de mal humor, hostil, impertérrito, ¡sobrio!, sea cual sea mi situación, mientras no consiga las cosas que quiero y, si llego a conseguirlas, cambiaré mi actitud, pagaré mis deudas y seré cordial con quienes solían no respetarme. En resumen, me deshago en interminables discursos que niegan la obscura y fanática existencia de un ser que, como Calígula, no sufre por los seres queridos que se han ido sino más bien por haber dejado de sufrir, como si nunca le hubiesen importado, un empedernido buscador del éxito que anhela ostentar delante de quienes hacen lo mismo.  Soy uno más que, descarnadamente, junto a los mercaderes, taxistas, policías, bichitos, artistas..., todos aquellos que indiferentes, entretenidos por ello, pudieron haber visto a una niña descontrolada rondando la plaza…, soy uno más que lucha en la pared, pugnando por derribar, por no ser derribado, quedando estupefacto ante el brillo de alguien que asciende y es tan auténtica la luz que le conduce al campo de girasoles que, inclusive, lleva consigo a alguien más.
-          Mira vamonós – dijo, con autoridad, Grushenka – Me llevo ésta niña pa la casa…no joda, qué arrechera vale…vente mami…si, ya vamos a comer –.
II


“Yo iba decí que más de una vez me lo habían preguntado, pero es mentira, nadie me ha preguntado nada, a nadie le importa ese peo…, más de una vez yo me he preguntado ¿qué hago yo aquí?. He visto pasá burda e’ vainas feas en este pueblo y todavía me trasnocho en esta casa que no es mía, viendo un televisor que no es mío y fumando cigarros que me compré con unos reales que tampoco eran míos. Lo que me respondo es que las vainas feas que he visto tenían una finalidad, un objetivo que no se alcanzó…, todo se hizo creyendo que me iba a drogar y que tarde o temprano me iban a jalar otra vez pal manicomio…, si vale, estuve encerrado burda de tiempo, por la locura y por las drogas, pero las drogas como que resultaban más importantes; tengo años que no me drogo y así mismo tengo años que no vuelvo pallá. Por eso, cuando me lo pregunto, me respondo que sigo aquí porque era una ladilla vivir corriendo y si ya no tengo que correr pues no corro…ni camino tanto…la respuesta que me doy es que, si ahora soy legal, porque lo soy, con las labores que desempeño, con las credenciales…, si ahora soy legal, pues no corro. Allá el que siempre fue “legal” y siempre “se fajó” y ahora que yo también lo soy tiene que seguí fajao…pensando y pensando en la forma de hacerme arrechar…de hacerme sentir como mi sobriedad le hace sentir a él…a ella… sonará perverso, mas, en dado caso, no es mi perversión; a alguien, perversamente, le indigna que no me drogue, lo considera ofensivo, le quema las entrañas la ira…, piensa que yo le causo ese dolor…y piensa en cómo devolvérmelo”.

          Ha de ser vieja esa redacción inconclusa. Una de las puntas de la hoja en que se halla escrita me saludaba entre las páginas de un libro cubierto de polvo y telarañas. Mucho tiempo, muchas madrugadas, he reciclado, exactamente, la misma reflexión, se ha vuelto un círculo vicioso. Mas, no veo motivos de preocupación, cada quien ha recibido lo que se merece. Y todos mis esfuerzos han rendido el más codiciados de cuantos frutos la humanidad se mata por cosechar: ¡No pueden ser negados!. En “la casa”, bien sea porque la habite o, por el contrario, me halle inmerso en alguna situación de calle y ascetismo…, como sea que fuere, nadie podría definirme sin ayuda de los papeles, las narraciones, los libretos y credenciales sobre las que me encuentro bien parado.  La primera vez que hice contacto con una sustancia ilícita lo hice por 1 MALA IMPRESIÓN, había algunas caras conocidas en aquel sitio y me sentí excluido del conocimiento de un mundo que esas caras conocían, pensé que había algo de maldad en los amigos que, fue la impresión que me dieron, no conocía tan bien. Como si hubiese estado caminando entre sombras mucho tiempo y ahora veía quienes eran y era intimidante saberlo, visualizar sus caras oyendo lo que uno les decía en otros tiempos y espacios a propósito de otras cosas que no tenían absolutamente nada que ver con aquello que se habían reservado para mi... fue tan rápido aquel pensamiento que tardé catorce años en descifrarlo, saber lo que pensé: Qué bolas, pensé y le pregunté a quien tenía la sustancia si podría convidarme de ésta. La explosión de la nota fue inesperada, incluso pensé y le dije a alguien que aquello no me había hecho nada. Fue una explosión, la recuerdo bien, mi visión se amplió, pero no del modo metafórico por medio del cual se le vende la droga a quienes no la han probado, sentí un peso sobre los hombros y sobre mi cabeza algo así como un casco caliente, era el peso de mi cuerpo del que en ese momento tuve una percepción más detallada, sentía el balanceo de mis brazos al caminar, el peso de mi cuerpo sostenido por mis piernas, alineándose con el piso a cada paso que daba, sintiendo el efecto de la gravedad, a ésta misma…,  por eso tú lo ves que se queda pegado, caminando, va viendo y oyendo cosas que están ahí pero nadie les pone atención, sus movimientos, los tiempos de su respiración, anexo a ello los pensamientos que lleva como si fuera un tren y fuesen esos pensamientos quienes decidieran si va a ir más rápido o más lento, hasta que oye una voz lejana que lo llama y luego de oírla durante un rato voltea como lo haría un astronauta en la luna y es el pana que lo estaba llamando desde hace rato…”¡¡¡¡¡Pegaooooo!!!!!!, ¡¡¡¡¡¡Pegadíiiiiiiin!!!!!”. Quedarse pegado en una nota significa pensar en algo y escuchar el alto volumen en que dicho pensamiento suena, escucharlo con atención y quedarse pegado, me di cuenta que en cualquier cosa que quisiera pensar había una reflexión que mi cerebro declamaba mientras yo lo escuchaba, me quedé pegado en esa nota. La dosis con la que se cuenta no es la primera ni la última; si se tiene la dosis y la disposición de consumirla, esa es la siguiente dosis; no ir por la siguiente dosis significa no consumir la que ya se cuadró, eso es lo que parece contradictorio pero, pensándolo bien ¿qué garantías hay de que luego de esa dosis, alguien, ¡por fin!, se deje de esa vaina tal y como lo acaba de decir…tal y como se pasa años diciendo? No hay, lo que hay es una dosis que, seguramente se volverá la imperante necesidad de la siguiente, así funciona esto...,.




La razón por la que, quince años después, me doy a narrar estos hechos, viene a ser, precisamente, el no estar ni un poquito descontento con absolutamente nada de lo acontecido en el transcurso de los tales. Nada de lo ocurrido resulta prescindible, lo que no me doy a narrar son hechos con los que podría pretender nulificar mis pasadas acciones, nada de eso. Tan solo acotaré que es delgada, invisible, la línea que separa el sano juicio del estado animal en que se han cometido, se cometen y cometerán los grandes crímenes de la historia humana. No obstante esto (los criminales: homicidas, genocidas, violadores, timadores, calumniadores), no obstante los tales ejecutores de la mala idea que en milésimas de segundo, como habiendo cruzado una línea prácticamente invisible, decidieron llevar a cabo, existen los provocadores. Resultan, estos últimos, tan enajenados como aquel o aquellos a quienes consiguen traer a su negro fango de odio y crímenes, por éste mismo realizados. Hállanse, los provocadores, en un estado animal que, bien sea solos o en manada, les pone al acecho de una víctima; es la identidad en cuyo porte, justo antes de cruzar la delgada línea, es la legal identidad de su víctima la que desesperadamente anhelan comerse en la bestial tertulia donde se discutan los detalles del paso de su víctima, su presa, atraves de la delgada línea que, prácticamente sin darse cuenta, cruzó hacia el mundo de quien, sin importar las semejanzas en rasgos físicos y documentos de identidad, pasó a ser alguien más que perdió la cabeza, el sano juicio, y pagó. Sobre una mesa en torno a la cual, de inmediato, congregóse una reunión de bestiales antropófagos, dejó, muerta, la identidad en cuyo porte le sería imposible continuar. Pasó a ser quien, desde su nuevo y entonces desconocido mundo, contempla, aturdido, la memoria que semejante a una bala, perfora sus más claros razonamientos, destruye al recién encarcelado, al recién ingresado a una institución para enfermos mentales, destrúyele su constante recreación de la vida que vivió hasta el preciso momento del cambio, el paso por la invisible frontera.

Muchísimas veces, al no soportar el tormentoso recuerdo del justo momento en que cruzó la frontera…, el mismo que no sabe cómo ni por qué dejar de recrear, enloquece aún más, volviéndose un entretenido espectáculo para quienes, igualmente, fueron advenedizos, pudiendo habérselo tomado con mayor serenidad o inclusive peor que el nuevo ingreso…, de cualquier manera llevan allí algo más de tiempo y experimentan el alivio de presenciar las fatales consecuencias de un comportamiento inadecuado a las normas de la institución, las mismas a las que, instintivamente, se han acostumbrado para no figurar…, para presenciar, desde las sombras (en público, mas, sin que a nadie le importe un comino su presencia), el nefasto resultado de un error ajeno. Acechan igualmente a recién llegados como a egresados. Ver salir a alguien implica, para los referidos, las sensación de haber sido mordidos en el estómago que sienten vacío en tanto son abrumados por la conciencia de seguir ahí, de no saber cuándo saldrán y, justo entonces, no tener ánimos de camaradería o tertulias referentes al advenedizo que se volvió loco. Solo una cosa puede reanimarlos: la mala fé en el retorno de quien va saliendo. Ésta última los divide en dos grupos: están aquellos que a mandíbula batiente dicen: “Ese vuelve…seh, ya tú vas a ver” y están, por ahí, quienes, disimuladamente, anhelan ver consumada la profecía de quienes no se callaron su dolor, su envidia. A criterio de los lectores dejo la clasificación entre el mejor y el peor envidioso. Quienes a la semana, el mes de haber salido, regresan, no requieren de otra cosa que su deteriorado aspecto físico para ser el alivio que alguien, alguien…, y alguien más necesitaban: “Ahora a empezar de cero” dicen “me falta menos a mí”.

Para concluir mi acotación, fundamentales resultan las dos tribus de envidiosos en conocimiento de los cuales ha sido puesto quien a todo lo anterior, a su lectura, se haya evocado. Definitivamente, los hospitales, comparados con la prisión venezolana y el cementerio al que conduce una mala muerte…, definitivamente son los hospitales el mejor destino al que pudiese arribar quien cruza la invisible frontera, quien, luego de ser asediado, resultáse despedazado por las hienas (los envidiosos) que, fuera de las instituciones, lucen normales, inofensivas, si se quiere, son gente; trabajan, estudian, asisten a iglesias, grupos de alcohólicos, narcóticos…  anónimos y perteneciendo a una tribu de hienas pasivas, festejan la labor realizada por la tribu agresiva.

Innumerables resultan las malas experiencias que al paso de estos años he venido archivando en mi memoria. Historias referentes a la territorialidad de quienes no desean ver advenedizos en el pueblo del que se volvieron estampas pegadas en las paredes, pegados locales que, años atrás, sintieron el alivio de saber que alguien había sido encerrado, que se había perdido en un mundo del que se suponía, no debía regresar; su alivio consistía, todavía hoy consiste en toda la atención que se dirige hacia la identidad que perfectamente tapaba un alcoholismo, una drogadicción, una mala maña que al mala mañoso no le sería señalada cuando estuviese platicando acerca del encerrado. Cual si de un manicomio pueblo se tratase, mas, no se festeja la llegada sino la expulsión de quien al llegar y quedarse proyecta un cambio, el mismo que derriba el velo con el que se cubrían quienes en nada evolucionaron, ello, verse…, ello los encoleriza y empieza la pugna, el murmullo, los gritos, las amenazas, la burla, los sonidos de hienas. Tan solo esto acotaré a propósito de muchas maldades cuyos autores son también sus apasionados narradores.     


Tal aclaratoria es mi preámbulo al diálogo que, meses, después, sostuve con Grushenka. Haré cuanto me sea posible por brindar al lector lo que más similar a una fidedigna transcripción, lo que más parecido a ésta resulte ser.
-          ¡Chamo, si te he pensado! –
-          ¿En serio? –
-          ¡Si!, tú no te imaginas las cosas que te voy a contar –
-          Ah bueno, cuéntame –
-          Bueno… chamo, primero que nada… tengo que decírtelo… yo esto no lo hablo con nadie que no me parezca… ¿serio?, ajá…, serio… a mí me parece que tú eres un hombre serio…que te puedo contar una vaina así de arrecha y al hacerlo… no sé lo que esté haciendo, pero no puede ser nada malo…¡¿Entiendes?!, osea…que yo pienso que al decírtelo, no sé por qué, pero estoy haciendo algo bueno… -
-          Mmmm, ok –
-          ¡Ja!, te sonrojas – declaró Grushenka – ta bien, te estoy halagando, pero escucha… ¿te acuerdas en la plaza… cuando te dije que soy abogada, que me saliste con tu lírica pretenciosa de que yo como abogada tenía, ¡obligatoriamente!, que haber leído Los hermanos Karamazov, por aquello de “el error judicial”…¡¿Te acuerdas?!...claro que te acuerdas…y también te acuerdas…, coño, tú hablas muy rápido chamo, porque fueron minutos los que se tardó en aparecer aquel hombre horrible…si, el bailarín de ballet, que daba media vuelta con mucha gracia y estilo…también…te tienes que acordar…hablaste de un tal Sabato, que dice que la literatura rusa tiene ese poder hipnótico en muchas mentes latinoamericanas… -
-          Si, él se refería a los movimientos anarquistas…-
-          Ajá… pero ¿si yo te contara acerca de alguien que resultó influenciado por una obra específica de Dostoyevski y por esa misma influencia se definieron una serie de causas y azares en su vida? –
-          ¿Cuál obra? – pregunté, como embriagado de curiosidad.
-          Humillados y ofendidos … escucha con atención…alguien en éste país latinoamericano se leyó esa novela y le tuvo envidia al protagonista… -
-          A Vania –
-          Si Vania es el protagonista, si, le tuvo envidia a Vania… porque Vania se llevó pa su casa una niña que estaba en situación de calle…-
-          Elena-
-          Ok, yo no sé los nombres. Te cuento todo esto porque me parece insólito… la persona de la que te hablo… ya va… ¿te acuerdas de…?, la niña que me llevé pa la casa…, bueno, escucha esto. Los trámites que yo hice en el consejo de protección…, fueron para llevarla a una casa hogar, pero ella, en cuestión de días, se escapó y andaba en la misma, hasta que se consiguió con el personaje…, un tipo que la llevó a unas reuniones, a un culto, no estoy muy segura. Lo cierto es que la lleva pallá…, la locura de lo que te voy a contar consiste en que él se la lleva para su casa porque había sentido envidia del protagonista de Humillados y ofendidos; “Yo nunca he ayudado a nadie como éste hombre ayudó a esa niña”, se había dicho a lo largo de su lectura de la dichosa novela…y al darle albergue a ésta muchachita lo hizo como interpretando al personaje que tanto admiraba, o al que tanta envidia le tenía…es lo mismo ¿verdad?, bueno…., el cuento acaba en que la muchacha se le ofrece a un coño e madre de los que van para ese culto, esa reunión…no sé qué es propiamente…, ella, loca, se le ofrece, pero antes de irse con el tipo tenía que decirle una mentira a éste otro muchacho porque tenía el bolso en su casa… le dijo que el otro y que tenía una habitación en la que ella podía quedarse esa noche porque y que iban a cuadrar algo referente a una bolsa clap…, el otro, inmediatamente, pilla la mentira y se puso como la grana, le dijo que fuera inmediatamente a buscar su bolso y que por allá no se le ocurriera volver… la muchacha, finalmente, se va con el otro, que lo que quería era… ajá, tú sabes…si, al día siguiente, chao…, . Bueno, éste muchacho se entera de eso una semana después…porque seguía la presencia fantasmal de Vania en su cabeza…si mi amor, una semana después la volvió a llevar pa que durmiera allá y la pilla, otra vez, en la mentira, cuando ella le empieza a hablar del otro tipo. Porque él había decido no hablar de eso, dejarla quieta, no decirle nada…nada, que la carajita le empieza a nombrar al tipo a decirle que eso es un caballero, que se había quedado en una habitación ella sola y él en otro lado…, osea, lo que te quiero decir es que eso que le estaba diciendo a Vania, ella se puso de acuerdo con el tipo para decirlo…, pero Vania no se creyó nada de lo que ella le estaba diciendo y se indignó todavía más porque aparte de aquello que él había querido dejar colar asumiendo que no era asunto de él, lo cual es mentira que no le va a molestar, ¿sabes?, yo soy mujer pero nada me cuesta pensarlo igualito como si fuera un hombre, osea: “Te estoy brindando mi casa, te estoy dando de comer, donde dormir…¿y me vas a mentir para irte con un tipo mientras yo te cuido tu bolso?” …, de bolas que tiene que haberse molestado…entonces, de paso, la vuelve a llevar y ella lo primerito que hace es empezar a decirle una mentira que, evidentemente, estaba hablada con el otro tipo. Se vuelve a arrechar el Latin-Vania y se lo dice pues, que si qué bolas, que aquello era demasiado evidente, que ella era una falta de respeto…, eso fue en la noche, él no la iba a correr de noche…pero por la mañana retomó el tema…entonces por lo que sabe de la niña le pregunta “¿Y le salió gratis o le cobraste?”…”Me dio tanto” le dice ella…, y la vaina se pone cada vez más espeluznante ¿sabes?. El muchacho entró en una cólera ciega. Lo primero que hace es decirle a ella que se largue, ya pues, definitivamente, ¡fuera!..., y lo que le detona el odio profundo hacia el otro tipo es la cantidad de dinero tan absurda que ella misma le dijo que le había dado…claro mi amor, ¿no estás oyendo que el sigue poseído por ese fantasma ruso?. Lo único que él puede ver ahí es un abuso pues… la carajita es lenta, se las dará de mala pero es lenta y a no ser que el tipo le gustara en verdad y esa cantidad tan absurda de dinero, al día siguiente, fuese algo así como…, no sé…, si, en verdad no se puede ver sino como un abuso pues…entonces éste muchacho, ajeno al prejuicio que inmediatamente se detona hacia la carajita, que si fue ella la que se le ofreció al otro, que tal y qué se yo…, ajeno a toda esa vaina, él va pensando es en “el abuso”, y al llegar allá se lo dice a otra muchacha que también asiste a ese culto… la muchacha se ha reído…pero es-pon-tá-nea-men-te mi amor, se agarró su abdomen y se dobló de risa, “Muy propio de fulano” le dice a éste muchacho…, claro, ella al ver que la cagó…claro, no solo queda en evidencia que la vaina le parece divertida, si, tipo proxeneta femenina, amiga íntima del tipo…no chico, del otro, del abusador jajaja…, bueno, ella pilla que la cagó…ya, es un hecho, la cagué…, entonces cuando el muchacho, al día siguiente, le dice: “Chama, tú deberías sincerarte con esa carajita y decirle que no puedes ayudarla… porque una vaina tan monstruosa como la que te conté…a ti te dio fue risa”…, bueno mi amor, con esto te termino el cuento…la cagada…, la muchacha, que ya habría practicado mil veces aquella respuesta, se la tiró en la cara en altos decibeles: “¡Yo me reí fue de ti…porque eso lo inventaste tú…, ellos me dijeron que eso es mentira y yo les creo a ellos, a ti no te creo…   porque tú lo que estás es celoso –
-          Mierda – dije al fin
-          Humjú… el tipo quedó ciego de la ira y le metió un coñazo por la cara…, listo, preso e’ bolas,  y ¿tú sabes quién me contó absolutamente todo lo que te acabo de contar? Incluyendo lo de Dostoyevski, porque el mismo Vania latino se lo dijo… la carajita…cagada de la risa contándome esa vaina, si, lo jodimos y tal jajaja…,. Osea, yo no te voy a decir que no le tengo cariño a la carajita, y ella me cuenta la vaina es por la confianza y el cariño que ella también me tiene…y finalmente, lo que le pasó a ese muchacho fue una decisión muy suya, en todo sentido…el capricho de interpretar a Vania y la falta de vida propia que te conduce a un sitio donde dejas tu vida, tu libertad plena la dejas pegada en la cara de una tipa rata, mal intencionada pues…osea, por todos lados me parece que el trastornado es él. Pero me interesaba decírtelo porque es algo que, me parece a mí, confirma esas teorías de las que nos hablaste aquella vez, de esa influencia prácticamente hipnótica, psíquica, de los rusos en el modo que los latinoamericanos tenemos de ver nuestra realidad…osea, la novela puede ser bella, conmovedora…pero no te puedes llevar una loquita pa tu casa sin saber qué carrizo es lo que vas a hacer para ayudarla…¿simplemente tenerla ahí, comiendo y conectada al face book?... no es la misma realidad social. Yo estoy convencida de que ese muchacho, ahorita mismo, ¡preso!, tiene que estar plenamente seguro de que se trataba de una realidad…que hubiera espantado a Dostoyevski… -
-          No vale – prorrumpí en una carcajada que no duró mucho, mas, no dejó de oírse y resultar contagiosa para Grushenka – Que le hubiese parecido fascinante te creo, pero que le hubiese asustado…nah – hice una pausa para reflexionar sobre algunas cosas – No joda – concluí…, eso fue una historia…-
-          ¿De Dostoyevski? –
-          Coño… no… eso es una historia…sacada del infierno –
 Dios me perdone, nos doblamos al empezar a reírnos convulsivamente.



        

El occiso

“Y no temáis a los que matan el cuerpo más el alma no pueden matar. Temed más bien al que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno”
Mateo 10:28

“Soy la fotografía de un desaparecido”
Calle 13

Ya es un occiso, yace inmóvil entre la maleza, sin oir los automóviles que transitan en la frontera que al borde de la loma es lo que la carretera representa, una frontera entre la continuidad de la montaña que al otro lado reanuda el acenso. Sin oir los automóviles ni los sonidos del resto del día ni el transcurso de la noche en que podría oírse desde ahí un machito que se estaciona sin que las luces roja y azul dejen de parpadear.

-          Apaga esa vaina vale –

El cuerpo, (en uno de los barrancos de un mundo en que la intelectualidad, seguramente, pudiese usarle como relleno de contextos fatalistas; una vulgar imitación, quizás, de Kafka, la expresión perpleja de Joseph K al despertar custodiado por funcionarios abusivos que, comiéndose su desayuno (el de Joseph K), le informaron del proceso judicial por el que, “sin haber hecho nada malo”, ya estaba pasando. Siendo la contemplación de esa misma posibilidad (calumnia, incriminación), su manía persecutoria, el motivo por el que Ivan Dmítrich Grómov perdiera la razón en aquel cuento de Chejov, y sin que nadie llegase a incriminarlo, más, por su desesperada convicción de que así sería, que lo incriminarían, que el arresto venía en camino, fuese a parar en el pabellón número 6, el área del hospital en que se mantenía encerrados a los locos. Cabe también destacar "el error judicial" del que es víctima Dimitri Karamazov, quien era inocente del homicidio de su padre, más, había dado todas las señas de que si llegaba a ocurrir, solo él hubiese podido hacerlo; quien camina de noche da una brillante señal de que no hay que detenerse a averiguar qué le ocurre, mucho menos cuando ya ha caminado de noche por sus "malas costumbres")..., ese cuerpo escuálido, alguna vez repleto de carencias tales como el antojo de un cigarrillo, luego otro y otro más, también café, negro, con mucha azúcar, un radiecito y unos cds de La polla Record, el álbum Revolución de 1985. Ese cuerpo rueda como un tronco, sus muertas, flácidas extremidades, con rápidos movimientos van a dar siempre, dando manotazos a la inclinada tierra con el revés y la palma de las manos, con cada vuelta se levanta y precipita otro violento movimiento de los brazos que seguramente se verán, igual que las piernas, como los brazos y piernas de un muerto, en posiciones que a nadie, con vida, le resultarían cómodas o posibles. Fué doblando y rompiendo el gamelote hasta llegar a algún rellano en que, lejos de la carretera, encontró su centro, el lugar en que (tal vez), fuese a ser hallado “el occiso”.
Como una cierra, un agudo y chirriante sonido, así suena el machito. Más el susto no termina por oírla frenar, oir esto es ver abrirse las portezuelas y ante las figuras que de ahí se bajan, sentirse indefenso por el susto que al verles, oírles venir ya se gestaba y se vuelve un hecho, inmoviliza y quien se mueve lo hace por instinto, supervivencia. Históricamente figuran quienes huyen e históricamente hay quienes son capturados en la huida, ya por haber sido alcanzados o por la "ley de fuga" que les fué aplicada, o porque no se movieron al ver venir al machito, tratando instintivamente de no representar ninguna amenaza para los oficiales que históricamente tiran a matar y luego argumentan (sea cierto o no) que el occiso representaba un peligro para sus vidas, las cuales tienen el deber de exponer para "proteger y servir", por ello, si un oficial de policía cae con el uniforme puesto se dice que murió “en cumplimiento del deber”. En "cumplimiento del deber" se bajaron del machito los oficiales a quienes “el próximo occiso” mostró ambas manos sobre su cabeza en señal de que no estaba armado y de estarlo no pretendía usar el arma en porte de la cual, por la hora y el lugar, su aspecto (color e indumentaria) y antecedentes, le hubiesen podido presumir. Ante las negras figuras que bajaron del Jeep, se mostró, manos arriba y con los ojos bien abiertos vió cómo se abalanzaban sobre él.

-          Pero ¿qué pasó hermano? ¿Qué pasó? ¡¿Qué pasoooo?!-

Ahí quedó su última exclamación en la vía.

- ¿Qué pasó? que caiste en la última pregunta-


De ser, indudablemente inocente, ningún defensor público, serio, le dice a quien esté representando que se declare culpable del cargo, la inocencia es la primera herramienta de quien sabe que ya ganó y si no lo ha hecho sabe que se halla próximo. La gente conversa en la calle y de vez en cuando se oye a alguien narrar la historia de una evidencia que le fue plantada y por haber hecho lo que el defensor le dijo que hiciera, decir que era suya, tuvo que pagar por su evidencia. Muchas personas, sabiendo esto, no por haber oído la misma historia, por conocer la suya o la de alguien, alguien…y alguien más, no asumen la evidencia como válida, donde tienen que hacerlo, dicen: “Eso no es mío, a mí me sembraron”. De vez en cuando dá resultado, otras veces alguien cuenta que se empeñó en gritar su inocencia e igualmente pagó. La evidencia que los oficiales pretendían sembrarle al próximamente occiso era un líquido blancuzco contenido en una jeringa, no era veneno para matarlo, sin embargo ésto fue lo que pasó: Esposado por la espalda “el occiso” trató de defenderse usando las piernas, las cuales le fueron sujetadas por dos de los oficiales mientras uno apoyaba su rodilla sobre la nuca, lo habían volteado, dos le sostenían las piernas y el de arriba, con la rodilla sobre la nuca del detenido cuyo cuerpo se estremecía en violentas convulsiones de ira, sostenía también sus muñecas mientras pretendía encontrar la vía y aplicar la inyección. Al sentir el pinchazo el cuerpo del detenido se sacudió violentamente.

-          ¡No, noooooooo, malditos! –

Habiendo retirado la jeringa se vieron en la necesidad de defenderse, no porque el detenido hubiese adquirido más fuerza de la que tenía, más bien por la necesidad enfermiza que tenían de verle la cara, “la nota”, por haberlo volteado. Con los ojos bien abiertos el detenido volvió a usar las piernas para agredirlos a lo que éstos respondieron sometiéndolo y ésta vez, golpeándolo de forma inclemente. Cualquier cosa es imaginable al ver un vehículo automotriz tambaleándose, era esto lo que ocurría en esa patrulla, por eso mismo se habían trasladado a donde nadie pudiese ver nada.

-          Pa que sigas diciendo que no consumes, pajúo -

En tres filas de a uno se alineó el desconcierto. El detenido, que había dejado de luchar, seguía viéndolos con aquellos ojos desorbitados y anexo a ello la cara parecía estar empantanada, un sudor espeso que le hacía parpadear con fuerza sin que por ello los pudiese mantener cerrados, la respiración era jadeante, cada vez con mayor fuerza y los ojos bien abiertos tomaba un nuevo respiro cuyo sonido era de asmático, "Perdóname señor...perdona...perdona mis pecados" dijo con dificultad hasta que se detuvo, sin cerrar los ojos que ya no veían a los tres desconcertados, era un objeto inanimado, sin el alma que ya le había entregado a Dios.

-          Le dio un infarto…Coño te dije que si no sabías administrá esa mierda no lo hicieras vale, rolo e peo ahora, coñuesumadre –

-          Bueno pero ¿qué carajo?, pa la próxima nos venimos con un enfermero jejeje…, ¿Dónde tiramos al mojón éste?-
























Chicho, una historia con final feliz

Muchos años después, no le parecería que aquel hombre fuese un vendedor profesional de pericos “cara sucia”. Lo recordaría como alguien que de algún modo, rápidamente, los obtuvo y con la misma rapidez quiso venderlos, no precisamente como un ladrón queriendo vender lo robado, sencillamente como alguien ansioso de “algo”, buscando el modo de conseguirlo. Entró corriendo a la casa e igualmente salió sosteniendo la suma de dinero que el buen hombre le había propuesto a cambio de los dos pericos pichones que le había mostrado en la caja, los que no dejaban de abrir el pico emitiendo chillidos hambrientos.

Uno de los dos murió debajo de su pierna mientras dormía. El otro era “Chicho”, con el que no volvió a quedarse dormido, lo colocaba en su caja, con unos trapos y dormía tranquilo. Resulta inolvidable, por accidental que haya sido, haber ocasionado una muerte, se repite muchas veces la palabra “No”, cayendo en la desesperación por un milagro que no va a pasar: “No, no, no, nooooo, no, Dios mío, no, coño qué cagada, no…”.

Chicho, como lo hubiese hecho su compañero, siguió chillando en demanda de la comida que se le daba en el pico, generalmente, pan mojado en agua. El perico, por instinto, alzaba la cabeza y abría el pico por donde salían los chillidos, estos le eran detenidos por el pan casi desecho, más, no del todo, la masa húmeda que se le debía empujar hasta la garganta, manteniendo el dedo en la pequeña cavidad para impedir que devolviese la comida, el pan mojado únicamente bloqueaba el paso de un sonido más fuerte, pero el chillido seguía pujando hacia el exterior como una tenue imitación del sonido que emite un morrocoy macho al aparearse, un leve ronquido, hasta que “el buche”, una bolsita de piel y cañones salientes debajo de su pico, se veía llena. Entonces aquella imitación de un morrocoy… dejaba de parecer, también eso parecía, un bloqueo a la tráquea, pasando a ser un hipo eructado satisfactoriamente.

Los cañones fueron creciendo, Chicho se iba tornando a un verde obscuro y cierta tonalidad negruzca en torno a su pico, el cual siguió abriendo para chillar, más, ya no para solicitar que la comida le fuese suministrada como cuando era un pichón, sabía comer y beber agua en la jaula de la que, haciendo un escándalo, demandaba salir. Quería volar, no al hombro, a la cabeza del niño que a pesar de haber matado a su hermano, lo alimentó desde pequeño y había logrado amaestrarlo. Se le podía llamar: “¡Chicho!” y volaba a la cabellera de quien dijese su nombre.


Un día cualquiera, soleado, de esos que demandan contemplación, con su perico amaestrado se asomó a la ventana, y éste (Chicho), sin haber dado muestra alguna de inconformidad con la buena vida que llevaba, en contra de ésta, dio un fuerte aleteo que le suspendió en el aire. Y, como si desde el momento en que nació hubiese tomado aquel impulso, salió disparado como un proyectil. En un pestañeo se perdió de vista en el infinito espacio de las ideas que vuelan hacia donde puedan ser sintonizadas. Al verlo desaparecer, al no verlo, sintonizó la idea ficticia de que volvería, vió por encima del hombro, temiendo que el desconcierto, seguido de aquella tristeza fuesen vistos por alguien en la casa. Fueron la vida y la libertad, elevándose por encima de un triste capricho infantil, definitivamente un final feliz.



















El imaginario colectivo

           Decíase a sí mismo un paranoico, que aquel mismísimo día pudiésele ocurrir una desgracia tal que llegase a parecer sacada de algún registro del imaginario colectivo o de una mente trastornada…, era la tal una desgracia que nunca jamás habíase imaginado hasta aquel día en que se proyectó con un librito de sudoku, resolviendo uno de sus crucigramas numéricos delante del palacio de…. Inmediatamente, cual si dos burbujas que los invisibilizaban hubiesen explotado, aparecieron dos funcionarios de la entonces… , “¡Eje!” gritó uno, y ante la sospecha, la paranoia de hallarse ante un conspirativo cálculo numérico, habiéndole esposado, lo trasladaron a una gigantesca edificación acondicionada en su interior para el tránsito vehicular que la recorría por una circular cuesta o picada, según fuese el caso  . Sucedió entonces un prolongado interrogatorio; hubieron de hacerle tantas preguntas, durante tanto tiempo que las fuerzas del paranoico (sin que le hubiesen tocado un cabello, absortos como estaban en la contemplación de aquellos números y las posibilidades impresas en éstos, únicamente, durante horas, dijéronle: No, no, no, no, …¡¿Qué es esto?!), sus fuerzas acabaron por abandonarle, teniendo los funcionarios que abordar el vehículo en que lo habían trasladado, en el que habían transitado, con el sospechoso, la ruta circular que nuevamente, en descenso, hubieron de transitar hasta la salida de aquel monstruo de concreto armado, de ahí hasta la arepera más cercana y en porte de las arepas que al sospechoso (los paranoicos eran ellos) le devolviesen las fuerzas, nuevamente al ascenso del caracol.   Díjose el paranoico, díjose a si mismo que, para tal proyección, no había otro calificativo que el de un desvarío y decidió abandonar las instalaciones del manicomio con el permiso que tenía de salir solo, a buscar trabajo, puesto que su familia era del interior y habían autorizado que saliese a diario con tal fin.
          En horas de la tarde, aquel mismo día, el personal administrativo de la institución psiquiátrica en que más de un paranoico residía sin imaginarse lo que a uno de sus compañeros le había ocurrido, el personal cuya labor es recibir llamadas, recibió la de un organismo, una fuerza policial a cuyo personal administrativo se le asignó la tarea de comunicarse con la institución psiquiátrica en la que un sospechoso de conspiración… afirmaba estar viviendo, por sus trastornos mentales.

-          No, nadie me golpeó- dijo -…pero esos números les daban miedo ¿oiste?, no hacían sino verlos y preguntar qué era eso- quedó pensativo un minuto - …se ven vainas…Bueh, gloria a Dios-

          Las luces artificiales de aquella tierra erizada de altas torres babilónicas, una vez más, dijeron: Guenaj noches ¡Jummmm!
































Desde la primera escena

Hasta los 30 le duró la plusvalía. Milagrosamente, supo lo que quería y dejó de pertenecer al numerosísimo grupo de quienes cumplen 30, 40, 50… sin saberlo. Este numerosísimo grupo comparte un único criterio acerca de lo que se quiere: dinero. Al cambiar de grupo, no necesariamente se empieza a manejar el capital del que se vive, pero se sabe para qué designarlo en cuanto aparezca, se piensa en cómo hacerle aparecer y se sabe qué hacer cuando así sea. Pensó en ganar dinero escribiendo, logró que le publicaran algo y con eso que publicó fue y dijo en un diario que quería escribir ahí. Sabía lo que con el dinero que fuese reuniendo por su columna quería comprar: la infraestructura irremediablemente debía ser alquilada y al igual que en una viviendo propia debía tener instalados un par de servicios: agua y luz, eso que dicen los muchachos, eso que dicen ver al abrir la nevera de su casa sin saber cómo se obtuvo esa casa y la nevera que por el servicio eléctrico alumbra y refrigera por lo menos una jarra con agua, cuando más y mejor: los alimentos que luego de hallar casa y nevera se compran para refrigerar y posteriormente cocinar en una cocina eléctrica o de gas, haciendo uso de hoyas, sartén, budare, cucharones, cuchillos, tabla para picar etc, luego harían falta platos, llanos y hondos, vasos, tazas para el café, una cafetera, cubiertos: tenedores, cucharillas. Luego haría su aparición el servicio de agua para lavar todo lo anteriormente referido en el fregadero, producto de la instalación de tuberías que comprendiesen también un lava manos, una ducha, una poceta (tratándose de un solo cuarto de baño para toda la infraestructura) y una conexión para la lavadora, la secadora, que por muchos es considerada un lujo, no la tenía en contemplación, no tanto como una lavadora automática que escurriese bien la ropa para que secarla al sol o dentro de la infraestructura no representase el problema del que mucha gente que escurre a mano su ropa sabe algo. Ya habiendo pensado en el alquiler que debiese pagar por una vivienda en la que tuviese todo lo anteriormente referido, se había planteado también la indiscutible necesidad de una mesa, sillas, un sofá, aunque fuese a desempeñar el papel de cama. Sabía lo que quería y al igual que quien en lugar de todo o algunas de las cosas anteriormente referidas prefiere comprarse un automóvil, con las primeras ganancias de su columna, nuestro servidor compró un televisor
Muchas veces, no todas, muchas veces el anti Cristo no es el escritor y director de la película que muchísima gente ha visto y entre toda esa gente, son muchas las personas que dicen haber quedado influenciadas; hay quienes dicen, únicamente hablan, y hay quienes dicen y hacen, escriben, hacen su propia película, y hay quienes únicamente escriben su análisis de esa película bajo cuya influencia dicen haber quedado, muchas veces sin poner, nunca, manos a la obra que nunca llegan a presentar puesto que su ocupación se vuelve un solo análisis, algunas veces favorable y muchas, innumerables veces, corrosivo, no para la obra que siempre será la misma, muchas veces para el egocentrismo de los muchos creadores que en algún momento vuelven a sentir, resienten el desagrado por una crítica y por ello tantas de esas personas creativas optan por ignorar o creativamente atacar a los críticos. Para quien oye a alguien decir que la creación de guiones y películas no es su fuerte, que debería dedicarse a otra cosa, resulta contradictorio decir que ignora a los críticos o que estos le influencian, ambos géneros se aplican tanto en quienes descargan a plenitud su proceso creativo como en quienes, influenciados por algún mojón, se detienen. Muchas veces el anti Cristo no es el creador sino quien se da a la tarea de emitir su criterio acerca de la creación, a su criterio lo dejo, en el nombre poderoso de Jesús.

Análisis de Pulp Fiction, escrita y dirigida por Quentin Tarantino, Oscar de la academia al mejor guión original (1.994)

Cada guión, sea cual sea el orden y carácter de las situaciones que presenta, lleva una línea de tiempo, esto, por quien así lo desee, puede ser entendido como un planteamiento matriz, lo que se cree o se tiene la seguridad de que es el mensaje de la obra, terreno peligroso para aventurar opiniones. Un servidor opina que la línea de tiempo, el planteamiento matriz, el mensaje de la obra Pulp Fiction del creador Quentin Tarantino es una contradicción de la historia con su título que traducido al castellano, lejos de ser Tiempos violentos sería algo así como : Lo máximo… La pulpa de la ficción…Ficción es pasta. A primera vista el título presenta una película repleta de situaciones realmente imposibles, pero es a primera vista que dicho título sale al ruedo.

LA PRIMERA ESCENA

A primera vista la película parece haber empezado, nadie recuerda haber visto título ni créditos por ninguna parte y no es imposible que, alguna vez, alguien haya estado pasando canales en su televisor y no habiéndola visto en el cine, creyendo que ya habría empezado hace algunos momentos, se haya quedado viendo a una pareja en un restaurante, y escuchando su conversación. Se trata de una pareja heterosexual, un hombre y una mujer que beben café y fuman cigarrillos mientras debaten acerca de la improductividad de su trabajo actual, son asaltantes de licorerías y el hombre le argumenta a su pareja que en algunas licorerías hay gente armada y perfectamente dispuesta a matar asaltantes. Su argumento, es la opinión de un servidor, resulta razonable, así se da a respetar una opinión, escuchando la de alguien más que puede no ser la misma y de ser así, de haber una discrepancia, buscando el punto de convergencia para un interés compartido. El hombre argumenta estar interesado en la seguridad y defensa de ambos, incluso en la seguridad y defensa de un propietario armado a quien no quiere ser él quien le quite la vida para evitar que dicho propietario o encargado les quite a ellos la suya. Da gusto escuchar a un hombre tan consciente, tan evidentemente dispuesto a enderezar su camino, da tanto gusto que resulta molesta la opinión que sigue manifestando “la novia”: “No sabemos hacer otra cosa… ¿qué haremos?, ¿trabajar?. Lo mismo que un pestañeo dura la expresión del novio al oir esa pregunta, la expresión es de estrés, como si quisiera saber si va en serio lo que ella acaba de preguntar, como preguntándole: ¿en serio? ¿Quieres trabajar legalmente para un sistema en el que nadie, absolutamente nadie que tenga dinero en el bolsillo lo ha conseguido sin la ayuda de alguien que por un sueldo de mierda, por un chiste en los bolsillos, desempeña el trabajo que nadie (con dinero en los bolsillos) ha desempeñado ni desempeñará nunca? ¿Quieres que te traten como a una persona adicta al crack que por cualquier cosa se llena las manos de mierda? ¿quieres que te traten como a una persona sana a la que, por no ser nadie, por no tener grados académicos ni DINERO EN EL BOLSILLO le dan el mismo trato de una persona adicta al crack?... no chica, ¿en serio? ¿tas loca? Te estoy diciendo pa’ que atraquemos este mismo punto, mira esto, un restaurantico, pura gente tranquila, fácil de intimidar, en fin…

EL PORTAFOLIOS

Apenas comienza el atraco la imagen se congela y desde el fondo de la pantalla hasta quedar completamente legible aparece el título de la película: Pulp Fiction, Pulpa de ficción, Ficción en pasta, dos personas resentidas y levantadas en armas contra el sistema que las oprimió hasta volverlas opresoras de otras personas también oprimidas por el sistema y sus opresores underground, producto de el mismo. Sistema que cinematográficamente los recicla, los vende como elementos del valioso paquete que resulta una buena película “ficticia” de gente armada.
El título, los créditos y la hilarante musicalización funden al interior de un automóvil en marcha tripulado por dos matones que luego de recuperar algo que le pertenece a su jefe, tienen instrucciones de asesinar a quienes equivocadamente se llevaron eso para la casa. Si por algo que te llevaste para la casa, vienen, por ti, unos matones, indiscutiblemente fue un error agarrarlo y llevártelo; para quien designó a sus matones la tarea de buscarlo y asesinarte, tiene que ser sumamente importante. En algún lugar de internet se han dejado ver algunas hipotéticas explicaciones para el brillo emanado por el portafolios (dos veces en toda la película) hipotéticas puesto que ni Tarantino ni la película dieron explicación alguna. El portafolios pertenece a un gánster llamado Marcellus Wallage, el jefe de Vincent y Jules, los sendos matones que mientras esperan a que sea la hora convenida para tocar la puerta del departamento en que se encuentran los futuros occisos, conversan acerca de una misión que a Vincent le ha sido asignada por el mismo Marcellus. Debe “sacar a pasear” a Mia Wallage, la esposa del jefe. Jules, en cuanto le oye decir esto, se desconcierta y como la expresión usada por Vincent es “hacerse cargo”,“Marcellus me pidió que me hiciera cargo de ella”, piensa y pregunta si se trata de asesinarla. Vincent, contrariado, responde que no, que se trata de sacarla a cenar, que la pase bien. Persiste el silencio desconcertado con que Jules mira a Vincent, quien ahora no está tan cómodo con la misión que le ha sido asignada; Jules le acaba de contar la historia de Antown, otro allegado de Marcellus al quien éste mandó a tirar desde un cuarto piso por hacerle a Mia un masaje en los pies, cosa que Jules encuentra censurable mientras a Vincent le parece que ninguna mujer se deja tocar los pies sin que ello tenga un significado más profundo que el de una terapia y eso es algo que Mia debió saber, al igual que Antown y obviamente Marcellus, “Marcellus lo sabía”, ésta reflexión debería ser aplicada, por Vincent, en todas las meditaciones de las que requiriese para saber que si la esposa del jefe, con la que se le ha ordenado salir, “hacerse cargo de ella”, tiende a insinuársele a los hombres, a pedir masajes de pies etc, etc, “Marcellus lo sabe” y pedirle a un hombre que salga con ella mientras está fuera de la ciudad no puede ser otra cosa que un juego enfermo entre un hombre y una mujer que saben que habrá muertos y a ninguno de los dos les importa, presumiblemente les agrada el juego, es lo que una persona sensata pensaría pero se trata de un matón a sueldo al que, junto a su compañero, le ha llegado la hora de tocar la puerta del departamento en que, exceptuando al infiltrado (Marvin) no quedará nadie con vida para contar lo que ocurrió después de que Vincent encontrara el portafolios, levantara la tapa y en su cara resplandeciese aquel brillo misterioso que le hiciese vacilar antes de decirle a Jules: “Estamos contentos”.

LA SEÑORA WALLAGE

Efectivamente, Mia Wallage resulta ser un “inquietante” personaje alcohólico y cocainómano que ha de aburrirse a morir en la lujosa casa en que se encuentra bebiendo e inhalando, sola delante de las pantallas en que se ven los espacios de la casa cubiertos por el circuito cerrado. Efectivamente, Vincent debe sacarla a comer y el expendio de alimentos y bebidas que ella elige, a Vincent le desagrada enormemente. Se trata de un restaurant cuya decoración, incluyendo el atuendo de meseros y meseras, recrea la década de los años cincuenta en Norteamérica, ahí conversan: Vincent tarda un poco en decidirse a preguntarle, incluso le dice que quería preguntarle algo pero prefiere no hacerlo, a lo que Mia responde que eso es inaceptable, es decir, lo que sea que fuese a decir, tendrá que decirlo y ella decidirá si se ofende o no lo hace, “por ahí vienen los tiros”, una mente sensata se pregunta cómo hubiese reaccionado la señora Wallage si Vincent, en lugar mencionarle a un hombre arrojado desde un cuarto piso por darle un masaje en los pies, le hubiese hecho alguna propuesta indecorosa. La película cumple muy bien su labor de dejar a Vincent y al sensato espectador en la misma incógnita puesto que la sugerencia de que Antown, por órdenes de Marcellus, fue arrojado desde un cuarto piso por darle un masaje en los pies parece resultarle muy ofensiva, su expresión se vuelve sombría y su respuesta es “Lo único que Antown me tocó fue la mano, cuando la estrechó el día de mi boda”, tanto el sensato espectador como, posiblemente, Vincent Vega se creen la rotunda negación que presenta Mia de estar involucrada en tan abominable hecho. La noche sigue su curso, Mia obliga a Vincent a participar en un concurso de baile del que salen victoriosos, llegan a la casa con un gran trofeo. Si después del momento de silencio en que Vincent y Mia se ven fijamente, abrazados y por algo que los dos saben, se separan, Mia para poner música y Vincent para ir al baño. Si por ese momento en que ambos supieron lo que querían, a alguno de los dos, a Mia, se le hubiese activado una mala determinación, si por dicha determinación de Mia, a la que, supongamos, Vincent se hubiese negado, si por ello Mia se hubiese sentido ofendida, si se hubiese molestado y a causa de su molestia le hubiese dicho a Marcellus Wallage que Vincent se le insinuó de alguna manera y ello, para Vincent, hubiese acarreado una mala muerte, nunca lo sabremos, Vincent fue al baño para aclarar sus ideas e indiscutiblemente había decidido irse sin más demora. El contratiempo se debe a que Mia llevaba puesto el sobretodo de Vincent, en cuyo bolsillo había una bolsa repleta de heroína, Mia la encuentra y creyendo que es cocaína se sirve una línea que le ocasiona una sobredosis. Cuando Vincent aparece para despedirse, la encuentra inconsciente, echando espuma por la boca. La casa a la que van a parar es la del distribuidor al que Vincent le hizo una visita justo antes de pasar buscando a la esposa de su jefe y así mismo se lo explica cuando éste le manifiesta su total indisposición de ayudarle: “Llévala a un hospital y consigue un abogado”, al oir esto Vincent le pregunta si conoce a Marcellus Wallage y al oírle decir que si, le dice que “la perra moribunda” es su esposa y si ella muere Marcellus querrá saber qué pasó ahí y Vincent, que seguramente morirá primero, le dirá a su jefe quien le vendió la heroína que mató a su mujer. De inmediato, Mia es trasladada, del jardín al interior de la casa donde la esposa del jíbaro empieza a gritar que la saquen de ahí mientras éste busca frenéticamente una jeringa cargada con la adrenalina que Vincent deberá clavarle justo en el corazón…,. Al volver a su casa en compañía de Vincent, la expresión de Mia se ve cubierta por la sombra, no de su habitual malicia, sino de una profunda vergüenza. Con “un apretón de manos” acuerdan no volver a hablar del asunto, Vincent se retira y volvemos al argumento inicial, Ficción en pasta, sobredosis de droga, inyecciones de adrenalina en el corazón, hechos muy inverosímiles para ser considerados reales desde cualquier punto de vista, pero, cual si se tratase de un mequetrefe, amigo de su esposo, con el que hizo algo de lo que se siente fuertemente avergonzada, la señora Wallage termina su noche pensando en la cara de personas extrañas viéndola regresar, gritando, de aquel trance mortal, diciéndole: “Si estás bien, di algo” y cual si no se tratase de una película referente a hechos tan ficticios que su nombre es Ficción en pasta, cual si se tratase de una película referente a cualquier mujer que vuelve de una rumba de la que no quiere que nadie sepa nunca nada, la señora Wallage termina su noche diciéndose a sí misma: QUÉ… BOLAS.

EL RELOJ DE ORO

Butch…, es un boxeador, no frustrado, pero tampoco de gran renombre a quien Marcellus Wallage soborna para que se deje vencer en la pelea que, habiéndole pagado a Butch, ya ha sido arreglada. El pago es efectuado en el mismo local a donde Vincent y Jules llevan el portafolio luego de recuperarlo en casa de los ya occisos, ahí mismo Vincent y Butch cruzan unas palabras, queda establecida una rencilla que se arreglará pronto puesto que Vincent es uno de los matones enviados a matar a Butch puesto que no solo no se dejó vencer en la pelea, de paso golpeó tan duro al boxeador que debía ganar, que terminó matándolo. Ya todo estaba previsto, no el haber matado a su contrincante pero si derrotarlo, apostó por sí mismo una gran suma de dinero que sumado al que le dio Marcellus hacen una exorbitante cifra. Un éxito rotundo de no ser por el error cometido por su novia Fabiane, a quien le dijo que al tomar todas las cosas del hotel en que se hospedaban podía olvidar lo que fuese menos el reloj de oro que le heredó a su padre. Hay un conflicto bélico ahí, el reloj pasó de generación en generación hasta llegar a él, y casi enloquece al darse cuenta de que es lo único que su novia dejó en el hotel. Se calma y sale a buscarlo. La misión resulta casi perfecta puesto que recupera el reloj y con el arma que consigue en la cocina, mata a Vincent, que la había dejado ahí para ir al baño, la heroína es una droga que mata por sus propios componentes, la traducción de esto es que hay drogas como el crack cuya referencia acerca de la muerte de sus usuarios va dirigida mayormente a las cosas que “inventan” para conseguirla, las ideas brillantes que les conducen a la tumba, pero la heroína es un líquido solvente cayendo en la tierra donde la planta que esté sembrada morirá en algún momento, así que no hace falta que sea un matón y deje su arma fuera del baño del que venga saliendo para “quedarse loco” delante de otro asesino al que días atrás le buscó pleito y que el asesino, en retribución por el pasado irrespeto y de paso por andarlo buscando para matarlo a sueldo, le dispare con su propio armamento. De cualquier manera, sin que sea éste su caso, sin plomo en el pecho, de ser jonkey, seguramente morirá sentado en alguna poceta y alguien no entrará a ver por qué se tarda tanto, alguien afuera del baño mirará hacia uno y otro lado, pensará en el problema que implica ser la última persona con la que un muerto por sobredosis fue vista, se irá y otra tristeza de la humanidad se quedará en silencio, esperando que alguien la encuentre sin poder reconocerla, pudiendo únicamente notificarla.
Butch va de regreso a su hotel de mala muerte, de donde piensa salir inmediatamente con su mujer, su reloj de oro y su opulento plan de retiro. Pero al igual que los milagros, las desgracias también son inesperadas y en el semáforo en que se detiene “por no comerse la luz”, justo ahí, justo entonces, va pasando el señor Marcellus Wallage con una caja de donas, un café y una cara de sorpresa idéntica a la de Butch. Mientras uno empuña el arma con la que piensa sacar todo el provecho posible a este milagro, el otro hunde el pié en el acelerador en un impulso involuntario por arremeter contra esa desgracia. Marcellus queda muy mal herido por el arrollamiento, igual que Butch por el choque pero al mismo tiempo despiertan y al mismo tiempo uno dispara y sale corriendo detrás del otro. La persecución se extiende hasta la tienda en que todo terminará, tanto para Butch, Marcellus, como para Zed y compañía. Zed no se encuentra en esos momentos, pero luego de que Butch tome por asalto a Marcellus entrando a la tienda y le dé una paliza que lo deje inconsciente, el encargado le apunta con una escopeta que posteriormente usa para golpearlo y los dos inconscientes despiertan atados cada uno a su silla y cada uno con una pelota roja dentro de la boca y sujeta por correas de cuero abrochadas en la parte posterior del cráneo. Tal como lo anuncia el encargado, Zed no tarda en llegar; se trata de un oficial de policía que en asociación con el encargado y su tienda, secuestran, violan y asesinan personas y el elegido para ser el primero es Marcellus, a Butch lo dejan bajo el cuidado de alguna suerte de pervertido pasivo al que acaban de sacar de un baúl donde al parecer, como si fuese un juguete (un muñeco…de cuero) lo tenían guardado. Lo dejan amarrado cuidando a Butch y la silla de Marcellus es inclinada hacia atrás para arrastrarlo sin que se levante de ahí, la puerta se cierra y Butch se queda a solas con el muñeco de cuero cuya misión es vigilarlo. Entre los fatídicos sonidos provenientes del interior de la habitación en la que se Zed y compañía se encerraron con Marcellus transcurren los breves instantes que a Butch le toma romper la cuerda con todo y silla y de un fuerte impacto dejar inconsciente al muñeco. Lo que sigue es un conflicto de valores; Marcellus quiere matarlo, pero Butch no se irá dejando que lo violen y lo maten, es su decisión, así de sencillo, y después de una severa selección entre todas las herramientas defensivas que hay en la tienda, se decide por un sable samuray con el que al abrir la puerta…
-          ¿Un niño?-
-          Si –
-          Ok… yo no le voy a preguntar qué le dijo el niño o qué hizo… usted me está diciendo que ese niño no estaba ahí ¿cierto?, que lo alucinó-
-          Si-
-          ¿Usted ha tenido éste tipo de alucinaciones antes?-
-          No –
-          ¿Por qué acudió a la psiquiatría?, ¿por qué no buscó una explicación religiosa?-
-          Porque según mi religión los muertos no caminan por la tierra, ni ven televisión en los sillones ni nada de eso…en todo caso sería un demonio buscando idolatría pero… no entiendo por qué me pregunta ésto-
-          ¿Usted sabe lo que yo debo preguntarle?-
-          Si, tiene que preguntarme si ya he tenido alucinaciones antes, eso ya lo hizo y luego tiene que recetarme un medicamento para que no vuelva a verlo-
-          Ok…-
-          …-
-          Bueno… científicamente hablando eso parece esquizofrenia pero disculpe que insista y a lo mejor así me explico mejor… ¿Usted nunca antes había tenido un episodio esquizofrénico? ¿Alguna vez fue medicado por algún trastorno mental?... lo que le trato de explicar es que no se descarta el diagnóstico psiquiátrico, eso es impensable, pero hay que saber qué grado de conciencia maneja usted acerca de su condición… ¿Usted es esquizofrénico? ¿Ha sido medicado por alucinar anteriormente?-
-          No-
-          ¿Nunca?-
-          …, pasé la primera parte de mi vida adulta encerrado en instituciones psiquiátricas, pero por drogas, nunca vi ni hablé con duendes o hadas…-
-          ¿Cómo lo trastornaron las drogas?-
-          Hablaba mucho…-
-          Psicosis tóxica… pero esa psicosis ocasiona pérdida del sano juicio…-
-          Umjú…, siempre estaba buscando a alguien a quien ponerme a hablarle y una vez que empezaba no podía parar…pero nunca aluciné…mire doctora, yo no tengo ningún problema en hablarle de todo aquel asunto porque es pasado, yo no consumo y desde que no lo hago tampoco he regresado a las instituciones, no me preocupa lo que usted pueda determinar, incluso le traje la propuesta antes de que usted misma la tuviera, eso es esquizofrenia, en el sillón de mi casa había un niño viendo una programación inadecuada para su edad, yo corrí para apagar el televisor antes de que viera eso y cuando volteo no está, eso fue una alucinación, las alucinaciones son manifestaciones de esquizofrenia y yo quiero que usted me prescriba un medicamento con el que no vuelva a ver a ese niño-
-          Correcto, ¿es la primera vez que lo ve?... ¿es la primera vez que alucina?-
-          Si, como le dije anteriormente yo nunca había alucinado…-
-          ¿Usted toma algún medicamento actualmente?-
-          No-
-          Me dice que no consume drogas… ¿y alcohol?-
-          Tampoco, eso es droga…lo que no quiero es que se esmere mucho en determinar si tengo o no tengo esquizofrenia, las alucinaciones son producto de la esquizofrenia, no lo sabía pero ahora sé que soy esquizofrénico…yo nada más quiero que me prescriba los medicamentos con los que…-
-          … con los que no vuelva a ver al niño-
-          Correcto-
-          Bueno tampoco es así de fácil, aunque usted no lo quiera yo necesito evaluarlo y mucho más si usted tiene un historial médico previo, saber qué medicamentos le daban en esas instituciones, por cuanto tiempo…-
-          Tegretol, aldol, Litio…-
-          El litio es para la esquizofrenia-
-          Yo sé, pero nunca me explicaron la razón por la que me daban ese medicamento…me imagino que sabían que en el futuro iba a ver a un niño viendo televisión en mi casa y que se me iba a desaparecer después que le apagara el televisor porque lo que estaba viendo no es apto para que lo vea un menor de edad-
…y ver en el fondo de la habitación a Zed violando a Marcellus.  Mientras el encargado de la tienda espera su turno, escopeta en mano, arremete contra éste haciéndole una gran incisión entre el pecho y la ingle. Zed trata de alcanzar su arma y Butch le dice que lo haga, que quiere verlo y mientras esto ocurre Marcellus se arrastra por el piso hasta donde está el cadáver con la escopeta que tiene en la mano al momento de decir: “Hazte a un lado Butch” y  dispararle directamente a la entrepierna. Son demasiados elementos fuera de serie los que figuran en esta historia y, a criterio de un servidor, es la que mejor esconde lo real dentro de su Pulpa de ficción; no ha de ser nada ficticia la conciencia de un oficial de policía cuyo pasatiempo es violar personas, no ha de ser ficticia su conciencia de que no sobrevivirá a la experiencia que le esté aguardando si delante de él está el hombre al que violó y éste tiene una escopeta en las manos, parece un cuadro de caricatura pero que lo piense el oficial o el civil que guste de realizar esas actividades. Por otra parte la sucesión del reloj seguirá teniendo relevancia en el futuro, cuando el hijo de Butch reciba el reloj sabrá que su bisabuelo y su abuelo se lo “empapillonearon” durante años para que no se los quitaran siendo prisioneros de guerra y de paso su padre pasó por ese trance de persecuciones y policías violadores por haber ido a buscar el reloj de oro.

LA SITUACIÓN DE BONIE

Seguimos en la honda de milagros y desgracias inesperadas. Para quien se halle sitiado en un departamento, oyendo desde el baño cómo sus amigos son balaceados por un loco que antes de la balacera les recitó Ezequiel 25:17, una versión alterada. Para quien se halle escondido en el baño de un departamento en el que acaba de haber una matanza, el tener un arma en sus manos puede ser un milagro, a menos que salga del baño descargando el arma en quienes llegaron matando a sus amigos y ninguna de las balas llegue a tocarlos, esto sería una desgracia inesperada, mientras para Vincent y Jules representa todo lo contrario, una inexplicable ventaja que analizarán luego de fulminar a plomo a su desconcertado atacante. Ni una de las balas que quedaron incrustadas en la pared llegó a rozarlos siquiera, Vincent y Marvin (el infiltrado) quieren irse de inmediato pero Jules marca su punto, nadie se irá de ahí hasta que asuman que fue un milagro. El no aceptar que hubo una intervención fuera del entendimiento humano, irónicamente, es de humanos, cuya soberbia les conduce a situaciones por las que terminan preguntándose si habrá una providencia que pueda resolver el tremendo lío que les ocasionó la negación del primer milagro. Vincent discute con Jules acerca del hecho, argumenta que si, es extraño, pero se han dado casos y al momento de voltear para preguntarle a Marvin qué opina de todo eso, su arma, la cual aún sostiene, se dispara y los sesos del infiltrado cubren el vidrio trasero del automóvil que va en marcha a plena luz del día, situación para la que el primer milagro que hará falta será llegar a un lugar seguro sin que ningún policía note la extravagante decoración.
El amigo de Jules, en cuyo garaje logran esconder el vehículo con los restos de Marvin es interpretado por el propio Tarantino y el personaje interpretado por su creador tiene un problema casi tan grave como el de los dos matones: si su esposa Bonie entrega la guardia en el hospital y al llegar a su casa encuentra a dos matones en cuyo vehículo, parqueado en su propiedad, yace el cuerpo sin alma de un hombre que evidentemente recibió un impacto de bala en el cráneo, si eso llega a ocurrir, ella le va a pedir el divorcio y él no quiere divorciarse, porque ama a su esposa y de corazón espera que Jules entienda y resuelva rápidamente “la situación de Bonie”. De inmediato Jules llama a Marcellus y éste le dice lo que quiere oir: “Tranquilo Jules, ya la caballería va en camino”. El señor Lobo es un experto en resolver situaciones como la de Bonie, llega en el tiempo que dijo que llegaría y de inmediato pone en marcha el plan de contingencia que deriva en un automóvil bien camuflado y dos matones recién bañados con una manguera y vestidos con chores, franelillas y sandalias. El cuerpo de Marvin, junto con el automóvil, desaparece en una chivera cuyo dueño es amigo del señor Lobo y a pesar de todos los problemas, Vincent y Jules deben asumir que han presenciado dos milagros en lo que va de día, “¿Quieres desayunar?”.
A Vincent sigue sin sorprenderle lo de las balas que no los alcanzaron ni la maestría con que el señor Lobo resolvió la situación de Bonie, ambas cosas le parecen sorprendentes pero sigue sin darles el crédito que se merecen, el que Jules, sin contemplaciones le otorga a ambas situaciones al punto de decidir, ahí mismo, donde está desayunando, entregarle su maletín a Marcellus y notificarle que ese mismo día abandona el mundo del crimen. Dicha determinación desencadena una nueva lucha de argumentos por parte de Vincent a quien la serena integridad de Jules termina por darle ganas de ir al baño justo antes de…


A primera vista la película parece haber empezado, nadie recuerda haber visto título ni créditos por ninguna parte y no es imposible que alguna vez alguien haya estado pasando canales en su televisor y no habiéndola visto en el cine, creyendo que ya habría empezado hace algunos momentos, se haya quedado viendo a una pareja en un restaurante y escuchando su conversación. Se trata de una pareja heterosexual, un hombre y una mujer que beben café y fuman cigarrillos mientras debaten acerca de la improductividad de su trabajo actual, son asaltantes de licorerías y el hombre le argumenta a su pareja que en algunas licorerías hay gente armada y perfectamente dispuesta a matar asaltantes. Su argumento, es la opinión de un servidor, resulta razonable, así se da a respetar una opinión, escuchando la de alguien más que puede no ser la misma y de ser así, de haber una discrepancia, buscando el punto de convergencia para un interés compartido. El hombre argumenta estar interesado en la seguridad y defensa de ambos, incluso en la seguridad y defensa de un propietario armado a quien no quiere ser él quien le quite la vida para evitar que dicho propietario o encargado les quite  la vida a ellos. Da gusto escuchar a un hombre tan consciente, tan evidentemente dispuesto a enderezar su camino, da tanto gusto que resulta molesta la opinión que sigue manifestando “la novia”: “No sabemos hacer otra cosa… ¿qué haremos?, ¿trabajar?. Lo mismo que un pestañeo dura la expresión del novio al oir esa pregunta, la expresión es de estrés, como si quisiera saber si va en serio lo que ella acaba de preguntar, como preguntándole: ¿en serio? ¿quieres trabajar legalmente para un sistema en el que nadie, absolutamente nadie que tenga dinero en el bolsillo lo ha conseguido sin la ayuda de alguien que por un sueldo de mierda, por un chiste en los bolsillos, desempeña el trabajo que nadie (con dinero en los bolsillos) ha desempeñado ni desempeñará nunca? ¿quieres que te traten como a una persona adicta al crack que por cualquier cosa se llena las manos de mierda? ¿quieres que te traten como a una persona sana a la que, por no ser nadie, por no tener grados académicos ni DINERO EN EL BOLSILLO le dan el mismo trato de una persona adicta al crack?... no chica, ¿en serio? ¿tas loca? Te estoy diciendo pa que atraquemos este mismo punto, mira esto, un restaurantico, pura gente tranquila, fácil de intimidar, en fin… de principio a fin ¿en qué podríamos equivocarnos?

El atraco, de hecho, va muy bien, han controlado satisfactoriamente la situación, meseros, cocineros, clientes, cada quien ha sido controlado y las carteras de los clientes han sido recolectadas en una bolsa de basura. La equivocación, de hecho, fue ser atracadores, pero objetivamente no se puede resolver un problema pensando en lo que no debió hacerse; el asaltante que ha podido marcharse con una bolsa llena de carteras, algunas, incluyendo la de Jules, repletas de dinero, equivocadamente decide ordenarle que abra el maletín. Por segunda vez en toda la película, el brillo misterioso entra en escena deslumbrando al atracador, deslumbramiento que Jules aprovecha para cerrar el maletín, tirar del brazo del asaltante, en cuya mano sostiene el arma y de este modo acercando su cara al cañón que debajo de la mesa ya estaba preparado para lo que venía. Vincent, antes de ir al baño, le preguntó a Jules en qué momento había tomado la decisión de no volver a matar, a lo que Jules respondió que fue justo en aquel momento, desayunando, que había tenido “lo que los alcohólicos llaman UN MOMENTO DE CLARIDAD” , estos momentos de claridad en alcohólicos y adictos a otras sustancias que alteran la conciencia, son considerados milagros por la desconcertada ciencia que no se cansa de estudiarlos sin encontrarles explicación, estos milagros ocurren en el momento en que el alcohólico o el adicto a cualquier otra cosa bota la siguiente dosis porque milagrosamente ha caído en cuenta de que si la toca no será la última sino la siguiente, esa última dosis será la misma de hace tanto tiempo, tantas dosis atrás proyectándose en la memoria obsesionada con una más. Ni una más, así suena el milagroso momento de claridad de quien bota lo que le queda. Jules, rápidamente pudo matarlos a ambos y es éste el milagro en presencia de nuestra pareja de atracadores. No sabemos de qué valla a servirles, como ejemplo de la soberbia que conduce irremediablemente a cárceles, manicomios y el cementerio tenemos a Vincent. Jules no solamente los deja vivir, también los deja irse con todo el dinero del atraco, a excepción del portafolio que no es suyo, de serlo ya se los hubiese regalado, los deja salir, milagrosamente, vivos, no sin antes decirles que en otra ocasión ya estuviesen muertos, recitándoles la versión alterada de Ezequiel 25: 17, “El camino del hombre recto/ está por todos lados rodeados, por la injusticia de los egoístas y la tiranía de los hombres malos/ bendito sea aquel pastor que en nombre de la caridad y de la buena voluntad saque a los débiles del valle de las sombras/ porque él es el auténtico guardián de su hermano y el descubridor de los niños perdidos/ y os aseguro que vendré a castigar con gran venganza y furiosa cólera a aquellos que pretendan envenenar y destruir a mis hermanos/ y tú sabrás que mi nombre es Yhavé/ cuando caiga mi venganza sobre ti”…, les explica que suele recitar ese pasaje alterado justo antes de matar y la razón por la que están vivos es que justo HOY decidió no volver a hacerlo: “Ahora se me ocurre que tu eres el hombre malo y yo soy el hombre recto y que el señor 9mm es el pastor que protege mi recto culo en el valle de la oscuridad…o será tal vez que tú eres el recto y yo soy el pastor y que éste mundo es injusto y egoista, me gustaría eso…pero esa no es la verdad, la verdad es que tú eres el débil y yo soy la tiranía de los hombres malos…pero me esfuerzo Ringo…me esfuerzo intensamente por ser el pastor”

Quien haya decidido llegar al final de la exposición de este grupo de criterios referentes a Pulp Fiction, desde un principio o ahora mismo sabrá que no se trata de una crítica ni de un buen resumen de la película, se trató más bien de una extracción de LA REALIDAD IMPLÍCITA EN LO INCREÍBLE: los conflictos humanos entre valores y la falta de éstos, la intervención de una providencia en el despertar de toda conciencia. Lo más importante es que se trata de una película que he visto aquí, en Venezuela, EN TELEVISIÓN NACIONAL y no tratándose de un país en que una persona podría ver ésta película por el insomnio que produce no saber si al techo de la casa le caerá una bomba tal y como al techo del vecino, tratándose de mi país, Venezuela, donde los motivos de desvelo frente a un televisor resultan tan diversos como el número de religiones que hay en el mundo, entre éstos la conciencia de estar en una precaria situación económica de la que será difícil salir sin certificaciones académicas o la disposición de volverse una imparable máquina de trabajo, no sabiendo si esto último pueda servir de algo, no con un salario mínimo…tratándose de mi país, Venezuela, el objetivo que se pretende alcanzar es que haya MÁS LECTURA DE LA TELEVISIÓN; al leer un libro se leen palabras que articulan frases, párrafos, páginas, si por tan solo una palabra leída se dispara un pensamiento no referente a lo que se está leyendo, el libro se cierra puesto que continuar visualizando lo que ocurre en esas letras pasa a ser responsabilidad de quien las lee, la televisión hace que la dispersión sea superada por el producto audiovisual que esté siendo presentado, el libro no se abrirá solo para seguir siendo leído mientras que el televisor vence al pensamiento propio…debe ser un asunto muy serio el de quien apaga un televisor en cuya pantalla se está proyectando ésta película, así la haya visto muchas veces.
Pagar por el medicamento resultó tan doloroso como lo fue pagar por el récipe…, todo fue una estafa conspirativa, el medicamento, fuere cual fuese, inevitablemente detonaría la nueva alucinación: No ha vuelto a ver al niño ni al televisor con el que desapareció.
____________________________ …
Desde la primera escena
















LA GUARIMBA

Me acuerdo que acababan mal. Era el destino…”
Cortázar
Los premios


Se puede pensar que un tipo maneja valores al no querer pedirle a un desconocido, en la calle, un cigarro. Se puede también creer que ante la posibilidad de que éste cigarrillo le sea negado (pudiéndose presumir alguna previa experiencia…), no quiera, el tipo, sufrir semejante humillación, pudiendo no ser ésta última la palabra que mejor definiese la denegada solicitud. Puédese intuir algo distinto, más obscuro de lo que, sencillamente, cualquiera se imagina. Podría, el tipo, ser adicto; no al tabaco, a nada específico, de hecho, sino a todo aquello que cualquier sistema nervioso pudiese fotografiar como placentero y por ende, quedar obsesionado. Tórnase la obsesión en una identidad, un parásito del cuerpo por medio del cual se proyecta en uso y abuso de lo que le identifica junto a la marioneta, el títere, cuyos hilos mueve a placer. Podría, el tipo, no manejar absolutamente ningún valor acerca de no pedir cigarrillos a desconocidos; perfectamente pudiese ser que no quisiera, posterior a la negativa, sentirse despeñar en un profundo abismo de inconformidad, repudio por el tiempo y espacio en que su parásito no se halla. Cual niño en edad de lactancia, gime, no siendo éste mismo parásito quien cayese, siendo, más bien, el abismo en sí, la pavorosa fuerza con que aspira, en la marioneta, cualquier vestigio de paz en el momento presente que ha dejado de serlo; va del pasado al futuro en su vana proyección de aquello que ¡no hay!. Por todo esto, cualquiera simplemente piensa que un tipo maneja valores… y queda estupefacto ante la noticia de su detención y puesta a disposición del organismo… de cuya competencia tal caso resulte ser.
-          Se cayó con los kilos… -
Absolutamente ningún valor pudo manejar al momento en que su parasitario vacío le indicase que no sería, ¡jamás!, el compulsivo fumador que anhelaba ser en medio de sus actividades. No, sería quien dichas actividades, mecánicamente, abandonase para pedir cigarrillos en la calle, para, incluso, vender algo…, no ver ganancia en los esfuerzos que llevase a cabo, no la suficiente para que la cajetilla ahí, donde pudiese tantearla, extrayendo la nueva unidad que prolongase la vida del parásito que acabaría por matarlo, no sin que antes, las actividades las actividades concluídas a cabalidad, rindiesen el fruto de una positiva referencia, la de haber sido el fumador compulsivo enteramente dedicado a sus actividades. ¡No!, cargaría, ¡siempre!, la etiqueta de aquel cuya única actividad fue andar en busca de al menos un cigarrillo en la calle; ni libros leídos de principio a fin, ni una narración, ni siquiera un borrador, una prueba inicial, tanto menos un salario, un porcentaje de ganancia por cada copia vendida (25% hasta las primeras mil, 30% a partir de las mil y un copias de ningún libro de cuentos, ni hablar de una o más novelas).
-          Absolutamente ningún valor manejaba… - dirían quienes, apresuradamente,
cuidadosos de que nadie se adelantase, difundirían, dentro y fuera de los locales comerciales adyacentes a la plaza…, la noticia del que se cayó con los kilos. – Real, mucho real, para no pedir, eso era lo que quería… qué bolas ¿no? –
-          No dejes los cigarros parados, eso cambia el destino…-
-          El destino me puede cambiar si el tabaco calcinado sobre los filtro alineados en el alfeizar, si la ceniza de los filtros parados, por mí, fuese echada sobre los orificios que yo mismo le hubiese abierto a la lata en que, luego de éstos benditos años, volviese a fumarme una o todas las piedras que tuviese hasta reanudar la larga marcha que, hace años, por la gracia de Dios, vi detenerse. –
Luego de un soliloquio de negaciones se lanza a buscar el cigarro, es lo único en que piensa, mientras camina perimetral adentro, en medio de la guarimba. Regresa sin cigarros y se queda en el pueblo esperando que aparezca alguien conocido, que fume y tenga cigarrillos y la disposición de regalarle al menos uno, para que el viaje no se haya perdido. Un local comercial es el único que está abierto puesto que vende la curda que los manifestantes han trasegado todo el día hasta ese momento de la noche en que, por la curda de ese local que no está en paro puesto que los manifestantes lo necesitan… éstos mismos se hallan completamente ebrios, amenazando a cualquiera que trate de mover la barricada que impide el acceso al pueblo. La mueven con la condición de que les den una colaboración…”Tremendo cuento tengo entre manos” se dice, “Si vale, un cuento referente a lo inevitable de la tragedia que al ser evadida viene a ser comedia (porque esa misma es la función de la comedia, burlar al destino), una burla al destino que no necesariamente es el de quien muere en medio de la manifestación con la que se identificaba, un destino igual de trágico es el de un vicioso que murió por salir a buscar un cigarrillo. Claro, ¿y si uno se muere en medio de una guarimba por andar buscando al menos un cigarro, eso no es tragedia, secreta, morbosamente cómica? ¿Y si vives para contar tu tragicomedia no es aún más cómico? Pero la comedia que sería ésta historia se desplaza en medio de una tragedia, total que la ambigüedad es inevitable. La cuestión es que…es el irremediable destino de quien llegase, no a matarme, a lanzarme una bomba de mierda, por ejemplo…llevo años en éste pueblo de una sola calle viendo una corrosiva necrofilia social; un piedrero es un muerto en vida y si deja de serlo implica, para éste, una resurrección. No temo, ésta noche, a nada que no lleve años temiendo, nadie aquí puede hacerme nada esperando que le crean al decir que le di la impresión de ser un maldito chavista. Hay quienes lo dicen, pero no es la política el móvil de ese odio que, hoy mismo, ésta noche, aquí y ahora, no me sorprendería ver en la mirada de quien viniese a matar a uno de los que resucitó de entre los muertos vivientes, llevo años viendo la mierda que me tiran, la necrofofilia con que invocan aquella muerte en vida de la que les indigna que haya podido escapar. Indignación, dolor del que, su locura, me hace responsable, de otro modo ¿por qué han pasado éstos años hablando con semejante furia sobre cosas, personas y situaciones que tanto me duelen y abochornan?. Gracias a Dios el milagro no se quedó en la fuerza para soportar las ansias de volver a caer, mutó en un gozo por no hacerlo, ahora, desde hace tiempo, lo disfruto y, gracias a Dios, ¡no hay manera!. Mas, he podido recaer hace años, de haber querido hacerlo, tanta mierda me hubiese caído como anillo al dedo, hay quienes lo hacen sin estímulos de su entorno, imagínate hallarse constantemente bajo ataque, señalamientos con el dedo, sonrisas cínicas desde vehículos automotrices, murmullos viajando entre paredes, insultos, amenazas, en fin, gracias a Dios disfruto mucho estar sobrio…lo cómico es la taguara, disimuladamente abierta…debo dinero ahí…”
Consigue el cigarrillo a manos de alguien a quien, por costumbre, no trata. Ello le incomoda, ahora tendrá que saludarlo cuando lo vea. Encamínase a la casa por la cuesta a cuyo pié se había detenido, desde ahí vió a los manifestantes entrar y salir de la taguara, cada uno con su respectivo vaso…,. La caminata, barricada tras barricada, le condujo a un punto en que muchos rostros encapuchados aguardaban el objetivo de las molotovs que hubieron de llevarse al momento en que la lluvia dispersó la concentración, lúgubremente silenciosa. La preocupación por el viaje que no debía perderse fue tal que la indiferente llovizna que, de regreso, acabó por empaparle, no fue motivo para no detenerse al pié del breve camino que debía recorrer hasta la casa, ahí se estuvo por un rato, esperando, viendo aquella comedia política: un pueblo sitiado por todas sus entradas, con los establecimientos cerrados a excepción del ya referido, en cuya puerta, entrando y saliendo, manteníanse aquellos que a más de un conductor dirigieron gritos y amenazas si seguía moviendo los objetos que componían la barricada. “Igual que entre los encapuchados, aquí también puedo ser fotografiado como simpatizante de éstas actividades” se decía, mas, sin que aquello le importase “Cuando aparezca el cigarro subo”
Halla una perfecta similitud entre lo que acaba de hacer y cualquier otra cosa hecha sin pensar…, piensa en el desmedido interés en una mujer, el mismo que parece alcanzar un clímax independiente de lo que ni siquiera llegó a suceder, como si la indefinible inquietud generada por la presencia de una dama en el pensamiento que no se cansa de proyectarla, cual de una búsqueda se tratase, como si algo le dijera que es importante aquello que se busca, sin, entonces o después (cuando se piensa en lo que se ha dicho y hecho) saber exactamente de qué se trataba, no se sabe lo que se buscaba al hacer y decir lo que tampoco se sabe por qué…, en algún pasaje de los diálogos Socráticos la explicación a ésta misma interrogante remítese a un indiscutible estado de locura por amor, nada más. Por el odio, sin lugar a dudas, viene a ser lo mismo, es locura todo aquello que se dice y hace. “Entre amor y odio vivimos” se dice ”…qué locura”. Acaba de llegar, calienta el café que se beberá sin azúcar, el cigarro es para después de observarlo por un rato, preguntándose a qué espera para encenderlo.
¿Qué haces chamo?, le pregunta a la vieja versión de sí mismo, aquel infeliz que hubiese derribado las torres de ceniza sobre los orificios que él mismo le hubiese abierto al aluminio, aquel que hubiese muerto en más de un lugar y un momento equivocado en que, naturalmente, hubiese logística, vigilancia, donde lo que fuera que estuviese pasando no era y sigue sin ser pa mirones.








El occiso 2
(LA ESCANDALOSA RATA CÍCLOPE)
          Todo pueblo es una sola calle. Bordean a ésta sus comercios y las viviendas más difíciles de adquirir puesto que tienen los tales comercios, línea de taxis, terminal de autobuses, templo católico y plaza Bolívar…, tienen todo a pata e’ mingo. Tratándose de un poblado municipal, dicho municipio cuenta con diversas adyacencias; hay zonas residenciales en torno al pueblo, forman parte de éste y le requieren por los ya mencionados recursos. No obstante, cada zona residencial, de manera inconsciente, se considera un poblado particular, dos líneas de viviendas bordean una sola calle…, de modo que cualquier pueblito y urbanización adyacente viene a ser el engranaje de numerosos pueblitos, cada recta y quienes habitan sus orillas. Lo mismo sucede con las grandes ciudades, las metrópolis, capitales. Tal denominación la reciben por ser el territorio en que las torres de los grandes poderes son algunas de las que, dicho territorio, luce fatalmente erizado, mas, cada avenida y transversal viene a ser un pueblo y, presumiblemente, hay una personalidad provinciana en cada uno de éstos; en cada metrópolis, en cada calle, hay alguien que no recuerda la última vez que pensó en transgredir los límites de su avenida o transversal, su mundo.
          Una larga y estrecha avenida bordea la falda del cerro, siendo también la frontera entre el barrio y la urbanización, alguna vez de clase media alta, con las mismas quintas de dos plantas, habitadas, cada una, por, tan solo, una pudiente familia cuyo recuerdo pertenece a los numerosos herederos, hijos, nietos y bisnietos de un solo grupo familiar que, en el común de los casos, ha evolucionado multiplicándose, volviéndose gueto; grupo de hermanos y hermanas, padres y madres de sobrinos, sobrinas, primos y primas, nietos e incluso bisnietos de algunos hombres y mujeres que aún viven para recordar el nacimiento del barrio que, cruzando la avenida, empezó a crecer, cubriendo la cerranía hasta donde no alcanza la vista, allá, donde el barrio, con otro nombre, inicia el descenso hasta el pié del mismo cerro que en su otra cara, luce otro barrio, otras comunidades que van a dar a otra avenida que también delimita con alguna zona residencial, antiguamente caché, actualmente vecina de la zona popular con que se le identifica sin importar lo que haya sido. Dicho lado contrario no es la desembocadura del barrio en un grupo de quintas. Al pié del mismo cerro, una constructora, contratistas igual de ambiciosos llevaron a cabo el proyecto de grandes torres, algunas tan altas que sus últimos pisos pueden verse desde la azotea de las quintas que bordean la avenida que nos atañe, la que separa el barrio, sus entradas, cada una con su línea de moto taxis, la fachada de sus casas de bloque y techos de zinc, algunas con un segundo piso en construcción, sus talleres, zapaterías, la herrería de un español gordo de cara redonda, lentes culo e’ botella que siempre tiene un cigarrillo en la boca…, la recta que delimita todo lo anterior de la fachada de las antiguas quintas, muchas de éstas, ahora, convertidas en guarderías, restaurantitos, peluquerías…, incluso algunas casas, no solo su fachada junto a un pequeño espacio interior sino la completa infraestructura ha sido convertida en el recinto de diversas actividades comerciales; hay fábricas y almacenes.
          La fábrica solía ser una quinta. Una vez más, el obrero camina por la acera en cuyo borde, al pasar, va viendo los diversos puestos de buhoneros; mesitas con termos de café, cigarrillos, teléfonos celulares que así como los encendedores, yacen sobre la mesa bien asegurados con cadenitas y cinta adhesiva, puestos de comida (empanadas, papas rellenas, donas, arepas, fororo…). Tanto la acera como el pavimento son transitados por el angustiado paso de automóviles, motorizados y peatones que tratan de no chocar entre sí, mientras, dentro de lo posible, evitan descender los pocos centímetros, el quicio que les eleva del pavimento en que se hallan los buhoneros, si la tragedia no es tropezar con algún puesto sería entonces la de ser arrollado por algún motorizado o algún automóvil. No es ésta una avenida central, parece más bien un callejón que presenta todas las señas de las que ya ha sido puesto, el lector, en conocimiento, incluyendo, ahora, su estrechez. Los sentidos se agudizan al cruzar la entrada y salida de las transversales. Igualmente habrán de ver bien pa los lados quienes pasan por las entradas y salidas del barrio, seguramente ya se ha dicho, mas, vale la pena destacar que cada una cuenta con su respectiva línea de moto taxis. Las mujeres, bellas todas, van y vienen; caminan, frescas, por la calle y todas le parecen bellas, cual si se hubiesen salido del espejo en que, minutos antes, se hallaban, contemplando sonreídas la recién bañada y al estilo de cada una, bien vestida figura que les da gusto modelar en la acera, donde su dulce olor y especialmente sus esquivas miradas son celajes, empeorando el vacío de quien, en el trabajo, pedirá un adelanto para comprar cigarrillos, para fumar cada vez que le resulte posible. Luego de haber salido del vagón, de las instalaciones del metro, luego de caminar olfateando el celaje de unas mujeres tan bellas que lucen como una señal, como si alguna de ellas fuese a ser la razón de que, hoy, todo cambiase. Más, hoy no será. Cada vez que la faena se lo permita, fumará, recordando…;  genera envidia el motorizado que la lleva de parrillera, el conductor del autómovil en que va de copilota, quien camina con ella. Las que van solas, sin un hombre u otra mujer, llevan acelerado paso y sus miradas resultan esquivas sin que importe cuantas veces se haya coincidido con ella en ese mismo punto, quizás un poco antes o más adelante. Otras llevan de la mano a sus niños, van regañándolos por haberse ensuciado el uniforme al comer, porque la maestra me dijo que no pones atención…, a las niñas por no haberse dejado peinar bie; “Mira como llevas ese greñero, pareces una loca” “Loca tú mami” “Cállate, camina que vamos tarde”. Otra le mienta a un motorizado el coño por el que su madre lo parió luego de que, al pasar en la moto, le agarrara el culo y para coronar la secuencia de alucinaciones matutinas, un piedrero intenta quitarle algo a un niño y no es el padre que andaba con la madre, es la madre y otra mujer, son ambas quienes empiezan a golpearlo salvajemente, aferrándose a la franela que el piedrero debe dejarles en las manos para conseguir zafarse. A lo largo y estrecho de tal pueblo metropolitano camina el obrero, rumbo a la fábrica que solía ser una quinta.
          Dos números uno (11) de madera podrida, lucen enmarcados en la plaquita de metal que hubo de ser la confirmación para quien, décadas atrás, anduviese buscando la quinta número once. Trasponiendo la pequeña puerta metálica ubicada en un costado del portón corredizo del que forma parte, al trasponer dicha puerta se accede a un reducido espacio descubierto donde, simultáneamente, figuran la ventana de vidrios corredizos através de la cual puede verse el interior de la oficina y a su lado, dos altas paredes encajonan el pasillo que conduce al amplio taller, en cuyo techo, justo encima de la mesa…, puede verse la luz aniquilada en una claraboya de plástico; si bien no la bloquea, solo sirve para saber que afuera es de día. De esto último habría que retractarse; el taller no se limita al espacio en que se trabaja sobre la mesa. Bajando una pequeña rampa de concreto se pisa otro nivel, tan amplio como su predecesor, del mismo taller, otro espacio en que otro tipo de producción se lleva a cabo. Las paredes, igualmente altas, hállanse techadas por planchas de hierro galvanizado, mas, no descansa éste sobre los muros; pequeñas barras de metal, un enrejado através del cual entra, plenamente la luz, le sirven de base.
          El pure, su único compañero de trabajo, ha salido a llevar una entrega. Está solo, mezclando materias primas que luego deben ser embazadas, agrupando un exacto número de embases en cada caja, las cuales, posteriormente, según el pedido, serán agrupadas en la parte trasera de la camioneta que el pure cumple la función de conducir al establecimiento en que las cajas deben ser descargadas. Ahora mismo anda en eso, llevando el pedido. No requiere de estar solo para poder hacerlo, pero al no haber nadie cerca, se pone a descargar. Generalmente forma peo, amenaza hombres e insulta mujeres. El trance le resulta inevitable; se siente plenamente seguro de lo infructífero que tal esfuerzo resultará. Todo estriba en la frustración que le causa esforzarse, mas, la mente, la negación de una aporreada pereza, le busca forma, conceptos al malestar. Le muestra caras de gente y situaciones pasadas que, lógicamente, lo encolerizan. Ya hemos aclarado que la ira es por deber esforzarse, la sustitución del motivo es una función automática; nadie quiere salir de un espacio laboral por no aguantarle la pela a la jornada. Sin abandonar su labor, enumera mil y un motivos por los que, con toda razón, podría salir de allí en el preciso momento que tanto le apremia…, éste trabajo no satisface los voraces apetitos de su ego resentido por las historias de mujeres ausentes, tipos que le dieron la mano siendo, todo el tiempo, unos falsos…, le encoleriza, ¡y cómo lo disfruta!, pensar en todo cuanto tuvieron y siguen teniendo para satisfacer el apetito voraz de una y la otra también, la que tampoco se siguió calando su inexistente poder adquisitivo, el desempleo y por tanto, la pelazón de bola que tanto le frustraba y le hacía descargar, con ella, su mala nota…, el salario que cobra para pagar todo lo fiado y quedarse limpio, pidiendo fiado, los próximos quince días de frustrante labor, la misma que no entiende cómo podría estar desempeñando sin verla, sin saber qué estará haciendo durante todo el día en tanto la sospecha lo enloqueciera…, lo encoleriza la insidiosa idea de que ninguna de las personas que, de él, no esperaban nada, la idea insidiosa de que ninguna de esas personas puede verlo hacer tal esfuerzo ni tampoco les interesaría pués viven vidas que, al obrero, le gustan más que la suya, se siente excluído de un mundo de mejores vidas, opulentos festejos, sensuales afectos…, ante tal insidia muere cualquier idea de respaldo al sentido de los esfuerzos que, iracundo, sigue haciendo. No obstante, la ira, cada cierto tiempo, desaparece; hay gente a su alrededor, debe controlarse, cumplir su labor, rendir cuentas de lo que ha hecho, pedir nuevas instrucciones, almorzar. Varios momentos del día equilibran la balanza.
          Se encuentra solo. Su monólogo pasa de lúgubre a jocoso. Recita ingeniosas reflexiones imaginando el sitio y las personas que le auditan e inmediatamente, desdoblándose a la identidad de uno u otro interlocutor, se dobla de risa; usando su cara y su cuerpo, junto a la mesa de trabajo donde se encuentra solo, alguien alaba su genialidad, habla bien de él, discute con quien soltó alguna palabra fea…, vuelve la ira, la descarga en contra de… así trabaja el obrero, más aún cuando está solo.
          Alguien camina y se achanta por ahí. Varias veces ha tenido, el obrero, la periférica sensación de ver pasar a alguien justo donde al poner cuidado no ha visto sino las cosas de la fábrica. “¿Quién me está vacilando weón?”, se pregunta.
-          ¿Lo viste? – le pregunta el pure al oírle narrar aquello
          Trátase de un hombre fornido, trigueño, de cara redonda como la del herrero español pero con los ojos achinados encima de los pronunciados pómulos, el español no tiene pómulos, tan solo un par de infladas mejillas colgando a cada lado de su cara…, cabello blanco igual que su bigote, debajo del cual esboza una discreta sonrisa de satisfacción.
-          ¿A quién? – pregunta, de inmediato, el obrero, enarcando las cejas.
-          No sé… - responde entonces el pure, disponiéndose a mantenerle o intensificar su curiosidad- tú sabes que esto no siempre fue una compañía, antes de que el jefe la comprara ya era una fábrica de otra cosa, pero había sido una quinta originalmente. Lo cierto es que voy a decirte algo, pero no sé cuándo habrá ocurrido…ni qué. Hace como … años, cuando el jefe compró ésta casa, la hizo remodelar, hizo tumbar algunas paredes y romper los pisos – levanta la mano con el dedo índice apuntando a la zona bajo el techo de hierro – y cuando estaban rompiendo el piso en aquella esquina encontraron los huesos de alguien –
-          ¡¿Un muerto?! –
-          Si, allá…, pero el jefe, cuando lo llamaron para que viera dijo: “¡Tape eso!, después vienen los de… a hacer sus averiguaciones y me paran la producción”-
-          ¿Así mismo? –
-          Umjú –
-          Nah joda…, pero ¿ni idea de quien será ese carajo? –
-          Coño, no sé chamo. Se presta pa muchas conjeturas. A lo mejor fue obrero de la compañía anterior. Pero acuérdate que ésta urbanización es vieja… y la zona es vieja … Caracas es vieja-
-          ¡Mierda! –
-          Así es la cosa chamín, se ven vainas. Aunque, bueno, tampoco quiero decir que lo que tú viste tiene algo que ver con eso. Tú decides qué creer –
-          De bolas – dice, pensativo, el obrero
          Rumbo a lo que, temprano, por la mañana, era la entrada al pueblo metropolitano del que, ocho horas diarias, de Lunes a Viernes, también es un habitante cuya cara es conocida por diversas caras que ya conoce, rumbo a la gran avenida que, temprano, hubo de cruzar corriendo, tal y como ha de hacerlo al regresar…, pasó justo al lado de una tragedia en pleno desarrollo; la mujer ya estaba dentro del automóvil que, rápidamente, desabordó, generando la curiosidad que el obrero, instantáneamente, vió satisfecha. Un hombre, de seguro su esposo, llegó corriendo hasta donde la mujer cerraba la portezuela. El dueño del vehículo no se bajó, veía desde el parabrisas, con los ojos bien abiertos, al hombre cuya discusión con la mujer fue, trágicamente, breve.
-          ¿Y ahora? – le preguntó - ¡Dime loco ahora pues! –
          Ella, impulsada por su ego, a no dejar su cara pálida y silenciosa en la memoria de los mirones, haciendo un gran esfuerzo, articuló las palabras que acabarían con todo su temor a las apariencias, generando la situación por la que solo querría que alguien le ayudase.
-          Mira, yo mejor me voy … - empezó a decir con el más profundo deseo de no estar allí, desaparecer lo antes posible.
-          Ah ¿tú te vas a ir, ¡maldita!? –
          Dicho esto, el hombre corrió las asas de su morral para quitárselo y uniéndolas con ambas manos las usó para balancear el bolso por encima de su cabeza. La expresión de pánico de aquella mujer cuyas manos, quizás debido al mismo desvanecimiento, la pálida, no alcanzaron a cubrir dicha expresión, fue impactada por el bolso en que aquel hombre llevaría la misma vianda en la que almorzó, pensando en algún asunto privado, el cual no se imaginaba que sería, finalmente, aquella imagen que le hizo correr en busca de la realización de un sueño enfermizo.
          Ya se encuentra, el obrero, a orillas de la gran avenida. No pudo seguir viendo aquello y siguió. “¿Qué vas a hacer?, un tipo, en la calle, no hace eso si no está dispuesto a matarse con alguien más que no sea la mujer…y si no lo está, si volvió en sí por la paliza que le hayan propinado, tampoco quiero ver eso” se dice, mientras aguarda su luz. Así es la calle, aniquila, casi por completo, la sensibilidad; ni por mujeres golpeadas, violadas, asesinadas, picadas o quemadas, niños abusados, ni por perros atropellados, ni por occisos bajo la placa…, nada siente a quien todavía no le toca.
          Justo antes del cambio de luz llega Rigual…, en su bera. Jeans de tubito, rojos, calzado Nike, el suéter y la gorra llevan estampada su hoja de marihuana y debajo de unos Ray Ban plateados que seguramente adquirió ese mismo día, su ancha sonrisa.
-          Habla pa ve – le dice al obrero, su pana - ¿Pendiente de un yiro? –
          El obrero sonríe y asume su condición de parrillero. “¿Qué puede ser mejor que esto?” va pensando mientras avanzan por la autopista. Los dos se alegran al divisar la ambulancia que perfora un embotellamiento. Parece una escandalosa rata gigante de un solo ojo, abriéndose paso en el congestionado tránsito que se vuelve una suerte de goma, plegándose a lado y de la autopista, donde se abre paso la escandalosa rata cíclope con su cola de motorizados que va creciendo conforme éstos se van engranando. El obrero, que se las da de artista piensa en las palabras que, armoniosamente, puedan recrear esa composición de la que le complace formar parte.
          Rindiendo tributo a los pela bolas que ya descansaron, murieron sin que su propia vida les hubiese recompensado el oprobio que tanto a los reaccionarios como a los que decidieron no envilecerse ante las vilesas de las que fueron objeto…, el oprobio que tanto a unos como a otros encolerizó, mas, al momento de morir descansaron y seguramente no fue el destino de sus cuerpos lo que les distrajo de una nueva conciencia o de un sueño profundo, ¿Quién sabe? ¿Quién dice “esto” sin que alguien salga con “aquello”?. En su receso automotriz de cinco siglos de arrechera sucedida, dando un yiro, como seguramente lo hicieron los habitantes de una república de difuntos tapiados bajo las grandes obras de la enorme ciudad, el obrero, relajado, vive.
Viernes 27 de octubre de 2017, pasada la media noche.