lunes, 27 de octubre de 2025

Pobre diablo

‎POBRE DIABLO

‎Emiliano Trujillo Sánchez








‎"¡Miserable del bien nacido que va dando pistos a su honra, comiendo mal y a puerta cerrada, haciendo hipócrita al palillo de dientes con que sale a la calle después de no haber comido cosa que le obligue a limpiárselos! ¡Miserable de aquel, digo, que tiene la honra espantadiza y piensa que desde una legua se le descubre el remiendo del zapato, el trasudor del sombrero, la hilaza del herreruelo y la hambre de su estómago!...se recostó pensativo y pesaroso, así de la falta que Sancho le hacía como de la inreparable desgracia de sus medias, a quien tomara los puntos aunque fuera con seda de otro color, que es una de las mayores señales de miseria que un hidalgo puede dar en el discurso de su prolija estrecheza."

‎Miguel de Cervantes Saavedra

‎El ingenioso Hidalgo Don Quijote de La Mancha.

‎Cap. XLIV (44)/Segunda parte


‎“ Esta es la mejor ciudad del mundo” empezó a decir, con miras a la posterior mención de todas las capitales extranjeras donde había vivido. Lo había visto un par de veces en lo del doctor Mounstrenco, también él me había visto. Y, dada la confianza de la que gozaba entre aquellos malvivientes, de sus malas lenguas había salido la información, lo que creía saber de mí al momento de abordarme a la entrada del establecimiento donde solía apostarme con la moral adormecida, cataléptica, más propiamente dicho; permanecía ahí todo el día, toda la noche intentando disimular la impaciencia con que aguardaba una cara conocida; la imposibilidad de tener tabaco se había convertido en el cataclismo que hundió el mundo, aquel donde nunca había sido visto apostado a la entrada de un garito cuyo administrador y demás empleados me veían como “un enchabe”, una contrariedad irritantemente apostada en la puerta que únicamente trasponía para ofrecer cosas robadas a cambio de los cigarrillos que a algunas caras conocidas, tras declamar mi discurso referente a las drogas y el alcohol que había dejado de consumir, martillaba de a uno; de vez en cuando tenía la fortuna de reconocer una cara y la prosperidad que consigo traía, la cara de alguien que, no pocas señales daba de respetarme, quererme y por ello extraía siete, diez cigarrillos de la caja o compraba una para mí. Cosa esta última que les contrariaba tanto como verme apostado a la entrada; engordaba su ego, el de todos, verme ahí: verme pasar intentando disimular mis ansias de una oportunidad para ofrecer lo que hubiese preferido ofrecer en privado, sin ser visto por aquellas personas ávidas de ver lo que el patrón, a voz en cuello, se apresuraba a rechazar u ofrecía comprar a un precio absurdo. Les contrariaba ver a alguien a quien debían respetar, obsequiándome algo por lo que desaparecería de mi apostamiento. Les contrariaba esto tanto como verme ahí todo el día, toda la noche.


‎Corría aquel fatídico 2017. No ví venir aquello ni el efecto que tendría en el control de mi motricidad; definitivamente en shock, como ya tenemos dicho, veía pasar el día y gran parte de la noche desde algún trágico, sumamente visible apostamiento. Mas, no se trataba únicamente de conseguir tabaco. Inmovilizado por la infructífera búsqueda, en mi mente, de alguna solución para una tragedia tal como el que la casa y por tanto el resto de quienes, conmigo, la habitan (incluyendo a los perros), amaneciera sin nada con que desayunar. Inmovilizado por lo infructífero de un inventario mental de posibilidades que inmediatamente debía descartar (el trabajo entonces era mantener la calle ardiendo en candela o tener algún negocio donde no hubiese problema en fungir de centro de acopio para la comida, el alcohol que a los manifestantes debía dársele como incentivo. Otros negocios no participaban de aquello, simplemente abrían según los horarios acordados con los manifestantes y por lo que fuese que vendieran cobraban un ojo de la cara, en fin). Al carecer por completo de una idea siquiera, de una oportunidad de trabajar limpiamente, asediado por la mofa de quienes no tenían hambre ni hallábanse crisiados, ante semejante gala de miserias humanas, hallábame en shock. Sucedió, más de una vez, que luego de un largo apostamiento en alguna esquina, hubiese de sacudirme o guardar en un bolsillo la vergüenza por haber sido visto a lo largo de las horas que tanto me habían distanciado de la casa que, al franquear el umbral y librarme de ese otro motivo que me impedía moverme (debía responder a la mirada interrogadora de quien me veía llegar, viendo si traía algo en las manos; debía mostrarle mis manos vacías) la casa que debía reencontrar cual si la hubiese abandonado hacían años; me sentía nostálgico de otro tiempo en aquel mismo espacio invadido por la desesperación que a diario, presuroso , me hacía salir con la esperanza que moría en un trágico apostamiento. Tal es mi relación de la experiencia que sincretizó en mí criterios tales como que no puede haber un genocidio por hambre puesto en marcha en un país donde ciudadanos con la misma ciudadanía de los hambrientos hacen mofa de estos; lo que había, lo que hay de manifiesto es un ego latinoamericano ferozmente resentido por no ser europeo, norteamericano, queda dicho.


‎Con la moral cataléptica o rasguñando enloquecida la urna en que yo mismo, para su entierro prematuro, habíame convertido, enfermo, sin poder ver la expresión desencajada con que veía un sueño insomne, no queriendo aceptar aquella expresión de la que periódicamente me apercibía, periódicamente asumía una plácida, sombría faz: la de quien se halla apostado justo donde “casualmente” le place, donde “casualmente” se topó con una cara conocida.

‎“¡La mejor!” siguió diciendo aquel sujeto, ya en ejercicio del negligente disimulo de “la mordida” que le representaba mi rapsodia: ¡Los años de sobriedad!... “Te lo digo porque yo aquí me siento en el paraíso, ¡vivo bien aquí!. En parte porque le echo bolas, tengo mis vainas. Por otra parte, repito, esta es la mejor ciudad del mundo”

‎Sucedió a esto la pausa de quienes tienen urgencia por abordar el tema que han tenido en mente a lo largo del preámbulo que ha implicado un falso interés por lo que sea que su interlocutor haya dicho, alguna superficial acotación, mas, no consiguiendo empatar el coloquio a lo que realmente desean llegar, lo interrumpen solicitando su préstamo, el servicio de quien no cobrará gran cosa, etc.

‎“Mira ¿y estás trabajando?” Debióse mi silencio a un alud de increpaciones que durante años me atormentarían hasta salírseme por la boca de quien suele hablar sólo y al hacerlo escupe sapos y culebras (“¿Qué te importa a tí si yo trabajo o no trabajo? ¿Yo como en tu casa, guevón? ¿Te debo real? ¿Andas buscando marido?”)

‎“Yo siempre estoy trabajando” le dije. Y empecé a enumerar mis obras, explicándole, también, la relación de estas con mi sobriedad.

‎“Ajá pero, ¿cómo haces para comer? ¡Ya va!...” me atajó al ver mi disposición de responder a su pregunta. Me cuesta creer que presintió el aburrimiento que una respuesta larga y repleta de pretextos baratos le ocasionaría. Creo, más bien, que no quería perder el hilo de lo que tenía en mente incluso antes de que lo viera aproximarse con la férrea disposición de decirme a mí estas cosas:

‎“Hay que matricular, hermano porque…¿qué edad tienes tú?... imagínate. Yo a tu edad tenía muchas de las cosas que tú me ves ahorita. Tenía carro, pagaba mi alquiler, ayudaba a los viejos…no, pero, permíteme…tu palabra “vayalante” pero…mientras tú esperas que esos proyectos den fruto…¡Yo sé, yo sé que los darán! Pero mientras tanto le echas bola a alguna vaina que te permita tener tus cigarros…¿Tienes cigarros?, toma hermano…que tengas tus cigarros, que puedas salir con un culo. No te creas, yo también he tenido mi mala racha, he estado así, como tú, dando lástima como un pobre diablo, parado to el día en una esquina, ¡jodido, pues!...porque yo veo que tú me dices lo de la piedra, el monte…¿tampoco tomas?...bueno pero…como que no te sirve de mucho, pué…fíjate, yo consumo…ahitá mi carro, tengo mi chamba, mi jeva …no sé si me explico: me parece del carajo que hayas dejado de consumir pero…bueno hermano discúlpame si algo de esto te ofendió. Yo te lo digo porque te tengo aprecio, pues. A mí siempre me han dicho que tú eres un tipo talentoso ¡y me disculpo!”

‎Su siguiente pausa no lo delató; nunca me hubiese imaginado el remate que pretendía darle a su discurso.

‎“¿Cuánto años dices que llevas?...¿Sin consumir nada? Perga, te felicito, hermano…¿Tú nunca tiraste fumando piedra?...¡No, yo sé, yo sé que no vas a recaer…pero, por si acaso!”

‎Lo que a tal proenio le vino en saga, las macabras instrucciones acerca de qué hacer con la mujer siguiendo al pie de la letra el régimen, la oportuna, exacta dosificación de las piedras, nada de esto puede rematar nuestra crónica; no hay forma de reproducirlo sin dejar de ser albañil, herrero, vice o presidente de algo y tornarse ¡de inmediato! en un pobre diablo. Queda dicho.

‎Emiliano Trujillo Sánchez

‎24 de Abril 2024

Si este relato consiguió atrapar su atención y desea saber más del infierno desatado en 2017 por la derecha venezolana, he aquí el link de compra de un libro referente a tales hechos:





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